La biblioteca de Alejandría y la procedencia de sus libros

La biblioteca de Alejandría y la procedencia de sus libros

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La gran Biblioteca de Alejandría fue fundada a comienzos del siglo III a.C. por Ptolomeo I Sóter. En su momento de mayor esplendor llegó a albergar la impresionante cantidad de 900.000 manuscritos. No era solo un almacén de libros, sino que constituía todo un centro de investigación y docencia que reunía a numerosos eruditos procedentes de diferentes centros de la cultura clásica.

Éstos se dedicaban a realizar copias y traducciones de los manuscritos que llegaban a Alejandría, quizá como apunta Tito Livio cobrando por cada línea copiada. Pero también a escribir nuevos estudios y comentarios que se añadían a la colección, de modo que además de recopilar textos externos contaba con su propia producción.

¿Cómo llegaban los libros a la biblioteca de Alejandría? De varias maneras. Sabemos que muchos de los ejemplares del filósofo pudieron ser adquiridos por Demetrio de Fálero. Hay quien considera a Demetrio, que era discípulo de Aristóteles, como el primer bibliotecario de Alejandría, pero otros opinan que simplemente fue el impulsor de la idea y que murió antes de la fundación de la biblioteca. En cualquier caso, la adquisición de los manuscritos de su maestro habría tenido como objetivo añadirlos a la futura colección alejandrina.

Según cuenta Lionel Casson los ptolomeos desarrollaron un agresivo programa de compra de libros: enviaron agentes con los bolsillos bien llenos y órdenes de comprar cualquier libro que pudieran, de cualquier tipo y sobre cualquier tema, y cuanto más viejo fuera el ejemplar, mejor. Esto último se debía a la creencia de que cuanto más antiguo fuera un manuscrito menos veces habría sido copiado, y por tanto más fiel al original debía ser.

Este furor comprador daría como resultado la aparición de un nuevo negocio para satisfacer la demanda de libros: la falsificación de manuscritos, esto es, el envejecimiento de pergaminos y papiros para hacerlos parecer más antiguos de lo que eran y así pedir por ellos precios más altos.

A la compra de ejemplares hay que sumar otra vía de llegada de libros. Como no era posible comprarlo todo, los ptolomeos ordenaron que todo barco que entrase al puerto de Alejandría debía ser inspeccionado. Si se encontraban libros a bordo se confiscaban y se llevaban a la biblioteca donde se hacían copias. Los originales quedaban allí almacenados y las copias se devolvían a los barcos. Una de las grandes ventajas de los ptolomeos es que en Egipto disponían de abundante papiro para copiar y copiar, prácticamente sin límites.

¿Y dónde compraban los libros? En muchas ocasiones, a particulares, ya fueran colecciones propias o heredadas. Pero más frecuentemente en librerías, ¿dónde si no? Dice Tönnes Kleberg que la producción y venta de libros se inició en Atenas hacia la segunda mitad del siglo V a.C. Lo que viene a ser más de siglo y medio antes de la fundación de la biblioteca de Alejandría.

La primera mención conocida del término bibliopòles (librero, en griego) la encontramos en la comedia Los embaucadores de Aristómenes escrita a finales del siglo V a.C. Por otros autores como Nicofrón y Éupolis se sabe que los libreros ponían sus puestos en el mercado igual que otros comerciantes, como los vendedores de harina o de cuero, e incluso que los negocios de libros se concentraban en un determinado punto de la ciudad, la llamada orchestra, una terraza semicircular en el mercado al pie de la Acrópolis. Existían también bibliokápelos, esto es, vendedores de libros ambulantes.

Pero no solo en Atenas había librerías, la isla de Rodas, en la ruta comercial hacia Egipto, era también un importante centro librero. Y en el siglo IV a.C. Antioquía era uno de los principales centros productores de libros, con numerosos copistas que, ante la gran demanda, daban preferencia en sus entregas a las ciudades con mayor número de libreros.

El propio Alejandro Magno, que era un ávido lector, mandaba comprar sus libros en las librerías atenienses como corrobora Plutarco en su obra Vidas paralelas.

En cuanto al precio de los libros venía determinado por la demanda. Muchos tenían un precio modesto, apenas un dracma. Otros, seguramente las ediciones más cuidadas e ilustradas y los libros raros, alcanzarían precios más altos e incluso desorbitados.

La biblioteca de Alejandría disponía de fondos y recursos para adquirir estos libros raros y caros y, probablemente, de información sobre dónde encontrarlos.

No ha llegado a la actualidad el nombre de ninguno de los libreros de esa época. Los primeros mencionados en las fuentes antiguas vienen de la mano de Luciano de Samosata, que vivió en el siglo II d.C. ya en pleno Imperio Romano. Se llamaban Calino y Ático, y eran editores (productores de libros) que luego vendían en sus comercios. Luciano, que solía hablar con desprecio de los libreros, en cambio elogiaba a Calino y Ático.

Los editores, que luego distribuían a los libreros, obtenían sus copias de primera mano de los autores, pero aquellas que no podían conseguir las copiaban en bibliotecas como la de Alejandría,  a donde acudían a proveerse de novedades.

Sobre lo que ganaban los autores y su relación con editores, copistas y libreros, apenas se sabe que la mayoría no percibían nada por la copia de sus manuscritos, salvo el honor de la fama. Pero sí que hay algunas noticias sobre un tema tan espinoso como el plagio. Increíblemente, dos autores, Aulo Gelio (siglo II d.C.) y Diógenes Laercio (siglo III d.C.) acusan a Platón de haber adquirido los manuscritos de Filolao (discípulo de Pitágoras) y haber compuesto con ellos su Timeo. Fuera cierto o no, no parece que Platón ni ningún otro filósofo o escritor se beneficiasen económicamente de su producción literaria.

