La llama de soledad. Capítulo 15. Navidad

La llama de soledad. Capítulo 15. Navidad

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A pesar de las serias advertencias de Carlos, en las semanas siguientes creo que me dejé enredar por Ricky más de lo que me había propuesto en realidad. Yo, al principio no buscaba otra relación. O tal vez sí. Si te digo la verdad, no tengo claro lo que quería. Pero su galantería, su labia, su insistencia, unidas a la seguridad que me transmitía y sobre todo a aquel aroma de lavanda que me recordaba tanto al de papá, hicieron que no pusiera demasiadas pegas en dejarme querer. El hecho de que tanto Amalia como Carlos me hubieran prevenido en su contra no parece que me influyera y si lo hizo estoy segura de que fue en sentido contrario, empujándome hacia él. Así era yo de soberbia, que con tal de llevar la contraria a los demás hubiera sido capaz de arrojarme al pozo más profundo. Pero no nos pongamos dramáticas, que con todos los defectos que pudiera tener, Ricky no era el demonio personificado, tan solo un hombre. Eso sí, ni el mejor, ni probablemente el que más me convenía. Puede ser que él, siempre ávido de nuevas conquistas, me utilizara o puede ser que fuera yo la que lo utilizara a él como tabla de salvación, ya que entonces me sentía muy perdida. Quizás no estaba enamorada, pero estoy convencida de quería estarlo a toda costa y aquello me pareció que podía bastar. Era una manera de sentirme viva, aunque mis emociones estuvieran anestesiadas. En todo caso continuamos saliendo y a la tercera o cuarta ocasión lo invité a subir a casa a tomar una copa y nos acostamos por primera vez. Descubrí que él sabía muy bien cómo hacerle el amor a una mujer, y aunque no fuera algo memorable debido a mí bajo perfil emocional de entonces, me satisfizo sobradamente en el plano digamos más físico. No tardó en darse cuenta de que estaba muy delgada, demasiado, y  partir de aquella noche me bautizó con el apodo de «el saco de huesos más sexi». En aquel momento me hizo reír con aquella ocurrencia y mi corazón vibró con algo que me pareció cercano a la felicidad. Pero a la larga empezó a molestarme que se dirigiera a mí con aquel apelativo, sobre todo porque no lo reservaba única y exclusivamente para nuestra intimidad. Pero tampoco quería contrariarlo y menos aún en público, de modo que lo acepté, aunque fuera a regañadientes. Con todas las cosas de Ricky que no me gustaban adoptaba la misma postura: hacer como que en realidad no ocurrían. De esa manera acallaba mi malestar.

Por aquel entonces me estaba malacostumbrado a que fuera Ricky quien se hiciera cargo de mi economía. Yo estaba pasando una mala racha. Llevaba tiempo sin encontrarme bien. Dormía peor que nunca, que ya es decir, y me despertaba sin energías para afrontar el día. Me quedaba en la cama prácticamente durante jornadas enteras y me resultaba imposible escribir porque sentía como si tuviera la cabeza llena de plomo. Por las noches en mi cabeza volvía a comenzar el baile del insomnio. No tengo que recordarte que durante aquella época me pasaba los días enteros sin casi probar bocado. Solo tomaba alimentos sólidos cuando salía con Ricky e íbamos a algún restaurante o bien cuando iba a tu casa a comer. Normalmente los sábados o los domingos. Tú ya empezabas a darte cuenta de que algo no marchaba bien.

—Hija, mírate. ¡Qué cara traes! Si parece que hayas visto un fantasma. Por el amor de Dios. ¿Comes bien? ¿Te estás cuidando lo suficiente?

—Claro, mamá. Si solo es que he pasado una mala noche, ya me conoces. No te preocupes, que estoy bien —contestaba yo, sin darme cuenta de que con mi mentira, más que engañarte a ti, me engañaba a mí misma.

Pero no, no estaba bien. Es más, por culpa de mi enfermedad, que entonces todavía me negaba a reconocer, me había retrasado en muchos compromisos de trabajo. En el mundo capitalista en que vivimos y más si trabajas por cuenta propia como es mi caso, si no trabajas no cobras. Llevaba unos meses sin apenas ingresos y llegó un punto en el que me sentí agobiada por no poder hacer frente a todos mis gastos. Pedirte ayuda a ti me daba vergüenza. Tampoco sé hasta dónde habrías podido ayudarme, porque soy consciente de que la pensión te da lo justo para vivir y bueno, para alguna alegría muy de vez en cuando. Sé perfectamente que a estas alturas sigues haciendo malabarismos para llegar a fin de mes, como si ese hubiera sido el sentido de tu vida. En cuanto a Raquel, quedaba descartada de antemano. Mi orgullo me impedía pedírselo a ella. No es necesario que te explique el porqué.

Ricky se enteró de mis apuros económicos cuando me encontró un día llorando de desesperación frente a un recibo del banco.

—¿Cómo es que no me lo habías contado? —me dijo en un tono a medio camino entre la regañina paternalista  y el de consuelo—. Anda, para ya de llorar y no te preocupes. Déjalo en mis manos.

Yo ni siquiera le contesté y me refugié en sus brazos dando ya rienda suelta al llanto que había estado conteniendo, solo a medias, mientras él me hablaba.

Aquel día, cuando se marchó se llevó el recibo sin que yo me diera cuenta. Al día siguiente me notificaron que la deuda estaba saldada y a partir de aquel momento comencé a recibir en mi cuenta corriente todos los meses una pequeña asignación que me permitió respirar tranquila, por lo menos hasta que fuera capaz de volver a ganarme el sustento por mí misma.

En un primer momento me mostré reticente con Ricky, porque aquello iba en contra de todos mis principios, de todo lo que nos habíais inculcado desde pequeñas papá y tú. Pero él supo convencerme con muy buenas palabras.

—Pero vamos a ver, Sandra. Parece mentira que no sepas todavía que las parejas se tienen que apoyar entre sí. Tienen que estar juntas en lo bueno y en lo malo. Si estuviéramos casados, ¿qué problema habría? Lo verías normal, ¿no?

Ante mi indecisión y mi silencio prosiguió en un tono vehemente:

—Pues, ¡qué diferencia hay? El matrimonio es tan solo un papel que para mí no significa nada. Déjame que te ayude. No ves que me necesitas.

