Sonata en Do Mayor a cuatro manos.

Sonata en Do Mayor a cuatro manos.

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Sonata en Do mayor a cuatro manos,
para dos cuerpos desamparados,
que se buscan, se extrañan y se aman
con todas sus reservas de deseo.
Allegro entre prima y secondo
que ejercen un repertorio de caricias sin sosiego.
Y corren el riesgo con sus emociones al vuelo.
aunque nada ni nadie garantice que llegarán lejos.
¿Quién extraña?
¿Quién ama?
¿Para qué la búsqueda del amor duradero?
¿Por qué ser distinto?…
Si todo es tan efímero.
Vibratto entre besos y gemidos.
Preludio del desenfreno sin protocolos;
sin pretensiones dolosas, condiciones, ni resabios;
sólo entrega, ansias de besos, palabras sin prestigio,
galas para la soledad entre dos almas solitarias,
acordes de una pieza acompasada a cuatro manos,
armonía sin bravatas, arpegios in crescendo,
ensayo para que pervivan la entrega y la confianza.
Y los gestos en desuso después del sexo,
verbigracia la ternura…
que amortigua las caídas de la desesperanza.

Si la Esperanza fuera un rayo.

Si la Esperanza fuera un rayo.

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Si la esperanza fuera un rayo…
Un latido que se desliza por el silencio,
apostaríamos por los misterios del trueno,
amaríamos al azote de su luz,
rezaríamos porque nos tocara en gracia.
Y no se desperdiciara como lámpara en el asfalto.
Si el Dios que no sabemos regurgita estrellas,
y permite que la luna escurra su cuenco de leche
para que no nos acostemos sin cenar,
solitarios y despojados de besos y caricias,
encandilados por el faro de las marquesinas.
Y si la cauda de su aliento ilumina
para que no perdamos de vista la vía láctea,
evitando el riesgo de derrumbarnos en el cielo.
Si tuviéramos la osadía de navegar islas espaciales
entre el sueño que corre por los agujeros negros,
avistaríamos los umbrales donde cantan los poetas,
al prodigio de las estrellas anidadas en tus ojos.

Después del abril que me robaste

Después del abril que me robaste

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A ti que estás para bien saber, y Yo para mal contar… deja que te cuente un cuento oscuro…
El futuro prometedor se asomaba pacífico y con grandes esperanzas.
Toda la nación hablaba con el pecho henchido de orgullo, de sus grandes logros. Del liderazgo en ciencias e investigación. De las benignas repercusiones presentes y futuras que tendrían en los campos de la salud, la educación, la tecnología… la seguridad social; de seguir por ese camino. El sueño del anhelado bienestar, que implicaba invertir en lo importante y sostenerlo hasta que trascendiera. Seguros del acierto que estaban fundando y lo que significaba. La historia hablaría satisfecha y eufórica de ellos, y esperaban que la admiración y el reconocimiento internacional se sintieran con sus consecuencias generosas y de alto impacto. Incluso rezaban callados y con fe más creciente que la heredada. Presumían que la investigación vanguardista, tenía un nicho pertrechado en el corazón de la Ciudad capital más europea de América. Y peleaban porque los sueños sudamericanos; tan relegados y tercermundistas, se erigieran orgullosos en la primavera que soñaban sin esquinas rotas, y que sus jardines sin senderos cercenados, se bifurcaran y se cubrieran de aires buenos. Y no fueran nunca más motivo de desviaciones, extravíos y absurdos.

Sus alcances avizoraban un horizonte tan promisorio para el desarrollo comunitario, y sus acervos pronosticaban que arribarían al sueño de desterrar el fantasma de la inestabilidad, y de los descamisados.
Pero una noche que anunciaba insomnio, y sin esperarlo; un inquieto desvelado que leía Tratado de filosofía casera para una generación obtusa. ( de Enrique Brossa).

Sin imaginar la distancia de su gratificante y cautivadora lectura, con la realidad que se avecinaba; desgarró el silencio. Y entre sobresaltos y desesperación gritó notoriamente espantado.
¡Levántense, levántense!, ¡Son los tiras!, ¡La policía está derribando la puerta! ¡Corran, corran! Ay, ay, ayees plurales y dolientes… En unos instantes calificados de eficaces en la estúpida (in)cultura militar… la confusión, la violencia, el absurdo… y el terror, se apersonaron implacables.

