La llama de la soledad. Capítulo 10. Una amiga es una amiga

La llama de la soledad. Capítulo 10. Una amiga es una amiga

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Al día siguiente, mientras desayunaba eché de nuevo una ojeada a la actualidad. Era lo que solía hacer antes de ponerme a escribir, porque luego el ordenador me abducía y ya no me daba tiempo de nada. La mayoría de los días, salvo que tuviera alguna reunión de con Amalia o con la editorial, ya ni salía de casa. Los diarios digitales me mantenían al tanto, pero la verdad es que no sé ni para qué me molestaba en hacerlo: siempre las mismas malas noticias en los titulares. No se hablaba más que de la corrupción política y de los inmigrantes. Una vez que consideré que ya estaba bien informada, dejé de lado los diarios y me concentré en escribir el artículo para Hoy tendencia. No quería recibir otro rapapolvo de Amalia. La verdad es que me llevó toda la mañana pero, por fin, lo tenía acabado a eso de la una. Me limité a enviárselo por email. No soportaba la idea de volver a hablar con ella. Desde luego, no contaba con que me llamaría al móvil a los pocos minutos de recibir mi correo. Sin embargo, yo que aún estaba muy dolida por la discusión del día anterior, no dudé en rechazar su llamada. Ella no se dio por vencida y me envió unos wasaps. Entonces decidí bloquearla, aunque la curiosidad me pudo y antes de hacerlo leí sus mensajes:

Cielo, no me tengas en cuenta lo que te dije ayer. Me sentía muy presionada y perdí los nervios.

La frase estaba rubricada con unos bonitos corazones. A continuación me había escrito:

Perdona, si es que no sabes cómo voy yo también de liada. Vamos esta tarde a tomar un café y lo solucionamos. Te quiero, guapa. Lo sabes, ¿no?

Tres caritas besuconas cerraban la misiva. Pero ni por esas me ablandé. Sin ningún remordimiento por el desplante que le acaba de hacer a mi amiga, pero sí muy cansada por toda una mañana de intenso trabajo, me eché en el sofá a ver la tele un mientras se hacía la hora de comer. Por lo visto me quedé dormida porque al cabo de un rato me sobresaltaron unos timbrazos inmisericordes. Cuando pregunté quién era por el telefonillo, me lleve la sorpresa de que era Amalia en son de paz y blandiendo como bandera blanca unos rollitos de primavera y otras especialidades chinas que sabe que es de las pocas comidas que me pirran. Aquel gesto me desarmó por completo: ¿cómo podría seguir enfadada con ella?

—¡Oh, Dios! ¡Pero cómo eres, Amalia! —le dije mientras le franqueaba la puerta ya con una sonrisa en los labios.

—¡Si la montaña no va a Mahoma …!

—¿Me estás comparando con una montaña? ¿De verdad que te parezco tan gorda? —lo dije en plan de cachondeo, pero Amalia sabía de sobras que yo me tomaba ese asunto  muy en serio.

—Sí, pero no te quejes, que tener barba sería peor —dijo riendo para desviar mi atención del espinoso tema de los kilos.

En un momento preparamos la mesa de la cocina, descorché una botella de vino blanco que por casualidad tenía en la nevera y nos pusimos a comer.

—¿Cómo se te ha ocurrido venir? Podría no haber estado en casa…

—¡Cómo si no te conociera! Si es que te encierras aquí y si no viniera nadie a sacarte, te pasarías las semanas enteras sin ver la luz del día.

En aquel momento me miró con esos ojos increíbles de color aguamarina y continuó hablando, esta vez dejando un lado el tono de recriminación con el que había empezado.

—Vale… Y porque te lo debía. Lo del otro día estuvo mal, pero que muy mal, lo reconozco. ¿Me perdonas? —añadió haciéndome carantoñas.

—¿Que si te perdono? Ahora en cuanto terminemos, recoges tus cosas y te vas por donde has venido? —Casi me muero de la risa al ver la cara que ponía, la pobre. Así que tuve que acabar rápido con la broma—. Pues claro que te perdono, mujer. ¿Para qué están las amigas si no? Pues para gastarse putadas y perdonarse después —respondí a la pregunta que yo misma había formulado.

Luego preparé café y pasamos a tomarlo al salón.

—¡Oye! ¿Y te ha llamado Ricardo Ballesteros, el concejal? No te puedes imaginar lo pesado que se puso el hombre para conseguir tu número. Le estuve dando largas desde lo del Nuevo Ateneo, pero la semana pasada me pilló en un momento tonto y me lo sacó. ¡Qué insistencia la de ese hombre!

—¿Y se puede saber por qué no se lo querías dar. ¿Desde cuándo te has convertido en mi carabina? ¿Pues sabes qué te digo? Que es un tío de lo más encantador.

—Entonces sí que te ha llamado. Por favor, Sandra, dime que no has salido todavía con él.

—¿Y por qué no habría de hacerlo? Para que los sepas, hace dos noches… Me llevó a la ópera y luego a cenar —puntualicé—. ¿Ves ese ramo de rosas? —lo tenía colocado bien visible en uno de los estantes y se veía bien lozano todavía— pues tuvo el detallazo de enviármelo al día siguiente, o sea ayer. ¿Qué pasa? ¿No crees que ya soy mayorcita para decidir con quién salgo y con quién no?

—No te lo tomes por la tremenda, Sandra. Solo me preocupo por ti. Tiene fama de seductor, por decirlo finamente. Aunque con un poco de suerte tú ya eres demasiado mayor para él. Dicen que le gustan muy jóvenes…

—No digas tonterías, Amalia. Se ha fijado en mí y ya tengo treinta. Así que tan jóvenes no serán —lo defendí.

—Tú verás, pero que sepas que sé todas sus ex echan pestes de él, y la que más su exmujer.

—Entra dentro de lo normal, ¿no? —respondí indignada—. Si todo fuera de color de rosa, Ricky…

—¡Huy, que lo has llamado Ricky! —Ahora sí que estás  perdida—apostilló riendo.

—Pues eso… que seguiría con alguna de ellas y no saldría conmigo —dije retomando el hilo de la conversación—. Si tuviera que descartar a todos los hombres cuyas ex van diciendo algo malo de ellos no encontraría con quién salir. Además, ¿no lo dirás porque tú eres una de ellas?

—¡Mira que eres, hija…! ¡Es que todo lo sacas de quicio! Yo te aviso porque soy tu amiga. Y sí, ya que ha salido el tema: quedé con él un par de veces hace ya un tiempo. Pero no llegamos a nada, aunque él me entró con todo, para que lo sepas. Pero no sé… ese tío tiene algo que no me termina de gustar.

No me tomé bien la advertencia de Amalia. La creí exagerada y sin fundamento. Por el contrario, parecía que aquel interés de mi amiga en que no saliera con Ricky me incitó aún más. El resto de la tarde transcurrió con una disertación casi científica sobre la cuestión, hasta que Amalia se marchó. Aunque no pudimos ponernos de acuerdo sobre aquel tema, al menos habíamos hecho las paces. Yo sabía que pasara lo que pasara Amalia siempre estaría de mi parte.

Al día siguiente fue Carlos quien me llamó a eso de media mañana. Me dijo que necesitaba verme sin falta. Lo noté muy alterado. Tenía que contarme algo muy importante que había descubierto. Por más que insistí no quiso adelantarme nada por teléfono, quería decírmelo cara a cara. Nos citamos el domingo por la tarde en un café del centro.

La llama de la soledad. Capítulo 9. ¿Cómo un día de mierda se convierte en un gran día?

La llama de la soledad. Capítulo 9. ¿Cómo un día de mierda se convierte en un gran día?

