Los días empiezan bien o perseguido por la policía

Los días empiezan bien o perseguido por la policía

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Yo qué culpa tenía de que me persiguiera un coche de policía por la M-40. La gente me miraba mal cuando una hora más tarde, ya me habían detenido y esposado. Cuando llegué a comisaría, qué casualidad, había en la puerta periodistas de todas las cadenas de televisión, radios, prensa… Yo creo que no faltaba un reportero ni del boletín de la parroquia. Es más: de hecho me pareció ver un niño vestido de monaguillo con una cámara de fotos.

¡Qué tendencia a exagerarlo todo! Yo  que soy siempre tan moderado…  La gente enseguida te mira mal. Pero bueno, y ellos,  ¿qué sabían acerca de los motivos por los que yo estaba siendo detenido? Nada de nada. No saben si es justo o injusto que me encuentre esposado. Que un guardia te sujete por el codo y te empuje. ¿Saben ellos si es lo que merezco? ¿Por qué la gente tiene esa tendencia al linchamiento? A hacer astillas del árbol caído.

Todo había empezado bien. Los días empiezan siempre bien, creo yo. Que un día empiece… es una buena señal. Me dispuse a escribir con el desayuno a la izuierda. Soy cumplidor. Me he metido a columnista en desafiosliterarios.com y al día siguiente tenía que presentar mi relato semanal, así que con mi portatil y mi café con leche, empecé a contarme cosas. Pero claro, no llevaba yo ni dos lineas cuando sonó la primera llamada de teléfono. Una persona que tenía una urgente necesidad de telefonearme para nada. Cómo le gusta a la gente demostrar con montones de preguntas que no tenemos verdaderos temas de conversación comunes.

—¿Qué harás este verano? ¿Cómo te va todo? ¿Hace allí el mismo calor que aquí?

Y yo, que tenía cosas que hacer, me estaba impacientando…

—Pero allí más seco, ¿no?

Al  final, no pude evitarlo:

—Consulta esa comparativa en internet porque yo no sé el calor que está haciendo donde tú vives ni la humedad que  soportáis. ¿No tenéis un barómetro en tu casa? Ni siquiera recuerdo  bien de dónde eres. ¿Estabas tú por Castilla, o en Cabo Cañaveral, o por dónde? ¿Quién me has dicho que eras, a ver?

La gente se ofende. Los conoces de internet. Se empeñan en meterse en tu vida sin motivo. Se dicen: le llamaré, le preguntaré por todo lo preguntable, le confesaré tres asuntos míos que no le interesarán en absoluto y se sentirá muy agradecido de que  me acuerde tanto de molestarle, claro que sí. Pues no. Esa es la gente que luego, cuando te detiene la policía, te mira mal. ¡Son los mismos! Exactamente no, pero igualitos, del mismo tipo de gente. Te aprecian y desprecian sin motivo, según lo hagan los demás.

Cosa distinta es que estés realmente vinculado a ellos por algún tipo de objetivo o actividad común. Por ejemplo, mis amigos, los que se meten como yo en el TALLER DE NOVELA, o los que se vienen a las ESCAPADAS LITERARIAS. Son otro tipo de relaciones y de historias.

Luego dijo que se sentía idiota  por pensar que tenía un amigo. ¡Normal que se sintiera idiota! ¿Cómo se tendría que sentir si no?

Bueno, llevé mi café al microondas,  porque con esta charla innecesaria se me había enfriado. Volví a ponerme a escribir y cuando ya había cogido el hilo, otra persona me llamó. Era una buena  amiga, empeñada en contarme su último desastre amoroso. Bueno, yo también tengo amigos y amigas,  creo, y con esta ya no  pude ser tan desconsiderado.