Me lo puso todo tan fácil, tan de color de rosa que me convenció. No me daba cuenta de que al aceptar su ayuda económica más allá de una necesidad puntual, estaba cayendo en una dependencia que no me convenía en absoluto. Pero estaba enferma aunque yo no mediara cuenta y mi mente se hallaba confusa. De modo que te pido, mamá, que no me juzgues con dureza por haberme rebajado a esa situación.

Para Navidad, las cosas con vosotras habían mejorado. Incluso estuvimos planeando entre las tres los menús para Noche Buena y Navidad. Bien sabe Dios que una de las cosas que más odio es el pasteleo de esas fechas, pero como por entonces me hallaba en plena fase «zen» me dejé envolver por aquel ambiente donde todo rezumaba paz y amor.

Por otra parte, me había quedado muy resentida con Carlos después de nuestro último encuentro e hice todo lo que pude por no coincidir con él. Todavía me dolían las palabras que dijo sobre Ricky —que yo seguía creyendo falsas—, de modo que levanté una barrera impermeable a todas las habladurías que circulaban acerca de él. Desoí todas las advertencias e incluso a mi propia intuición a la que acallé sin contemplaciones.

En mi descargo diré que él seguía comportándose conmigo como un verdadero encantador de serpientes, colmándome de atenciones y haciendo mi vida mucho más fácil. Si vuelvo la vista atrás, desde la época anterior a la muerte de papá no recordaba ningún momento en que llevara una existencia tan plácida. Ahora sé que placidez no equivale a felicidad, pero se le parece, ¿no?

Después de aceptar su ayuda, llegaron también otra clase de regalos, incluidas algunas joyas muy por encima de mis posibilidades. Al principio me hacía la remilgada, pero poco a poco aquel ritual del tira y afloja se fue reduciendo hasta desaparecer por completo y llegó un momento en el que ya los admitía con la mayor naturalidad del mundo sin hacer preguntas incómodas acerca de su valor. Entre aquellos regalos también había viajes de lujo a los que no me costó demasiado acomodarme. Los viajes, además me sentaban bien. Durante ellos parecía que mi salud tan quebradiza mejoraba un poco tanto a nivel físico como mental.

Precisamente fue en uno de ellos cuando vi de nuevo en toda su crueldad aquella mueca feroz que atisbé tras su pretendida sonrisa en nuestra primera cita. A decir verdad, era una expresión que mostraba a menudo, pero aquel día la vi de una manera diferente y un escalofrío me recorrió el espinazo cuando se reflejó en su rostro. Por primera vez sentí miedo de Ricky. No fue un miedo físico, a que me pudiera lastimar ni nada por el estilo. Por el contrario, fue mucho más emocional. Sentí un miedo inexplicable por su temperamento, por su determinación. Lo veía capaz de todo para lo bueno, sí, pero también para lo malo. En el fondo, aquel miedo más que por mí lo sentí por él, porque presentí lo que podría ser capaz de hacerse a sí mismo.

El motivo que desencadenó la situación fue de lo más banal. Yo estaba a punto de terminar mi novela y como Amalia me estaba apurando con los plazos, me llevé el ordenador con la intención de dedicar algunas migajas de tiempo al libro. Pese a todo, aquel seguía siendo mi trabajo, de cual yo vivía —o al menos pretendía hacerlo— y ya lo había descuidado demasiado.

Habíamos ido a Roma en una escapada de fin de año. Nos alojábamos en un hotel fabuloso entre la Vía Veneto y la plaza de España. Desde la terraza, las vistas de la ciudad eran espectaculares. A esa hora del día habíamos superado ya la resaca de la fiesta. Por la mañana habíamos estado viendo el belén de la plaza de San Pedro —por expreso deseo mío— y luego fuimos de compras por el centro. Yo quería llevar regalos para vosotras y los niños. Al final, Ricky se animó también y compró unos detalles para sus hijas a las que solo veía en ocasiones como Navidad o Reyes tras su divorcio. Las compras fueron extenuantes y volvimos agotados. Ya por la tarde estábamos descansando en la habitación de todo el ajetreo. Sin ningún plan concreto hasta la hora de la cena, me pareció que aquel impasse era un buen momento para trabajar un poco. No llevaba ni cinco minutos con el ordenador cuando Ricky me pidió que volviera a la cama. Yo me excusé dando por sentado que él se mostraría comprensivo. Sin embargo, a mi tercera negativa se levantó, vino hasta la mesa donde yo intentaba trabajar y con esa pesudosonrisa que por primera vez consiguió asustarme, me cerró el ordenador sin darme tiempo a que guardara el documento y a empujones me llevó hasta el lecho. Yo traté de imponer mi voluntad sobre la de él, pero mi resistencia no debió de ser lo bastante firme, porque consiguió lo que se proponía. No se puede decir que empleara una violencia explícita, pero me hizo sentir muy incómoda. De hecho, aquel primer episodio lo empecé a revivir constantemente en mi cabeza algún tiempo después sin entender por qué había consentido que me pasara por encima aquella vez y las otras muchas que vinieron luego. Pero me tenía subyugada, enseguida me hacía el amor y conseguía que se me olvidaran todos los malos momentos que me había hecho pasar antes. El sexo con él desde el principio fue fácil y sin complicaciones. Era —es— un hombre sensual que sabía cómo complacerme y de ello se valía muchas veces para someterme. Ahora lo veo claro, pero entonces mis sentimientos estaban confundidos y mi juicio nublado. Ejercía sobre mí un influjo que me resulta tan difícil de explicar…

 

La llama de soledad. Capítulo 14. Más confesiones

La llama de soledad. Capítulo 14. Más confesiones

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Mamá, ya que esto va de confesiones, he de decirte que hubo dos cosas que hiciste que me costó mucho superar. La primera fue que te pusieras a trabajar al poco de morir papá. Visto desde una perspectiva racional, me doy cuenta de que no te quedó más remedio. Con la pensión apenas te llegaba para pagar las facturas y malcomer. Eso, haciendo números desde el día uno hasta fin de mes. Ahora entiendo que aceptases aquel puesto de administrativa, tampoco muy bien pagado, y que te mantenía fuera de casa la mayor parte del día: tan solo te veíamos a la hora del desayuno y a la de la cena. Eso si no te tocaba hacer horas extras. Suerte que estaba Fini, de lo contrario no sé qué hubiera sido de todas nosotras. En ella delegabas todo lo concerniente a la intendencia de la casa además de nuestro cuidado. Fini nos llevaba y recogía de la escuela, nos repasaba las tareas, nos daba de merendar y de cenar, nos bañaba y cuidaba de que cuando llegaras exhausta, estuviéramos acostadas y con el cuento leído, listas para que fueras tú la que nos arroparas y nos diera el beso de buenas noches. Jamás he visto a nadie que mostrara más devoción que Fini para alguien que no era de su sangre. Y no creas, a ti también te admiro por lo que hiciste, que era lo mejor para nosotras, sin duda. Porque de nada nos hubiera valido tenerte todo el día en casa si no hubiera habido casa en la que estar o medios para poder subsistir. Ahora sé que tu esfuerzo valió la pena para todas y por eso te quiero más si cabe, que ya es mucho decir. A veces intento ponerme en tu piel y creo que no habría sido capaz de hallar la fortaleza y el valor suficientes. Pero yo entonces no lo podía ver se esa manera. Lo que sentía era que tú también nos abandonabas precisamente cuando más te necesitábamos. Fini hacía su papel, pero nuestra madre eras tú. Nos hacía falta no ya tu cariño que por supuesto, sabíamos que lo teníamos, sino su demostración en el día a día. Y esa la echábamos de menos.

