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DESPEDIDA. Parte 1. La estrella del Rock. No ratings yet.

Rod Carson llevaba ya muchos años en el candelero, consagrado como estrella del rock. Nadie iba a disputarle su sitio en el Olimpo de la fama, pero no era esa la jodida cuestión. ¿Quería continuar con aquella vida disipada? ¿Hasta cuándo? Eso era lo que se preguntaba mientras el reloj ―no el tatuado en su antebrazo, de estilo biomecánico y tan realista que parecía que podía ver sus manecillas moverse, sino el de la pared del camerino― seguía avanzando. Ya se acercaba la hora de subirse al escenario para poner el broche a la gira mundial que lo había llevado durante los últimos tres meses por todos los continentes. Esa noche era la despedida. Al día siguiente plegarían bártulos y regresarían a casa. «¿Qué casa?», pensó angustiado. Sí, tal vez seguiría teniendo una casa, pero a aquello ya no podría llamarle hogar. Por lo menos, no después de lo que acababa de pasar.
Llevaba ya varios años con su novia y siempre había creído que un día formaría una familia con ella. En el futuro quizás, cuando hubiera sentado la cabeza y abandonado sus malos hábitos de una vez por todas. En contra de su costumbre, ella había decidido no acompañarlo esta vez. Aquello ya tenía que haberle puesto sobre aviso, pero reconocía que no vio venir el golpe. Acaba de dejarlo por wasap, la muy puta. «A pesar de todo me gustaría que siguiéramos siendo amigos. Siempre podrás contar conmigo». Eso le había escrito para despedirse y a continuación le había puesto dos emojis: lanzando un beso y guiñando el ojo. Por ese orden. La cabrona podría haber esperado a hacerlo en persona. Pero no, su cobardía la había llevado a hacerlo interponiendo su smartphone y veinte mil kilómetros entre los dos.

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LA TIERRA PARIÓ AL HOMBRE 5/5 (1)

La madre Tierra acogió en su útero húmedo y oscuro al ser primitivo.
Lo resguardó de mil peligros, lo nutrió con su rica savia
y, al fin, en albor de una nueva era, parió a su criatura humana.
De repente, alimentarse, reproducirse, simplemente sobrevivir, ya no bastaba.
La esforzada garganta de aquel primer ser humano
emitió un sonido cargado de significado y la primera palabra fue dicha.
Mas aquello tampoco bastó: el hombre tenía un ansia infinita,
quería trascender su propia existencia,
buscaba a tientas su camino.
Entonces, mezcló su sangre con el barro y,
con esa materia cargada de vida, hizo un trazo sobre la roca:
el hombre acababa de parir el arte.

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EL ANSIADO BERLÍN. Parte 2. El naufragio No ratings yet.

A continuación, se le dirigió el miembro más joven del tribunal que apenas parecía superarlo en edad. Su aspecto, bastante desaliñado e informal, contrastaba con la circunspección de todos los demás. Ese hecho, unido también a una actitud altiva, le hizo presagiar que tenía ante sí al enfant terrible de la orquesta.
―Una buena ejecución, sin duda. Pero chelistas que interpreten a Bach de manera correcta los hay a montones. ¡Tendrá que demostrar más si quiere que lo contratemos! ¿Por qué no avanzamos un poco en el tiempo y nos ofrece algo contemporáneo?
El joven comprendió lo que se requería de él y volviendo a su instrumento tocó una transcripción para chelo del tema Summertime de Gershwin. Lo había aprendido en la mismísima Nueva York, durante una gira de la Orquesta Juvenil de Damasco, cuando las cosas aún marchaban razonablemente bien en su país. Cuánto talento desperdiciado, se lamentó mientras se disponía a tocar, ya que era consciente de que apenas algunos componentes del conjunto habían sobrevivido. La nostalgia de tiempos mejores le ayudó a darle a la melodía el toque justo de soul que requería. Con ese nuevo cambio de estilo consiguió que l’efant terrible esbozara una sonrisa. Sin embargo, ahora fue el mayor de todos los presentes el que le habló con gesto serio.
―Sí, ya veo… las vanguardias se le dan bien. ¡Pero tóqueme algo de Vivaldi!
Le vino a la cabeza La tormenta, de las Cuatro estaciones, y comenzó con una adaptación que había aprendido de pequeño. En el chelo sonaba incluso más estremecedora que en la original para violín. Interpretó la pieza con tal pasión y vehemencia que el rostro se le transfiguró y sus ojos de color negro azabache adquirieron un brillo inusitado. Se metió tan de lleno en la obra que revivió el momento en que la embarcación con la que intentaba alcanzar la otra orilla del Mediterráneo comenzó a zozobrar, agitada en plena noche por una recia tempestad. Volvió a sentir el envite de la ola que lo arrojó al mar con su violonchelo protegido en la funda y cargado a su espalda, a modo de mochila. Las cinchas del estuche constreñían sus movimientos y le impedía mantenerse a flote mientras batallaba contra las olas. No quería perder al que había sido su mejor compañero desde que tenía uso de razón y que constituía su única posesión material. Pero el instinto de supervivencia fue mayor y tras unos minutos agónicos logró desembarazarse de él. Entonces, el instrumento comenzó a alejarse arrastrado por el oleaje, aunque Samir puso todo su empeño en recuperarlo. Pero cada vez que intentaba cogerlo se alejaba un poco más siguiendo el principio de acción y reacción. No recordaba cuánto había durado aquella lucha denodada entre el mar y él, pero cuando llegó el equipo de rescate se encontraba semiinconsciente, agarrado con fuerza a su fiel amigo, al que en última instancia logró aferrarse.
Fueron minutos, horas de confusión y caos porque mucha gente corría peligro de morir en las heladas aguas y había que salvarla, de modo que nadie reparó en el viejo chelo, que quedó olvidado para siempre en el mar, como un simple madero a la deriva.
―¡Bravo! ¡Bravo! ―exclamaron los cinco jueces al unísono mientras le aplaudían con delirio.
―Sepa usted ―tomó de nuevo la palabra el presidente―, que ya se puede considerar uno de los nuestros, a falta tan solo de la ratificación de nuestro administrador. Sabemos de las circunstancias tan penosas de su viaje, en el que perdió su violonchelo. Eso no será un problema. Puede utilizar este mismo hasta que consiga uno propio ―añadió mientras señalaba el que había utilizado durante la prueba―. La Filarmónica de Berlín se lo cederá mientras tanto gustosa.
Una triste sonrisa iluminó el rostro de Samir, que, sin embargo, tenía la garganta atenazada por un nudo que lo ahogaba y le impedía hablar. Incapaz de responder con palabras a su interlocutor optó por abrazarlo de manera efusiva. No olvidaba quién era y de dónde venía. No olvidaba lo que había tenido que soportar por el camino. Tampoco, a quienes había dejado atrás. Pero sabía que volvía a tener una vida, un futuro. Debía aprovechar esta nueva oportunidad que se le brindaba y debía hacerlo precisamente en nombre de todos aquellos que no lo habían conseguido.
En aquel momento, con la cabeza enterrada en el pecho de ese hombretón que le sacaba dos palmos y que era un completo extraño, rompió a llorar como no lo había hecho en mucho tiempo. Se le mezclaron las lágrimas de la amargura con las de la esperanza. Amargura por todo lo perdido en ese sinsentido que era la guerra: su casa demolida, su familia desaparecida, convertido en el único superviviente de su estirpe. Había tenido que huir de Siria, un país devastado por completo, en el que ni las alimañas podían ya sobrevivir. Había invertido dos años de su vida en un viaje inhumano, plagado de dificultades y durante el cual, había visto tanta muerte que le quitaba el aliento recordarlo. Pero sí, también le quedaba un resquicio de esperanza. Ya todo era posible porque lo había conseguido: había llegado a su meta, al ansiado Berlín.

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EL ANSIADO BERLÍN. Parte 1. La prueba No ratings yet.