—Está bien que me lo cuentes, porque yo te quiero mucho, siempre que no te extiendas demasiado. Que me informes me interesa por ser tu vida. Pero si lo que quieres es ampliarme mucho el tema, ya eso es para que lo hables con una amiga, no conmigo. Yo soy un amigo, no una amiga. Es distinto, verás que sí que  lo es. No me acuses de sexismo, por favor. Yo estoy para otro tipo de temas. Pero, mira, yo te diría que lo mejor es que lo escribas. Si lo escribes, yo lo leeré con interés. Me he metido en DesafíosLiterarios.com, en uno de los TALLER DE NOVELA. Podrías hacerlo tú también. A mi esto me da la vida. Si te metieras en el mundo de DesafiosLiterarios.com te olvidarías muy pronto del desgraciado de tu ex-marido. Si te metes en el taller o te haces COLUMNISTA puedes entrar en su siguiente LIBRO DE RELATOS. En fin, hay algo en «Desafíos». Amistad y mil propuestas literarias y… gente que vale la  pena conocer. No solo es literario lo que escriben. Ellos mismos lo son.

Así que lo que le dije a esta amiga mía vale  para todos. Registraos gratis en desafiosliterarios.com,  y mandar un texto vuestro. Y luego a disfrutar como COLUMNISTAS, o  con  los TALLERES DE NOVELA, o con las escapadas. ¿Quieres participar en el libro 3 con un relato o poema tuyo?

¡Ah, sí! Lo de la policía, que os lo estaba contando y me he  ido del tema: pues que no hago más que colgar y me llaman por el messenger.

—Hola. Oye,  ¿tenéis  por allí tanto calor como por aquí? Aquí es tremendo. ¡Sofocadita estoy!

¡Dios! Le pregunté su dirección y le dije que quería hacerle una visita urgente, que no saliese de casa. 400 Km más tarde, perpetré un plasticidio con un cuchillo jamonero. Se me fue la mano, lo sé, está mal… ¡Qué cantidad de sangre, oye! Es lo que mejor recuerdo… Pero bueno, todo esto lo voy a contar en el LIBRO 3 DE DESAFÍOS LITERARIOS que va a salir dentro de dos o tres meses lleno de relatos inéditos de todos mis amigos. Siempre que nos dejen escribir un poco, claro está.

QUIERO EL NUEVO LIBRO DE ENRIQUE BROSSA

TRATADO DE FILOSOFÍA CASERA PARA UNA GENERACIÓN OBTUSA.
Un libro de relatos, ideas y humor no necesariamente juntos

 

Génesis

Génesis

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EL GÉNESIS

Y después creó al escritor, y vio que no era bueno que el escritor estuviera solo. Pero éste le llevó la contraria.
-Según cuándo, Señor.
-No repliques a tu Creador, escribidor engreído. ¿Acaso he traído al primer pedante al suelo de la Tierra?
-Si no replico, mi Dios, pero es que es… ¡según cuando! Una humana está bien, en su momento, para ciertos menesteres, pero la soledad también me gusta.
-¿¿Mi última criatura realmente se cree lo de que lo he hecho a mí imagen y semejanza y piensa que me puede explicar a mí cómo proseguir la Creación??
-A ver, Dios, reconócelo: que lo de la costilla aquella, lo de Eva acabó como acabó… Las humanas nos gustan y si son escribidoras mejor, pero necesitamos cierta soledad también para escribir.

Dios desapareció echando un montón de truenos que asustaron al escritor recién nacido del barro, el cual se dijo: <<qué rayos suelta, qué modales. No se le puede decir nada al Creador porque en seguida pierde los papeles. Se le ha subido lo de ser Dios a la cabeza>>.

-¡¡Pero bueno, escribidor!! ¿Es que no sabes que oigo hasta tus más ocultos pensamientos? Soy como el administrador de tu blog. Ya me estás cansando…

Entonces el Altísimo, lleno de ira puso al escritor en un mundo en el que se lo tenía que hacer todo. Un tiempo después el escritor se dio cuenta de que se había equivocado y llamó al Padre.

