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—Señor, ¿no lo hice bien? —Preguntó con un hilo de voz, llena de miedo—. ¿Vas a mandarme al infierno?……

—No temas —le dijo aquel ser con dulce voz—. No existe el infierno. Es este un estado creado por el propio hombre. Vosotros creáis vuestro propio infierno cuando actuáis en contra de las leyes naturales. Cuando, por egoísmo, os creéis tan importantes que despreciáis a vuestros semejantes. Cuando, os convertís en prisioneros de pensamientos inútiles, objetos innecesarios y esquemas y opiniones propias. Luego clamáis por la libertad sin aceptar que solamente cada uno tiene la llave de su cárcel. Este es vuestro infierno. Pero yo puse una voz dentro de ti, una voz que intentaba mostrarte el camino. Aquella voz que no te gustaba, no era el diablo, era mi voz. Estabas tan centrado en tus ideas que viviste inconsciente de mí, dejando, por comodidad, que otros señalaran tu camino.

«Has de saber que el único que te dirá lo que debes hacer, es ese guía interior, el que está unido a mí. Ese que ahogabas.

¿Quién te dijo que eras el dueño de la vida de tus empleados? Yo no dejé escrito nada de eso. ¿Quién te dijo que tu esposa te pertenecía? Si recuerdas bien te dije “Compañera te doy, no esclava” Algo te fue olvidado. ¿Quién dijo que el acto sexual era pecado? Yo nunca condené el acto más sagrado de la expresión del amor que une dos seres. ¿Quién dijo que durante ciertos días del año debías abstenerte de ciertos alimentos si no pagabas por consumirlos?

Yo puse en vuestras manos un planeta entero y lo único que os pedí fue que lo amarais y fueseis agradecidos con los seres que ofrecen sus vidas para serviros de alimento. Yo no necesito templos. Mi templo está en tu corazón.

No permitiste que tus hijos siguieran los deseos de su corazón y marcaste sus vidas.  Gobernaste también sobre la vida de los demás con prepotencia. Tu soberbia abrió la puerta a eso que llamáis infierno. Debes volver a la tierra para aprender de tus errores y procurar vivir de acorde con la luz de tu interior.

Nacerás en una familia humilde, solo tendrás lo necesario para subsistir y tu propia inquietud te llevará a luchar por la igualdad»

El alma, desconcertada, no entendía nada. Los valores adquiridos estaban tan apegados a su mente que no acertaba a ver más allá. En aquel momento se le antojó que lo que hacían con ella era una injusticia.

Un ángel le tomó de la mano y lo acompañó a la estación. El tren de la reencarnación estaba a punto de partir. Había un mostrador y, tras él, otro ángel le pidió sus vestiduras. Él dudaba, le daba vergüenza enseñar su cuerpo desnudo.

—Me da vergüenza —dijo— ¿Me lo podríais quitar cuando esté muerto?

—Ya estás muerto —le contestó—. Vas a nacer de nuevo y debes hacerlo completamente desnudo.

Se desnudó y el ángel volvió a hablar.

—Acércate y dame todos tus recuerdos. —Y sin darle tiempo a reaccionar, puso su mano sobre la frente del alma recogiendo una esfera de energía que guardó en una cajita de plata.

El tren silbó tres veces. —Date prisa— le dijo su acompañante —No debes perder este tren.

El alma, sin ropa y sin recuerdos subió al tren y, antes de partir le preguntó al Ángel que le había dado la bienvenida.

— ¿Tú eres Dios?

—Y tú también, todos tenemos una pequeña parte de Él y, aunque ahora no lo comprendas, en Él somos uno.

Y aquella alma, mientras viajaba hacia su nuevo nacimiento, desnuda y desconcertada, se preguntaba qué le había dicho aquel Ser, que él no comprendía y qué lugar era aquel donde la luz no cegaba y los ángeles no llevaban alas. Y mientras su conciencia se sumergía en la oscuridad, le envolvió un dulce sueño del que despertó cuando un pequeño cuerpo, tembloroso, estalló en llanto.

— ¡Es una niña dijo alegremente una voz!

Mi pasión, mi necesidad: escribir, comunicarme, penetrar en el mundo de las pequeñas cosas; unirme a la vida y contagiar.

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