―¡Bien! Puede usted comenzar cuando quiera, Sr. Kareem ―le dijo quien parecía el presidente del tribunal―. Recuerde que si desea ingresar en nuestra institución su actuación ha de ser memorable. ¡Veamos de qué es capaz!
A pesar de que su conocimiento del idioma era limitado, Samir, el joven aspirante, entendió con claridad lo que le decía. Saludó a los presentes con una breve inclinación de cabeza y se sentó. Se atusó la melena negra y rizada. Luego se pasó las manos por la cara y se las frotó con un gesto nervioso. Durante unos instantes su tez oscura empalideció, ya que se sentía abrumado por las circunstancias, aunque se rehizo tan pronto como sus manos huesudas acariciaron por primera vez el instrumento que le habían prestado para la ocasión. Lo acomodó entre sus piernas y apoyó el mástil sobre su hombro izquierdo. Después, empuñó el arco con la diestra, tragó saliva y acometió con decisión el allegro del Concierto en sol mayor para chelo de Luigi Boccherini. No le habían indicado qué tocar, así que se había decidido por aquella obra alegre y desenfadada como reflejo de su optimismo ante esa increíble oportunidad que le ofrecían. Al terminar se puso en pie en señal de respeto a los jueces y pudo observar en sus miradas satisfechas la aprobación que sus bocas le denegaban por el momento.
―No ha estado mal ―le dijo de manera un tanto displicente la única mujer del jurado mientras los demás guardaban silencio―. Ahora, nos gustaría que cambiara a otro registro. ¿Qué tal algo con más empaque? ¿Le parece bien interpretarnos a Beethoven? Ah, y no es necesario que se levante al terminar cada pieza ―dijo mientras clavaba su mirada acerada en los sombríos ojos del muchacho.
No le podían haber sugerido nada mejor: su músico favorito. En seguida pensó en la Sonata nº. 3 en la mayor, opus 69 y abordó el primer movimiento, un adagio lleno de calma y serenidad, cosa no demasiado común en las composiciones del viejo cascarrabias. Gracias a su virtuosismo y a que se conocía la partitura a la perfección su actuación no quedó deslucida, a pesar de que faltaba la parte del piano. La melodía le recordó la época dichosa de su infancia, cuando acudía al conservatorio dos veces por semana. Hacía malabarismos para compaginar la música, que era lo que más le gustaba en el mundo, con la escuela. Sabía que si las calificaciones se resentían, tendría que abandonar esa gran pasión, porque, como le decían sus padres, «lo primero es lo primero y no hay más que hablar». Se esforzó tanto durante aquel periodo que la velada amenaza de sus progenitores nunca llegó a cumplirse y pudo terminar sus estudios de violonchelo en ocho años: toda una proeza, ya que la mayoría de los alumnos solía tardar diez o más.
―En esta segunda pieza nos acaba de demostrar mucha habilidad y maestría para ser tan joven. ―Aquella voz, desconocida hasta entonces para él, lo trajo de nuevo al mundo real. Se trataba del juez de apariencia más adusta―. Pero sigamos poniéndolo a prueba ―decía mientras le sostenía la mirada en plan retador durante unos momentos que se le hicieron eternos―. Me gustaría que ahora tocara a Bach ―dijo al fin.
Se sintió bastante intimidado por el talante de aquel jurado y notó que las piernas le flaqueaban: suerte que estaba sentado. Se sobrepuso lo mejor que pudo y, obedeciendo a la indicación que acababa de recibir, se sumergió de lleno en los compases del preludio de la Suite nº. 2 en re menor BWB 1008. Enseguida la música se expandió por toda la sala, llenándola de un ambiente denso y triste, cargado de nostalgia. Un pensamiento de soledad y abandono cruzó por su mente. Recordó lo mucho que su madre se emocionó la primera vez que le escuchó tocar la pieza. Ella no entendía nada de música clásica y aun así había sabido apreciar todo el arte y la humanidad que encerraba la composición. Su madre… ¿Cómo iba a poder vivir sin ella?, se preguntó mientras continuaba la interpretación con mayor sentimiento todavía. Entró en una especie de arrebato en el que las notas que salían de su chelo se le antojaban lamentos. Al finalizar escuchó algunos aplausos de los jueces, lo que le llenó de satisfacción, ya que había puesto toda el alma en la ejecución. Se había emocionado, y tras serenarse, se dio cuenta de que unas lágrimas indiscretas rodaban en ese momento por sus mejillas. No quería que el jurado lo notase, de modo que se las enjugó con todo el disimulo del que fue capaz.

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Pánico en la oficina No ratings yet.

Lo reconozco todo, pero a la vez, todo resulta confuso. Las paredes están retorcidas y el suelo es irregular. Todo el ambiente resulta opresivo y hostil, pero yo me siento extrañamente segura. Veo gente a la que no tengo ningún problema en identificar, aunque guardan escaso parecido con su aspecto real. Sin embargo, un desconocido me toma del brazo para ayudarme a cruzar por un tramo campo a través, aunque estamos dentro de un edificio de cemento —y solo cemento— que conozco muy bien: se trata de mi oficina. No sé cómo he llegado hasta allí, ya que estoy de vacaciones en el extranjero, lejos de todo esto.
—¿Tú eres nuevo, no? —pregunto curiosa.
—Sí. Estoy por tu compañera, la que echaron la semana pasada.
—¿Cómo? ¿Por qué? —No me esperaba algo así. Esa respuesta me desconcierta.
—Resultaba poco eficiente. —Tiene una sonrisa en la boca, pero sus palabras me resultan devastadoras—. Por eso me escogieron a mí.
Dirijo mi mirada hacia mi otra compañera y leo en sus ojos una expresión de terror que me indica que de alguna manera su puesto también puede estar en peligro. Por si con su semblante no bastara, se agarra el vientre como si quisiera protegerse de algún peligro inminente que yo no puedo percibir. Su lenguaje corporal es el de una mujer aterrorizada. Está encogida y apenas levanta los ojos del suelo. Cuando ve que la estoy mirando con tanta fijeza, simplemente se encoge de hombros resignada y yo traduzco ese gesto en mi cabeza por «las cosas son como son, no se puede hacer nada». De repente un sudor frío empapa mi cuerpo. Por primera vez tengo la certeza de que mi empleo también puede peligrar. Entonces me despierto y comprendo que tan solo ha sido una pesadilla. Pero me queda un regusto amargo. ¿Es posible que me despidan? La pregunta se queda revoloteando en mi cabeza. Aún me queda una semana de vacaciones. Sin embargo, nunca he estado tan ansiosa por volver al trabajo.

 

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Refugiados 5/5 (1)

Ruina del país que os vio nacer un día
En medio de un oasis ya pretérito, hoy campo de minas.
Familias rotas, desgajadas a fuerza de infortunios y muerte.
Un manantial de penurias infinitas
Gobiernan esa mala tierra que arroja al abismo a sus habitantes.
Impávidos contemplamos la atrocidad en todo su esplendor,
Apocalipsis que se vive en sus ciudades y sus campos:
Dios abandona a ese pueblo al mismo tiempo que
Occidente vende su alma al diablo
Sometido al egoísmo de sus hogares prósperos y felices.

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Versos fugaces No ratings yet.

Versos fugaces que flotando al viento
se posan suaves sobre la piel amada,
trazan besos en la arena mojada:
el corazón busca, anhela hambriento

del puro amor el ardiente aliento
para encontrar calmo su morada
donde reposar su alma cansada
y ahogar su atribulado lamento.

Sigo tu rastro, husmeo los rincones:
Amor, por qué me dejaste tan sola.
Echo cartas en todos los buzones.

Encuentro mi eco en otros corazones
y el mío solitario se desola
porque todos me responden burlones.

 

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Zombis uno, don Quijote cero No ratings yet.

Al atardecer y través de una carretera secundaria llegaron hasta una pequeña loma donde se alzaba un grupo de aerogeneradores. En cuanto los vio don Quijote dijo a su asistente:
—Tenemos una suerte que no nos la merecemos, querido Sancho. ¿No salimos de casa para combatir el mal? Pues aquí tenemos ocasión de demostrar de qué somos capaces. Eliminando a esos malditos zombis haremos un gran bien a la humanidad.
—Pero qué zombis ni qué zombis. ¿Acaso no ve lo mismo que yo? No hay ningún zombi ni madre que lo parió.
—Si hombre, esos tan altos como gigantes que vienen hacia nosotros girando los brazos sin parar.
— ¡Ah, esos! —respondió Sancho—. No son más que unos aerogeneradores y lo que gira son las aspas. ¿Con el entendimiento que tiene para otras cosas cómo no se da cuenta de algo tan simple?
—Me da la impresión de que no tienes lo que hay que tener, amigo Sancho. Comprendo que les temas. Hazte a un lado y déjame a mí. Yo solo me ocuparé de todos ellos, aunque sean muchos.
Don Quijote apeó a Sancho del “cuatro latas” y piso el acelerador varias veces para meter ruido y amedrentar a los zombis. No escuchaba las advertencias de su fiel amigo. El pobre se desgañitaba indicándole que aquello a lo que iba a embestir no eran los zombis que él pensaba. Pero él estaba “tan puesto” que no oía a su ayudante ni mucho menos comprendía que iba derechito a darse de bruces contra una enorme mole de acero. En su delirio gritaba:
—No huyáis malvados. A ver si os atrevéis conmigo.
En eso se levantó un poco de viento y las aspas comenzaron a girar. Ya muy cabreado por esa falta de respeto don Quijote dijo:
—Aunque seáis más repulsivos que el Alien de Ridley Scott os voy a dar pal  pelo.
Aceleró a toda viruta, aunque antes dedicó un pensamiento a Dulcinea, su amor platónico de toda la vida, para pedirle mentalmente que rezase por él. Solo entonces arremetió contra el primer molino. El cuatro latas quedó hecho un acordeón y, de la inercia, don Quijote se pegó un buen leñazo contra el parabrisas que de pocas no se dejó allí todos los dientes. Enseguida llegó Sancho Panza a socorrerlo. Quiso sacarlo del coche pero no se podía mover de lo dolorido que estaba.
—Por Dios. ¿No le advertí de que tan solo eran aerogeneradores? Si es que no tiene más que pájaros en la cabeza, señor.
—¡Pero qué dices, Sancho! Me han puesto algo en la comida que me ha hecho caer en esta alucinación. Habrá sido algún enemigo cuya identidad desconozco. Seguro que en el bar donde cominos pagaron al camarero para que hiciera el trabajo sucio. Pero ya ves, no les ha servido de nada, sigo vivito y coleando.
—¡Ay señor! ¿Qué voy a hacer con usted? —se lamentó Sancho resignado.
Ayudó a su jefe a salir de la chatarra en que había quedado convertido el cuatro latas y lo recostó en el suelo. Después sacó el móvil del bolsillo y llamó al 112 para pedir ayuda.
—¿Sabes Sancho? Si no me quejo es porque soy todo un señor y eso no queda elegante.
—Yo no me alegro de que esté magullado desde las puntas del pelo hasta las uñas de los pies, pero allá usted si se prefiere sufrirlo en silencio. Yo no entiendo de esas finezas: a los de abajo nos está permitido gimotear cuando nos duele. Alguna ventaja habríamos de tener.
Don Quijote se disponía a replicar a Sancho cuando llegó la ambulancia y se los llevó al hospital —a Sancho simplemente para no dejarlo tirado en medio del campo— y, aunque no le encontraron ningún hueso roto, terminaron pasando toda la noche en urgencias. Pero esa será otra historia.