Lo otro que me costó tragar fue cuando te echaste aquel novio, Luis. Otra vez tres cuartos de lo mismo. Enviudaste demasiado joven, lo sé. Estabas en la plenitud de la vida y no quisiste —o no pudiste, que para el caso es lo mismo— renunciar a enamorarte de nuevo. Pero a mí, lo mismo que a Raquel nos olía a chamusquina. Reconoce que tampoco tuviste buen ojo, que ese tío no se merecía ni que le dedicaras dos minutos de tu tiempo. Era ruin y mezquino y no te trababa demasiado bien, reconócelo. Nosotras no soportábamos aquellas tardes de domingo en las que nos acompañaba al cine o a merendar. Cuando empezaste a salir con él, ya no éramos precisamente unas crías, así que en cuanto nos diste un poco de manga ancha, buscábamos cualquier excusa para no tener que aguantarlo: teníamos que estudiar, habíamos quedado con las amigas, o estábamos cansadas. Sin embargo, durante el tiempo que duró aquello hubo algunas ocasiones a las que no podíamos sustraernos, como las Navidades y algún viaje en plan familiar que hicimos en verano. Lo odiábamos, mamá. Y no sabes la inmensa alegría que nos llevamos el día en que rompisteis. Tú llorabas y nos daba un poco de pena, la verdad. No es que fuéramos unas insensibles. Pero para nosotras fue un gran día.

Al cabo de unos años, cuando conociste a Pedro todo fue distinto. Era todo un señor, que supo respetarnos a nosotras dos y hacerte sonreír de nuevo. Todavía recuerdo el día que nos lo presentaste.

—Sandra, Raquel —dijiste nada más llegamos a casa aquel domingo de primavera—. Este es Pedro Dávila, un buen amigo mío, que espero que venga a visitarnos bastante a menudo.

—¿Qué tal Ra…Raquel, Sa…Sandra? Encantado de conoceros —trastabilló al saludarnos debido a su timidez y acto seguido nos dio la mano.

Recuerdo que me agradó muchísimo que desde el primer momento nos tratase como a las adultas que ya casi éramos y no como a las niñas que tú nos creías todavía. Sin duda supo ganarse nuestro afecto sin pretender suplantar a nuestro padre en ningún momento, por lo cual le estoy aún hoy inmensamente gradecida.

—¿Cómo os conocisteis? —le preguntó Raquel.

—Eso… ¿Cómo fue? —quise saber también yo.

—¡Dejadlo ya! Si no tiene ninguna importancia. Fue de casualidad —añadiste sin querer entrar en detalles.

Pero a él no le importó contarnos que un día se presentó en tu oficina para una gestión y se quedó tan prendado de ti que no paró de insistir hasta que consiguió llevarte a cenar. Cuando quiso intimar un poco más le contaste tu vida: que eras una viuda con dos hijas gemelas adolescentes que eran peores que el mismísimo diablo. Pero él superó la prueba y no le importó nada. Al contrario, todo lo que tenía que ver contigo lo entusiasmaba, así que os hicisteis novios y sé que mientras duró fuiste feliz, mamá. Lo sé porque se te notaba la felicidad en la cara, en el trato con nosotras, en todo. Incluso logró que se te dulcificaran los duros recuerdo de la época en que murió papá. Lástima que muriera también tan joven. No has tenido suerte con los hombres, mamá. ¡Qué pena! Los buenos apenas te duraron y al otro… en fin, mejor no digo nada que ya es agua pasada.

A pesar de todo el tiempo transcurrido, a veces aún me pregunto si después de Pedro hubo algún otro. Nosotras entonces ya éramos unas mujeres y teníamos cierta autonomía y tú eras tan reservada para tus cosas que no me extrañaría que hubiera tenido en un momento u otro algún «amante secreto». Sé sincera conmigo: ¿lo tuviste?

La llama de la soledad. Capítulo 13. Malas noticias

La llama de la soledad. Capítulo 13. Malas noticias

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La bruma de un sueño plagado de pesadilla se me ha disipado de repente, al ritmo frenético e insistente de los timbrazos del teléfono. De nuevo llegan malas noticias del hospital. Tu estado de salud, ahora que parecía que te estabas recuperando, se ha vuelto a complicar con una infección pulmonar, «algo muy común en los pacientes ventilados», en palabras de la doctora que ha hecho la llamada. Es grave y, aunque no está todo perdido, nos requieren a Raquel y a mí para que vayamos cuanto antes por si llegara a pasar lo peor en las próximas horas.

Al salir a la calle, una ráfaga de aire gélido me ha despejado completamente, al mismo tiempo que una lluvia desapacible se ha mezclado con mis lágrimas haciéndolas invisibles. Aún era noche cerrada. El taxista que me ha traído ni siquiera ha intentado darme conversación, tal debía de ser la cara que me ha visto. De inmediato se ha dado cuenta de que no estaba para roscas.  Una vez aquí, me he encontrado con Raquel, que había llegado primero —ya ves, ventajas de tener coche—. Enseguida nos han pedido instrucciones por si llegara el caso —Dios no lo quiera—. Preguntan si tienes testamento vital. En realidad, no lo sabemos, nunca has hablado con nosotras acerca de este tema. Aun así, creemos que no y se lo hacemos saber al equipo médico. No estoy preparada para perderte todavía, De modo que les digo, casi les suplico: «Doctores, por favor, empleen todos los medios para salvar a mi madre. Reanímenla cuantas veces haga falta». Asienten.