Los gritos ahogaron el silencio, que de inocuo se transformó en turbio, y se cernía oscuro y amenazante sobre La Manzana de la Luces…faro que brillaba anunciando un luminoso porvenir, más allá de las cornisas decimonónicas y las callejuelas románticas, envilecidas por el nefasto poder político.
Las porras atinaban a callar voces sorprendidas, someter endebles defensas, reprimir desoídas quejas, romper codiciadas cabezas, quebrar lamentables huesos, aplastar impensables cojones y doblegar sistemáticamente voluntades, por férreas que fueran.

Un bestiario domesticado en artes de represión, se abalanzaba contra una destacada comunidad de alarmados estudiosos y científicos, que ignoraban porqué la ciencia no explicaba sobre las tenebrosas verdades de los oscuros laberintos del poder y sus conjuras aterradoras. Y éste, temeroso de las mentes claras que se erigían como ultimátum inminente de la ignorancia; ceñía su garra de control que intimidaba y reprimía a los más adelantados; con golpizas, destierros, desapariciones forzadas y protegidas a la sombra del control de los órganos que les servían.

La luz siempre ha sido una amenaza para las oscuridades.

Otro verano que se iba a la porra, con un recuento despreciable de atropellos y represiones como signo vergonzoso que se resistía a caducar, haciendo transitar en reversa los adelantos forjados a fuerza de tesón, aptitudes y competencias.
Pero la memoria es testimonio perenne de los valientes que transitan sin la dejadez ni la indolencia, comprometidos con un futuro que, siembra quizás; más prometedores que el ocaso impuesto.
A ti, sí… A ti, y a ti, y a Vos, a Usted , a los otros, y aquellos, incluso a los Del lado de allá, a los Del lado de acá, a los sordos y a todos, que no están para bien saber; y Yo, que si estoy dispuesto para mal contar, disculpen mi perorata, y dejen que siga con este cuento oscuro…tan insondable y ruin, que apagó la Luz en la Manzana de las Luces… Ahí donde la verdad que se forjaba a ciencia y conciencia, se doblegó a fuerza y dominio de bastones largos, de porras y gatillos. Y con ello, esperanzas que refulgían se fueron opacando.
El conocimiento emigró, la cultura amedrantada optó por la discreción, los clandestinos se multiplicaron, el intelecto notable se fugó en autoexilio. El temor fundado era la sospecha, y el terror impuesto la más ominosa de las verdades.

El espanto creciente y la abominable amenaza empezó a galopar al descampado y con alarmas; en los barrios, las comunas, las escuelas, las universidades, en los confines más australes, a todo lo largo y ancho de una tierra generosa, sufrida y sabia. Que parió un pueblo claro, decidido, orgulloso, gigante, de corazones empecinados, con el orgullo tronante de herencia, admirable en la ciencia, las artes, la música, literatos siderales y el talento popular. Que con brillo de estrellas refulgentes, fueron reduciendo y amansando las aguas hasta sus cauces.
Y hoy los fuertes vientos de la sudestada, que pronostican inviernos feroces, son caricias solidarias que refrescan el carácter y el espíritu de todas sus luces en ciernes, promesas que otean horizontes menos efímeros y fugitivos.
Un viento intenso y frío, despeja las torpezas y nubosidades acumuladas. Y ayuda a descongestionar el ambiente y las conciencias que irradian como mareas, a lo largo de sus comunas y ciudades, como ríos y mares que refulgen en sus tierras largas y anchas.

Luces de plata atentas y dispuestas a dar la cara menos grave, por la dignidad; en la calle, en los trabajos, en la clandestinidad. Y para donde el huarache apunte, como brújula pueblerina y sabia, pintar la huella y su latido. Latidos resilientes que harán eco como campanas, para levantar un monumento al orgullo y a la sangre erguida, que se manifiesta insolente, decidida, multiplicada, bendita y a viva voz, generación tras generación, en la Plaza que sucede a los abriles robados.

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Entre cardos y baldío

Entre cardos y baldío

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Siguiendo tu huella, te escribo
panfletos que crecen ambiguos,
entre cardos florezco, de antiguo
bajo mi suela, espinas y vidrios.
Un dolor que fustiga mis libros,
un ladrido que vulnera el hastío,
el sol se desvela y tirita de frío,
viene la luna buscando postigo
con abrazos insomnes de abrigo.
Y un remanso en tu vientre baldío.

Escribo un verso… Luego existo,
en su luz que renace contigo,
como hogaza de pan de tu trigo
es aliento que llena el vacío.
Sin lucidez en este verso impío
mi abrazo te busca de abrigo…
Y en tu cielo se azoga el estío.
Van y vienen los sueños perdidos,
clandestinos habitando el olvido
inmersos en el duelo de mi desvarío.