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¡Chof! No ratings yet.

Llenito de impotencia, con un oh en los labios y los ojos como platos siguió con la mirada al móvil mientras desaparecía bajo las aguas teñidas de azul profundo. Ni en un millón de años podría convencer a Sonia de que se le había caído por la borda mientras trataba de sacarle una foto a Clara durante la travesía. Todavía se le ponía el vello de punta al recordar lo que pasó la última vez que tardó un par de horas en devolverle una llamada perdida. Ahora podría repetirse la historia y no deseaba pasar de nuevo por el mismo trance.
—Sonia, por favor, tranquilízate que no es para tanto. —Se mostró conciliador a pesar del tono con el que ella le habló—. Todavía estamos a siete, acordamos que hasta el quince no regresaría. No te preocupes, estaré allí para cuando me necesites.
—Tú eres mi empleado las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana. ¡No te olvides! No me importan los días libres ni las vacaciones. Ya sabes, si no te gustan mis condiciones búscate otro bufete con un jefe menos exigente que yo. En el mío las cosas se hacen a mi manera.
Sin embargo, ella estuvo inflexible en aquella ocasión y la odió como nunca por ese motivo. En el fondo no creía haber hecho nada malo. Aún así le costó varios meses de peloteo conseguir que dejara a un lado el incidente. Se las hizo pasar canutas sin tener en cuenta todo lo que él aportaba al despacho.
Las cosas no habían cambiado mucho a pesar del tiempo transcurrido. Cada vez que faltaba unos días montaba un drama hasta el punto de que esta era la primera vez que salía de vacaciones con su mujer en un lustro. Eran sus bodas de plata y lo celebraban con un crucero.
—¡Ja, ja, ja…! —A pesar de la pérdida material que acababan de sufrir Clara no podía parar. Llevaba demasiados años reprochándole a su marido que viviera esclavizado por su smartphone y de que dedicara más tiempo a su jefa que a ella como para no tomarse a risa lo que acaba de suceder—. ¡Ja, ja, ja…!
—¡Estás loca! ¿Por qué te ríes? ¡No sabes cómo me lo hizo pasar aquella vez! —En clara referencia al incidente—. No tengo ganas de que la tome conmigo de nuevo.
—Ja, ja, ja… ¿Pero no te acuerdas? Ja, ja… —Los grandes ojos se le achinaron y tuvo que secarse las lágrimas que ya le rodaban por las mejillas—. ¿Pero de verdad que no te acuerdas de que llevas jubilado dos semanas y tres días?
Entonces el se quedó parado durante unos instantes mirando a los ojos a su mujer y al cabo de unos segundos reaccionó uniéndose a la fiesta.
—¡Ja, ja, ja…! Lo siento, amor. Tú tampoco necesitas esto— dijo mientras le arrancaba el teléfono de las manos sin parar de carcajearse y lo arrojaba al mar junto al suyo—. ¡Ahora por fin estamos solos tú y yo!

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Doble arrepentimiento No ratings yet.

Cuando despertó, todavía estaba allí. Sus gruñidos infernales rasgaban el silencio de la madrugada y le hacían perder todo el atractivo que viera en él la víspera. Incluso sus rasgos armoniosos quedaban deslucidos por esa atmósfera llena de estruendos generada a ritmo de ronquidos. La línea de la mandíbula, que ahora se agitaba desdibujando su perfil con cada resuello, ya no parecía tener esa solidez que le había resultado tan irresistible y sus ojos de mirada seductora, entreabiertos por el perturbado sueño le daban cierta grima. Era ella la que había insistido en que la acompañara a casa, pero se arrepentía. Para una vez que se decidía por un “aquí te pillo, aquí te mato” le había salido el tiro por la culata.

Dio unas cuantas vueltas más en la cama, se levantó y salió a la terraza. Apartó el libro que había sobre la tumbona y de él cayó un billete de avión que le recordó el último viaje que había hecho con Marc, su ex. Era verdad que el hombre que invadía su cama —y peor aún sus oídos— se le parecía, al menos en el físico. Aunque estaba segura de que no resistiría una comparación más seria. Le pasaba siempre. Cada nueva pareja tenía que confrontarla con Marc y hasta la fecha ninguna había pasado el examen. Él y solo él era “el hombre de su vida”. Y si seguía sola era porque en el fondo no quería a nadie más junto a ella.

¿Pero cuál fue la razón verdadera de la ruptura? No conseguía recordar ninguna de suficiente peso. Tampoco quién dio el primer paso. Ni una discusión, ni una palabra más alta que otra. Un día dejaron de llamarse, de verse. Punto. Comprendió que era culpa de ella, al menos en parte. No había luchado lo suficiente. Ahora lo sabía y de eso también se arrepentía.

Su mente, más despierta de lo que ella hubiera deseado en una hora tan intempestiva, volvió otra vez al incómodo invitado. Había sido divertido, lo había pasado bien durante un rato. Eso sí, el rato había sido muy corto porque ya se había cansado de su presencia y le molestaba. Le vino a la cabeza esa frase tan manida: “fue bonito mientras duró”. Lo suyo había durado apenas unas horas. De récord.

Entonces su pensamiento volvió a Marc. ¿Sería posible que se dieran otra oportunidad? ¿Él querría? Si no lo intentaba nunca lo sabría. Se levantó con decisión y en dos zancadas se plantó otra vez en la alcoba.

—¡Eh, tú! —gritó zarandeando de manera abrupta al intruso—. Te tienes que marchar. ¡Ahora! ¡Ya!

El hombre no opuso resistencia. Se vistió con el fardo de ropa que ella le había alcanzado y aprovechándose de que todavía andaba medio adormilado lo sacó de la casa antes de que pudiera darse cuenta de lo que pasaba. Luego, ya sola en su cama, mandó un wasap a su ex: «Te echo de menos. Llámame».

Por fin pudo dormir tranquila.

 

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Corazón no encuentra corazón No ratings yet.

Añoro tu cuerpo anhelando el mío.
Me pesa esta soledad de vivir
a tu lado pero sin ti.
Quiero rebelarme, gritarte fuerte,
pero mi voz no suena,
se pierde en el vacío
y temo que nunca
podrá llegar a tus oídos.

Si yo no fuera muda y tu sordo
tal vez, te diría lo mucho que aún te amo,
y tú todavía serías capaz de responderme:
“yo también te quiero, vida mía”.

Esta noche solo quiero dejarme querer
enredarme en tus brazos y perderme,
fundirme en el calor de tu cuerpo
y dejar el tiempo caer en el olvido.

¡Pero hay tanto helor esta noche en tu abrazo!
Porque me hielo por dentro busco tu calor,
pero sólo encuentro más frío entre tus brazos.

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Rosabella No ratings yet.

ROSABELLA

Rosabella era una mujer entrada en años. Enjuta y marchita desde siempre, sin un atisbo de belleza, aunque fuera pasada, como si nunca hubiera disfrutado de juventud. Vivía sola en un humilde piso del extrarradio, de esos que aún quedan de renta antigua, y apenas se relacionaba con alguna vecina porque no se le conocían amigas ni ningún otro tipo de relaciones personales.
Hacía muchos años que enviudó, cosa que no le hubiera importado demasiado de no quedar mermados sus ingresos al pasar a la condición de pensionista, porque lo cierto es que nunca amó a su difunto marido. Se casó obligada por sus padres con el primer pretendiente que se le presentó, ya que dada su fealdad y carencia de simpatía no quisieron desaprovechar la ocasión, temiendo que no le volviera a surgir ninguna otra.
Nunca llegaron a tener hijos, lo cual fue una bendición para esos retoños no nacidos, ya que su falta de instinto maternal quedó bien patente las pocas ocasiones en que recibió alguna visita infantil. Sin embargo, el hecho de no tener familia propia había sido un motivo de oprobio para su marido y siempre lo consideró como un fracaso personal. Pero se resignó a ello cuando vio que los años pasaban y el hijo deseado se negaba a llegar. «¡Estará de Dios!», se decía resignado.
A pesar de la aversión que Rosa siempre tuvo hacia él, lo cierto es que siempre se comportó como un buen marido. La amó discretamente, aunque sin demasiados alardes de pasión y siempre la respetó, sin reparar demasiado en el trato vejatorio que ella con frecuencia le propinaba.
Sin embargo, con el pasar de los años, Rosabella fue olvidando lo mucho que lo despreció en vida. Comenzó a sentir una extraña añoranza por él y el deseo de que se reunieran en la otra vida. De este modo, una noche se durmió, tras abrir la espita del gas, con la intención de no volver a despertar, para poder reencontrarse con él. «Es la única persona a la que le he importado», se dijo con una gran dosis de lucidez y realismo la víspera, antes de acostarse.
No obstante, su deseo se cumplió tan sólo de manera parcial. Es cierto que no volvió a despertar jamás, pero tampoco encontró nunca a su añorado esposo, ya que este, en cuanto comprendió que la fallecida deseaba reunirse de nuevo con él, se las arregló para reencarnarse en una nueva vida en la que ella no tuviera cabida alguna.