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Era mediodía. Trataba de escribir en el ordenador, pero no me podía concentrar por culpa de lo que me había dicho papá por la noche en el sueño. Aquella frase todavía me seguían revoloteando en la cabeza: «Cuidado. Sandrita…». Su visita, lejos de apaciguar mi ánimo como solía, me había dejó intranquila y la mala noche pasada me había causado estragos. Me levanté con fiebre y dolor de cabeza. También acusaba una feroz tos perruna. La verdad es que no tenía ni idea de si había alguna relación de causa efecto entre aquellos dos hechos. Dicho en otras palabras: ¿me había hecho papá luz de gas porque ya estaba enferma previamente o era por culpa de sus palabras que había enfermado? Fuera como fuese creía haberlo solucionado a primera hora de la mañana con un café y un ibuprofeno. Pero hacía rato que se me había pasado el efecto y el malestar volvía otra vez con toda su crudeza. Para colmo, me acababa de llamar Amalia y nos habíamos peleado. ¡Vaya mierda de día que estaba teniendo!

Toda la discusión con Amalia había venido porque aún no tenía listo ese artículo para el reportaje Mujeres de éxito, del magacín Hoy tendencia. Cuando me propuso escribirlo ya le avisé de que estaba empezando nueva novela; que eso era lo más importante para mí; que necesitaba darle prioridad absoluta sobre todo lo demás; que no estaba segura de poder cumplir con el plazo. Pero mira tú por dónde, se empeñó en que tenía que ser yo una de las seleccionadas: el público, en palabras suyas, estaba ansioso por conocer mi experiencia como autora. Yo era la escritora de negro y policiaca con más éxito que ella conocía y por eso tenía que ser yo. Era su amiga y no le podía fallar. Esos fueron  los argumentos que utilizó para convencerme Al final, claudiqué y terminé por aceptar el encargo, solo por complacerla. Demasiado bien sabía ella que no daba abasto con todo lo que tenía encima. Pero ahí estaba, la muy borde, reclamándome el trabajo cuando aún no se había cumplido el plazo. ¿Y todo por qué? Porque las memas de la arquitecta y la jueza, que también participaban, debían de estar como locas por salir en la revista y ya habían entregado lo suyo. Si no, ¿qué explicación tendría que lo hubieran entregado tan pronto?  Aborrezco a la gente demasiado complaciente. Hace quedar fatal a todos los demás. ¡Yo qué culpa tenía de que esas fueran unas bienqueda! Vale que solo faltaba yo, era verdad. Pero tenía que confiar más en mí. No tenía de qué preocuparse. ¿Es que no me conocía? ¿Cuándo la había dejado yo en la estacada? Solo necesitaba un par de días, eso era todo. Total para enero, que era cuando tenía que salir el número del magacín, faltaba todavía una barbaridad. ¡Ay, Amalia! ¿Por qué fuiste así conmigo? Se había pasado tres pueblos. Tenía la cabeza de nuevo a punto de estallar, así que me fui a por otro café con su ibuprofeno correspondiente. Mientras, aproveché para dar un vistazo a los titulares del día. Los tiempos estaban revueltos y cada día nos desayunábamos con un panorama desolador, aunque ahora tampoco es que la cosa rule demasiado bien.

Leí los más destacados de Las Provincias: el pacto entre Compromís y Podemos se terminaba de ir al carajo. Me preguntaba quién le echaría la culpa a quien del fracaso de las negociaciones. Por lo que se ve la desunión la izquierda es un algo atemporal, como los clásicos. La luz había vuelto a subir una exageración. Qué novedad, llevaba años en un ascenso imparable. A ese paso íbamos a acabar todos convertidos en indigentes eléctricos y tan solo los ricos iban a poder pagar el recibo sin dejar de cubrir otras necesidades más perentorias como el comer. Menudo eufemismo se habían inventado los periodistas con eso de la pobreza energética: pobreza y punto, como la de toda la vida. ¡Hasta dónde iba a llegar la maldita crisis! Cambiando de tema: un imputado de Castor acababa de confesar que conocía los riesgos de seísmo en la zona. Joder, es que los hay con más cara que espalda. Si sería sinvergüenza el tío. Ya en nacional, salían corruptelas varias repartidas a lo largo y ancho de la geografía española y en internacional, la crisis de Siria venía otra vez en primera plana. A pesar de mi mal humor todavía saqué la poca empatía de la que era capaz para compadecerme de aquella pobre gente pillada en medio del conflicto. Nadie se merecía lo que les estaba pasando. Me volví a repetir mentalmente: ¡un auténtico día de mierda!

En esas estaba cuando tocaron a la puerta. Un enorme «oh» se escapó de mi boca al ver al repartidor con un gran ramo de rosas.

—¿Sandra Rojas? —me preguntó cuando le abrí, todavía con la bata y el pijama a pesar de que eran más de las doce.

Las cogí, le di un euro de propina y puse el ramo en un jarrón con agua. Luego leí la tarjeta:

Para la mente asesina más encantadora que conozco.

Tuyo, Ricky.

Mi día se acababa de iluminar. Por las rosas, sí. Y también por un radiante sol de otoño que empezaba a colarse por el ventanal de mi cocina. ¿No dices tú que un buen sol es lo que más ayuda a levantar el ánimo?: pues eso mismo, mamá.  A renglón seguido llamé a Ricky para darle las gracias y me propuso salir volver a salir pronto. Rechacé la invitación a cuenta del enorme trancazo con el que había amanecido y quedó en que me llamaría en un par de días a ver si me encontraba mejor.

Por la tarde, la mayoría de mis síntomas habían remitido y me encontraba mucho mejor a pesar de que mi estómago no había admitido nada de comida. Entonces se me ocurrió que sería un buen momento para llamar a Carlos: a ver aquello tan importante que tenía que decirme. Me salió el contestador con el consabido apagado o fuera de cobertura. Lo odiaba —al contestador, no a Carlos, claro—. Pensé que tal vez se estaba tomando la revancha por lo de la noche anterior, aunque sé que entre sus defectos no está precisamente el de ser rencoroso. Puestos a mirar, yo lo soy mucho más que él.

Sabes que en el fondo Carlos y yo nos conocemos demasiado bien, ya que lo nuestro ha sido todo un despropósito de idas y venidas a lo largo del tiempo. Después de haber cortado de manera definitiva y tras unos meses de tirantez habíamos llegado otra vez a ser buenos amigos, además de colegas. Algo que, después de todo me alegró, y ya sabes que esa era nuestra relación entonces. Aunque sé que si por ti hubiera sido, habrías estado encantada de que lo nuestro hubiera llegado a buen puerto.

Haciendo memoria, Carlos y yo nos conocíamos desde el instituto. Pero algo que tal vez tú no sepas, mamá, es que no fui yo su primera elección. Antes de estar conmigo salió con Elena. De hecho estaban juntos cuando lo del accidente del metro. A mí siempre me había gustado. Pero qué le voy a hacer, en ese aspecto soy bastante tradicional y jamás le hubiera levantado el novio a una amiga y más todavía, tratándose de Elena que, como sabes era casi otra hermana —recuerda como nos llamaban las trillizas cuando íbamos al instituto—. Así que mientras estuvo con ella, Carlos fue territorio vedado para mí. Sin embargo la vida da muchas vueltas, demasiadas diría yo y tras la muerte de Elena tratamos de apoyarnos el uno en el otro, lo que nos hizo profundizar todavía más en nuestra amistad. Raquel entonces ya salía con Iván y aunque también sufrió por la pérdida de nuestra Elena, buscó consuelo en el que con el paso del tiempo se convirtió en su marido. No la culpo. Es un buen hombre. A veces, de tan perfecto que resulta me da asco. No te lo tomes a mal, sabes que es una broma. Me hace gracia, porque a veces se lo suelto a Raquel y es algo que la enfurece. Es una de mis frases preferidas para hacerla rabiar.