-¡¡Dios!! ¡¡Menuda leche, todo el día copiando la portada de mi novela en los grupos de Facebook!! Llevo ya tres años así. ¡Y no le interesa mi libro a nadie!
-¿Reconoces tu error, insolente?
-¡¡Total!
-¿Cómo que «total»? Te he creado para que mejores el idioma, no para que te expreses como tus hijos de enseñanza primaria.
-Reconozco que tienes razón, Dios. No es bueno que el escribidor esté solo.
Unas carcajadas de satisfacción parecidas a las atribuidas a Papá Noel resonaron por todo el firmamento.
-¡Repítelo! -dijo el Señor.
-¡Joder! ¡Que no es bueno que el escritor esté solo!
Entonces Dios, levantando con suficiencia sus divinas cejas, que de por sí estaban ya en lo más alto del cielo, volvió a decir lo mismo:
-¡Repítelo!
-¡Dios! Que no es bueno que el escritor esté solo.
-Eso me parecía…

Entonces el Señor nuestro Dios. con un gesto de cierta condescendencia, creó DesafiosLiterarios.com.
Y vio Dios que lo hecho era bueno.

 


Decide tú quién se llevará el premio Cuentos a la porra

https://desafiosliterarios.com/category/concurso/cuentos-a-la-porra/

 

Rocketman

Rocketman

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Vi la película Rocketman y me quedé pensando acerca de lo que me transmitía.
Hubiera preferido que estuviera más centrada en la música de Elton John que en sus adicciones y en su sórdida vida sexual. Por un lado recomiendo la película porque es distinta y porque para la gente de mi generación personajes cómo Elton John, aunque suene cursi y tópico decirlo, es verdad, son parte de nuestra vida. Estuvieron presentes cuándo descubrimos la amistad y el amor empezamos a jugar a ser mayores. Elton John fue un verdadero genio y digo fue aunque no esté muerto porque entiendo que son páginas ya cerradas. Un genio un poco chillón y provocativamente hortera. El sapo cornudo que aparece en una de las letras de Bernie Turpin quizás fuera Elton. Pero demostró tener una sensibilidad y un talento musical fuera de toda duda. Sin embargo, la película no se basa en su música ni en su genialidad sino en su fragilidad emocional y en sus vicios, ignorando que ése es el camino de millones de personas que sin embargo no son geniales como él.
 
Hay una línea de películas biografías contemporáneas sobre personas como Steve Jobs, Mark Zuckerberg, o Freddie Mercury, aunque aparentemente no tengan ninguna relación unos y otros. En general creo que hay que dar la bienvenida a este tipo de películas y por eso no quiero ser especialmente crítico con Rocketman. He leído comentarios muy buenos y efectivamente tiene algunos cambios de escena magistrales y los actores son magníficos aunque el protagonista no tiene la voz ni la autoridad del Elthon John.
 
Creo que fue en 1976 cuando yo pude ver la película Tommy. Una ópera rock, se decía entonces. Ahora creo que no sabría llamarla así. La película está básicamente compuesta por the Who, supongo que especialmente por Roger Daltrey, pero muchos otros de los grandes mitos del rock aparecían en ella. Entre ellos Elton John, que interpretó la canción Pinball wizard, qué es una de las que aparece también en Rocketman. El caso es que el drama de los padres de Tommy en aquella película recuerda demasiado descaradamente al de los padres de Elton John. Incluso el estilo de algunas de las escenas que en Tommy protagonizaron Ann Margret. Por tanto la película no me ha parecido tan original como dicen sus buenos críticos.
 