 

Raquel hace un rato que se marchado a casa porque los niños la echan de menos y con el trajín que lleva necesita descansar. A Iván tu empeoramiento le ha pillado de viaje de negocios y no puede volver hasta dentro de un par de días, así que en casa está ella sola para todo. Menos mal que por lo menos le han dado unos días de permiso en el trabajo, sino se volvería loca. Me doy cuenta de que ella es muy fuerte, más que de lo que yo llegaré a serlo nunca y por primera vez en mi vida siento una verdadera admiración por mi hermana. Sin celos, sin envidias, sin rencores. Así que esta noche estamos aquí solas tú yo, mamá. A ver cómo se desarrollan los acontecimientos.

 

Me he quedado dormida en la silla y me despierto sobresaltada. Tardo unos segundos en darme cuenta de donde estoy. Recuerdo que todo el mundo me había insistido para que me marchara a casa a descansar, pero decidí quedarme «por si acaso». Raquel también me ha ofrecido su casa por si no quería pasar la noche sola en la mía. Pero, no. No era eso, era una extraña sensación que me ha acompañado durante todo el día. No sé… tenía el pálpito de que si me marchaba ocurriría algo malísimo, se daría ese «por si acaso» al que he temido enfrentarme todo el día. Al final ha sido ese mal presentimiento el que me ha obligado a quedarme aquí. La noche se presentaba tranquila —todo lo tranquila que puede ser en el hospital, ya sabes, que aquí el trajín no cesa a ninguna hora—. Como decía, todo estaba tranquilo, cuando, de repente, ha dejado de estarlo. A eso de las tres de la madrugada ha salido el médico de guardia y me ha hecho pasar al despacho para informarme con urgencia. Me encontraba algo aturdida todavía porque me ha despertado de sopetón. Ya ves… Y yo que creía que estaba velándote en la enfermedad… Supongo que la carne es débil y el agotamiento que llevo en el cuerpo infinito. Yo voy mejorando de lo mío, pero no estoy bien del todo aún. Mi doctora dice que no tenga prisa, que paso a paso se hace el camino. Que luego vienen las recaídas y es peor el remedio que la enfermedad. Intento ser buena paciente y hacerle caso, pero desde que ha tú has caído enferma todo se ha vuelto muy complicado. En la cafetería de aquí la comida deja bastante que desear, así que muchos días salgo a comer a un bar cercano que tienen un menú casero bastante económico. Algunos días es Raquel la me trae un táper de casa, como si yo fuera una hija más…

Pero volvamos a ti, que eres la importante ahora. El que ha irrumpido en medio de mi duermevela para traerme las malas noticias era el doctor mayor, aquel con el que me dio un ataque de risa hace apenas un par de semanas. Esta vez no se reía, por el contrario, su semblante era muy sombrío, tanto que me he asustado nada más verlo: «Su madre ha sufrido una parada cardiorrespiratoria de cinco minutos y ha necesitado maniobras de resucitación durante todo ese tiempo», me ha dicho quitándome el aliento con sus palabras. «Por suerte —ha continuado—, se ha recuperado, pero sepa que dista mucho de estar fuera de peligro. La anoxia no ha sido muy prolongada, pero teniendo en cuenta que aún se hallaba en fase de recuperación del su ictus, estoy convencido de que su cerebro ha vuelto a sufrir. En caso de recuperarse, las secuelas pueden aún ser mayores de lo inicialmente pronosticado». Otra vez esa maldita palabra «secuela» me martillea las sienes y me desmadejo sobre la silla como una muñeca de trapo. El invierno es duro, quizás demasiado, aunque por esta vez estoy segura de que verás el amanecer de un nuevo día. A pesar de que haga frío, por más que las nubes no nos dejen ver el sol. El temporal aún no haya cumplido con su ciclo vital y todavía se resiste a disolverse. Pero todo el mundo sabe que después de la tormenta siempre escampa y nosotras estamos a punto de ver de nuevo brillar el sol.

 

Photo by vcheregati

La llama de la soledad. Capítulo 12. Un aroma añorado.

La llama de la soledad. Capítulo 12. Un aroma añorado.

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La discusión con Carlos me dejó muy tocada. No sabía a qué verdad atenerme: si a la buena impresión que me había causado Ricky tras nuestra primera cita o a todas las barbaridades que Carlos me había dicho sobre él. Al primero apenas lo conocía, el segundo lo había sido todo para mí hasta no hacía tanto. Si me paraba a pensar todavía era importante en mi vida, un buen amigo en el que podía confiar. Mi cabeza parecía un hervidero. No estaba en condiciones de tomar una decisión en aquel momento. Pensé que en preguntarle a Ricky más adelante acerca de su versión de los hechos. Pero llámame cobarde, mamá, porque aunque pensé en hacerlo muchas veces nunca llegué a plantarle ninguna pregunta concreta sobre aquel tema. Prefería reconcomerme por dentro antes de afrontar una posible respuesta que no hubiera podido soportar. Me era más fácil pensar que Carlos actuó así por despecho antes que pensar que el hombre con quien estaba a punto de establecer una relación sentimental era un corrupto sin escrúpulos. ¡Qué ingenua!

Aquella tarde, después de salir del Concordia deambulé ciega de rabia y de dolor por las calles del Carmen, que a esa hora bullían de actividad. Mi soledad y tristeza —y también mi frustración, por qué no reconocerlo— contrastaban con la animación de aquella a multitud que atestaba las calles y que simplemente celebraba la vida. En aquel momento volví a sentir un rencor que creía olvidado pero que surgía otra vez desde lo más profundo de mi corazón. En realidad era un resentimiento contra nadie en particular pero a la vez contra todos. En especial contra Carlos, que de alguna manera me había dejado en evidencia y también contra aquel gentío que se divertía sin comprender el inmenso dolor que todavía sentía por la muerte de mi amiga. Si bien era verdad que Carlos no había pasado página, lo cierto era que yo tampoco. Tenía una herida cicatrizada en falso, otra más en mi colección, y aquella tarde, Carlos había hurgado en ella hasta hacerla sangrar de nuevo a borbotones.

Sin poderlo evitar, me retrotraje hasta aquel funesto tres de julio que creía sepultado en lo más hondo de mi memoria. Me reencontré con aquella veinteañera que regresaba a casa con su hermana tras un intrascendente y ajetreado día de rebajas, sin ser consciente del duro golpe que la vida le tenía preparado. Al salir del centro comercial notamos un ambiente denso y opresivo. Un ir y venir de sirenas que rompían con la calma chicha propia de un mediodía de verano. Era tarde y hacía calor. Un bochorno sofocante.  Además, íbamos cargadas, así que decidimos coger un taxi, pero todos los que veíamos iban con la bandera bajada. Entonces fuimos hacia la parada del autobús.