Como te iba diciendo, nos quedamos solos Carlos y yo. Solíamos vernos a menudo para llorar mientras recordábamos a Elena —entiéndelo en un sentido metafórico, aunque a veces también llorábamos de verdad—. Ambos la echábamos mucho en falta. No sabría precisar quién de los dos fue el que lo pasó peor. Carlos empezó a dejó de afeitarse a diario y luego optó por dejarse crecer la barba, que le echaba por lo menos diez años encima. Se le veía desmejorado y fue por aquella época cuando comenzó a fumar, algo que yo siempre le recriminaba porque nunca soporté el olor del tabaco y más desde lo que le pasó a papá. Yo por mi parte volví a adelgazar muchísimo y todos los  problemas con la comida que arrastraba desde la muerte de papá se me reagudizaron entonces.

Dicen que el roce hace el cariño y debe de ser verdad, porque al cabo de un tiempo surgió la chispa entre nosotros. Pero en la vida no hay nada perfecto y yo me daba cuenta de que mi unión con Carlos carecía de la armonía que se respiraba alrededor de  Raquel e Iván, sin ir más lejos. Jamás los he visto discutir en público ni decirse una palabra más alta que otra. Supongo que en la intimidad tendrán sus diferencias, como todo el mundo, pero de puertas para fuera no podrían estar mejor avenidos. En cambio Carlos y yo regañábamos a todas horas. Yo llegué a aborrecer su barba y su olor a tabaco. A él le ponían de los nervios mi delgadez extrema y mis vómitos. Me seguía tan de cerca e incluso pretendía entrar al baño conmigo para vigilar que no me provocase las arcadas. Lo dejábamos un montón de veces y otras tantas volvíamos. Pero, como ya sabes hubo una última. Quizás no fue una buena decisión romper con Carlos. Solo quizás, porque ahora un hombre, no un crío que necesitaba dejarse la barba para aparentarlo, se había tomado la molestia de enviarme unas rosas después de haberme llevado a la ópera a ver Madama Butterfly. Entonces pensé que  al final, pese a todos los contratiempos que había tenido, aquel jueves 20 de octubre de 2016 podría llegar a ser un gran día.

La llama de la soledad. Capítulo 8. Una carta a los Reyes muy especial

La llama de la soledad. Capítulo 8. Una carta a los Reyes muy especial

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Fíjate que la visita a la UCI me ha hecho recordar la anterior vez en la cual una UCI entró en nuestras vidas, aunque en aquella ocasión Raquel y yo no llegamos a poner los pies en ella. Me refiero al día en que murió papá. Ahí comenzó todo. Hasta entonces siempre había creído que la felicidad olía a limón. Todavía recuerdo cómo el dulce aroma a limón se desparramaba por todos los rincones del piso cuando Fini, la tata, horneaba coca de llanda para las reinas de la casa, como a ella le gustaba llamarnos a Raquel y a mí. Solíamos tomarla mojada en un chocolate bien caliente al volver del cole. Entonces todavía éramos una familia completa y la vida era fácil. Pero a papá le dio el infarto precisamente aquel cinco de enero, cuando Raquel y yo solo teníamos ocho años.

Aunque nosotras todavía nos hacíamos las inocentes, ya habíamos oído campanas acerca de quiénes eran en realidad los Reyes Magos. Lo decían entre cuchicheos todos los niños de la escuela, incluida nuestra amiga Elena. Pese a las evidencias, nos negábamos a darnos por enteradas. Todavía no queríamos dar por buena aquella verdad, que a nuestro pesar se nos iba a revelar muy pronto de la forma más cruel e inimaginable.

Como sabes, aquella tarde papá no estaba en casa. Se debía a su trabajo de inspector de policía y había tenido la mala fortuna de que le tocase turno ese día. Siempre me he preguntado por qué le tuvo que tocar a él. ¡Con la de agentes que había que no tenían hijos pequeños! Pero tenía un gran sentido de la responsabilidad y en ocasiones similares ni siquiera intentaba que algún compañero le cambiase la guardia. Decía que los días señalados eran malos para todos y «a quien Dios se la da, San Pedro se la bendice y no hay más que hablar». Era la frase que siempre sacaba a colación cada vez que tú se lo proponías. Mientras vivió papá todo era más fácil porque y él y tú formabais un buen equipo a la hora de repartiros las tareas; y también a nosotras… Por lo general, tú, mamá, ibas con Raquel y yo con papá. La razón seguramente no era más que una cuestión de afinidad. Pero lo cierto es que cuando estábamos los cuatro juntos todo en la casa marchaba bien, como en un engranaje recién lubricado y puesto a punto. Sin embargo, en cuanto papá se daba la vuelta todo empezaba a torcerse. No sé si era porque tú tenías un carácter más blando y te terminábamos tomando el pelo o si simplemente la ausencia de uno de los adultos desequilibraba por completo aquella ecuación casi perfecta que era nuestro hogar. Nunca tuvimos la ocasión de comprobar esta última hipótesis, ya que papá, por su trabajo, muy rara vez se quedaba a solas con las dos. La cuestión era que fuese por un motivo u otro, salir papá por la puerta y que tú comenzases con tus quejas era todo una. Aquel día no fue una excepción, sino todo lo contrario: como era la víspera de Reyes, estábamos aún más revolucionadas de lo normal.

El tiempo parecía estar detenido y las manecillas del reloj avanzaban a cámara lenta. Fini, que tenía mucha psicología con nosotras, propuso que hiciéramos entre las tres una de aquellas cocas que tanto nos gustaban. De entrada, ya no te pareció una buena idea, pero a regañadientes terminaste por ceder y nosotras nos pusimos a saltar locas de contento ya que sería la primera vez que nos dejaran meter las manos en la masa, en un sentido literal. Al principio la artimaña surtió efecto y la casa vivió un buen rato de paz y sosiego. Pero aquello no duró mucho: en un descuido de Fini, le di un codazo al bol con la masa a medio preparar y se estampó contra el suelo, justo en el momento en el que tú te asomabas a comprobar si era verdad que tus fierecillas se habían amansado. Si hubieras tardado tan solo unos minutos más a Fini, que era nuestra más fiel alidada a la hora de encubrirnos, le hubiera dado tiempo de arreglar el estropicio de los pegotes de masa y los vidrios rotos desparramados por el piso, sin que tú te enterases. Pero en aquella ocasión, como en tantas otras, mamá, tuviste el don de la oportunidad y viste la cocina hecha un auténtico cisco. Fue la gota que colmó el vaso de tu paciencia.

—Es que no podéis parar ni un momento —gritaste con un deje de amargura en medio del enfado—. ¡Con vosotras no se puede ni respirar tranquila!

Tras tus contundentes palabras sobrevinieron unos segundos de un silencio tenso que parecía que no iba a terminar nunca. Fue Fini la que lo rompió tratando de mostrarse conciliadora:

—Aquí no ha pasao ná, señá Blanca, que esto lo recojo yo en un santiamén y aquí paz y después gloria. Además, qu’es temprano entoavía y me da tiempo de prepararla otra vez. No hay qu’apurarse, mujer.

A Raquel y a mí nos hacía mucha gracia la forma de hablar de Fini, pero tú siempre nos regañabas: «no hay que burlarse de las personas porque sean pobres o que no hayan podido ir a la escuela», así que, tan enfada como estabas en aquella ocasión no dijimos ni mu.