Elton John lanzó mucha cancioncilla pegadiza. Pero también tiene otras con una fuerza impresionante, baladas de amor inolvidables, y piezas que me atrevo a decir qué son de verdadera profundidad. Pero la película Rocketman, a pesar de centrarse en tratar de descubrirnos sufrimientos que ocasionan unos malos padres, y un problema con las drogas, y de despedir un aire de pesimismo y tristeza, para mi gusto no acaba de reflejar esa profundidad. Insisto en animar a todos a que vean la película. Sin dudarlo, considera que está por encima, muy por encima del promedio de las películas que tragamos continuamente, así que podemos decir que es en este sentido una buena película aunque para mí no está a la altura de lo que merecía y merece este gran ídolo juvenil.
ESCRITOR Y SOCIEDAD: LOS BODORRIOS DE LAS LAURITAS

ESCRITOR Y SOCIEDAD: LOS BODORRIOS DE LAS LAURITAS

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El grupo. Ay, el grupo. Me gusta relacionarme con las personas de una en una. También hablar en público, porque doscientos oyentes en una conferencia se comportan en realidad como uno solo. No soy aficionado a volar en bandada El grupo nos condiciona hasta la nausea. Nos vestimos en función del grupo, consumimos según nuestro colectivo referente, nuestra conducta es muy poco nuestra, mucho menos de lo que creemos.
Quisiera no ser previsible pero todos lo somos.

Conspiro respecto a la sociedad. No acabo de ser su enemigo, pero no ceso de murmurar en su contra. No me rebelo del todo, no doy mi golpe de estado, no corto las amarras. Lo malo es que a pesar de todo, mi desconfianza hacia lo colectivo me delata. Se me nota.

Yo comprendo que debo pagar peajes. No es que me guste, claro, pero sé que en el fondo soy un afortunado y eso debe ser compensado retribuyendo a la chusma de alguna manera para que no le escueza. Hay una especie de socialismo de las identidades que pretende no ya acabar con los ricos, sino con todo vestigio de diferencias. Y no por proteger a los desvalidos sino para atacar a quienes creen que descolla injustamente. Les parece provocador que otros sean mejores o peores en algo, o simplemente distintos, aunque sea por silbar, o cocinar croquetas cuadradas. Ni siquiera precisan ser mejores. Simplemente que no sean «100% grupo» es suficiente. Les joden los listos, porque no todos lo son. Las guapas, porque les parece injusto no serlo ellas o ellos también. Los fuertes les intimidan y quieren demostrar que se atreven a darles una patada donde más duela. Los ágiles, con su ritmo, que se alejen y les dejen en paz. Los graciosos siempre quitan brillo a los demás. ¿No podrían pensar un poco en los que somos grises y ser menos divertidos? Como los interesantes, los atractivos, los originales. Los pobres, que se jodan, oye, que los demás no somos millonarios. Los voluntariosos y laboriosos no tienen comprensión y creen que todos deberíamos ser iguales. Los enamorados se creen los primeros y únicos en vivir. ¡Qué decir de las decepcionadas, los extranjeros, los motivados… Todos merecen el rechazo del grupo. Todos: expertas, atentos, despistados, desdichados, educados, felices, buenos, profundas, creativos, deseados, torpes, queridos, odiados, brutos, suaves, simpáticos, sencillos, orgullosos, claros, oscuros, discretos, tontos, asequibles, tiernos, románticos, apasionados, idealistas, ilusionados, fieles, escépticos, orgullosos, pacíficos, modestos, amistosos, animosos, deprimidos, clarividentes, ofuscados, tranquilos, sinuosos, impulsivos, informados, realistas, descreídos, ocurrentes, solitarios, vulnerables, soñadores… Por todo y por su contrario te pueden odiar. Por cualquiera de estas facetas, sobre todo por la de soñador y por ser un ingenuo, y estar con las defensas bajas, y por tres mil motivos más así, nos merecemos un escrache no basado en insultos y pancartas sino en la hipocresía apestante que llega si puede hasta las puertas de tu casa. Es el colectivismo totalitario de la falta de personalidad, que intenta coaccionarte cada día en cada momento. Te requiere para que pagues un impuesto a su administración de la vulgaridad. Una ecotasa inventada al individualismo. Pretende diezmar tu alegría con la acción coordinada de su mala fe, y del linchamiento social. Es como convocar a los espíritus con la ouija. Entre todos la van moviendo un poco con el dedo, empujando y dejando de empujar. Luego dicen que nadie la ha movido, que entre todos la matamos pero ella sola se murió. Es la cobardía. la que manda protegerse en la manada y traicionar al individuo.