Fuentes: Libraries in the Ancient World (Lionel Casson) / Las Aves (Aristófanes) / Obras, vol.6 (Luciano de Samosata, traducción de Manuela García Valdés) / Libros y libreros en la Antigüedad (Alfonso Reyes) / Libros, editores y público en el Mundo Antiguo (Guglielmo Cavallo) / Wikipedia.

El paraíso de Natalia

El paraíso de Natalia

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Estaba enfrascada en la lectura. Era su “deporte” favorito como le decía su amiga. En aquel momento estaba leyendo el “Tratado de filosofía casera para una generación obtusa” un libro muy especial de Enrique Brossa. Estaba tan absorta en tan sabias palabras, que no había notado su presencia hasta que le puso un margarita delante de ella. Su amiga viendo que ni se inmutaba mojó los dedos en su copa y le salpicó la cara. Se relamió la parte que había caído sobre sus labios y solo entonces pudo despegar los ojos de aquel interesante tratado.

—¿Qué haces? Estás loca.

Se la quedó mirando con ojos soñadores. Pensar que hacía apenas un tiempo ni siquiera sabía que había un cóctel llamado como las flores que tanto le gustaban. Rió ante su ocurrencia.

—Levántate que nos vamos.

—No, estoy a gusto aquí. Gracias por la bebida, me consientes demasiado.

—Pero quiero llevarte a cenar. ¿Te he dicho ya hoy lo guapa que eres?

—Solo doscientas cincuenta y cuatro veces, pero no me importa que lo digas una vez más.

Se la quedó mirando con aquellos hoyuelos que se le formaban cuando sonreía. Ana se sentía feliz solo por el hecho de que ella lo fuera. ¿Cabía tanta felicidad? Desde luego que sí.

Natalia era una mujer encantadora a pesar de haber tenido una vida muy dura. Su infancia había estado marcada por los abusos, quizá por eso odiaba de aquella forma a los hombres. Desde su más tierna infancia los hombres se habían aprovechado de ella. El primero su tío. El muy desgraciado hacía creer a todo el mundo que la adoraba. La llevaba de excursión. Le compraba regalos… pero todo eso tenía un precio. Un precio que ella no sabía que no debía pagar. Según el tío Pedro todas las niñas de su edad tenían un tío Pedro que les hacía regalos y las llevaba de excursión a la casa de la playa sobre todo en invierno. A su corta edad solo sabía que tenía que obedecer a su tío como le decían papá y mamá. Cuando les dijo que el tío le hacía daño, nadie la creyó. Pedro era un poco bruto, pero ¿hacerle daño a Nati? Imposible dijeron sus padres al unísono.

El tiempo fue pasando y por fin el tío Pedro se encaprichó de su prima menor. Sus padres se molestaron con ella, era tan desconsiderada, tanto quejarse del tío, este había optado por trasladar sus favores a Inma, su prima pequeña. Por culpa de la mocosa, ¡otro verano a la porra!, se quejaron a su vez los padres de Natalia. Ellos que se veían pasando unas vacaciones de lujo a costa del tío se enfadaron mucho.

Para Natalia fue una liberación. Le daba pena su prima, pero por mucho que había intentado avisar siguieron sin hacerle caso.

Llegó el tiempo de empezar a trabajar, sus padres la obligaron a entrar en la empresa familiar. La empresa de su odiado tío, pero era mujer, así que no podía decir que no. Tenía que obedecer. Allí siguió el acoso. Esta vez no era un acoso sexual, sino laboral. Su tío para castigarla por haber hablado con sus padres sobre los “juegos” a los que la sometía, aunque nunca la creyeron, aquello lo enfureció. Le había designado para empezar ordenar el almacén. El encargado era tan cruel como su tío. O tenía instrucciones de él. En cuanto entraba en el almacén cerraba con llave y ni al lavabo la dejaba ir. Aquello era tenebroso. El lugar era húmedo y oscuro. Hasta notaba que le costaba respirar en aquella habitación sin aire ni ventanas y abarrotada de legajos cargados de polvo. Aquel verano la ola de calor hizo subir la temperatura considerablemente por encima de la media. Aquello más que un almacén parecía una sauna. Aguantó como una jabata hasta que decidió casarse y salir de la tutela de sus padres.

En el trayecto al trabajo conoció a un joven que la invitó unas cuantas veces a un refresco. Siempre se negaba, le tenía pánico a lo que podían decir en su casa. Esteban parecía diferente. Era cariñoso y detallista con ella, hasta que se casaron.

En cuanto volvieron del viaje de novios empezó a ver el verdadero carácter de su marido. Ahora viendo su vida en perspectiva se daba cuenta cuánto había cambiado el mundo en aquel tiempo. Entonces las mujeres no podían quejarse. Había que obedecer al padre. Hasta para ir a la playa necesitaba su aprobación. Así que salió de Málaga para meterse en Malagón. Su marido resultó ser un celoso patológico. Todo le molestaba. Se quejaba que coqueteaba con todos los hombres. Para evitar los celos optó incluso por vestir de hombre. Cambió los vaporosos vestidos por pantalones sosos y sin gracia. Los peinados cardados y favorecedores por un corte de pelo a lo garçon. Ni con esas su marido estaba contento. Empezó a golpearla, primero por atrevida, como decía él, luego por esperpento. El caso era que siempre encontraba motivo para un bofetón.