La bienintencionada treta de Fini no suavizó tu enojo y volviste a decir, incluso de manera más tajante, que aquella tarde estaríamos castigadas a no probar la coca tanto si la rehacíamos como si no. Al final Fini, complaciente como siempre, decidió prepararla de nuevo por si acaso el dulce aroma del bizcocho recién horneado te ablandaba el corazón. Seguíamos todavía en aquel tira y afloja cuando sonó el teléfono. Contestó Fini, que era la que estaba más cerca.

—Diga.

—…

—Un hombre pregunta por usté—dijo alargándote el aparato.

—Sí… soy yo, Blanca Muñoz, la mujer del inspector Eduardo Rojas… Sí, ¿quién pregunta?—Raquel y yo la estábamos observando mientras hablabas por teléfono y vimos como el color huía de tu cara dejándola de un tono céreo—. Pero no… eso… eso no puede ser. Si estaba perfectamente esta mañana cuando salió de casa.

—…

—De repente, sí… Comprendo… Comprendo. ¿Ha dicho en el Clínico? Sí, ahora mismo voy.

En aquel momento no recuerdo que lloraras. No, al menos delante de nosotras. Pero nunca te habíamos visto con aquella expresión perdida, con una mirada vacía que helaba el alma y todo lo que se le pusiera por delante. Todavía me estremezco cada vez que lo recuerdo.

—¿Qué ha pasado, mami? —te dijo Raquel.

—Sí, mami. ¿Qué es lo que te ha dicho ese señor? ¿Ha sido algo malo? —dije yo.

Tardaste en respondernos. Supongo que trataba de ordenar en tu cabeza las palabras para decirnos la verdad, pero sin llegar a contar más de lo que creías que necesitábamos saber. Con los años me he ido dando cuenta de que es todo un arte cómo dar una mala noticia sin hacer más daño del estrictamente necesario.

—Nada… Que papá se ha puesto malito y lo han tenido que llevar al hospital.  Os quedáis aquí con Fini. Yo me voy corriendo a verlo…

—¿Por qué no podemos ir contigo? Yo también quiero ir—te dije sin sospechar todavía toda la carga de profundidad que llevaba implícita aquella palabra: «malito».

—Mejor que no. A los niños no los dejan entrar en la sala. Solo pueden hacerlo los mayores.

Estoy segura de que lo dijiste por decir, para que nos quedáramos conformes. Aun sin saber que era cierto que a la UCI, que era donde estaba papá, no nos hubieran dejado pasar de ninguna de las maneras.

—Pero no tardéis. Que esta noche tienen que venir los Reyes y si no estamos todos acostados pasaran de largo —dijo Raquel, cómo si la visita de los Reyes fuera lo más importante en la vida. Para nosotras aquel día y a aquella hora todavía lo era.

Parecía que tu enorme enfado de hacía tan solo unos instantes se había disipado de repente dejando paso a otro tipo de disgusto mucho mayor, donde la tristeza y el desasosiego adquirían los matices más importantes. Por fin nos diste un beso en la mejilla y saliste de la casa. Raquel y yo te acompañamos hasta el rellano de la escalera.

—Portaos bien con Fini —fueron las últimas palabras que te oímos decir mientras se cerraba la puerta del ascensor.

Por una vez en la vida hicimos caso. Fuimos muy buenas y apenas metimos ruido. Toda la tarde estuvimos leyendo cuentos y viendo la tele, esperando a que regresaseis. Tan formales que apenas recuerdo que conversáramos en todo ese tiempo.

—¿Por qué murmuras? —pregunté a Raquel al oír un sonsonete que me estaba distrayendo del libro que leía.

—No murmuro: rezo porque papá y mamá vuelvan pronto. ¿Crees que llegarán a tiempo de los Reyes?

—No sé… ¿Por qué no le escribimos otra carta a los Reyes? —se me ocurrió, dejando de lado toda la incredulidad de que había sido objeto las semanas anteriores y eso hicimos.

 

Queridos Reyes Magos:

Sabemos que a veces no nos portamos bien y hoy hemos hecho enfadar mucho a mamá, pero no ha sido culpa de nadie que el bol con la masa se haya caído al suelo. Ya no queremos las muñecas y el supermercado que os pedimos en la otra carta. Tampoco hace falte que nos dejéis la colección de libros que queríamos. El carbón, si lo creéis necesario, aunque no nos gusta mucho y mamá dice que estropea los dientes, nos lo podéis dejar, no nos vamos a enfadar por eso. Pero lo que de verdad queremos es que vuelva papá. Por favor, vosotros que sois Magos, haced que vuelva a casa esta noche. Es lo que más deseamos en el mundo.

Sandra y Raquel Rojas.

 

Cuando firmamos la carta miré a los ojos a mi hermana y vi que lloraba en silencio, y en ese instante sentí que mi vida, mi mundo, el único que había conocido hasta entonces, se desmoronaba como un castillo de arena ante el envite de las olas y creo que fue entonces cuando se encendió por primera vez en mi corazón la llama de la soledad. Me abracé a ella, aunque yo no lloré. O tal vez sí, solo que mis lágrimas en lugar de hacia fuera iban hacia dentro, hacia el centro mismo de mi corazón.

Al cabo de un rato apareció Fini y le dimos la carta. Ella, después de leerla se enjugó una lágrima con discreción y nos aseguró de que en cuanto estuviésemos en la cama buscaría a un paje para dársela en mano y asegurarse de que llegara a Sus Majestades, los Reyes.  Luego nos sirvió una cena que apenas tocamos. En contra de su costumbre, no nos insistió para que rebañáramos los platos y desafió la orden explícita de mamá al partirnos un trozo de coca a cada una. Nos limitamos a mirarla si hacer ademán de cogerla. Desde entonces ya nunca la he podido volver a probar. Nos acostamos temprano, muy temprano, incluso para ser víspera de Reyes y permanecimos despiertas mirado al techo de la habitación y en silencio durante gran parte de la noche. Cuando varias horas después, frisando ya la madrugada, Fini cumplió con el encargo de echarnos los regalos, fuimos testigo de todas sus maniobras sin que de nuestras bocas saliera una sola palabra. Para entonces creo que los regalos ya habían dejado de importarnos y lo único que ansiábamos era volver a estar todos juntos. Debía de ser verdad que los Reyes no existían, porque de ser reales jamás hubieran cometido la crueldad de desoír los deseos de unas niñas desesperados por recuperar a su papá.

No puedo recordar un día de Reyes más desangelado que aquel. Nos levantamos tarde y sin ganas, como dos zombis, en la que se suponía que debería de ser la mañana más feliz del año. Fuimos al salón todavía con el pijama puesto y vimos nuestras muñecas y los otros regalos a los pies del abeto. Además de los nuestros, había tres paquetes más, uno para papá, otro para ti, mamá, y un tercero para Fini. Ella cogió los vuestros y los llevó al dormitorio de matrimonio depositándolos suavemente sobre la cama. Hizo todo aquello con un gesto muy serio, como quien cumple con un encargo de vital importancia. Mientras, nosotras las seguíamos por toda la casa como unos perritos falderos.

—Mejor los dejamos aquí pa cuando vuelvan. Que us conozco y sois unos diablillos capaces estropearlo enantes de que los abran —dijo mientras nos animaba a volver al salón a desembalar nuestros regalos.

Como quiera que no estábamos dispuestas a mover ni una pestaña ella optó por abrir el suyo. No sé si fingía para picar nuestra curiosidad, completamente muerta en aquel momento, soltó un enorme «oh» en cuanto pudo ver el contenido. Lo cierto es que el fular era muy bonito, porque tengo que reconocerte, mamá, que buen gusto para elegir regalos siempre has tenido. Fini lo apretó contra su pecho como si se tratara del mayor tesoro y me di cuenta de que su rostro comenzaba a bañarse en lágrimas. ¡Pobre Fini! ¡Cómo la he echado de menos todos estos años!