Qué palabra tan interesante: individuo. En español parece algo malo. Lo usan los policías, los juristas, las autoridades y los periodistas de sucesos. «A las 23:48 del día de ayer tres individuos abrieron fuego en plena calle contra los empleados de un supermercado… » El individuo es alguien sospechoso y desprovisto de la protección que otorga una mínima descripción. De las víctimas sabemos tan poco como de los asesinos, pero los primeros son empleaados, los asesinos ni son nada, no tienen catalogación. Solo son individuos, expoliados de cualquier otro ropaje, referencia, o clasificación, hasta ser más minuciosamente estudiados y fiscalizados. Los delincuentes son siempre individuos y casi se podría decir que los individuos son delincuentes. . . Desnudos de toda cualificación subjetiva. El individuo es como un espécimen atrapado en la platina del microscopio, bajo la mirada fría del entomólogo. Se le ve pequeño, insignificante, pero al mismo tiempo capta toda la atención del gran ojo escrutador que todo lo mira de modo invasivo, al otro lado del tubo del microscopio, detrás de la lente. El grupo quiere gobernarte y que tú seas su escudero. Debes delatar al individuo. ¿Por qué deberíamos tolerar que alguien sea distinto? Yo le llamo socialismo ya que pretende repartir la riqueza humana individual y arrebatar, no el oro, sino el aura de los que la tienen. Acabar con las distintas clases de personas, que no haya humanos de distintos estilos. Pero no tiene nada que ver con ser socialista, sino con ser rastrero. No es el estado el opresor, sino la mentalidad pobre, cobarde, servil, falsa e hipócrita de cada persona. El grupo es por definición anti filantrópico, aunque se proponga remediar a los marginados, porque el propio concepto de marginación necesariamente hace referencia al grupo, igual que palabras como suburbio o extrarradio no tienen sentido sin la idea de ciudad . Se cimenta en el cálculo de conveniencias personales, el interés disimulado, cobarde e innoble de sus miembros. Resistir al grupo hace que los hombres fracasen o que se conviertan en grandes. Debes medir tus fuerzas, como el escalador ante la montaña, o te vas a autodestruir. El poder es siempre el poder del grupo o el poder de quien maneja el grupo. En cuanto queremos dañar a alguien, tratamos de enfrentarlo al grupo, lo denigramos ante los miembros del grupo. El cotilleo es una actividad neurótica de adoración al grupo y de desprecio a los individuos. La sociedad fomenta la mediocridad y disuade de la veleidad de cualquier posición alternativa personal. Hay un nazismo solapado en las mamás que van a buscar al niño al colegio; en los compañeros de oficina; está soterrado en el resentimiento del conserje, la frustración del peluquero y en la soberbia de la esposa del banquero; en el empresario, el sindicalista, y en el redactor jefe. La coacción es social pero el recelo está en las vísceras de cada persona. Es el origen de la eterna trama cainita que mueve la historia. En cuanto Adán y Eva tuvieron hijos nació el primer Caín.