Hasta que dijo basta. Había tomado una decisión. Ella no merecía todo aquello. Un día después de pensarlo mucho salió de casa y no volvió. No sabía si la echaría de menos, pero tampoco le importaba. Dijo adiós a aquella vida que tantos sinsabores le había acarreado. Entonces conoció a Ana y entró en el paraíso. Ana la mimaba. Ana la consentía. No sabía cómo lo hacía, pero con solo pensarlo sus deseos eran satisfechos. Le había crecido el pelo. Volvía a vestir de señorita. Le gustaban sus faldas evasé y los drapeados de sus blusas. Las modas habían cambiado tanto en aquel tiempo. Ahora las jóvenes llevaban la tripa al aire, impensable en su época y menos con su padre. Llevaban los pelos de colores, reían y cantaban por la calle. Eran felices y eso la hacía feliz a ella. La primera vez que Ana la llevó a la playa parecía una niña pequeña. Nunca la habían dejado meter en el agua nada más que los pies. Así que jugar con las olas la hacía reír con una inocencia casi infantil. Desde luego aquella había sido la mejor decisión que había tomado en su vida. Al principio fue doloroso, pero ya no. Una vez que pasó el dolor, todo fue liberación. Entonces encontró a su ángel de la guarda. Eso era Ana para ella, su ángel. Al principio tuvo miedo. No quería que le volviese a pasar, no podía confiar en nadie. Cuando Pablo le dijo que allí nadie le haría daño no se lo podía creer, pero así era. Había perdido la noción del tiempo. No sabía si llevaba allí días, meses o años, lo único que sabía era que no se iría nunca de allí.

—¡Venga! He dicho que nos vamos. ¿Dónde estabas?

—Estoy tan a gusto que no me quiero mover. Se respira tanta paz.

—Pues claro, estamos en el paraíso, ya lo sabes.

—Desde luego que sí, esto es el cielo.

—Te lo ganaste en vida. Ni siquiera has tenido que pasar por el purgatorio. Disfruta de la eternidad, querida Natalia, te lo ganaste. Aunque hiciste enfadar un poco a Dios, tu suicidio fue demasiado dramático. ¡Mira que tirarte al tren!

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Cl@ndestinos 5ª entrega

Cl@ndestinos 5ª entrega

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Cómo puedes decir algo así, cuando ni siquiera me conoces —contestó ella por fin.

Por eso precisamente me encantaría conocerte. Mejor dicho, me hubiese gustado conocerte hace unos cuantos años.

—Te tengo que dejar. Se ha hecho muy tarde. Buenas noches y feliz navidad de nuevo —se excusó Rhona. No podía seguir con aquella conversación, estaba demasiado alterada.

Buenas noches, y feliz navidad para ti también. Un beso.

Y por primera vez le envió un emoticono de esos que se envían en las conversaciones de Facebook, un conejito que tiraba un beso con forma de corazón.

 

Durante la siguiente semana Jaime no volvió a dar señales de vida, Rhona llegó a pensar que la última conversación había sido algo fruto de la época en que estaban, o que se hubiese pasado de copas y dijo lo primero que le vino a la mente.

Llegó fin de año y Daniel le comunicó durante el desayuno que lo celebrarían fuera de casa.

—No quiero que vuelvas a hacerme quedar en ridículo delante de mis invitados —le dijo con toda la crueldad de la que fue capaz.

—Tranquilo, no lo haré. Para eso ya estás tú que eres un maestro. Fuiste tú el que me avergonzaste a mí la otra noche, por si no te habías dado cuenta.

Rhona se negaba a darle la satisfacción de que notase lo mucho que la hería, por eso con toda la dignidad que pudo reunir dio media vuelta y se fue a la cocina. Una tila le calmaría los nervios y le daría tiempo a serenarse antes de decirle a su marido que tenía unos recados que hacer. Había quedado con sus amigas y a él nunca le cayeron bien, así que mejor no dar tres cuartos al pregonero.

Había quedado con Lola y Maia para hacer las últimas compras antes de reyes, y tomar el último café del año. Rhona quería añadir algún complemento a los cuantiosos regalos que tenía preparados para las chicas, ya que, como cada año, todo le parecía poco para ellas. Y aunque el motivo real fuese ese, el secundario era que no podía callar por más tiempo. Quedaron en la granja de siempre, donde los cafés sabían a gloria y no solo era por el café que servían, era por la compañía, mínimo una vez a la semana se encontraban las tres amigas para desayunar y ponerse al día. Rhona decidió que aprovecharía esa mañana para ponerlas al corriente de su secreto.

Llegaron, se abrazaron, se besaron, como cada vez que se veían aunque hubiese sido el día anterior, hasta que Maia se separó un poco de ella y le espetó a bocajarro.

—¡Nena! ¡Te ves genial! ese brillo en los ojos hace mucho tiempo que no te lo veo, tú nos ocultas algo.

Rhona se quedó sin habla y un calor subió por su vientre hasta la cara haciéndole sudar a pesar del frío.

—Tranquila, cariño, ese rubor lo achacaremos a la menopausia. —Salió Lola a defenderla.

—Sentémonos, por favor —pidió Rhona—, lo cierto es que sí, tengo algo que contaros y espero que me deis vuestro consejo.

—¡¡Por fin te has desecho de tu marido!! —Celebró Maia con alegres palmadas.

—Frío, frío —contestó Rhona intentando ganar tiempo a la vez que sonreía.

Se sentaron. Pidieron capuchinos y unos cruasanes para las tres. No sabía por donde empezar así que las dos se acodaron en la mesa mirándola fijamente, esperando lo que para ellas sería una bomba.