La luna que duerme en el río,
es el fuego que prende tu sino.
Y en la margen de los desatinos
un latido que crece con brío.
Calientan las nieves del frío,
las piedras que cantan, y escribo
con un corazón en derribo,
una copla marchita de hastío.
Se inflama el orgullo contigo…
Mi verso te encuentra, y pervivo.

Los despojos se avivan si vivo,
afilan su voluntad de caídos.
A la luz de tu cuerpo respiro
ante el más soterrado vacío,
este nadar subterráneo
es mi nadir posesivo.
Y refulge en lo alto del vuelo
tu cenit que sepulta el hastío,
te creces de cero hasta el cielo
cada vez que te amo y te habito,
cada vez que mi verso y su celo
se anidan en tu más cálido hito.

Cada vez que en tu cuerpo me desvelo,
cada vez que en tus besos resucito,
cada vez que el silencio del proscrito
prende lumbre a los leños de mi celo.

Tu cuerpo es una geografía sin recelos
un paisaje memorable del recuerdo
un referente inmutable del silencio
un regalo sustraído de otro tiempo.

Escribo entre explosiones de memoria
acechando palabras que seducen,
me devoran los latidos y reducen…
al naufragio innegable de tus glorias.

Detengo la marcha marchita del perdido
apurado, condeno el tiempo expedito,
desterrado maldigo el exilio maldito;
y pernocto, al pie de monumentos al olvido.
A la carencia de apegos me remito
en esta atroz mendicidad sin respiro.
Hallo un refugio del fuego encendido
cada vez que en el vientre te escribo.
Y bendigo la palabra sustraída del vacío
cada vez que en tus besos resucito.

En la esencia más honda te concibo,
ahí donde el verbo hace cita
en la presencia más clara de tu cuerpo,
donde el silencio habla entre suspiros
y la palabra moribunda resucita.
Se replantea la poesía en su retiro
ante tus caminos inminentes que me incitan,
el deseo se libera y vuela,
sin el miedo insomne que nos puebla
ni la feroz soledad que nos marchita.
Nos divorcia de la forma,
se sustrae de la rima,
palmo a palmo te conforma
beso a beso se reanima.

Cada verso es una ofrenda,
cada grito una osadía,
un germen de palabras
que se enhebran y te habitan.

Los besos sin artilugios encienden,
la poesía gravita sobre el cielo
las palabras se marchitan si no entienden
que el dolor, necesita de consuelo.
Y el amor que palpita desde siempre
se derrumba en el vacío sin sosiego.

 

¡Voy a mandar a todos los escritores a la porra!

Aposento en el pecho.

Aposento en el pecho.

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Hoy abracé cálidamente al niño que vive en mí.
Y le dije: No temas seremos felices juntos.
No, no es insomnio lo que me acongoja,
es una llama, eterna e incomprensible,
con destinatario permanente.
Te confieso que a pesar de los años,
vuelo como los pájaros…
Y ardo como el rayo.
Saberte calladamente en el recuerdo, me crece,
saber que te llevo dentro, me mueve,
llegaremos a donde soñamos.
Y no te extrañe que te pida confiar en mí,
yo sabré llevarte de la mano, porque aprendí de ti.
Y cuando lleguemos…Los dos lloraremos en silencio, sin dolencias ni resabios…
Aunque siempre sea tiempo de cambios,
guardaré momentos para ambos,
por la sabia compañía que siempre disfrutamos.
Y porque la felicidad no la buscamos al final del camino,
sino en cada paso, estación de gracia con que fuimos bendecidos.
Tú y Yo, mi niño.
Porque construir fue nuestro sino,
hicimos una casa con sueños para mis hijos,
nido para la mujer que voló conmigo,
y un rincón entrañable, pedazo de paraíso para ti.
Te cumplí el sueño de vivir en un hogar con chimenea,
acrecentar las navidades con la sencillez del pan,
y la frugalidad de los arcones,
escribir un libro,
hacer incontables e insustituibles amigos,
encontrar abrigo en la soledad,
motivos en la distancia…
Y razones en el amor.
No sé si me faltó guardar canicas,
pero recordar que éramos los mejores en esas lides,
me lanza otra vez a rodar el suelo que descalzos pisamos.
Y en el que echamos entrañables raíces.
Cabalga y sueña conmigo, que hay mucho por recorrer…
Y un lugar en el lado izquierdo del pecho, que es tu aposento.

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