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Un poema No ratings yet.

Un poema es…
un punto en el océano
mirado con lupa,
un sentimiento disecado.
Algo que nunca ocurrió, intangible y sin materia.
Palabras que se hilan, se entretejen
componiendo una historia mínima
que el poeta
amplifica y empequeñece según su antojo,
que distorsiona, que deforma
y que transforma
al pasarla por el crisol de su pluma.

Un poema es…
una estrella en el firmamento,
un grano de arena,
un bosque en el que trinan los pájaros,
la corriente turbulenta de un río
y la cristalina trasparencia de un lago.
Palabras que nos hablan
directas al corazón
de la soledad, del silencio,
de ilusiones y anhelos,
de tristeza y desesperación,
de dolor, de amor
y de todas aquellas cosas
que forman la vida cotidiana,
y a las que no damos, apenas, importancia.

Un poema es…
el vaivén de las olas en la playa,
los ojos de la persona amada,
una tormenta de verano,
una mirada cálida,
el perfume de una rosa,
la música que embriaga,
una frase de aliento,
la luz de una llama,
el latido de un corazón sombrío,
el olor de la tierra mojada.

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Tal vez sí, tal vez no No ratings yet.

Lo pensó o no lo pensó. Era difícil saberlo. Aparentemente estaba en calma. Su sueño era plácido, por el efecto de la morfina, aunque se estaba ahogando, con los pulmones encharcados de su propia sangre.
Tal vez lo recordó o tal vez no. Esos primeros años de su infancia en el pueblo, donde era tanta el hambre y la miseria, que hizo emigrar a toda la familia a la capital en busca de un futuro mejor.
Quizá pasó por su cabeza, o no. Aquellos años difíciles de la posguerra, en los que todo estaba racionado, desde el pan a la electricidad. Esos tiempos en los que salían cada día, su padre y él, a buscarse la vida en un sentido literal. Sin saber si comerían o no, sin saber qué peonada harían o qué campo espigarían.
Tal vez recordó el día en que murió su padre, que tuvo que vender el burro para pagarle el entierro, que, con diecisiete años se había quedado solo en su papel de cabeza de familia, o las noches larguísimas en las que estudiaba hasta la madrugada, hasta que la sensación de hambre se lo permitía, después de un duro día de trabajo, a la luz de un candil –por los cortes de suministro eléctrico- y con una manta cuartelera enrollada en las piernas para engañar el frío, o las crueles chanzas en los tribunales, cuando lo veían tan talludito él, con ese aspecto de hombre hecho y derecho que siempre tuvo, en los exámenes libres del bachillerato.
No, su vida no había sido fácil. Había pasado de cuidar a su madre y sus hermanos, él era el mayor, a formar su propia familia y tener la responsabilidad de sus propios hijos sin apenas transición. Siempre había tenido que cuidar de alguien. Había trabajado muy duro para que no les faltase de nada a unos y a otros.
También, es cierto, había tenido sus pequeñas recompensas. Su matrimonio había sido relativamente feliz, todo lo feliz que la convivencia diaria y bastantes estrechuras económicas había permitido. Los hijos le habían salido buenos y le habían vivido todos, en una época en la que era bastante frecuente que una familia perdiera alguno. Más o menos, todos habían estudiado. Más o menos, todos se ganaban la vida. Todos se habían independizado y formado su propia familia.
Trabajó mucho en esta vida, es verdad, pero sus últimos años no fueron tan malos. Se jubiló con una buena pensión, fruto merecidísimo de sus años de incansable trabajo. Veía crecer día a día a sus nietos, cada año más numerosos, y seguía una rutina cotidiana que le satisfacía casi por completo.
Sin embargo, un día, llegaron los problemas de salud. Tuvo que ser intervenido de urgencias y, ya nunca más, volvió a ser el mismo. Trató de recuperar el pulso de la vida, de un luchador como él no podía esperarse menos. Pero, mientras era sometido a interminables tratamientos y exploraciones tuvo que enfrentar la muerte de dos hermanos. Aquel fue un duro golpe para sus, ya, exiguas fuerzas, que decayeron, si cabe, un poco más.
Su estado empeoró tanto en tan sólo unos días que hubo de ser ingresado de urgencias, pese a que hacía apenas un mes, había pasado sin problemas todos los controles médicos.
En un principio le daban esperanzas. Decían que le proporcionarían tal o cual tratamiento, que lo suyo cura, lo que se dice cura, no tenía, pero se podía controlar la enfermedad. Con muchas reticencias al fin aceptó, más por la esposa que por sí mismo.
Como casi siempre en su vida bastó un par de semanas para darle la razón. Empeoró de repente. Fue necesario avisar a los hijos que vivían fuera para que llegaran a tiempo. Ahora los tenía a todos junto a sí. Era bonito morirse de esa manera, rodeado por todos los suyos: en primer término, a su derecha la esposa, pendiente de él hasta su último suspiro, alrededor los hijos, que por turno iban acercándose para darle su postrero abrazo y también estaban sus hermanos, los que le quedaban vivos. La esposa, como en una ceremonia no escrita, pidió al hijo mayor que lo afeitara, no fuera a ser que la muerte le pillara desaseado.
Después todo ocurrió según lo previsto. El silencio respetuoso que había precedido a su expiración se quebró. Todos lloraban sobre el muerto y se consolaban unos a otros. Ya sólo quedaba cumplir con su última voluntad: una cremación sin flores y una esquela en el periódico local.
Descansa en paz.

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¡Oh tú, Beethoven,
el músico más amado!
¡El más grande entre los grandes!
Tu música es la Música;
en tu música se reúnen
todas las músicas posibles.
Eres el más romántico de los románticos,
el más apasionado, el más tierno,
el más trágico.
Poeta de las notas,
arquitecto de los sonidos:
artífice de las melodías
más divinas… y más humanas.
Posees la osadía de un guerrero,
la cólera de un dios,
el espíritu de un visionario,
la pasión de un enamorado…
Toda tu música es un grandioso animal
que respira por todas tus heridas,
por todas mis heridas…
La alegría desenfadada de tus conciertos
me transmuta el alma,
la grandeza de tus sinfonías
me convierte a un dios en el que no creo
y la trágica melancolía de tus sonatas
me rezuma el alma de versos tristes.
A ti, Beethoven —hacedor de modernidad—
el piano te debe casi todo cuanto es
—nadie como tú sabe arrancarle esos sonidos de cristal—.
¡Oh tú, Beethoven,
el más grande entre los grandes!
¡Bendito seas por los siglos de los siglos!

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Teresa No ratings yet.

Entró en casa y distraídamente se miró en el espejo del recibidor. No es cierto que estos pantalones me hagan parecer gorda, se dijo a sí misma, aunque en su mente quedó sembrada una sutil duda. Rápidamente se dirigió a la cocina a merendar como hacia cada tarde cuando volvía de su clase inglés. Sentía un apetito insaciable, acorde con sus quince años y el refrigerio fue sin duda contundente: un vaso de leche con colacao, un cruasán con nocilla, y aún tuvo sitio en su estómago para alojar una tostada con mantequilla. Después, plenamente satisfecha, se puso a hacer sus deberes. Se acercaba junio y pensaba aprobar todas las asignaturas con buena nota, como había hecho siempre.

Teresa era una adolescente como tantas otras. Alta de estatura. Su cara, de facciones regulares, aunque todavía aniñada y algo mofletuda, prometía ser en un futuro no muy lejano de una belleza serena. En ella destacaban sus grandes ojos, de color cambiante. Solían ser de color azul o verde, según la luminosidad del momento, pero cuando se enfadaba se tornaban, prodigiosamente, en gris acerado. Una lacia melena castaña con reflejos rojizos, no hacía sino resaltar su mirada siempre inteligente y, por lo general, también, cálida y risueña. Su cuerpo en plena remodelación, se encontraba en esa fase del desarrollo, algo disarmónica, como a medio hacer, por la que pasan ciertas adolescentes, generalmente las que luego tendrán una figura más exuberante. Una etapa que no es sino un tránsito hacia un cuerpo pleno de mujer, pero que las hace sentirse mal consigo mismo mismas, diferentes a la mayoría de las chicas de su edad, que suelen presentar un aspecto mucho más infantil. Teresa no habría reparado en ello si Carmela y Ana, sus dos mejores amigas, no se lo hubieran hecho notar. Desde hacía algún tiempo no paraban de bromear sobre su físico, diciéndole que como continuara creciendo a ese paso, ellas parecerían sus hijas, y no gustaría a ningún chico que fuera de menor estatura y corpulencia que ella.