—Alguien me tira los tejos —soltó de golpe y se tapó la cara con las manos.

—¡¡¡¡Qué!!!! Cuenta, cuenta —dijeron las dos casi a la vez.

—Antes de que empieces, creo que necesito algo más fuerte que un café —bromeó Maia haciendo ver que llamaba al camarero.

—¿Quién es? ¿Lo conocemos? ¿Es guapo? —Asaetó a preguntas Lola.

—Por favor, esto es muy violento para mí, no me lo pongáis más difícil.

—Tranquila, cariño, empieza por el principio, tenemos toda la mañana —concedió Maia—. No tengo trabajo hasta esta tarde, tengo que enseñar un diseño, espero que a la clienta le guste y no me haga modificarlo mucho —se quejó haciendo un mohín y frunciendo el entrecejo.

—Pues yo tengo todo el tiempo del mundo —celebró Lola—. No tengo guardia hasta pasado mañana.

—Pues yo estoy en dique seco, desde que Jaime me habla no soy capaz de hacer nada decente, de verdad, estoy hecha un lío.

—Así que se llama Jaime… hmmm me gusta ese nombre —bromeó Maia.

—Deja que hable antes de que se arrepienta —cortó radical Lola.

Después de aquella pequeña tomadura de pelo por parte de sus amigas, intentó ponerlas en antecedentes de lo que le sucedía desde hacía más de medio año, les explicó que en un principio pensó que era alguien que se sentía tan solo como ella, pero la noche de navidad le había dicho que le gustaba, les dijo, y les tendió el móvil para que leyeran la conversación.

—Que suerte, yo en una página de contactos y no me sale nada que valga la pena —se quejó Lola—, y tú sin buscar, ¿por que ha sido sin buscarlo, deduzco?

Las tres habían tenido matrimonios bastante nefastos, por eso siempre se habían apoyado las unas a las otras. Maia era diseñadora de modas y desde el primer momento se dio cuenta que su marido pasaba demasiado tiempo en el taller, incluso le gustaba pasearse por la sala de pruebas, con el consiguiente cabreo de alguna clienta o el agrado excesivo de otras. Lola, algo más joven que ellas dos, era la más resuelta, era médico y especializada en  psicología, se había separado a los dos años de casada con un bebé de meses, una jabata, había sacado a su hijo adelante sin ninguna ayuda y estaba orgullosa de ello, pero se sentía sola y aunque no quería una relación estable, sí le apetecía encontrar a alguien con quien salir de vez en cuando a tomar un café, o algo más si les apetecía a los dos. Por eso estaba en una página de contactos para mayores, pero todo lo que pululaba por allí tampoco era que valiese mucho la pena. Ella era una mujer culta y no buscaba solo un revolcón, para eso cualquier compañero del hospital le servía, ella necesitaba alguien con quien mantener una conversación interesante de vez en cuando y un abrazo cuando sintiera sus fuerzas flaquear.

 

 

—¡Pues claro que no he buscado nada!, aparte que no hay nada… solo hablamos por Messenger —aclaró Rhona.

 

Después de hablar casi una hora, sus amigas estaban boquiabiertas, de ella no hubiesen imaginado nunca algo así.

—¿Qué piensas hacer? —Preguntó Lola, después de un largo silencio por parte de las tres.

—No lo sé, os lo he contado porque estoy hecha un lío, es algo que me supera.

—¿Pero a ti te gusta? —Esta vez fue Maia la que preguntó.

—Ese es el problema, no lo sé. Lo paso bien en nuestras charlas. Me dice cosas bonitas que hace mucho tiempo no me decía nadie, en definitiva, me hace sentir viva —confesó ella.

—A ver que te parece; estamos en fiestas y ya sabemos que en estas fechas todo el mundo es cariñoso, a veces de más. Deja pasar las fiestas y cuando volváis a hablar le preguntas sus intenciones —aconsejó Lola, a lo que Maia estuvo de acuerdo.

—Bien, dejaré pasar estos días y veré que pasa.

—Pero nos mantienes informadas, ¿eh? —insistió Maia, guiñándole un ojo.

Un día para olvidar, capítulo 2

Un día para olvidar, capítulo 2

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En casa se habían quedado su hermano Juan y su cuñada Gemma, esta era un poco más persona que la mujer de su hermano Javier, mientras, cuidaban a su madre y le hacían creer que todo estaba bien. Por desgracia o por suerte, en aquel momento para ella los períodos lúcidos pasaban rápido y volvía a su mundo interior, un mundo en el que no había cabida, en el que cada vez se sumergía más a menudo y le costaba más salir de esa zona nebulosa en que se mantenía ajena al mundo.

Gemma estuvo recogiendo lo que habían preparado para la cena de nochebuena, que había quedado intacto, era una mujer activa y no podía estar mano sobre mano, además tenía un mal presentimiento y a medida que pasaban las horas sin noticias de Ramiro, ese presentimiento se acentuaba. Juan no hacía más que dar vueltas arriba y abajo de la casa, cosa que estaba sacando de quicio a Gemma, entendía perfectamente que estuviese nervioso, pero sería más productivo, ayudándola a ella o sacando a su madre a pasear para distraerla, que desgastando las baldosas del suelo.

—Juan, por favor, ¿puedes parar un poco de dar paseos? Cariño, todos estamos nerviosos, pero no por eso aparecerá antes.

—Lo sé, pero no puedo evitarlo, esto me huele muy mal, no entiendo cómo se ha podido perder de esta manera —le dijo bajando la voz para que no lo escuchara su madre.