A partir del día siguiente, ella sola se ocupó que hiciéramos vida completamente normal. Por supuesto, aquella normalidad implicaba también la vuelta al cole. No es que nos entusiasmara, pero sin duda era una distracción. Así teníamos menos tiempo para añoraros. Al cabo de un par de días, regresaste a casa sola. Traías los ojos enrojecidos e hinchados. Me pareció que en esos pocos días habías pasado de ser una supermami guapísima a convertirte en una señora triste y mayor. No te imaginas lo mucho que me recordaste a la abuela. Para entonces papá, que no había podido superar las complicaciones del infarto, ya estaba muerto e incinerado. No entiendo todavía por qué no nos dijiste nada hasta que todo hubo pasado. Supongo que querrías proteger a tus niñas, pero el remedio fue peor que la enfermedad y creo que hasta ahora nunca te he podido perdonar que nos impidieses por acción u omisión la asistencia al funeral. Tal vez ahora, que por fin sale de mi boca este reproche, pueda hacerlo. La vida está llena de segundas oportunidades. La nuestra como madre e hija puede comenzar hoy.

En cambio, sí que nos permitiste acompañarte el día en que fuiste a echar sus cenizas al mar como, al parecer, habría sido su deseo.  Sin embargo, aunque lo intenté con todas mis fuerzas en aquella ocasión no fui capaz de despedirme de él. En realidad es algo que nunca he hecho, la muerte de papá es un tema que nunca he cerrado a pesar de los años transcurridos. Algunas noches solía soñar con él. Y eso fue justamente lo que me sucedió al volver de mi cita con Ricky. El sueño acostumbraba a ser siempre el mismo. Lo veía salir de casa con el uniforme de policía y tal como aquel último cinco de enero. Estaba exactamente igual,  sin una cana o una arruga de más, oliendo a una mezcla entre aquella colonia de lavanda que tanto le gustaba y sus cigarrillos. Ese olor que Ricky me había traído de vuelta tantos años después. Sin embargo, a diferencia de las otras veces, esa noche me habló. Tan solo me dijo:

—Cuidado, Sandrita —solamente él me llamaba con aquel diminutivo—. Ten mucho cuidado —fueron sus palabras exactas.

Yo no le contesté, aunque de haberle podido decir algo, tal vez le hubiera reprochado lo mucho que fumaba. Por desgracia, estoy segura aquellas dos cajetillas que se metía a diario entre pecho y espada algo tuvieron que ver con el infarto.

La llama de la soledad. Capítulo 7. A penas un parpadeo

La llama de la soledad. Capítulo 7. A penas un parpadeo

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Me estoy terminando el café. Sí, extralargo y sin azúcar, nadie hará que lo cambie por otro. Sabes que sin él no puedo funcionar, que soy adicta total a la cafeína como tú siempre me dices. Pero este es de la máquina que hay junto a la sala de espera de la UCI. Mientras venía hacia aquí en el autobús y a pesar de que el día ha amanecido espléndido, una mañana de otoño de esas en las que la luz lo inunda todo, tan propias de nuestra tierra, de repente, se me ha venido encima toda la soledad del mundo. Me había llamado Raquel muy temprano para decirme que no podría venir al hospital porque tu nieto, mi sobrino Iván se había levantado con fiebre y tenía consulta urgente con el pediatra. Pero en realidad tampoco ha sido por eso. Simplemente me ha dado por pensar y así, sin más, me han dado ganas de llorar. Por suerte, llevaba puestas las gafas de sol y no he necesitado disimular para no  pasar por la vergüenza, o la indiscreción si es que así lo prefieres llamar, de que me viera el resto de pasajeros.

Así que aquí estoy: yo sola esperando el nuevo parte médico que me dé noticias sobre ti. Y solo me valen las buenas. Estoy entusiasmada porque el médico, ese jovenzuelo que nos cae tan bien a Raquel y a mí, nos dijo que si hoy estabas mejor podríamos entrar unos minutos a verte… De verdad que siento que ella no haya podido venir. ¡Se lo va perder!

 

Ha sido divertido. Bueno, es un decir, tan solo una manera de hablar como comprenderás. Nada puede ser divertido mientras tú sigas aquí, pero la cara de  desconcierto del médico me ha hecho reír por primera vez desde que tuviste el ataque. Resulta que hoy estaba otro diferente, uno con el que yo nunca había hablado, pero al parecer sí lo había hecho Raquel. Es mucho mayor que el otro —entre mí, pienso que será su jefe, aunque en realidad no lo sé—. También es más formal en el trato, que me ha hablado de usted, aunque seguro que a los pacientes los debe de tratar muy bien, porque parecía cariñoso. Para abreviar y como ya te puedes imaginar me ha confundido con mi hermana.  Supongo que a estas alturas ya debería estar acostumbrada porque esa es la historia de nuestras vidas.

—Perdone, pero no soy Raquel. Mi nombre es Sandra —le he dicho, aunque sin darle demasiada importancia.

Ha arqueado las cejas, se me ha quedado mirando fijamente a la cara con incredulidad y después de restregarse los ojos, apenas ha podido farfullar una disculpa que me ha parecido de una incoherencia absoluta: que ya estaba mayor y que notaba como perdía facultades y que además hacía muchas guardias y que a veces se desubicaba… En fin.  Entonces me he visto en la necesidad de aclarárselo al pobre, no se fuera a volver loco.

—No necesita disculparse. Raquel es mi hermana. Somos gemelas, por si  no se había usted dado cuenta —le he contestado nada más que para tranquilizarlo.

Entonces nos hemos reído los dos a carcajadas. Creo que a él también le ha venido bien porque después ya no lo he visto tan tenso. Ya ves que día más raro. Primero lloro en el autobús, con la mañana tan fabulosa que hacía y luego, aquí en la UCI, me da un ataque de risa.

Pero a lo importante, ha cumplido con los que nos dijo ayer su compañero: como evolucionas bien me han dejado acercarme a ti durante cinco minutos. Primero me han hecho ponerme una bata y unas calzas desechables, todo de color verde quirófano. Luego ya me han dejado pasar. ¿Notas cómo te cojo la mano? Apriétame fuerte si me sientes, mamá… Ponte buena, que tienes que salir pronto de aquí. Pronto será tu cumpleaños y tenemos que celebrarlo. Ya lo estoy viendo, una tarta de trufa con sus sesenta velitas. Oh, sí… Acabas de abrir los ojos por un instante. Ha sido algo casi imperceptible, apenas un parpadeo, pero este gesto tan nimio me ha llenado de esperanza.

La llama de la soledad. Capítulo 6. Una noche en la ópera

La llama de la soledad. Capítulo 6. Una noche en la ópera

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Estaba casi lista cuando recibí el mensaje de Ricky comunicándome que me esperaba en el portal. Por poco me había vuelto loca buscando qué ponerme aquella cita improvisada. Mientras lo hacía fui consciente de la cantidad de meses que llevaba sin salir con nadie. Lo cierto es que tenía el armario a rebosar, pero me veía con nada. No encontraba un término medio: demasiado de trapillo o hecha una señorona. No te rías, mamá, pero vestida de tiros largos me parecía un poco a ti. Llevaba probado medio armario cuando de casualidad me topé con un vestido negro muy sencillo que hacía un par de temporadas que no me ponía. Lo tenía arrinconado porque las últimas veces que lo había llevado me apretaba demasiado y me marcaba tripa, algo que, como ya sabes, aborrezco con todas mis fuerzas. Pero como en los últimos meses había adelgazado un poco me volvía a quedar ponible.