La mente del escritor es un caleidoscopio. Por si las nuevas generaciones se hubieran olvidado de esta palabra, recordaré que es un tubo con dos o tres espejos inclinados y cristales de colores en su interior, dispuestos de tal manera que si se mueve el tubo y se mira en su interior por uno de sus extremos, se pueden ver distintas figuras geométricas simétricas. El escritor debe estar pendiente de su propia mente. Unas veces debe tratar de no mover su caleidoscopio para que nada se altere y pueda mantener un tono, una voz, una escena imaginada que se le representa vívida en un momento dado. Otras veces se trata de ir moviendo el caleidoscopio suave o bruscamente. Necesitas soledad. La vida social te distrae, no puedes ir a la boda de Laurita y Felix y llevarte el caleidoscopio, porque ése seria un comportamiento inadmisible. Hay que mantener las relaciones personales humanamente enriquecedoras y evitar compromisos sin significado personal. Esa es la relación entre el escritor y la vida social. Esta siempre trata de hacer pasar por el aro al escritor. Su mundo imaginario es infinitamente más rico que las bodas de las Lauritas y de no ser así, sería absurdo seguir escribiendo. A partir de ahí es inevitable que el grupo, la sociedad, te vuelva la espalda. Tu desinterés lo percibirá la madre de Aurorita y el hermano de Laurita, las primas, el padre, pronto renegará de ti todo el círculo de Laurita. Además de tu desinterés, que es real, te atribuirán rareza, inmadurez, soberbia y falta de conexión con la realidad y comprenderás que habría sido mejor para ti no haberlos conocido jamás o tener una vocación… una personalidad, menos antisocial. Vas a ser víctima de la eterna pregunta: ¿Quién te crees que eres? Tú mismo acabarás preguntándotelo. Con suerte, hallarás la respuesta: tú eres tú y tienes todo el deber y el derecho de serlo, aunque implique pagar más peajes y afrontar consecuencias.

Un escritor, como cualquier otro artista, es alguien distinto. Puedes dibujar bien y no ser un artista. Puedes redactar bien y de nuevo, no ser un artista. Ser escritor requiere mostrar una visión subjetiva, y diferencial del mundo y no ser el que puede presumir de tener más conocidos ni mayor éxito social. Tu juegas en otra liga. Escribiendo bien demostrarás conocer las técnicas: el oficio de escritor. Pero en realidad ser escritor no es un oficio. Desconfía de todos los escritores que dicen que escribir es un trabajo como otro cualquiera. Saben que mienten. Con su falsa modestia se disfrazan de desmitificadores. Son ellos los verdaderos pedantes Escribir es un trabajo, sí. Y mucho más. El síntoma del verdadero artista es presentar un cierto grado de falta de integración social, de inadaptación. Si estuvieras en el mundo feliz, el arte sería innecesario. Un gran escritor es un excelente inadaptado no un miembro del grupo, no un gregario del pelotón. El homenaje de la sociedad a los artistas es de las manifestaciones más cínicas que existen. La sociedad rinde pleitesía a los artistas cuando por fin están muertos, después de haberlos detestado y marginado como seres humanos. Remarcan su nacionalidad y lo convierten en símbolo de todo un país, que en realidad recelaba de él. En vida si tienen éxito acaso lo han convertido en bandera o han sabido no tomarse en serio ni a ellos mismos ni a la sociedad. El escritor es impulsivo. A la mierda, decía Fernando Fernán Gómez. Yo he venido a hablar de mi libro, decía Umbral. El autor no se anda con paripés. Por eso, muchos artistas, camino de llegar a serlo, optan acertadamente por marginarse ellos mismos.

Yo tengo la esperanza de que la ciencia nos diagnostique algún día como algún tipo de síndrome de déficit de atención a la realidad circundante. Entonces los individuos dejarán de ser sospechosos y los artistas serán tratados como enfermos, tendremos un dia en el calendario, como los enfermos de cáncer o algunas minorías protegidas por lo políticamente correcto. Se nos prescribirán pastillas con cargo a la seguridad social que actuarán sobre nuestros peculiares neurotransmisores y paliarán nuestro problemático ADN.

De Cela o de Umbral, hasta después de muertos, mucha «gente de grupo», ¿qué decían de ellos? No voy a caer en el recurso demasiado usado de acabar este párrafo con una palabra gruesa. Pero la mayoría los detestaban.

Escribir es un privilegio. Un privilegio individual. Un privilegio de un individuo. Si notas que no te lo hacen pagar es que tus resultados son todavía modestos. Puede que te estés dedicando a ganar dinero al acariciar la melena de lectoras románticas o a mesar el bello facial de niños de más de cuarenta años, lectores impenitentes de tebeos sin dibujitos. Esa es una posición intermedia, sana, legítima y respetable si tu lo sientes así.