En aquel momento ya tuve un mal presentimiento. Todo aquel trasiego de ambulancias y patrullas policiales no era normal y le dije a Raquel que debía de haber pasado algo muy gordo. Un atentado terrorista fue lo primero que se me vino a la cabeza al recordar las espantosas escenas que vimos todos por televisión cuando ocurrió el ataque de 2004 en la estación de Atocha de Madrid. De repente nos entraron unas ganas locas de volver a casa cuanto antes. Necesitábamos sentirnos a salvo, protegidas al calor del hogar de aquella amenaza a la que todavía no podíamos dar nombre. Pero el autobús tampoco pasaba y tuvimos que esperarlo durante mucho rato. Cuando llegó, estaba atestado. Era tal la cantidad de gente que se había concentrado en la parada que no nos quedó más remedio que abrirnos paso a empellones, en un sálvese quien pueda que todavía me pone el vello de punta cuando lo recuerdo. A duras penas o logramos entrar. El instinto de supervivencia hizo imposible que nos paráramos a compadecer a aquellos que con peor suerte se habían quedado en tierra por falta de capacidad del vehículo. Una vez en él, la situación no mejoró mucho. Íbamos como sardinas en lata bajo un calor asfixiante. Sentía cómo me faltaba el aire. Una mujer de edad sufrió un vahído muy cerca de donde Raquel y yo estábamos. Pero no hubo ningún peligro de que cayera al suelo, se sostuvo apoyada en la multitud que la rodeaba. Alguien de los presentes le roció la cara con un poco de agua y cuando la mujer volvió en sí le ofreció del mismo botellín para que bebiera. El autobús apenas avanzaba y de nuevo la desesperación hizo mella en nosotras. Le estaba costando una eternidad recorrer un trayecto que habitualmente se hacía en no más de quince o veinte minutos. Más tarde nos enteramos de que la ciudad entera era un caos y estaba colapsada. Pensábamos que tú ya estarías esperándonos para comer y no teníamos manera de avisarte: mi hermana, cosa rara en ella porque siempre pecaba de precavida, se había dejado el móvil y yo me había quedado sin batería, que por aquel entonces y comparados con los de hoy en día, 4G y todo eso, los de entonces eran una auténtica chatarra. Entonces Raquel empezó a repetirme una y otra vez que te ibas a enfadar. Creo que estaba un poco histérica, influenciada sin duda por el extraño ambiente que se respiraba. Yo me fijé entonces en una chica cerca de nosotras que llevaba todo el maquillaje corrido a causa de los lagrimones que le caían y sin saber muy bien el porqué, también rompí a llorar. A pesar de la compañía de mi hermana me sentía desamparada, aprisionada entre aquellas personas que como yo, como nosotras, lo único que querían era regresar cuanto antes a sus casas. Raquel, al verme llorar a mí, también lloró. Entonces nos abrazamos y nuestras lágrimas se mezclaron. Otra vez volvíamos a llorar juntas, como cuando murió papá y como en el hospital en la sala de espera de la UCI mientras nos decían lo de tu ictus. Y así estuvimos hasta llegar a casa: abrazadas y llorando. Me gustaría recordar más escenas de las dos abrazadas y riendo, pero por ahora pesan más los malos momentos. Hace ya mucho tiempo que estamos en una mala racha y lo lógico sería que esto algún día cambiase, pero si te digo la verdad, no tengo demasiadas esperanzas de que vaya a ser así. Lo siento mamá, siempre fui una pesimista nata, igual que papá, al que le costaba horrores ser positivo.

Pero volviendo aquel día, recuerdo que tú nos recibiste muy nerviosa. También habías llorado, te lo notamos de inmediato. Aun así pude percibir cómo tus facciones se relajaron en cuanto nos viste entrar por la puerta sanas y salvas. Nos abrazaste con tanta fuerza que nos hiciste daño, pero de alguna manera sentimos que aquel dolor era bueno y no nos quejamos. Al contrario, aunque fuera de manera intuitiva supimos que aquel abrazo completamente desproporcionado representaba en su justa medida la ansiedad que tú también habías sufrido hasta que aparecimos y pudimos reencontrarnos. Luego, en un relato entrecortado, inconexo y plagado de saltos nos contaste todo lo que sabías acerca del accidente, dejándote para el final el hecho de que todo indicaba, a falta de la confirmación oficial, que Elena se hallaba entre las víctimas. Al cabo de unos días nos enteramos de que no había muerto en el acto, sino que lo había hecho camino del hospital. En realidad, saberlo tampoco nos supuso ningún consuelo.

¿No te ha pasado alguna vez que en algún momento especialmente emotivo o intenso el cerebro se te queda en pausa? Cuando hablaste de Elena yo te escuchaba pero no lograba comprender lo que tratabas de decirme. No es que no te creyera, es que no te comprendía, como si te expresases en un idioma desconocido para mí. Cuando al fin se impuso la razón y entendí el alcance de las palabras «accidente de metro», «Elena» y «muerta» dentro de la misma frase se me hizo un nudo en el estómago y corrí al baño. Aquel día volví a vomitar por primera vez en mucho tiempo.

Había caminado a toda prisa, al ritmo de mis pensamientos durante más de una hora sin ser consciente de que mis pasos me habían encaminado hacia casa. Seguía en estado de choque por las revelaciones de Carlos y por todo me había obligado a recordar. Al traspasar la puerta no pude evitar sentir el mismo desvalimiento del día del accidente, la misma compulsión de entonces y me fui directa al váter, a soltar allí, del modo que ya tenía aprendido, toda la bilis que me estaba carcomiendo. Después me dirigí al armario a en busca de la rebeca que Elena me prestó unas semanas antes de todo aquello y que ya nunca tuve ocasión de devolverle. La tenía guardada como una reliquia porque los años pasados desde la tragedia no habían conseguido borrar su olor. Me la puse y me acosté con ella, aunque casi no pude dormir en toda la noche.