La tormenta hacía horas que había diluido su furia hasta esfumarse por completo y cuando bajé a la calle me encontré con una noche serena. Yo, en cambio, estaba muy nerviosa y mi dolor de estómago de por la mañana había ido a más. Todavía sentía cierta prevención hacía Ricky, aunque no paraba de decirme a mí misma que no había ninguna razón, que estaba entrando sin remedio en otra de mis paranoias y luchaba contra mí misma para desterrar aquella idea loca que llevaba amargándome el día. Sin embargo, en cuanto salí del portal, una luna espléndida y suavemente irisada me transmitió sosiego. Siempre he sentido una extraña fascinación por el astro nocturno. ¿Recuerdas, mamá? Solías llamarme lunática cuando de pequeña me pasaba las horas muertas mirándola por la ventana.

Ricky se acercó y me saludó con un par besos. Al contacto con él me sentí abrumada, electrizada, paralizada, qué sé yo… Todo aquel cataclismo lo provocó su fragancia que en aquel momento fui incapaz descifrar: tal vez de hombre limpio, recién duchado; de cierta marca de tabaco o perfume que no supe o no quise reconocer; puede que a bosque, a lluvia, a mar… Lo cierto es que me recordó de manera irremisible el olor de papá que debía de llevar una eternidad sepultado en mi cerebro inconsciente, pues nunca había sido capaz de evocarlo por mí misma a pesar de haberlo intentado en ocasiones con todas mis fuerzas. Sin embargo, me dolió que me hubiera sobrevenido de aquella manera, tan de improviso y sobre todo, tan a mi pesar. Me pareció un golpe bajo, aunque no quise culpar a Ricky, que por supuesto no podía tener ni idea de todo lo que había desatado en mi interior. Me separé de él temblando como una hoja y tratando de ocultarle mi turbación.

—¡Madre mía, Sandra! Deja que te mire. Si estás que crujes —dijo tomándome de la mano y haciéndome girar en redondo.

Detesto que me halaguen por mi aspecto no solo porque me perece superficial, sino además porque no creo merecerlo. A mis treinta años sigo siendo una mujer tímida e insegura. De sobra sabes que tengo muchos complejos y nunca me veo lo bastante bien. Cuando alguien me mira, aunque sea con admiración, como ocurrió aquella noche, me siento vulnerable. Entonces aún creía que se trataba de una batalla perdida sin remedio y que seguiría siendo una acomplejada durante el resto de mi vida.  Pero eso va a cambiar a partir de ahora, te lo prometo, mamá. Estoy poniendo en ello todas mis fuerzas.

—Gracias, tú tampoco estás nada mal —contesté ruborizada y tratando de quitarme del foco de atención.

Era cierto, estaba muy guapo y elegante con aquel traje gris marengo. Además, con esa  barba tan casual me recordó Hugh Jackman, uno de mis actores preferidos. Ricky abrió la portezuela trasera y me invitó a pasar al coche. Me resultó extraño que viniera a recogerme con el coche oficial. Pero como yo no estaba al tanto de los usos y costumbres de los políticos de turno, me abstuve de hacer ningún comentario.

Era hora punta, el tráfico estaba imposible y tardamos mucho más de lo previsto en llegar al Palacio de las Artes Reina Sofía, que era donde tendría lugar la representación. Por suerte, enseguida pude comprobar las ventajas de llevar chófer. Nos dejó muy cerca de la entrada principal y se marchó Dios sabe dónde y ya no tuvimos que preocuparnos más por el coche.  Al final me pareció que había sido buena idea, porque llegábamos con el tiempo justo. Demasiado tarde incluso para alguien como yo, que no da demasiada importancia a ese asunto tan sobrevalorado de la puntualidad. No te rías, mamá, que la frase no es mía, en realidad es made in Raquel.

Yo estaba acostumbrada ver La Ciudad de las Artes y las Ciencias como parte del paisaje urbano de la ciudad, pero lo cierto es que hasta aquella noche no había pisado jamás ninguno de sus edificios. A pesar de los andamiajes presentes a causa de las obras de reparación, y que afeaban el conjunto, me subyugó el aspecto imponente de esos edificios tan futurista que hacía ya unos años que habían cambiado para siempre la faz de Valencia. La iluminación los realzaba todavía más y les daba ese aspecto de postal que a día de hoy todo el mundo tiene en la retina. Sin embargo, no pude recrearme, ya que entramos a toda prisa.

La sala principal, que era donde se representaba la ópera, me sorprendió por su aspecto monumental y orgánico. La pared del fondo era como una concha gigante que quisiera engullir el escenario y también a los espectadores. Llegamos tan justos de tiempo que apenas unos segundos después de sentarnos se cerraron las puertas y se apagaron las luces. Nuestras localidades eran de las mejores: lo bastante cerca del escenario y con una excelente línea de visión. Pensé que le habrían costado un dineral, pero Ricky acabó por confesarme que se las habían regalado a cambio de un favor personal —pago en especie lo llamó—. Aquello me decepcionó un poco, ya que había pensado de antemano que habría buscado las entradas para mí y no al revés, pero estaba demasiado entusiasmada por estar allí como para darle mayor importancia a aquel detalle.

Las cerca de tres horas que duraba la obra con sus correspondiente descanso se me pasaron volando. La soprano cumplió con creces. La réplica en el papel de Pinkerton se la daba el español Domingo Valls, que también estuvo sensacional. Durante la última escena Korsakova hizo todo lo que sabía y el público la obsequió con una gran ovación. Yo no pude evitar que se me saltaran las lágrimas en aquel momento, sobre todo al acordarme  de papá. Pensé en lo mucho que habría disfrutado de haber tenido la oportunidad de asistir, aunque solo hubiera sido una vez, a una representación como aquella. El pobre se limitaba a escuchar sus discos de ópera en aquella antigualla que guardábamos como una reliquia y que verdaderamente lo era. Sabes que nunca consintió en comprar un reproductor de cedés de esos modernos, que por entonces ya los había a un precio asequible. Y mucho menos se permitió el lujo de acudir a un teatro. Lástima, quizás si hubiera sabido lo que le esperaba a la vuelta de la esquina no hubiera sido tan austero y se hubiese concedido algún capricho que otro.

Me pilló de sorpresa que luego me llevase a cenar, ya que no me había  dicho nada. Me di cuenta de que pretendía impresionarme y aquello me halagó. Como te he dicho, llevaba mucho tiempo sin salir con un hombre. Eligió un restaurante llamado La Mascarada, en pleno centro, muy cerca del Mercado de Colón. Yo, aunque conocía bien la zona, nunca había estado allí. El nombre me pareció de lo más apropiado, ya que la decoración era absolutamente teatral y barroca con pesados cortinajes cubriendo las ventanas y un millón de máscaras venecianas adornando las paredes. Me sentí agobiada en aquel ambiente tan recargado y de repente me dio por pensar en lo extraño que estaba resultando todo aquella noche.

Antes de sentarme pasé por el baño y pude comprobar que mi maquillaje no había sufrido grandes desperfectos a pesar de alguna que otra lagrimita derramada durante la función. Aun así me lo retoqué a toda prisa, respiré hondo y salí de nuevo al comedor donde Ricky ya me aguardaba sentado a la mesa tomándose una caña. De fondo sonaba My way en la voz de Sinatra. Pensé que un sitio como aquel le pegaría mucho mejor como música ambiental algún de Bach o de Vivaldi. Pero quién soy yo para meterme en los gustos musicales de nadie.