Pero yo no hablaba de eso. Yo hablaba de ESCRIBIR.

Precisamente hoy es domingo. Debo elegir entre escribir en una terraza, al sol, o cumplir con algún compromiso social. ¿Qué voy a hacer? ¿Seré suficientemente valiente? ¿Lo bastante individualista, artista y antisocial? Pues no. Me veo en casa de la tonta de Laurita, que domina a la perfección palabras como cenefas y bodoquitos, y el simplón de Felix, con su grupo de amigos. No los hemos visto aun desde que volvieron de su viaje y subsanar ese grave déficit seguramente sea un deber ciudadano para que no nos excluyan, cosa que me haría tan feliz…

En aquel momento quiso flotar (fragmento)

En aquel momento quiso flotar (fragmento)

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En aquel momento quiso flotar. Había estado caminando un rato. Desolado, triste, tratando de encontrar un sentido a las cosas. Sentía una cierta inclinación por la derrota. Se aflojó levemente la corbata y se alejó del coche sabiendo que el día estaba gris y que se pondría más gris aún. Quizá deseaba la lluvia. Quizás deseaba ahogarse. Caminaba, miraba… como quien trata de encontrar algo, pero no descubría nada que fuera suficiente para cambiar ni su humor ni su vida. ¿Dónde aparecería lo que estaba buscando? ¿Era el letrero de alguna tienda? Quizás un perro abandonado. ¿Podría ser una chica que le ayudase a arrancar un capítulo nuevo? ¿Una propuesta inesperada? ¿Un conflicto distinto?
 
El cielo estaba tan oscuro… Y comenzó a gotear. Pero él siguió cargando sobre su espalda cierta lástima por sí mismo, ya que no veía de qué modo las cosas podrían variar. La cara y el pelo ya estaban mojados. La corbata parecía ser de las que se estropeaban con el agua. ¿Qué más le daba?
 
Quizás debería entregarse a la bebida y morir algo más rápidamente… Beber, caminar bajo la lluvia y morir sobre un charco… Se percató de que tal muerte le parecía más dulce que trágica. Lo trágico era seguir viviendo.
 
Las nubes estaban imponentes al atardecer. Parecían los cascos de acero de una flota de submarinos sumergidos en el cielo de Madrid. Pero realmente eran nubes y tan pronto dejaban pasar el sol como le regaban la cabeza. Pero él seguía alejándose del coche, aunque pensando en su paraguas abandonado en el asiento trasero. Allí estaba el paraguas.
 
La lluvia ya era intensa y le recordaba de modo impertinente que debía volver a la realidad y dejar de volar imaginariamente entre las gotas. Las chicas que salían de un colegio se ponían las carpetas sobre la cabeza para cruzar corriendo las calles. Los viejos se sujetaban el sombrero o la gorra. La gente se agolpaba bajo las marquesinas y se quedaban mirando su andar lento de caballo moribundo. Un camarero recogía los toldos y dejaba sin resguardo a unos peatones allí refugiados. Y cuando el agua ya manaba del cielo con rabia, empezó el verdadero aguacero. De los tejados chorreaban cataratas de un agua gris oscuro que rebotaba con fuerza de los aleros. Algunos coches paraban a un lado porque la calle se había convertido en un embalse. Los limpiaparabrisas no daban abasto para retirar el agua y dentro de cada auto, los hombres miraban con ojos igualmente intimidados y redondos que las mujeres y los niños por lo que parecía que era el principio de una inundación que llenaría la ciudad como si estuviera edificada dentro de un depósito, y se estaban temiendo llegar a ver el nivel del agua por encima de sus ventanillas. La tormenta era ruidosa por los chasquidos y latigazos que los chorros infligían sobre las aceras y las fachadas, pero de vez en cuando se escuchaba la voz de algún niño gritando, mamá, fíjate cómo llueve. Y mientras el caminante seguía impasible.
 