Le costaba pensar que le hubiese pasado otra cosa que no fuera que se había despistado, aunque en su fuero interno sabía que aquella era la más improbable de todas las hipótesis. Ramiro era un niño grande y como niño que era,  sus costumbres eran fijas, su día a día era uno calcado del otro, por eso todos en la casa tenían esa sensación en la boca del estómago. Todos menos Marina, en su mundo apenas se daba cuenta de que su hijo hacía más de dieciocho horas que no aparecía por casa, ella, que desde que con tres añitos, los pediatras detectaron que Ramiro padecía una discapacidad intelectual, debido a un medicamento prescrito durante el embarazo, no se había separado de él en ningún momento. Ahora, solo en alguna esporádica ocasión se daba cuenta que no estaba, pero no recordaba cuánto tiempo hacía desde que lo había visto por última vez, así que preguntaba por Ramirito, así le llamaban en casa, ocasionalmente, entonces Juan le decía que acababa de salir, que en un rato volvería y ella volvía a sumirse en su mundo de sombras nuevamente.

Juan accedió a la recomendación de su mujer y sacó a su madre a pasear, más por él que por ella, pero tenía que hacer algo. Mientras tanto, Gemma terminaba de ordenar la cocina esperando una llamada de su cuñada, se ponía en la piel de ella y la verdad era que no podía dejar de admirarla, a sus treinta y dos años llevaba tiempo haciéndose cargo de una madre enferma y un hermano que, aunque se valía perfectamente por si mismo, había que estar pendiente de él, ya que si no le decías que comiera él no comía, y si no le decías que se duchase él no sabía que lo tenía que hacer, incluso le tenía que ayudar con el afeitado, la maquinilla eléctrica no la sabía hacer servir y con las desechables se cortaba, así que cada dos o tres días su hermana incluso lo afeitaba.

Gemma se quedó pensativa, se estaba nublando, el tiempo se había vuelto desapacible y húmedo, los nubarrones cada vez oscurecían más la montaña y el olor a tierra mojada se sentía en el ambiente, de pronto un escalofrío atravesó su columna vertebral, cruzó los brazos abrazándose a sí misma, no sabía bien si para darse calor o ánimos, así que por hacer algo cogió un par de troncos y los echó en la chimenea atizando las brasas para que a continuación prendieran y caldearan un poco más la estancia, nadie se había acordado de avivar el fuego y este prácticamente se había apagado. Viviendo en una casa rural la calefacción eléctrica no tenía sentido, en la chimenea se quemaban todos los rastrojos y troncos de la poda de los árboles del pequeño huerto que tenían detrás de la casa y que ya solo acogía unos cuantos frutales, que cada vez más se iban retorciendo en nudosas y viejas ramas, como si se solidarizasen con Marina, ella los había cuidado siempre con tanto cariño que ahora notaban que no eran las mismas manos las que lo hacían, perdían vitalidad al mismo ritmo que lo hacía ella.

 

Javier después de llegar a su casa se arrepintió de haberse ido, no había estado a la altura. No obstante, vio a Montse revolverse inquieta en el sofá, para ella aquello no tenía la menor relevancia, ya que ella no empatizaba con la familia de su marido. Tampoco era un secreto; hacía tres o cuatro visitas al año y con eso cumplía, en realidad siempre pensó que no estaban a su altura. No le supuso ningún esfuerzo marcharse, así que llegó a su casa y tranquilamente se fue a dormir. Habían quedado con su familia para comer el día de navidad en un restaurante bastante lujoso y quería estar perfecta. No así Javier; en aquel momento tenía una sensación de culpa y remordimiento, un desasosiego que no lo dejaba en paz. Se puso en pie de pronto y le dejó una nota a su mujer. Una nota en la que le decía que sintiéndolo mucho aquel día no estaba para fiestas, que lo excusase ante sus familiares, pero tenía que estar con sus hermanos, no podía dejarlos solos en aquellas circunstancias.

Llegó a casa de su madre casi a mediodía, al entrar por la puerta, Juan, por unos segundos, pensó que era Ramiro, estaba a punto de preguntarle dónde había estado cuando vio que era Javier.

—Ah, ¿eres tú? —dijo con malestar.

—¿Esperabas a otra persona? —respondió con igual tono.

—Pues claro, no te pongas mordaz que no te pega, Ramiro no ha aparecido, pero ni siquiera has preguntado por él.

—No me has dado tiempo, no estés a la defensiva, estoy aquí, ¿no?

—Está bien, tenemos que estar unidos, pero no creas que voy a olvidar el desplante de anoche.

Javier agachó la cabeza mientras su mirada se posaba en algún punto indeterminado de la alfombra, movió el pie intentando sacar una inexistente mancha para evitar a toda costa el contacto visual con su hermano.

Fuera, el día cada vez se oscurecía más. Un espantoso trueno sobrecogió a los dos hermanos, se miraron esta vez y Javier preguntó por su hermana menor. Juan le informó que se había ido a pegar carteles y todavía no había vuelto, que estaba a punto de llamarla cuando él había aparecido por la puerta.