 

 

 

La llama de la soledad. Capítulo 11. De repente estalla todo

La llama de la soledad. Capítulo 11. De repente estalla todo

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Al final cedí y pese a todos los obstáculos que había puesto durante la semana, el domingo comí con vosotras y con los niños. Ni tú, ni Raquel me hicisteis ningún reproche en aquella ocasión. Lo cierto es que me alegró mucho veros a ti a Raquel y a los niños. Después de todos los desencuentros que habíamos tenido fue una comida entrañable. Tuvimos una larga sobremesa y a media tarde me dirigí a Ciutat Vella, al café Concordia, en pleno barrio del Carmen. El autobús  se retrasó un poco, de manera que cuando llegué, Carlos ya llevaba un buen rato esperando. Le noté en la expresión que sentía mucha ansiedad por ponerme al corriente de lo que quiera que fuese que había descubierto. Me senté frente a él y pedí un café solo. Hacía tiempo que no iba por allí y me encontré con un local completamente irreconocible. No quedaba ni rastro del Concordia que yo conocía, un café del montón con una decoración algo anticuada y que si por algo había destacado en el pasado, además de por su excelente ubicación en pleno centro de Valencia, había sido por la simpatía de los camareros y por el buen café que en él se servía. Por el contrario, aquella tarde me encontré con un local lleno de glamour y en el que en cada rincón se rendía homenaje a los grandes actores del cine de Hollywood clásico. Según me dijo Carlos, la reforma integral había sido obra del nuevo dueño, que por lo visto era un gran cinéfilo. En cuanto me acostumbré a la escasa luz pude advertir a un Paul Newman en plenitud, que no me quitaba su magnética mirada de encima desde la pared del fondo. Al lado de Newman una arrebatadora Marilyn hacía también ojitos al público masculino. En una de las paredes laterales lucían palmito Ingrid Bergman y Humphrey Bogart en una de las escenas finales de Casablanca, secundados a poca distancia por Clark Gable y Vivien Leigh en Lo que el viento se llevó. Ahora mismo no los recuerdo a todos, pero había muchos, muchos más y yo estaba disfrutando como una loca de aquel nuevo ambiente tan cinematográfico. Sin embargo, las palabras de Carlos me sacaron de mi abstracción.

—Parece que mi llamada de la otra noche te incomodó bastante —dijo en un tono algo socarrón—. ¿Con quién te pillé? ¡Confiesa! —Su mirada era entre pícara y cómplice—. ¿Lo conozco?

No solíamos hablarnos de nuestros ligues. Teniendo en cuenta que habíamos sido pareja durante unos años, hubiera resultado algo patético. Pero me había pillado con las manos en la masa como se suele decir. Por otra parte, tampoco tenía nada que ocultarle, así que no dudé en contestar.

—Tal vez… Era Ricky. Bueno, Ricardo Ballesteros y… —apenas pronuncié su nombre pude observar cómo el rostro de Carlos se crispaba.

—¡Con ese impresentable! —exclamó lleno de furia—. ¿Cómo has podido, Sandra? ¿Pero tú sabes quién es? Además, ¿qué hombre de fiar se haría llamar Ricky pasados los cincuenta? —Ahí estuvo agudo y no pude menos que darle la razón.

La advertencia sobre Ricky de nuevo en otra boca. Ahora, volviendo la vista atrás creo que debería haberme inquietado. Pero yo no estaba receptiva, no quería escuchar. Ese hombre me había causado buena impresión, había despertado mi interés y sentía que había hecho renacer en mí una pizca de ilusión, que mucha falta me hacía. Definitivamente, no. No estaba dispuesta a dejar pasar la ocasión de volverme a enamorar por tan poca cosa. Total, ¿qué podría pasar aparte de que me rompiese el corazón? Ya estaba acostumbrada. No. No iba a dejar que nadie apagara aquel anhelo que había prendido en mi  maltrecho corazón la salida con Ricky. Le repliqué a Carlos. Con toda sinceridad, pensaba que estaba exagerando:

—De verdad, no hace falta que te pongas así. Fuimos a la ópera y luego cenamos. Nada más. Yo solo sé que es concejal. Me lo presentó Amalia hará cosa de un par de semanas. Era la primera vez que salíamos…

—Pues harías bien en no juntarte más con semejante tipejo —respondió en un tono mucho más agrio de lo que me esperaba.

—Será que tú sabes de él más que yo. ¿Por qué no me ilustras? —El hecho de que Carlos no cejara en su actitud empezaba a irritarme también a mí.

—Con muchísimo gusto, Sandra —dijo enfatizando la palabra «muchísimo»—. Según él mismo, Ricardo Ballesteros es el prototipo de hombre forjado a sí mismo, procedente de una familia muy humilde y que se ha ganado todo lo que tiene gracias a su esfuerzo.

—Entonces, no hay para tanto, ya lo ves.

—Sí, pero es que yo tengo otra versión. Justo la que él no quiere que se conozca.

—¿Y cuál es esa versión? Si puede saberse.

Conocía bien a Carlos y sabía que no soltaría a su presa así como así. A esas alturas ya comenzaba a tomar conciencia de que aquella tarde solo hablaríamos de Ricky. ¿Es que no había más temas? ¿Acaso Carlos había olvidado aquello tan importante que tenía que decirme?

—Es cierto que su familia era humilde y que prácticamente estudió toda la carrera de derecho becado, pero luego pegó un buen braguetazo al casarse con Carmen Pérez del Río.

—¿De los Pérez del Río de toda la vida? ¡Pero si esos están más que forrados! —exclamé yo, a punto de atragantarme con el café de la impresión.

—En efecto. Y como no se fiaban de semejante elemento, los padres de ella lo obligaron aceptar la separación de bienes antes de consentir el matrimonio. Aunque le compensaron luego con un puesto de directivo en una empresa de su grupo.

—Pero ahora lleva un tiempo divorciado, ya no pertenece a esa familia  —repuse yo resuelta y dispuesta a defenderlo de unas calumnias que me parecían inmerecidas—. ¿Qué es lo que tienes contra él?

—¿Aparte de que se tiró años engañando a su mujer y de que esta lo dejó hartita de cuernos?

—Sí, aparte de eso. No creo que sea algo de tu incumbencia.

Yo seguía haciendo oídos sordos. Me daba la impresión de que Carlos actuaba de aquella por simples celos. Lo cual, visto desde aquí y ahora tampoco es que tenga mucho sentido. Pero lo creía de veras.

—¿Y piensas que ahora que se ha metido en política es mejor persona? Pues ya que lo quieres saber, te diré que es un corrupto de mierda y el tiempo lo pondrá en su lugar. Estoy seguro de que este tío acabará mal.