Teresa nunca se había tomado en serio las chanzas de sus amigas, pero ahora, comenzaba a pensar en ello con cierta frecuencia. Le gustaba un chico de su clase, Franc, pero este parecía ignorarla totalmente. Sólo tenía ojos para Luisa, una compañera de curso de aspecto mucho más frágil e infantil. A pesar de los esfuerzos de Teresa para hacerse la simpática, y también, en ocasiones, la encontradiza, a lo largo del curso que iba a concluir pocas habían sido las ocasiones en las que había conversado con él. Le disgustaba pensar que tenía un largo verano por delante y no había avanzado nada en su amistad con Franc, y ¿si al curso siguiente ya no iban a la misma clase? No quería pensar en esa posibilidad, era demasiado angustioso, sería para ella como el fin del mundo.

Estaba ensimismada en sus problemas de matemáticas cuando su madre la llamó para la cena. Asear su cuarto, y poner y quitar la mesa eran las tareas que le su madre le tenía asignadas, además de algún recado, que le mandaba de vez en cuando.
Mientras cenaban su madre le dijo que al día siguiente, aprovechando que era sábado, irían a comprar todo lo que necesitaba para pasar el verano, pues debido al estirón que había dado era más que improbable que le viniese alguna ropa de la temporada anterior. La perspectiva de salir de compras tenía un doble aliciente. Estrenar es algo fascinante si se es una chica de quince años, por otro lado, ir de compras sería una buena distracción, ahora que estaba en exámenes.

Desgraciadamente, la experiencia que tanto prometía fue un auténtico desastre.
Habían recorrido todas las tiendas de la ciudad, incluidos los grandes almacenes, sin encontrar nada interesante. Las prendas que le gustaban a Teresa no se las podía poner ni con calzador, de pequeñas que eran las tallas, y aquellas otras, que su madre decía que le sentaban bien, no eran en absoluto de su agrado. Lo único que consiguieron fue una camiseta de algodón, unas bermudas y un cabreo fenomenal. Al llegar a casa, Teresa se encerró en su cuarto llorando, y ya no quiso salir ni para cenar.

Al día siguiente se despertó con algo de fiebre y las anginas inflamadas. Su madre, que se sentía culpable por haber perdido los nervios la tarde anterior, le prometió volver a llevarla de compras todas las veces que hiciera falta, hasta reunir su equipo de verano. Pero ella apenas prestó atención, pues se encontraba amodorrada por la fiebre, no se levantó en todo el día y apenas comió.

Le costó más que otras veces reponerse de las dichosas anginas. La fiebre le duró bastantes días. Debido a la misma perdió completamente el apetito y el primer día que se levantó tuvo que hacer un gran esfuerzo para conseguirlo, por lo débil que se encontraba. Pero poco a poco fue cobrando fuerzas y más o menos a los diez días a partir de que cayó enferma pudo volver al instituto. Sin proponérselo, había adelgazado. Nada del otro mundo, tan sólo había perdido un par de quilos, pero eso unido a que también había dado un pequeño estirón, hizo que todo el mundo lo percibiera. Sus amigas, en la inconsciencia de la edad, lejos de reparar en su cara, todavía pálida y demacrada por la reciente enfermedad, la encontraron estupenda, y Franc por primera vez parecía haber sufrido por su ausencia, hecho que llenó de alegría a Teresa.

Al poco tiempo se acabó el curso y como todos los veranos, en los últimos cuatro años, Teresa se disponía a pasar dos semanas en su campamento de verano. Ya tenía la maleta preparada, al final su madre había cumplido su promesa y el vestuario de Teresa se encontraba totalmente renovado. Todavía no había recuperado el peso perdido, si acaso había adelgazado aún más, a pesar de que su apetito seguía siendo tan voraz como siempre. Pero en su relación con la comida se había introducido, tan sutilmente que ni ella misma era consciente, un elemento nuevo y perturbador. A la satisfacción habitual, y por otra parte natural, que seguía al acto de comer, se le añadía ahora un vago sentimiento de culpabilidad, quizá propiciado por la necesidad de control sobre sus propias sensaciones, y quizá, también, por un rechazo inconsciente de su propio cuerpo, que estaba cambiando muy deprisa y lo encontraba, de alguna manera, ajeno y tosco. Así, cuando se sentaba a la mesa, procuraba comer lo mínimo imprescindible para saciar su apetito, y la mayoría de las veces lo conseguía. Pero en algunas ocasiones algo iba mal. Ocurría justo lo que trataba de evitar, comía desmedidamente, hasta que ya no podía más. En esas ocasiones se sentía culpable, quizá de debilidad, de falta de autocontrol y su autoestima bajaba enteros. Se ponía de mal humor, y su vez trataba de mitigarlo con un nuevo atracón, entrando en un círculo vicioso, que solía acabar con una vomitona, que parecía calmar todas sus tensiones y dejarlo, de nuevo, todo en su sitio.

El aire libre, el ejercicio y la comida de rancho del campamento, tan poco apetitosa, también aportaron su granito de arena. Teresa regresó a casa con una figura todavía más estilizada. Ciertamente, se veía mejor. Hasta su madre, siempre preocupada por que comiera lo suficiente, no pudo por menos que alabarla y reconocer lo guapa que estaba. Y a partir de ese momento, Teresa, sin saber muy bien cómo, comenzó a asociar la sensación de hambre reprimida con el éxito y el reconocimiento.

Sintiéndose más segura de sí misma, se mostraba mucho más desinhibida con los chicos, y a estos parecía gustarles más esta nueva actitud. Ella, achacando este cambio, a su nueva imagen, en absoluto tan diferente como ella pretendía de la que presentaba tan sólo dos meses atrás, de alguna manera grabó en su mente de forma indeleble que antes muerta que gorda. Y comenzó a aplicarse la regla a rajatabla.

Por otra parte, se había exacerbado la naturaleza, ya de por sí soñadora de Teresa. Aunque desplegaba una gran actividad a lo largo del día, había momentos en que su espíritu era arrebatado hacia países recónditos que nada más que existían en su imaginación, donde recreaba un mundo a su medida, donde carecía de limitaciones y todo era posible. Su madre, cuando la sorprendía en ese estado de trance, como ausente, quedaba completamente desconcertada, sin saber que hacer. Pero al momento se decía a sí misma que eran cosas de la edad y que ya pasarían, y con eso se tranquilizaba.

Y así, con Teresa cada día un poco más delgada y más ausente, fueron pasando los meses y llegó el comienzo del nuevo curso. Sus peores auspicios se hicieron realidad. Franc no sólo no iba a su clase, sino que ni siquiera iba a su instituto. Se había mudado de ciudad, decían. Eso sumió a Teresa en una terrible desesperación. Bueno, no era desesperación únicamente, es que también se sentía culpable por no haber sabido llamar su atención cuando había tenido la oportunidad. Se decía a sí misma con amargura que finalmente sus amigas iban a tener razón. Si se hubiera dado cuenta antes de lo gorda que estaba, si hubiera puesto remedio a tiempo… y este pensamiento pasó a acaparar por completo su mente, convirtiéndose en una auténtica obsesión y sumiéndola en un mutismo y aislamiento cada vez mayores.

Pero sus amigas no podían entender por qué Teresa estaba últimamente de un humor tan agrio. Ella que siempre había sido de carácter afable, precisamente ahora que estaba imponente, que traía a todos los chicos de calle, se mostraba tan arisca. Sí, sabían lo de Franc, pero al fin y al cabo tampoco tenía nada de extraordinario, habían un montón de chicos tan buenos sino mejores que él. Hacían lo imposible por animarla, pero Teresa se sentía cada vez más distanciada de ellas, y las encontraba cargantes, con tanta solicitud, cuando lo único que quería era que la dejaran en paz.

De esta manera, se buscó un sinfín de actividades extraescolares: inglés, ballet, fotografía; cualquier cosa con tal de llenar sus tardes y tener una buena excusa para no ver a sus amigas nada más que el fin de semana. Salían el sábado y el domingo por la tarde. Si hacía buen tiempo solían pasear, conformándose con mirar los escaparates y reprimiendo el afán consumísta a causa de su escaso presupuesto, pero cuando el frío arreciaba o hacía mal tiempo no les quedaba más remedio que ir al cine o bien se metían en una cafetería donde merendaban y se hacían confidencias en torno a la mesa y un batido de cacao bien caliente.