 

En el pueblo, el grupo que se había formado estaba de vuelta. Habían salido a la desbandada sin un plan de búsqueda, sin nadie que coordinara la expedición, cosa que Alex imaginaba. Nadie quiso escuchar a un poli de ciudad, así que se sumó a la búsqueda como un vecino más; pensó que cuando vieran que las cosas no salían como esperaban se decidirían a dejarle actuar como le habían enseñado en la academia. No se había separado de Yoli en ningún momento, a ella no le parecía necesario, pero él la convenció y le dijo que si aparecía era mejor que él estuviese a su lado, por si había que hacer algún informe, (aquello no era del todo cierto, no era capaz de decirle que una de las posibilidades era que Ramiro estuviese muerto). Alex les dejó muy claro que si lo encontraban y estaba herido, sobre todo, que no lo tocasen. Les avisó que podía ser peor. Gracias a las benditas series de policía de la tele, todo el mundo estuvo de acuerdo.

De pronto empezó a tronar y a caer una lluvia torrencial. Yolanda quería seguir buscando a toda costa pero Alex se negó rotundamente; casi a la fuerza la obligó a volver; con esa lluvia no podían caminar por el monte, se hundían los pies en el fango y no quería sumar una desgracia más, le dijo inflexible.

Casi a la fuerza la condujo a su casa con una promesa: en cuanto escampara haría venir a los perros rastreadores y las patrullas que hiciesen falta. De aquella manera no podía seguir, le dijo. Además no había comido nada en todo el día y si quería ayudar tenía que alimentarse, sin fuerzas no sería de mucha ayuda, con eso la acabó de convencer.

Invitó a Alex a pasar cuando llegaron, le presentó a su otro hermano, puesto que a Juan ya lo conocía, se saludaron aunque con cierto recelo. Javier recelaba de todos los hombres que se acercaban a su hermana, cosa que a ella le indignaba, pero aceptaba por ser el que siempre había estado allí para ella, el más cercano en edad y cómplice de sus travesuras infantiles.

Se dieron la mano como caballeros, pero ninguno se quitaba ojo de encima. Yoli se daba cuenta que sin conocerse de nada había una tensión entre ellos inexplicable, así que le dijo a su cuñada que llevase a su madre a la cocina que tenían que hablar. Una vez solos invitó a Alex a explicar los planes de búsqueda, este se metió a fondo, intentando agradar al hermano tanto como a ella e intentando que lo que decía no sonase ni demasiado optimista, ni demasiado pesimista, cosa que era bastante complicado dadas las circunstancias.

Terminado el discurso se dispusieron a cenar algo, había sido un día muy duro y estaban exhaustos, ninguno tenía hambre, pero como les dijo Alex, en aquel momento no podían desfallecer, y alimentarse bien era primordial para todo lo que les esperaba. Sin querer ser fatalista les dijo que estuviesen preparados para cualquier noticia, mala o buena, también les dijo que haría todo lo que estuviera en su mano para que aquel caso se esclareciera lo antes posible, dicho esto, Alex declinó la invitación a cenar con ellos, aludiendo que tenía trabajo que hacer y se marchó.

 

Cuando Alex llegó a comisaría, bien entrada la noche, lo primero que hizo fue poner en marcha un dispositivo de búsqueda urgente. Estaba dada la voz de alarma pero el protocolo que se había seguido era el normal; pidió perros rastreadores, patrullas de montaña, etc. Movilizó los refuerzos necesarios para escudriñar el monte de arriba abajo, aunque llevaba lloviendo torrencialmente toda la noche, esperaba, cuando dejase de llover, hallar alguna pista que diera con su paradero.

Una vez que tuvo todo preparado, salió a desayunar. Salió sin una idea preconcebida, era un hombre metódico. Siempre hacía las comidas en el bar de al lado de la comisaría, pero esa mañana ni siquiera se dio cuenta que se había alejado más de lo normal; caminaba ensimismado en sus pensamientos, concentrado en el problema que se le avecinaba, nunca pensó tenerse que enfrentar de esa manera al dolor de una familia, un dolor que le estaba afectando demasiado… de nuevo.

—¿Qué tomará el agente? —preguntó Maruja displicente.

Se la quedó mirando como si la mujer, en realidad, fuera un fantasma o un extraterrestre, no tenía ni idea de cómo había llegado hasta allí.

—Capitán —sonrió Maruja al decirlo— le pongo algo o ¿ha venido a pasar el rato?

—Inspector, solo soy inspector —aclaró sin darse cuenta de la mofa de la dueña de la cafetería—. Un café con leche y un cruasán, gracias.

Maruja se fue a preparar el encargo, cuando volvió se lo puso delante, entre el periódico y él, y, sin pedir permiso, se sentó a la mesa.

—Puede sentarse, está usted en su casa —reaccionó por fin.

El retintín de Alex no le pasó inadvertido, pero le daba igual, estaba acostumbrada a lidiar con todo tipo de personas y un inspector de tres al cuarto llegado de la gran ciudad no la asustaba a ella, aunque seguiría llamándole capitán, “le va bien el grado”, pensaba.

—Gracias, lo sé —contestó ligeramente agresiva— ya que está aquí, capitán, le quiero preguntar cómo va la búsqueda de Ramiro, ¿lo han encontrado ya? ¿Tienen alguna pista, por lo menos?

—Lo siento, no puedo darle ningún tipo de información, usted no es familiar del desaparecido.

—A mí no me vengas con tecnicismos. Esto es un pueblo pequeño, nos conocemos todos y somos como una familia… Bueno, casi todos —puntualizó insolente—. Además, veo que no está de servicio, o sea, que se lo estoy preguntando a un amigo, ¿o me equivoco con usted?

—No, no estoy de servicio, pero eso no quiere decir que pueda ir dando información de un caso sin el consentimiento explicito de sus familiares más directos.

—Mire, capitán…

—Inspector, ya le dije antes que solo soy inspector.