La lluvia arreció cuando él ya estaba empapado. En consecuencia, optó por decirse a sí mismo que eso no empeoraba dramáticamente las cosas. Se sentía patético y por algún extraño motivo, quería resistir así, permanecer patético. El mundo no le prestaba suficiente abrigo, pues el ignoraría al mundo, empezando por los fenómenos atmosféricos. Su traje y zapatos estaban ya arruinados y su triste figura siguió avanzando hasta que resbaló. Era imposible decir que se precipitó en un charco. Casi sería más apropiado contar que cayó sobre un estanque. El golpe le dolió. Se sentó sobre la acera notando el empuje del agua que circulaba cuesta abajo. Un matrimonio con un paraguas acudió a ayudarle. Pero él solo decía, estoy bien, estoy bien, hasta que casi enojado les dijo que podía levantarse solo, que le dejasen en paz.
 
El matrimonio se fue. Y siguió sentado empapándose.
 
Notó que lo miraban desde una cafetería extrañados. Se dijo que pensarían que era un loco. Y quizás acertaban.
 
Cada cierto tiempo alguien pasaba por ahí con un paraguas y le preguntaba si podían ayudarle. Otros tal como estaba decidían que era un marginado. Y a los marginados no se les ayuda nunca, porque se les ve ya instalados en su infortunio tan ricamente. Les dará igual. Solo sentimos mayor compasión algunas veces por los que no están tan mal. Quizás debía profundizar en eso… En lo de la derrota. De nuevo el alcohol le parecía la mejor idea.
 
Se hizo de noche y él, entre tanto, siguió sentado mirando hacia la leve cuesta arriba cómo brillaban las luces naranjas intermitentes de un cruce, sin poder determinar en qué pensaba exactamente. Solo mojándose sentado en mitad de la acera. Los nubarrones no podían distinguir bien desde su altura a aquel  hombre, oculto entre la tormenta y las sombras.
 
Le sobresaltó la voz de un policía:
-¿Se encuentra bien?
Levantó la vista y vio al hombre uniformado. Subió las cejas, pensativo,sin saber qué responder.
-Me encuentro como siempre más o menos.
-Levántese, aquí se va a poner malo.
Bajo la cabeza.
-Ya estoy mal.
 
El policía llamó a su compañero que lo miraba apoyado en el volante del coche de policía. Este salió de mala gana. Entre los dos lo tomaron por los hombros:
 
-Venga, haga el favor, que aunque usted se quiera mojar, nosotros no.
 
Le pusieron de pie a la fuerza y se refugiaron en un portal que había al lado. Comenzaron a preguntarle dónde vivía, qué le había ocurrido, si estaba bien. Él se encogía de hombros…
-Este hombre no tiene pinta de haberse fumado nada. 
-Déjenme. No estoy enfermo, ni drogado, y creo que… no tanto como loco, por ahora.
-Entonces, ¿qué le ha pasado?
Giró la cara como buscando hacia dónde seguir antes de responder:
-Nada. Que quiero flotar.
 
Hubo unos largos segundos de silencio, en los que los policías se miraron.
 
-Oiga, amigo. ¿Flotar? No flota, créame. ¿No será que usted en realidad lo que quiere no es flotar sino hundirse?
Él trató de sentarse de nuevo en el suelo pero se lo impidieron sujetándole otra vez.
-Vamos, levántese. ¿Qué le sucede?
-¿Quiere que le llevemos a su casa? -dijo el otro.
-¿Dónde vive? ¿Vive solo?
Los miró con calma y respondió.
-Llévenme a mi coche si quieren ayudarme, gracias.
-No. Olvídese un poco del coche, ya me dirá dónde lo tiene. O a su casa o a que un hospital le haga un reconocimiento.
Al dirigirse hacia el coche de policía se quedó mirando las gotas que, como pequeños brillantes, caían junto a los faros sin que nadie los recogiera y se subió al asiento trasero sin pensar en nada más.
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