Hacía tiempo que Teresa asistía a esas sesiones de terapia adolescente imperturbable, sin abrir apenas la boca, y con la mirada perdida vagando en el infinito. Por eso, Ana y Carmela se sorprendieron cuando en una tarde de domingo de mediados de enero Teresa dijo –Mañana no voy a ir al instituto, mi madre me llevará al médico. Hace tres meses que no tengo el periodo. La reacción no se hizo esperar -¿No estarás embarazada?- Preguntaron entre risas Ana y Carmela -. Teresa, absolutamente desolada por la incomprensión de sus amigas, se echó a llorar. Aunque ella tampoco comprendía lo que le estaba sucediendo últimamente. Sabía que no había motivo alguno, pero se sentía muy infeliz, completamente aislada, como si se hubiese cortado una especie de hilo invisible que la uniera con el resto del mundo, y ya, aunque quisiera, sentía que no podría restablecer la comunicación nunca más. Iría vagando a la deriva sola, sin encontrar un alma amiga que la supiera comprender.

Cuando su madre decidió tomar cartas en el asunto, Teresa había perdido más de diez quilos. Estaba francamente delgada. Comía poquísimo, había días que pasaba con tan sólo una manzana o un yogur, y cuando su madre la forzaba lo más mínimo, vomitaba al instante, pero eso no era lo peor. Esta nerviosa e irritada, siempre con las uñas preparadas, como un gato huraño. Apenas quedaba rastro de la niña alegre y dulce que había sido hasta hacía tan poco. Estaba muy preocupada, y ya, cuando se cercioró de que Teresa estaba tres meses sin tener la regla, comprendió que había tardado demasiado en darse cuenta del problema. Teresa, por su parte, no daba su brazo a torcer. -Estoy bien- decía.- Me encuentro perfectamente. No entiendo por qué tengo que ir al médico si no estoy enferma, y lo del periodo no puede ser tan importante, al fin y al cabo hay un montón de chicas de mi edad que aún no lo tienen- respondía exasperando a su madre.

No obstante todas sus reticencias, Teresa fue a la consulta del Dr. Ortega, el médico de la familia de toda la vida, que le hizo una exploración exhaustiva y escuchó pacientemente a ambas, madre e hija. Después, solicitó unos análisis e hizo que saliera Teresa con la enfermera para pesarla y medirla -para la ficha- dijo. Aprovechando esos instantes a solas con su madre, el Dr. Ortega le dio a ésta su primera opinión: –Señora, su hija, si no me equivoco, presenta un cuadro de anorexia. Supongo que habrá usted oído hablar de esta enfermedad, tan en boga hoy día – La madre de Teresa asintió gravemente con la cabeza, tras lo cual prosiguió el doctor –si es así, tendrá que ponerse en manos especializadas. Vuelva cuando tenga los análisis, pero no traiga a Teresa, así podremos hablar con mayor libertad. Justo cuando acababa de decir las últimas palabras entraban por la puerta Teresa y la enfermera. –Jovencita- volvió a hablar el doctor tratando de dulcificar un poco su adusta expresión -estás en edad de crecer y debes alimentarte bien. Ya me pondré en contacto con tu madre, para darle instrucciones, mientras tanto procura hacerle caso- y dándoles la mano cordialmente las despidió.
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La madre de Teresa salió un momento de la habitación. Necesitaba un poco de aire fresco. Todavía no podía creer lo que estaba sucediendo. Los acontecimientos se habían precipitado de forma inesperada. Hacía ya unos meses que habían diagnosticado la enfermedad de su hija, y desde entonces, lejos de mejorar, la situación no hacia sino agravarse día a día. Teresa no confiaba en nadie, no admitía los tratamientos, no se reconocía enferma, ni tan siquiera el día que la llamaron del instituto porque se había desmayado. Su madre cogió un taxi y la llevó urgencias, allí le tomaron la tensión y le hicieron análisis…, le dijeron que había que ingresarla. Estaba peor de lo que pudiera parecer a primera vista. Le dijeron que la anorexia era una enfermedad grave, muy traicionera. Algunas chicas morían inexorablemente y en algunas más la enfermedad persistiría de forma crónica durante muchos años. Esperaba con todo su corazón que Teresa fuera de las privilegiadas que conseguían curarse por completo. Pero ahí estaba, tres semanas en el hospital y no la habían hecho engordar ni un gramo. La madre de Teresa no pudo reprimir el llanto y comenzó a sollozar ruidosamente. Era la primera vez que se lo permitía desde que Teresa estaba ingresada. No se había separado de ella ni un momento. Pero ahora ya no podía más, necesitaba un respiro. Su pobre niña estaba en la cama, consumida por una cruel y caprichosa enfermedad que nadie parecía entender bien y ella no podía hacer nada, salvo contemplar desde la grada como se libraba el combate.

El aspecto de Teresa había cambiado mucho en los últimos meses. Ya no era la joven atractiva de los primeros tiempos en que comenzó a adelgazar. Ahora, por más que se negara a reconocerlo, su cuerpo no era más que un montón de pellejos y de huesos. En su rostro, no hacia tanto sonrosado, pero ahora, pálido y macilento, destacaban oscuras ojeras bordeando sus ojos, que aunque conservaban su mágico color de siempre, habían perdido la calidez y profundidad de la mirada que era ahora acuosa y desvaída, perdida, como si nada ajeno a ella fuese capaz de llamar su atención. En su expresión se leía un abandono total de sí misma, se había transformado un espectro vencido por la enfermedad. Los médicos, cada mañana la conminaban a que se resistiera a la muerte -está en tu mano, Teresa- le decían. Pero Teresa permanecía ajena a todo lo que le rodeaba. Estaba en un estado casi incorpóreo, casi místico, se veía a sí misma como un espíritu etéreo, y pasaba los días en continuas ensoñaciones, favorecidas, sin duda por su estado de debilidad. Las visiones variaban, pero siempre le transmitían un estado de profunda paz. A veces era un gigantesco desierto de arena, donde el viento gemía suavemente, y donde las dunas iban cambiando de forma imperceptiblemente pareciendo siempre iguales, pero siendo siempre diferentes, eternas en su aparente inmutabilidad. Otras veces no veía nada, pero escuchaba una música armoniosa, que la atraía hacia abismos insondables, en los que no existía el tiempo ni el espacio, y todo era llenado por el dulce sonido de unos instrumentos desconocidos. Otras veces sentía que su leve cuerpo se expandía hasta el infinito fundiéndose con él, y no es que sintiera paz, sino que ella se transformaba en la paz misma y entonces perdía la conciencia de su propio ser.
Teresa ya no se levantaba de la cama. Cada día pasaba menos tiempo consciente y ya no hablaba con nadie, ni siquiera con su madre. Los médicos habían hablado muy claro. Si renunciaba a vivir, nadie podría ayudarla. Estas palabras habían sido como un mazazo para la madre de Teresa, que veía como las esperanzas de que su hija sanara se iban esfumando y sentía la presencia de la muerte con una fuerza cada vez mayor.

Estaban otra vez en junio. Había pasado ya un año desde que Teresa comenzara con su enfermedad. Llevaba un tiempo estacionaria. La enfermedad no avanzaba, tampoco mejoraba la paciente. Cualquier cosa podía suceder. Los padres de Teresa se encontraban en estado de ánimo oscilante, tan pronto se sentían esperanzados y soñaban con la vuelta al hogar con su hija, otra vez, rebosante de salud, como de repente les acometía una gran desazón y se ponían a esperar, ya resignados por tantas semanas de incertidumbre, el fatal desenlace. Teresa, mientras tanto, no parecía ser consciente de la tensa expectación que despertaba. Al menos estaban seguros de que no sufría. Pero ella tan sólo soñaba con su mundo fantástico. Envuelta en las densas brumas de su imaginación, de vez en cuando oía la voz de su madre o escuchaba en un eco lejano la penetrante voz de su padre, y esas presencias familiares, aunque las percibía lejanas, daban algo de calidez a su plácido pero gélido mundo interior, y de alguna manera lo complementaban.

Un día en que navegaba en un mar de calma, vio a lo lejos una especie de torbellino que se levantaba hacia los cielos, y se sintió atraída hacia él por una fuerza intensa que provenía e su interior. Sin poderlo evitar, Teresa iba directa hacia el vertiginoso centro del tornado, o lo que quiera que fuese, y su madre, aunque la tenía cogida de la mano no podía retenerla y la llamaba desesperadamente. Teresa, de pronto se sintió envuelta por esta fuerza prodigiosa que la lanzaba hacia arriba en una espiral sin fin, y de repente se vio a sí misma, tendida en la cama como muerta, y a su madre sollozando en un rincón de la habitación mientras un montón de médicos y enfermeras se encontraban sobre ella, sobre la Teresa de la cama, intentando reanimarla. ¡Entonces, era cierto! Se moría… Pero no podía dejar a su madre tan desconsolada, además la llamaba con tanta desesperación, con tanta ternura, con tanto amor… La imagen de su madre, avejentada por el sufrimiento, vencida por el dolor, era como una moderna “piedad”. Si Miguel Ángel viviera en la actualidad la hubiera representado así. Teresa, en el lugar incierto que en que se encontraba, en ese punto indefinido entre la vida y la muerte, más allá del cual, el retorno ya no es posible, se sintió conmovida en lo más íntimo de su ser. No se resignaba a irse para siempre y dejar a su madre en ese estado de desconsuelo. Quería seguir oyendo su voz, seguir viendo su imagen. Se dio cuenta que no sabía lo que había más allá del umbral que casi había traspasado, seguramente la nada, el vacío, el no ser. Nada de sufrimiento, pero también, nada de placer. Entonces vaciló, no supo si quería continuar, y sin saber cómo, se volvió a encontrar tendida en la cama. Ahora ya no veía a nadie, pues tenía los ojos cerrados. Pero oía las voces del equipo médico a su alrededor y sentía como manipulaban su cuerpo, como se esforzaban, tratando de devolverle esa vida que por unos breves instantes la había abandonado –Ya, ya reacciona- dijo alguien. -Menudo susto que nos ha dado- se oyó otra voz, y por último otra más lejana en el espacio, pera la más cercana a su corazón musitaba con alivio un sofocado ¡Gracias, dios mío!