En cuanto llegué, Ricky se levantó y me retiró la silla para que pudiera sentarme. Estaba desconcertada ante tanta galantería. Carlos nunca se había molestado en dispensarme aquel tipo de atenciones. Es un buen tío, siempre lo he sabido, pero nunca había sido detallista, al menos conmigo. Y para ser sincera tampoco lo había sido ningún otro.

—¿Te pido algo de aperitivo? —dijo Ricky, otra vez tratando de adelantarse a mis deseos.

Miré de reojo su cerveza. Sin embargo, terminé decantándome por un Martini Bianco, que como sabes es uno de mis cócteles favoritos. Él se apresuró a pedir al camarero llamándole por su nombre, Mike. Mike trajo el Martini junto con la carta. Como aquel sitio era nuevo para mí decidí dejarme llevar por Ricky que parecía ser cliente habitual. Sin pensarlo demasiado pidió un menú degustación para dos.

—¡Te va a encantar! ¡Ya lo verás! —¡Pobre! Si hubiera sabido lo que me dolía el estómago y conocido mi desinterés por la comida, es probable que no se hubiera tomado tantas molestias en nuestra primera cita.

—Estoy  convencido de que a la señora le gustará mucho —ratificó Mike con un extraño acento que no acerté a identificar del todo. Tenía algo de parecido al francés sin terminar de serlo—. El menú degustación incluye las mejores especialidades de la casa. Es una apuesta segura —insistió con la mejor intención.

En aquel momento, Sinatra acometía los primeros acordes de Strangers In The Night. Traduje la canción mentalmente: «unos desconocidos en la noche, intercambiando miradas, preguntándonos en la noche, qué posibilidades había…».

Mi acompañante no escatimó en el vino y pidió un Chardonnay de las bodegas de Enrique Mendoza. No es que sea una gran entendida en la materia, pero como recordarás, es un conocimiento pasivo que se me había pegado de mi etapa con Carlos, que es el verdadero experto. No en balde, sus padres tenían unas bodegas en el pueblo. Nada más marcharse el sumiller, me sentí obligada a proponer un brindis para romper el hielo.

—¡Chinchín! —dije alzando mi copa hacia la de él—. Por nosotros —dije. Reconozco que es muy poco original, pero también muy socorrido.

—De verdad, Sandra, estoy muy a gusto contigo. Me gustaría volver a salir contigo otro día.

Mike nos trajo un entrante con foie y manzana. Yo, que no soy especialmente amante esa delicatessen, disimule como mejor pude el asco que me producía e hice como que comía un poco. Ricky en cambio se lo zampó en dos bocados. Al terminar dijo:

—Entonces, ¿eres escritora de novela negra y además te gusta la ópera? ¡Qué curiosa combinación!

Enseguida llegó otro plato. Me resultó más atrayente que el anterior, de modo que pospuse la respuesta para saborearlo. Mientras, Sinatra continuaba, machacón, a lo suyo.

—Pues sí, ya ves… ¿Tan raro te resulta? —repuse al fin.

—Compréndelo. Por separado ya son dos aficiones llamativas. Su coincidencia en la misma mujer la hacen fascinante. A esa mujer, quiero decir. —Noté como el color se me subía de pronto a las mejillas.

—La afición a la ópera la heredé de mi padre. La única música que sonaba en casa. Precisamente Madama Butterfly era una de sus favoritas junto a La Bohème. Era un pucciniano de pro…

—¿Has dicho: «era»?

—Así es. Murió cuando era una cría. Lo otro seguramente también es legado suyo: era inspector de policía. ¡Y de los buenos! Así que la afición por resolver crímenes debo de llevarla en los genes. ¡No te imaginas cómo lo echo de menos…! —Otra vez se me volvían a escapar unas lágrimas.

—Lo siento mucho, Sandra. De verdad. Si llego a saber que esto te iba a hacer llorar no saco el tema. ¡Joder! —dijo apurado mientras me tendía un clínex.

—No, si no pasa nada, Ricky. La culpa no es tuya. Ya se me ha pasado —dije queriendo cortar de raíz con una situación que me avergonzaba.

Bien sabes, mamá, que nunca me ha gustado llorar en público y la llegada del tercer plato me liberó de tener que seguir dando explicaciones embarazosas. En aquel momento quise cambiar la tendencia de la conversación, que únicamente estaba versando sobre mí.

—¿Y cómo va la política, señor concejal —ironicé en cuanto vi la ocasión.

—Mucho menos interesante de lo que pudiera parecer a primera vista —respondió sin entusiasmo—. Los plenos del Ayuntamiento son bastante aburridos. Un auténtico coñazo, para entendernos.

Quiso esbozar una sonrisa pero en su lugar me enseñó un colmillo en una mueca extraña que por un momento me desconcertó. Al cabo de un tiempo me acostumbré de tal modo a aquel rictus suyo tan peculiar que llegó a pasarme completamente desapercibido. Incluso creía que le acrecentaba su atractivo de hombre curtido.

—¿Y cómo es que te metiste en la política si no te gusta? —me animé a preguntar de nuevo. Su desmañada respuesta había despertado mi curiosidad.

—No sabría decirte. La casualidad quizás… —seguía mostrándose lacónico—. Alguien me hizo una propuesta en el momento oportuno. Fue al poco de divorciarme. Tampoco hay mucha historia detrás, no pienses…  —capté el mensaje y dejé de insistir sobre el tema.

Estábamos concluyendo la cena cuando sonó intempestivo mi móvil. Me disculpé por no haberlo puesto en silencio y miré de soslayo quién me llamaba a aquellas horas. ¡Menudo fastidio! ¡Por el amor de Dios! Si era Carlos, mi ex. ¿Podría haber sido más inoportuno? ¡Menudo momento que había elegido! ¿Qué cosa tan importante tendría que decirme para no poder esperar a llamarme por la mañana? Traté de disimular mi contrariedad lo mejor que pude. Ese era el tipo de situaciones odiosas en las que Carlos era un auténtico especialista. La verdad, a veces me desquiciaba. Rechacé la llamada y apagué el teléfono. No quería otra interrupción y mucho menos de él.

—Solo era una amiga. Nada importante. Ya hablaré con ella en otro momento, no te preocupes —me molesté en mentirle a Ricky.

En aquel mismo momento Sinatra le pasaba el testigo a un melifluo intérprete que también cantaba en inglés y al que no supe reconocer. Tampoco es que me quitara el sueño el hecho de no poder identificarlo, pero como aficionada a la música me fastidió un poco. No sé si por efecto de aquella canción soporífera a más no poder o porque simplemente había llegado el momento, Ricky y yo convinimos de manera tácita que era la hora de retirarnos. Le envió un mensaje al chófer y en menos de dos minutos ya lo teníamos en la puerta del restaurante. En el coche no cruzamos ni palabra. Me encontraba lo bastante cansada cómo para que no me incomodara en absoluto aquel silencio sobrevenido de manera repentina. Antes de despedirse me dijo que lo había pasado muy bien y quedó en que me llamaría pronto. A mí me pareció perfecto. Ese hombre había conseguido que me interesa por él, que ya era mucho más de lo que hacía la mayoría.

Al entrar en casa me sorprendió una arcada repentina que me llevó directa al váter, fastidiando así mi buena racha de la semana. A continuación concluí con mi ritual de aseo nocturno y me dejé caer exhausta sobre la cama. Aunque antes de dormirme aún saqué fuerzas para mandarle un mensaje a Carlos: «eres un pesado. Mañana te llamo». Luego le puse una carita de demonio. De verdad que me había fastidiado su llamada.