Yo sabía que desde que ocurrió lo de Elena Carlos vivía muy obsesionado por los trapos sucios de los políticos. No se cansaba nunca de husmear en la basura ajena y a veces, más me parecía un sabueso que un periodista. Conocía su buen juicio y su ecuanimidad. No obstante, continuaba pensando que no tenía pruebas de lo que me estaba contando. Volví a dirigir mi mirada hacia Paul Newman, como si esperara que saliera de la pared de un momento a otro para acudir en mi ayuda en plan de galán clásico. No hubiera dudado en rebatirle a Carlos si hubiera sido capaz de encontrar las palabras apropiadas. Estaba convencida de que todo era un infundio por su parte. Porque no soportaba verme ilusionada. Menuda egocéntrica estaba hecha.

—Aún hay otra cosa sobre él. En realidad, el motivo por el que te hecho venir. Te prometo que no tenía ni idea de que estabas liada con él.

Apenas pude contener la ira. Las palabras se agolpaban en la garganta y tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para contestarle con la misma dureza.

—Para que te enteres: ¡no estamos «liados»! Y con quién me líe o me deje de liar yo no es asunto tuyo.

Su rostro, que llevaba ya un rato de un rojo colérico pasó en pocos segundos a un tono lívido, señal de que lo que me iba a contar a continuación era de una gravedad extrema:

—¿Sabes que antes de ser concejal estuvo unos años en la Consellería de Infraestructuras, Territorio y Medio ambiente.

—¿Por qué? ¿Acaso debería de importarme?

—Más de lo que te imaginas. Fue la época inmediatamente anterior al accidente de metro. Su opinión —y tal vez su firma también— fue decisiva para que se optara por sistema el sistema de Frenado Automático Puntual —FAP para los amigos— en lugar del sistema de Protección Automática de Trenes más conocido como ATP, por sus siglas en inglés, infinitamente más seguro, pero cuarenta veces más caro.

—¿Y eso qué tiene que ver? La culpa la tuvo el maquinista. Es la conclusión que se extrajo de la comisión de investigación que se abrió entonces. ¿O ya no lo recuerdas?

—Sandra, ¡por el amor de Dios! ¿Pero de qué comisión de investigación me hablas? ¿De esa que estuvo completamente manipulada por el partido que gobernaba? ¿De esa en la cual a la oposición se le denegó todas las comparecencias solicitadas? ¿Esa en que las respuestas de los testigos estuvieron amañadas por una consultora que contrataron ex profeso?

»¡Culpa del maquinista…! ¡Culpa del maquinista…! Qué bien les viene que también falleciera en el accidente para poder echarle toda la mierda encima. Que el sistema de seguridad fuera el peor del mercado no tuvo nada que ver con que hubiera cuarenta y tres muertos, claro que no. El que cambiaran las ventanas originales por unas que llevaban un protector de plástico para que no las rompieran los gamberros, pero después se les olvidara sujetarlas con un sistema homologado para que no se soltaran en caso de accidente, tampoco. La gente saló despedida por las ventanillas. ¿Te haces una idea, Sandra? Aquello fue una auténtica masacra. Muchos, quizás también nuestra Elena, quedaron aplastados entre los vagones y el túnel.

»Sí, es probable que el pobre hombre lo hiciera mal, que se despistara al entrar en la curva y no frenara a tiempo, que le hubiera dado un infarto o cualquier otra cosa y por ello no pudiera hacerlo aunque hubiera querido. Pero para hubiera cuarenta y tres muertos ese día, créeme, Sandra, muchas cosas más tuvieron que fallar. Y si no, a qué vinieron después todos los intentos de manipulación, incluidos los de nuestros colegas de Canal Nou por lo que siento auténtico asco.

Jamás había visto antes así a Carlos. Yo me quedé muda. Las acusaciones vertidas contra Ricky y todos los políticos pertenecientes a su partido eran muy fuertes. Pero su ataque aún no había concluido. Fue entonces cuando dijo lo que más me dolió.

—Como ves, tengo serias sospechas de que Ricardo Ballesteros es uno de los principales implicados en el accidente del metro, aunque sea de manera indirecta y circunstancial. De alguna manera, el también contribuyó a la muerte de Elena.

Otra vez Elena. ¿Pero es que no podía pasar página? Su muerte todavía lo tenía obsesionado a pesar del tiempo transcurrido. ¿Es que pensaba que a mí me dolía menos que a él? Echarme en cara que estaba saliendo con uno de sus supuestos asesinos me pareció de lo más rastrero. ¿Cómo me podía haber dicho aquello? ¿Cómo esperaba que reaccionara? Me enfurecí con él como creo que antes nunca lo había hecho. Estaba completamente fuera de mí. Le apunté con el índice acusador y le dije casi gritando sin importarme que estuviéramos en un lugar púbico:

—Eso, Carlos, eso no te lo consiento. No tienes pruebas y lo sabes. No puedes utilizar la muerte de Elena para impedirme que continúe viéndome con Ricky. ¡Mírate! Estás celoso perdido y yo no puedo más con esta situación. —Me levanté y salí sola a calle dejándolo plantado. Una vez fuera noté como se me hacía un nudo la garganta y estallé en llanto.

 

Photo by ho visto nina volare

La llama de la soledad. Capítulo 10. Una amiga es una amiga

La llama de la soledad. Capítulo 10. Una amiga es una amiga

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Al día siguiente, mientras desayunaba eché de nuevo una ojeada a la actualidad. Lo que solía hacer antes de ponerme a escribir, porque luego el trabajo me abducía y ya no tenía tiempo de nada más. La mayoría de los días, salvo que tuviera alguna reunión con Amalia o con la editorial, ya ni salía de casa. Los diarios digitales me mantenían al tanto, pero la verdad es que no sé ni para qué me molestaba en hacerlo: siempre las mismas malas noticias en los titulares. No se hablaba más que de la crisis, de la corrupción política y de los inmigrantes. Una vez que consideré que ya estaba bien informada, dejé de lado los diarios y me concentré en escribir el artículo para Hoy tendencia. No quería recibir otro rapapolvo de Amalia. La verdad es que me llevó toda la mañana, pero por fin lo tenía acabado a eso del mediodía. Me limité a enviárselo por email. No soportaba la idea de volver a hablar con ella. Desde luego, no contaba con que me llamaría al móvil a los pocos minutos de recibir mi correo. Sin embargo, yo aún estaba muy dolida por la discusión del día anterior y no dudé en rechazar su llamada. Ella, que no se dio por vencida, me envió unos wasaps. Entonces decidí bloquearla, aunque la curiosidad me pudo y antes de hacerlo leí sus mensajes:

Cielo, no me tengas en cuenta lo que te dije ayer. Me sentía muy presionada y perdí los nervios.