Después, el médico de guardia explicó a la madre de Teresa, que había sido una parada cardíaca, y que cuando habían perdido la esperanza, cuando parecía que la perdían definitivamente, sin razón aparente, había vuelto. –Quizá- concluyó el doctor, con una viva satisfacción reflejada en el rostro –las ganas y la voluntad de vivir hayan vuelto a Teresa.

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Lo que nunca me dijiste

Me cautivaron tus ojos, amor.
Es en lo primero que me fijé de ti.
Tus ojos de mirada ingenua y escrutadora,
desafiante, arrebatadora, dulce o todas a un tiempo.
No me importaba cómo miraran si me miraban a mí.
Esos ojazos que tienes que saben ver sin mirar, discretos,
y que a veces miran sin ver, ensimismados, ausentes, ensoñados…
Tus ojos color cambiante, ojos arcoíris:
del gris acerado, siempre cuando te enojas,
al azul profundo del mar en el día soleado
llegando al verde cristalino bajo la noche estrellada.
Ojos resplandecientes y risueños, casi siempre.
A veces tristes, tus ojos. Siempre bellos.

Tu boca menuda, los labios carnosos, concupiscentes.
Tu boca fue y es mi delicia.
Tu boca que sabe besar dulcemente.
Y también sabe atacar con dureza
lanzando palabras hirientes cuando te enfurruñas,
a veces por tonterías que me hacen reír
y mi risa te enfurece todavía más.
Aunque al final terminemos riendo los dos
como niños cómplices de sus travesuras,
niños que ya son muy grandes.
¡Qué bien me sabe tu boca!

Me enamoraron tus formas rotundas
de mujer,
aunque entonces fueras apenas una adolescente.
Pasaron algunos años
y la maternidad las acrecentó,
dotó de mayor generosidad a tus caderas
y te amé más todavía.
Puede que tus senos hayan perdido su firmeza primigenia
Pero siguen siendo dulce miel entre mis labios
y me deleito con ellos como si fuera la primera vez.
Tu piel aún tersa es delicada seda para mis manos.
¿Qué haría yo sin ella, sin el calor de tu lecho?
Me gusta acariciarla, recorrerla con morosidad,
tomarme mi tiempo para reconocerla en toda su geografía.

El tiempo te ha cambiado, nos ha cambiado
pero ha sabido respetar el «nosotros».
Somos como dos instrumentos antiguos
afinados por la misma mano sabia
—quizás tú el violín y yo el piano—
que siguen tocando juntos su romanza,
incólumes, en todo su esplendor.

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Rojo sangre en el Saint James No ratings yet.