—No se enfade, le estoy dando categoría, además, te queda bien lo de capitán, te veo — poniéndole una mano en el brazo lo tuteó de repente, podía ser su madre, no se iba a andar con remilgos, haciéndolo callar cuando empezaba a protestar—. Mira, te lo voy a decir claro, esa criatura tiene que aparecer, así que en vez de estar tomando cafecitos ¿por qué no estás pateando el bosque?, o el pueblo o lo que sea que haya que patear hasta que aparezca.

—Mire, doña Maruja, lo primero, no puedo ni debo darle explicaciones, me doy cuenta que no soy santo de su devoción, pero hago mi trabajo lo mejor que puedo, no tenemos pistas, no tenemos un rastro que seguir, por lo tanto vamos a ciegas, pero no descartamos ninguna vía de investigación, se está montando un dispositivo, estoy esperando que lleguen los perros y el material necesario, los voluntarios están peinando la zona, por el momento no podemos hacer nada más.

—Sigues con tu palabrería de policía de ciudad, resumiendo, que no tienes ni idea, vaya, mucho policía de ciudad, mucho material, muchos perros, pero na de na —se levantó Maruja y se fue rezongando para atender a los demás parroquianos y a las “marujas” de turno, que con la excusa de comprar el pan, se ponían al día las unas a las otras.

Alex salió de la panadería-cafetería con ganas de dar un puñetazo en algún sitio, eso era lo más ingrato de la profesión, por mucho que hicieras, apenas había tenido tiempo de dar una cabezada, que vale, que no era culpa de nadie, pero que encima le dijeran que no hacía nada porque estaba tomando un café, lo necesitaba algo más fuerte que el de la máquina de la comisaría, para despejarse un poco y seguir con el ritmo de trabajo que se había impuesto, aquello lo superaba, otra vez le llegaban a la mente las palabras de su instructor: “te implicas demasiado” pero se había hecho policía para eso, para ayudar, ¿cómo hacer para no implicarse?, se preguntaba.

 

La mañana de Yoli no había empezado mejor, apenas había podido cerrar los ojos en toda la noche, se imaginaba a Ramiro en las peores circunstancias, lo veía en un país de esos en que las vidas humanas no valen nada, un ricachón necesitaba un trasplante de algún órgano y se lo habían cogido a su hermano, cuando volvía a cerrar los ojos lo veía tirado en una cuneta, incluso siendo el objeto de culto de una secta y Ramiro el cordero a sacrificar para una ofrenda a algún Dios pagano. Se levantó muy temprano, se duchó y preparó café para sus hermanos y su cuñada que todavía estaban allí, recogió la casa y levantó a su madre para llevarla al centro de día, en pocos días le concederían una plaza en una residencia, ya que su estado cada vez era más precario. Circunstancia que le daría a ella un respiro, menos mal, pensó, si no fuera así no podría hacer todo lo que tenía pensado, lo primero, pedir unos días en la empresa donde trabajaba, si no se los daban se iría, para ella la búsqueda de su hermano era primordial. Después de eso se uniría a la investigación, decidió, aunque antes hablaría con sus hermanos, ellos tenían que volver a sus vidas, ella intentaría mantenerlos informados, les dijo, pero no podían dejar sus obligaciones, así que los convenció, aunque a regañadientes, pero lo hizo.

Pasó por la panadería de Maruja, le dijo que le hiciera un bocadillo, ya que no pensaba volver hasta que Ramiro no apareciese, y se fue directamente a comisaría, allí estaban distribuyendo las zonas a rastrear por los voluntarios que se iban apuntando.

Fue directamente hacía el despacho de Alex, este la hizo pasar inmediatamente. Cada vez que la veía, no sabía qué le pasaba pero se alegraba, quizá más de la cuenta y en aquel momento eso era contraproducente, no había sanado todavía de su última experiencia, menos debía involucrarse con ninguna persona implicada en un caso suyo, y ese caso era suyo, eso lo tenía claro, por mucho que le hubieran dicho desde la central que si era necesario le enviarían algún especialista y, si hacía falta, también un psicólogo.

—¿Se sabe algo de mi hermano?

Alex se la quedó mirando con ternura, aquella criatura tenía algo que le deshacía los huesos, le mermaba la voluntad y lo dejaba sin habla, tanto que…

—Lo siento —tardó en contestar algo más de lo normal— esto… están llegando los perros, ya he distribuido a los voluntarios, ahora, en cuanto lleguen los de la científica, intentaremos buscar alguna pista o alguna huella, si recuerdas algo, por insignificante que parezca, me llamas, a la hora que sea.

Yolanda se quedó sin palabras, ella que iba pensando tirarle la caballería por encima en aquel momento no supo qué decir.

—Has debido levantarte muy temprano para que te haya dado tiempo de todo eso.

—No me he acostado, he dado una cabezada en esa butaca —señaló con la barbilla un incómodo sillón que había en una esquina de la oficina. Yolanda la miró pensando que así tenía las ojeras que tenía, supo que algo había pasado cuando lo vio tan desaliñado, aunque tampoco esperaba eso, las pocas veces que se habían visto, siempre iba impecable, no era el típico gentleman, sino que era una elegancia algo más de andar por casa, siempre lo había visto con jerseys gruesos, hacía mucho frío en aquellas latitudes y suponía que no estaba acostumbrado, en las grandes ciudades no sabían lo que era el frío, pensaba, sus tejanos siempre impolutos y, lo que le sorprendía más, que solía calzar mocasines, nunca lo había visto con zapatillas deportivas o botas de montaña que era lo que usaban los hombres de por allí, y eso que imaginaba ella que para su trabajo serían más cómodas y sobre todo, llevaría los pies más calientes, sonrió, a pesar de aquellos pensamientos tan inoportunos dadas sus circunstancias, pero la vida sigue, pensó, esto va a ser duro, Yoli, se dijo, debes continuar, ser fuerte, no desfallecer en la búsqueda, pero tampoco negarte una sonrisa.