La llama de la soledad. Capítulo 5. Una cita extraña

La llama de la soledad. Capítulo 5. Una cita extraña

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Como te iba diciendo, aquel martes otoñal, después de hablar contigo quise seguir con lo que estaba haciendo, pero la conversación me había puesto depre o quizás me carcomían los remordimientos por la forma en que te había hablado. Intentaba concentrarme, pero la intranquilidad que rebullía en mi interior no me dejaba. En aquel momento la tormenta había alcanzado su máximo apogeo y tampoco me ayudaba en nada, recuerda que siempre les tuve miedo. El resplandor de los relámpagos se colaba por el ventanal del despacho y los truenos retumbaban sin parar entre los acordes de Una furtiva lagrima. Sabes que necesito la música: me ayuda a escribir. Es una manía que me ha acompañado desde pequeña, desde la época en que papá escuchaba sus óperas en el viejo tocadiscos del salón. El silencio tiene algo que me asusta sin remedio, hace que me sienta desprotegida y vulnerable ante todos los peligros del mundo.

En medio de la tormenta hice una pausa para prepararme otro café, porque el que tenía sobre la mesa, junto al esqueleto marchito de aquella planta que me habías regalado por mi cumpleaños —exacta a la de Raquel—  y de la cual no me animaba a desprenderme por pura pereza, llevaba frío un buen rato. De camino a la cocina me asomé al balcón. Fuera, la lluvia seguía cayendo, aunque parecía que el aguacero comenzaba a aflojar por fin. Unos rayos de sol incipientes surgían entre los nubarrones que parecían teñidos de hollín, dándole al cielo un aspecto de dibujo al carboncillo. Me pareció bello, pero de una belleza ajada y deslucida, tal vez llena de nostalgia por el recién acabado verano. La tenue luz destellaba en las gotas de lluvia adheridas a los cristales. No me cabía duda: la mañana estaba apagada y triste. Como yo.

Regresé al escritorio con mi café extralargo y sin azúcar y cambié la música. La ópera era demasiado brillante, incluso dentro de la tragedia que acostumbra a acompañarla, y yo necesitaba algo más opaco, acorde con mi estado de ánimo. Los blues me metieron en faena y por fin pude escribir un capítulo entero casi de tirón. Estaba terminando de perfilar la escena del crimen cuando sonó la sintonía de mi móvil —sí esa que a ti te gusta tanto, Tubular Bells, o las campanas, como tú la llamas—. Era un número desconocido. Aun así contesté.

—¿Diga?

—Hola… ¿Sandra…? ¿Sandra Rojas?

—Sí…

—Soy yo, Ricky. ¿Te acuerdas de mí?

De momento me quedé algo desconcertada y vacilé antes de responder. De hecho, no creía conocer a nadie con ese nombre.

—¡Humh…! ¿Ricky? ¿Qué Ricky? ¿Podrías especificar un poco más?

—¡Sí, mujer! ¿No me recuerdas? Nos vimos hace como dos semanas, en la inauguración del Nuevo Ateneo. Soy aquel concejal tan resultón que iba con Amalia Lozano.

No me hizo gracia la broma, pero decidí no juzgarlo por un detalle tan insignificante. En cuanto a Amalia, como sabes era mi agente y también una de mis mejores amigas a pesar de ser algo mayor que yo. A ella era a la única a la que por entonces se lo contaba todo, porque conseguía entenderme y aguantar todas mis neuras sin hacerme reproches. Además le encantaba aquel papel de hermana mayor yo que le había adjudicado desde el momento en nos conocimos. La mención de Amalia me situó enseguida y me hizo recordar aquella noche a la que se refería. Era cierto que me había presentado a Ricky, pero por su nombre completo: Ricardo Ballesteros. De ahí mi despiste inicial.

Fue ya de madrugada. El evento daba sus últimos estertores y yo estaba harta de lucir mi mejor falsa sonrisa y seguir con aparente interés conversaciones de lo más intrascendentes, que me importaban lo que se dice nada. Qué quieres que te diga, a esos sitios no se va a divertirse sino a relacionarse con la gente que puede abrirte puertas. Además, ya me había entrado el bajón y daba por amortizada la velada. Permanecía sentada en una butaca solitaria situada estratégicamente en un extremo de la sala, muy cerca de la mesa donde se había servido el bufet. Mientras tanto, hacía acopio de las últimas fuerzas para comenzar con las consabidas despedidas. Los restos de los canapés y las copas a medio terminar componían una triste estampa de lo que había dado de sí la fiesta. Al mismo tiempo, una legión de camareros se afanaba por poner un poco de orden en aquel caos. Los maquillajes de las mujeres empezaban a correrse por el paso de las horas y dejaban traslucir los rostros cansados de sus propietarias. Quizás, al mío le habría sucedido igual, pero poco me importaba. Tampoco los hombres habían quedado indemnes por el inclemente paso de las horas: por aquí, alguno con el nudo de la corbata a medio deshacer; por allá, alguno más con la camisa descompuesta o con la incipiente sombra de la barba asomando después de tantas horas del rasurado. En medio de aquella resaca festiva vi acercarse a dos figuras impolutas, como recién salidas de una revista de moda. Eran Amalia y Ricky.  A él le eché a ojo de buen cubero unos cuarenta y cinco años, aunque luego supe que tenía alguno más. Pertenecía a esa clase de tíos que parecen quedar congelados en el tiempo llegados a cierta edad. Bajo su impecable traje hecho a medida se adivinaba un cuerpo cincelado a golpe de gimnasio. «Atractivo si es que te gustan mayores», pensé de inmediato. La verdad es que no me había vuelto a acordar de él hasta aquella llamada.

—¡Ah, sí… claro…! ¡Ya me acuerdo! —respondí tras el ejercicio de memoria.

—Fui yo quien le pedí a Amalia que nos presentara —insistió él con vehemencia.

Curiosamente, su voz, a través del teléfono me resultó seductora. Mucho más de lo que la recordaba al natural. Achaqué mi falta de interés a lo tardío del encuentro. Como buena escritora suelo fijarme mucho en los detalles, pero en aquella ocasión, según parece, no lo hice.

—Soy un gran admirador tuyo y tenía muchas ganas de conocerte —me soltó a bocajarro.

Me puse un poco recelosa por aquel halago tan facilón, pero lo dejé continuar.

—¿Qué haces?

—Ya sabes, intento escribir…. ¡Soy novelista! ¿O es que no te acuerdas? —respondí algo borde. Pero esa vez fue él quien no pareció tenérmelo en cuenta.

—Mujer, no me refería a ahora mismo, sino a esta noche. He conseguido dos entradas para Madama Butterfly y enseguida he pensado en ti. Me preguntaba si querrías abandonar la literatura por un rato y acompañarme a ver la función. Canta Karina Korsakova. Ya sé que nadie como la Callas para el papel, pero creo que sabrá dar la talla. Es a las ocho. ¿Vendrás?

Para mi sorpresa hablaba como un verdadero entendido en el cante lírico y son difíciles de encontrar, lo sé por propia experiencia. Casi siempre me tratan de friki al confesar esa afición que me había inculcado papá. Por eso me preguntaba qué habría de verdad y qué de postureo en las palabras de aquel concejal buenorro y entrado en años que se había tomado la libertad de irrumpir sin previo aviso en mi santuario. Pese a mis reservas, aquel plan tan poco convencional tenía los ingredientes necesarios para despertar mi interés. Terminé aceptando la proposición, aunque no paré de darle vueltas al asunto durante el resto del día. Seguía teniendo alguna duda. En algún momento estuve a punto de devolverle la llamada Ricky y cancelar aquella cita tan extraña. Pero la posibilidad de ver Madama Butterfly en vivo, algo que nunca había tenido la oportunidad de hacer, pesó más en la balanza. Además, ¿qué de malo podía haber en ir a ver una función de ópera?

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