Nunca había sentido tanta frustración como en ese momento cuando ella se marchó así, dando un portazo, después de la tremenda discusión que acababan de tener. Se sirvió un Martini y se puso a escuchar la sonata Claro de Luna, por ver si la suave melancolía que emanaba de esas notas beethovenianas conseguía templarle los nervios aunque fuera solo un poco.
Era ya la hora de irse a la cama pero bajo toda esa tensión que acumulaba ni se le pasó por la cabeza. Tras escuchar un par de veces más la pieza musical salió a la calle ya que necesitaba respirar aire fresco. La noche era tibia como correspondía a finales de septiembre. No obstante, la calle estaba desierta dado lo avanzado de la hora. Tan solo el ladrido lejano de algún perro rasgaba el silencio nocturno.
Anduvo durante un buen rato, no pudo precisar cuánto, hasta que dio de bruces con la puerta de su pub preferido, el Saint James. Aún estaba abierto, lo que le sorprendió mucho ya que solía cerrar a eso de la una de la madrugada. Entro aguijoneado por la curiosidad y, también, porque necesitaba otro trago.
Cuando accedió, el lugar parecía del todo desierto salvo por la presencia, encima de la barra, de una copa a medio terminar de un Cosmopolitan con una marca algo desvaída de carmín —aunque sin el menor rastro de la tendría que haber sido su dueña—. De fondo sonaba la cadenciosa voz de Ella Fitzgerald en Summertime. Pensó, no sin cierta dosis de sarcasmo, «¡y tengo que escucharla…!, ¡precisamente ahora…!». Algo que pretendía ser una sonrisa afloró a su rostro al recordar otros momentos, sin duda más felices, en los que la canción, ahora tan odiosa, había formado parte de la banda sonora de su vida más reciente, la que en ese momento preciso pretendía olvidar. Entonces llamó con impaciencia al barman.
—¡Peter! ¡Peeeeter!—
Gritó su nombre un par de veces más sin obtener respuesta, por lo que, intrigado, empezó a recorrer todo el local en su búsqueda. En el momento en que ya le parecía que allí no iba a encontrar a nadie lo vio, justo al mirar tras la puerta del servicio de caballeros. Estaba allí tendido, en el suelo y boca abajo, encima de un gran charco de sangre. Aturdido por el inesperado hallazgo, ya estaba marcando el 112, cuando sintió, de forma repentina, una fría y dura presión sobre su nuca —alguien lo encañonaba con un arma—.
Apenas unas décimas de segundo antes había podido advertir el peculiar tufillo de los habanos de estraperlo a los que Rick, el dueño del local, era tan aficionado, de modo que no tuvo que atar muchos cabos para adivinar quién era el hombre que lo amenazaba por la retaguardia.
—Sam, ¿por qué has tenido que venir precisamente esta noche? No tengo nada en tu contra, pero ahora no me queda más remedio que matarte a ti también. ¿Lo sabes, verdad?
Entre tanto, Summertime había dado sus últimos estertores y Lady Ella comenzaba a acometer los primeros acordes Every Time We Say Goodbye, canción, también muy conmovedora, que sin embargo, no le suscitaba evocaciones tan íntimas como la anterior. Pese a todo, pensó que como tema de despedida no podría haber deseado otro mejor.
—Si tengo que morir, al menos me concederás el derecho de saber el porqué, ¿no te parece que es lo justo? Déjame que me sirva una bebida. Hace rato que muero de ganas… —añadió con mordacidad.
—Está bien, no me importa demorar este asunto unos minutos más si eso es lo que quieres. ¡Andando!—ordenó.
Ambos se dirigieron hacia la barra. Mientras Sam se servía un whisky, Rick le seguía apuntando por la espalda, aunque ahora había aflojado algo la tensión y ya no sentía el cañón pegado a su cuerpo.
—Ese cabronazo de Peter —comenzó diciendo—, se tenía bien merecido lo que le ha pasado… Iba a entregarme al inspector Gallagher, ¿comprendes ahora? No me ha quedado más remedio que hacerlo…. ¡Era o él o yo! Lo siento, Sam, apura el último trago. ¡Ha llegado tu hora! Y, en serio, disculpa por las molestias…, esto no va contigo, considérate un daño colateral —terminó la frase con un cierto tono de conmiseración que, dadas las circunstancias, sonaba bastante sincero.
Rick amartilló la pistola con un ruido seco, aunque amortiguado parcialmente por la melodía, no sonó tan amenazante como cabría esperar… Pasaron algunos segundos. Mientras Sam esperaba el disparo que debía acabar con su vida comenzó a percibir con nitidez la intensa fragancia de Lauren. Creyó que era fruto de la autosugestión. Sí, él se consideraba un tipo bastante duro, pero le dolía pensar que iba a morir allí mismo y el último recuerdo que ella tendría de esa maldita noche sería el de los improperios y gritos que se habían proferido durante su disputa. ¡El motivo…!, ahora pensaba que carecía por completo de importancia. «Ojala pudiera verte tan solo un instante para decirte ¡te amo! una última vez» musitó para sus adentros…
Sam había cerrado los ojos al sentir como se acercaba el momento crucial, cuando parecía todo perdido, con la única esperanza de un tránsito rápido e indoloro hacia el otro barrio. De repente, oyó un ¡BANG! al mismo tiempo que un ¡CAASH-CRAGG!, seguido a continuación de un ¡CATAPLAM!, todo ello, aderezado con el sonido de fondo de una sirena con su ¡NIINOO!, ¡NIINOOO!, ¡NIINOOOO! que cada vez se percibía con mayor estridencia, en parte porque la patrulla policial se iba acercando al Saint James, en parte porque Ella, tras su magistral interpretación, ya sin nadie al cargo, había terminado por enmudecer. Ahora, confuso por todo ese desatino que acababa de suceder a su alrededor, permanecía de pie, inmóvil y en tensión, sin atreverse si quiera a abrir los ojos, temiendo que al intentar ese gesto tan banal pudiese percatarse de manera definitiva de que estaba bien muerto. «Hay mucho mito con esta cuestión» pensó con cierto toque de amargura, «¡total, tampoco he sentido nada especial!».
Rick, a su vez, se había tambaleado durante unos instantes tras el golpetazo recibido y, al fin, se había desplomado con brusquedad sobre el piso donde yacía junto a los pies de Sam, medio ladeado, con el brazo derecho cruzado por delante de su cuerpo y aún con la pistola apenas sujeta, apuntándose, por delante, a su propio cuello en un gesto, del todo, involuntario. El brazo izquierdo lo tenía retorcido hacia atrás, en una extraña contorsión producto del desmayo. Estaba semiinconsciente y rodeado por un mar informe de licores entremezclados y cristales hechos añicos, todo ello procedente de lo que otrora fuera el orgulloso tesoro del Saint James, su gran expositor de bebidas. Un suspiro quejumbroso, apenas audible salía de sus labios. La gran brecha que se le veía en cabeza era fruto del botellazo que acababa de estamparle la temperamental Lauren —que había permanecido escondida en la toalet de señoras hasta entonces—, y a consecuencia del cual había errado el disparo que había terminado por alcanzar de lleno la vitrina.
—¡Sniff, sniff! ¡Puag! ¡Menudo pestazo! Me estoy emborrachando tan solo de respirar —se quejó Lauren mientras corría a abrazar a Sam, no sin antes haber lanzado de un puntapié el arma fuera del alcance de Rick. Tras lo ocurrido, no estaba dispuesta a bajar la guardia ni un solo instante.
—¡Lauren! —exclamó Sam, aún en estado de shock—. ¿Cómo es que estas aquí? ¿Y tus zapatos? ¡Ten cuidado!, te puedes cortar con los cristales—dijo al percatarse de que andaba descalza, al tiempo que también se abrazaba a ella de forma efusiva.
»¿Qué ha pasado? —continuó preguntando atónito y ya del todo persuadido de que aún seguía en el mundo de los vivos—. ¿Todo esto ha sido obra tuya?
—Ah…, claro…, mis stilettos… Sí, tuve que quitármelos, ¿sabes…?, para que Rick no oyera mi taconeo mientras acudía en tu rescate, cielo—le contestó mientras le guiñaba el ojo de forma un tanto pícara—.
»Estaba en el baño cuando oí sus voces discutiendo, y, a continuación, el disparo. Había entrado para retocarme el maquillaje ya que me había inflado a llorar escuchando nuestra canción… —este habría sido un buen momento para hacer algún reproche a su marido, pero no lo hizo; por el contrario, se limitó a relatar los hechos lo mejor que pudo—. Ya te imaginas, tras discutir contigo no se me ocurrió otra cosa mejor que venir aquí a lamerme las heridas… ¡Pobre Peter, no se merecía lo que le ha pasado…! —los nervios, sin embargo, hacían que fuera saltando de tema un tema a otro sin ton ni son—. Se portó tan bien conmigo…, me invitó a un Cosmopolitan y me puso Summertime por lo menos diez veces seguidas. ¡Este sitio…!, tras lo de esta noche, nunca volverá a ser lo mismo… —su expresión se tornó algo melancólica durante unos breves instantes, pero enseguida se recompuso—. Por suerte, este—dijo señalado con determinación el cuerpo todavía inerte de Rick—, nunca sospechó que hubiera nadie más en el local…
—¡Hasta que llegué yo! —dedujo Sam, astuto.
—¡Exacto…! Y entonces se escondió para que no lo descubrieras, pero cuando encontraste el cadáver, decidió que no quería dejar cabos sueltos… — al fin, su discurso recobraba cierta lógica—. ¡Oh, cariño!, que gran idea tuviste al pedirle una última copa, así me dio tiempo a llamar a la policía…
En ese momento preciso ya entraban los agentes para hacerse cargo de todo el tinglado. El local estaba hecho unos zorros. Pese a todo, no parecían demasiado impresionados, seguro que estaban acostumbrados a este tipo de situaciones y aún peores.
—Siento importunarles, señores —dijo de manera rutinaria uno de ellos tras enseñarles la placa—, pero tendrán que venir conmigo a comisaría a prestar declaración. ¡Parece que alguien se lo ha pasado en grande esta noche…! —terminó comentando la escena del crimen con cierta indiferencia mientras los conducía hacia el exterior.
Sam, caballeroso había recogido sobre marcha los stilettos y había ayudado a Lauren a calzarse. Mientras salía tras el policía, llevando a su mujer cogida por el hombro, en un ademán protector, pensaba, aliviado por el desenlace favorable de los hechos, que esa era una hazaña digna de contar algún día a sus nietecitos —suponiendo que alguna vez llegaran a tenerlos, claro está—. Sería una historia fabulosa: «la noche en la que la abuela no solo no se divorció del abuelo sino que lo salvó de las garras de una muerte más que segura», pensó, con cierto humor no exento de ironía.
Ya en la calle, Sam atrajo hacía sí a su esposa, mirándola a la cara con fijeza.
—Esta noche has sido mi ángel de la guarda, ¡no sé que haría yo sin ti! —le susurró de forma tierna y con sincero agradecimiento. Ya se disponía a besarla, para terminar de oficializar su reconciliación, cuando de pronto, le preguntó sorprendido—: ¿pero…, y ese color de labios, nena…?, ¿es nuevo, no…?
—¡Oh, sí…! —respondió ella atusándose el cabello en un inequívoco gesto de coquetería—. ¡A que me favorece! Es el nuevo Rojo Sangre de Chanel.

 

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El traqueteo monótono del tren lo había amodorrado, pero la brusca parada en un apeadero, le devolvió de nuevo la conciencia. Miró por la ventanilla y vio un paisaje vasto y desértico, de colores pardos, agostado por el sol del verano. Se dio cuenta de que su pesado compañero de viaje, que tanto le había importunado con su cháchara incansable, ya no estaba, y suspiró aliviado. Ahora podría viajar tranquilo el resto del trayecto.
Pensaba que ya no debía quedar mucho para Valdetoro, tan solo una hora, a lo sumo hora y media. No estaba acostumbrado a viajar en tren y le costaba hacer el cálculo pero, a juzgar por los kilómetros que quedaban, el viaje pronto tocaría a su fin.
Intentó planear una estrategia. Lo primero que haría sería encontrar alojamiento. Eso lo tenía claro pero lo que ya no tenía tan claro era cómo continuar. Parecía una locura intentar encontrar a Alicia de esa manera, presentándose en el lugar en el que se perdía su pista, y casi pretendiendo que apareciese como por arte de magia. No se le ocurría ningún plan que tuviese una mínima garantía de éxito. «¿Será mejor preguntar en los hostales, o, por el contrario comenzar por los talleres de de coches?», pensó agobiado por las circunstancias. Casi le parecía una duda existencial…
En ese tramo, el paisaje cambiaba, se hacía algo más abrupto y comenzaba a verdear. De vez en cuando, pequeños pinares se alzaban en algunas laderas, poniendo el contrapunto al azul del cielo. La silueta de algún chalé se contoneaba desafiante sobre el claroscuro del monte haciendo desistir a Ignacio de la idea, por otra parte absurda, de que esos remotos parajes estaban por completo deshabitados.
Pensó en cómo sería Valdetoro, si se parecería a algún otro pueblo de los que él había conocido. Cerró los ojos, y, sin darse cuenta, volvió a quedarse dormido. Al fin, sobre las 13:30, y sin retraso, según el horario previsto por RENFE, llegó el convoy a su destino.
La primera impresión que se llevó Ignacio de Valdetoro, fue bastante mala. El paisaje era tórrido y desabrido. El pueblo le resultó bastante inhóspito y para remate, la estación quedaba algo retirada del casco urbano; así que no le quedó más remedio que caminar bajo el sol abrasador del mediodía durante un buen rato.
Por fin, vio un bar que le inspiró cierta confianza y pensó que era un lugar tan bueno como otro cualquiera para iniciar sus pesquisas. De allí lo mandaron al Hostal Paqui, el mejor del mundo entero en opinión del camarero que lo atendió.
La habitación donde se instaló no podía ser más penosa. Las paredes estaban llenas de desconchones, ya que hacía siglos que no habían visto una mano de pintura. El baño, a pesar de que saltaba a la vista que lo habían limpiado con escrupulosa meticulosidad, apestaba a lejía revenida y tenía un aire de decrepitud altamente contagioso, para el que Ignacio no estaba vacunado en absoluto. En la cama, sobre las sábanas, ásperas como un papel de lija y con algún que otro remiendo, lucía una raída colcha de hilo blanca, que amarilleaba en algunas zonas y que también se veía carcomida por la polilla en varios puntos. Ya, para colmo, la única ventana, en lugar de dar a la calle, se asomaba a un sombrío patio de luces. ¿Se podía pedir más…? O menos, según se mire.

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