La frase estaba rubricada con unos bonitos corazones. A continuación me escribió:

Perdona, si es que no sabes cómo voy yo también de liada. Vamos esta tarde a tomar un café y lo solucionamos. Te quiero, guapa. Lo sabes, ¿no?

Tres caritas besuconas eran las que cerraban en esta ocasión la misiva. Pero ni por esas me ablandé. Sin ningún remordimiento por el desplante que le acaba de hacer a mi amiga, pero sí muy cansada por toda una mañana de intenso trabajo, me eché en el sofá a ver la tele un rato mientras se hacía la hora de comer. Por lo visto debí de quedarme dormida porque al cabo de un rato me sobresaltaron unos despiadados timbrazos. Cuando pregunté quién era por el telefonillo, me lleve la sorpresa de que era Amalia en son de paz y blandiendo como bandera blanca unos rollitos de primavera y otras especialidades chinas. ¡Cómo me conoce! Sabía que no me podría resistir. Me pirran los rollitos, son mi debilidad. Anótalo, mamá. ¿A qué tú no lo sabías? Aquel gesto de mi amiga me desarmó por completo: ¿cómo podría haber seguido enfadada con ella?

—¡Oh, Dios! ¡Pero cómo eres, Amalia! —le dije mientras le franqueaba la puerta ya con una sonrisa en los labios.

—¡Si la montaña no va a Mahoma …!

—¿Me estás comparando con una montaña? ¿De verdad que te parezco tan gorda? —lo dije en plan de cachondeo, pero Amalia sabía de sobra que yo me tomaba ese asunto muy en serio.

—Sí, pero no te quejes, que tener barba sería peor —dijo riendo para desviar mi atención del espinoso tema de los kilos.

En un momento preparamos la mesa de la cocina, descorché una botella de vino blanco que por casualidad tenía en la nevera y nos pusimos a comer.

—¿Cómo se te ha ocurrido venir? Podría no haber estado en casa…

—¡Cómo si no te conociera! Si es que te encierras aquí y si no viniera nadie a sacarte, te pasarías las semanas enteras sin ver la luz del día. ¿No ves lo pálida que estás?

En aquel momento me miró con esos ojos suyos azules tan increíbles y continuó hablando, esta vez dejando un lado el tono de recriminación con el que había empezado.

—Vale… Y porque te lo debía. Lo del otro día estuvo mal, pero que muy mal, lo reconozco. ¿Me perdonas? —añadió haciéndome carantoñas.

—¿Que si te perdono? Ahora en cuanto terminemos, recoges tus cosas y te vas por donde has venido? —Casi me muero de la risa al ver la cara que ponía, la pobre. Así que tuve que acabar rápido con la broma—. Pues claro que te perdono, mujer. ¿Para qué están las amigas si no? Pues para gastarse putadas y perdonarse después —respondí a la pregunta que yo misma había formulado.

Luego preparé café y pasamos a tomarlo al salón.

—¡Oye! ¿Y te ha llamado Ricardo Ballesteros, el concejal? No te puedes imaginar lo pesado que se puso el hombre para conseguir tu número. Le estuve dando largas desde lo del Nuevo Ateneo, pero la semana pasada me pilló en un momento flojo y me lo sacó sin que me diera ni cuenta. ¡Qué insistencia la de ese hombre!

—¿Y se puede saber por qué no se lo querías dar? —pregunté algo molesta—. ¿Desde cuándo te has convertido en mi carabina? ¿Pues sabes qué te digo? Que es un tío de lo más encantador.

—Entonces sí que te ha llamado. Por favor, Sandra, dime que no has salido todavía con él.

—¿Y por qué no habría de hacerlo? Para que los sepas, hace dos noches… Me llevó a la ópera y luego a cenar —puntualicé—. ¿Ves ese ramo de rosas? —lo tenía colocado bien visible en una de los estanterías  y lucía en todo su esplendor—, pues tuvo el detallazo de enviármelo al día siguiente, o sea ayer. ¿Qué pasa? ¿No crees que ya soy mayorcita para decidir con quién salgo y con quién no?

—No te lo tomes por la tremenda, Sandra, que solo me preocupo por ti. Tiene fama de seductor, por decirlo finamente. Aunque con un poco de suerte tú ya eres demasiado mayor para él. Dicen que le gustan muy jóvenes…

—No digas tonterías, Amalia. Se ha fijado en mí y ya tengo treinta. Así que tan jóvenes no serán —lo defendí.

—Tú verás, pero que sepas que sé todas sus ex echan pestes de él, y la que más su exmujer.

—Entra dentro de lo normal, ¿no? —respondí indignada—. Si todo fuera de color de rosa, Ricky…

—¡Huy, que lo has llamado Ricky! —Su gesto risueño se tornó en un aspaviento—. Ahora sí que estás  perdida—apostilló riendo.

—Pues eso… que seguiría con alguna de ellas y no saldría conmigo —dije retomando el hilo de la conversación—. Si tuviera que descartar a todos los hombres cuyas ex van diciendo algo malo de ellos no encontraría con quién salir. Además, ¿no lo dirás porque tú eres una de ellas?

—¡Mira que eres, hija…! ¡Es que todo lo sacas de quicio! Yo te aviso porque soy tu amiga. Y sí, ya que ha salido el tema: quedé con él un par de veces hace ya un tiempo. Pero no llegamos a nada, aunque él me entró con todo, para que lo sepas. Pero no sé… ese tío tiene algo que no me termina de gustar.

No me tomé bien la advertencia de Amalia. La creí exagerada y sin fundamento. Por el contrario, parecía que el interés que mostró en que no saliera con Ricky me incitó aún más. El resto de la tarde transcurrió con una disertación casi científica sobre la cuestión, hasta que Amalia se marchó, pasadas las diez de la noche. Y aunque no pudimos ponernos de acuerdo sobre aquel tema, al menos habíamos hecho las paces. Yo sabía que pasara lo que pasase Amalia siempre estaría de mi parte.

Al día siguiente fue Carlos quien me llamó a eso de media mañana. Me dijo que necesitaba verme sin falta. Lo noté muy alterado. Tenía que contarme algo muy importante que había descubierto. Por más que insistí no quiso adelantarme nada por teléfono, quería decírmelo cara a cara. Nos citamos el domingo por la tarde en un café del centro.

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