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Cuando mi hija vino con su familia a vivir con nosotros, trajeron consigo a su gata. El felino en cuestión era hija de una de las gatas que merodeaban por nuestro jardín. Había parido dentro de la cavidad del tronco de un enorme árbol: un algarrobo, amigo de cobijar toda clase de pájaros, roedores, y por lo visto también de gatas parturientas. Aquella noche había llovido y el agujero se llenó de agua. Sus maullidos lastimeros nos llamaron la atención y la pudimos salvar, no así a su hermanito.

Había tantos gatos en la masía que pensamos llevar la gatita a casa de nuestra hija para que la cuidaran. A mi nieta le iba a encantar.

Y he aquí que la gatita se convirtió en una hermosa hembra siamesa de ojos grandes redondos y curiosos y ahora volvía al lugar donde había nacido. Su llegada fue de lo más caótica; acostumbrada como estaba a ser la única y la mimada de la familia. Por supuesto, no quería salir de casa para juntarse con la “plebe” y aunque tenía, como siempre, su caja para atender sus necesidades, se dedicó a dejarnos sus “regalos” por toda la casa y en los lugares más imprevistos.

Pensamos que era una actuación lógica debida al cambio. Pero como continuaba con su actitud rebelde yo la perseguía y la llamaba “cochina”. Esto hizo que entre la gata y mi persona estallara una especie de guerra fría, bueno, -a veces no tan fría- y ello impedía que naciera la amistad entre nosotras.

Un día me paré delante del espejo y me dije a mi misma. “¿Qué haces?, es una gata, así no vas a conseguir hacer las paces”. Pues nada, cambié de actitud. La conquisté con lonchas de jamón de York y, nos hicimos tan amigas que incluso subía a mi habitación para que la dejara salir por la ventana a tomar el sol en el tejado.

Pronto comencé a entender qué decía el tono de sus maullidos- “Quiero salir, quiero entrar, gracias…” ¡Todo un éxito!

Una noche comenzó a maullar desde fuera de la casa hasta que me despertó. Decía “Quiero entrar” y mientras me desvelaba añadió “¿Estás dormida?” Me levanté para abrir la ventana y antes de llegar dijo “Vale” y se marchó.

Me quedé muy sorprendida por la inteligencia que mostraba aquella bola de peluche que, cuando se enfadaba arañaba y mordía como un tigre. Y  a pesar  de que “genio y figura, hasta la sepultura”, aquella noche me mostró su sensibilidad y comprensión.

 

 

Mi pasión, mi necesidad: escribir, comunicarme, penetrar en el mundo de las pequeñas cosas; unirme a la vida y contagiar.

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