 

Cl@ndestinos IV

Cl@ndestinos IV

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Nochebuena, doce de la noche.

 

Rhona intentó llamar a las chicas pero la línea estaba colapsada, envió algunos whatsapp a las amigas y algún que otro conocido pero costaba que entrasen, o estaban celebrando y no contestaban, “ya los leerían por la mañana”, pensó.

La noche de nochebuena cenaron solos, Daniel había reservado esa noche para ellos, muy considerado él, cuando como era habitual en él, en toda la cena le había dirigido la palabra. Acabaron de cenar, recogió la cocina y puesto que su marido se había encerrado en el estudio, no tenía nada más que hacer. Ya ni siquiera acudían a la Misa del Gallo, como había sido tradición en su familia, hasta eso había dejado perder, la costumbre era de la familia de Rhona, no de la suya, por eso no le interesaba demasiado.

No tenía sueño así que se sentó frente al ordenador, estuvo leyendo el correo y contestando a algunas personas que le felicitaban las fiestas por ese medio. Estaba a punto de acostarse cuando el móvil emitió el típico sonido que anunciaba que tenía un mensaje en el Facebook.  Curiosa, pensó quién podía estar en Facebook a aquellas horas en una noche tan señalada. Abrió la página del navegador y le dio al bocadillo de los mensajes, las pulsaciones se le aceleraron al ver que se trataba de Jaime.

Tiene un mensaje nuevo.

¡¡Feliz Navidad, querida Rhona!! Para cuando te conectes.

Muchas gracias, igual te deseo.

No esperaba que estuvieses conectada en una noche como esta, pero me alegro. —Comentó Jaime de pronto.

Estaba a punto de irme a la cama, solo repasaba el correo y les enviaba felicitaciones a mis hijas.

—¿No pasan las fiestas en casa? Por cierto, cuantas hijas tienes, nunca has comentado que tuvieses hijos.

Tengo dos, son enfermeras y viven en Londres. ¿Tú tienes hijos? —Preguntó a su vez Rhona.

No, por desgracia nunca tuvimos hijos, mi mujer tuvo un aborto y nunca más quedó embarazada.

Lo siento. —Rhona no supo qué decir, le dolía de verdad.

De eso hace ya muchos años, yo ya lo superé.

Por tus palabras deduzco que a tu mujer le ha costado un poco más.

Mi mujer no lo ha superado, desde entonces la convivencia es difícil.

No sé que decirte, de veras que lo siento, para mí, mis hijas son la mayor bendición. Perdón, creo que no debí decir eso. —Después de hacerlo pensó que no había sido muy acertado aquel comentario.

—¿Por qué no? Tienes mucha razón, los hijos son una bendición, que no tenga no significa que no lo entienda, además, tengo sobrinos.

Yo sobrinos no tengo.

—¿Entonces ahora estás sola? —preguntó de pronto Jaime.

Rhona se puso nerviosa ante aquella pregunta, no sabía cómo interpretarla, ¿era por cambiar de tema? Si solo era eso, bien, de lo contrario no sabía que pensar.

Te has quedado callada. Creo que me has malinterpretado, me he explicado fatal, quise preguntar si no tienes compromisos, quería proponerte si puedes venir pasado mañana a la galería, necesito alguien que valore el resultado antes de abrir al público la nueva exposición. —Se apresuró a aclarar Jaime.

No creo ser la persona indicada, ni siquiera he hecho una exposición en mi vida. —Intentó contestar sin dar importancia a la frase—. Lo único que sé decir es si me gusta algo o no.

El comentario que has hecho es el de una persona inteligente, no juzgas la bondad de la obra, sencillamente dices si te gusta o no. Eres precisamente el tipo de persona que necesito para que me dé una opinión sincera.

Pero yo no quiero condicionar a nadie, todos los que me conocen saben lo rara que soy, creo que me sobrevaloras, solo soy una pobre vieja aburrida que se entretiene haciendo algunas fruslerías, supongo que era esa la colaboración de la que hablabas —contestó Rhona intrigada.

Creo que la que se menosprecia eres tú, por las cosas que compartes en Facebook, creo que eres una mujer muy sensible, con un espíritu muy joven. Vieja la ropa, soy un desconsiderado, no te dije nada de la colaboración porque la galería hace aguas, no sabemos el tiempo que durará abierta al público —aclaró Jaime.

—¿Tan transparente soy? —preguntó alarmada y dio por zanjado el tema de la colaboración, pensó que no debió comentarle nada, pero ya estaba hecho.

A lo mejor es que soy muy observador, y así te llevo la contraria jajaja.

—¿La contraria? No entiendo.

Dices que eres mayor, yo creo que estás en el punto de madurez adecuado, por eso me gustas.

Aquella declaración la dejó sin habla, de pronto le subieron los colores y los calores a la cara, si no la conocía de nada, a qué venía aquella confesión, ¿habría estado celebrando la navidad y habría bebido? Debería desconectar en aquel momento, ¿y si era un pervertido? Vale que hiciera unos meses que se escribían, pero ella para nada pensó que a su edad pudiera gustarle a ningún hombre, si ni siquiera la miraba su marido. Aquello no entraba en sus planes y le rompía todos los esquemas.

 

 

 

 

 

 

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