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El cielo era gris, opaco y pesado, con esa sensación de que iba a derrumbarse de un momento a otro. De norte a sur, de oriente a occidente, ni una sola nube se había atrevido a viajar por aquella pista, lisa y sin vida. Era como si los ángeles hubieran cubierto el celeste con un manto de tristeza. El campanario de la iglesia volteaba su campana cansinamente y con melancolía: anunciaba la muerte de un hombre justo.

Por la calle mayor se desplaza la comitiva que acompañaba el ataúd hasta el cementerio. Acababa de morir un hombre bueno. Un hombre que dejaba tras de sí una numerosa familia y muchos amigos.

Nadie sospechaba que no había muerto, sino todo lo contrario: había nacido a una nueva vida. Por eso todos estaban encogidos derramando lágrimas de dolor. Un dolor egoísta porque se iba aquel que de algún modo y en varias ocasiones les había solucionado la vida. Era el dolor del nunca más, el de…¿y ahora como soluciono esto o aquello?.

El alma del hombre justo dejó aquel cuerpo enfermo que ya no le servía para estar en el mundo que llamamos, el de los vivos, para acercarse al tribunal de Dios, en donde le habían dicho que hay una balanza que pesa las buenas o las malas obras para designar qué lugar le correspondía  a cada alma para toda de la eternidad.

El cuerpo mortal quedó en la tierra, quien, hambrienta y sin piedad lo descompondría recuperando así lo que era suyo: La materia que había prestado para que aquella alma pudiera experimentar la vida humana por un tiempo.  Y el alma fue absorbida por un mundo de luz que lo inundó de paz, un mundo que ya conocía porque se lo describían los libros sagrados. Aquel mundo debía ser el cielo.

Llegó, delante de lo que ella creía era el tribunal de Dios, con la cabeza agachada y los ojos fijos en el suelo. Quería presentarse de la forma más humilde posible; ella sabía que había sido un hombre justo y bueno y en el fondo se sentía orgullosa de las experiencias vividas en la tierra, por eso esperaba el premio que le habían dicho que Dios otorgaba a las almas obedientes y que al igual que ella, actuaban con bondad.

Miro, casi sin atreverse porque su religión así se lo había enseñado, a aquel Ser que lo observaba con bondad. Era muy hermoso, lleno de luz y con una mirada tierna y comprensiva. No poseía alas, por lo que pensó que no era un ángel sino un ser muy importante enviado para recibirle. Ahora seguiría su existencia a la derecha del Padre, con una vida eterna llena de felicidad.

—Bienvenida hija, te estaba esperando. ¿Qué tal ha sido tu experiencia en la tierra?

—Señor —Dijo el alma—. He sido un hombre justo.

Y seguidamente comenzó a ponerle al corriente de todo lo que había vivido, con la seguridad de que el premio que recibiría sería de la misma valía que su bondad.

He amado y he ayudado a mis semejantes. He trabajado día y noche para sacar adelante  mis diez hijos. He protegido y he respetado a mi esposa. He ayunado los días prescritos por tu iglesia. Y he ofrecido todas las fiestas a tu nombre para alabarte y descansar. No he faltado ningún día a tu iglesia tal y como tú lo ordenaste.

—Todo esto lo sé —Dijo aquel Ser sin dejar de sonreír— Viviste como hombre, tal y como tu entorno te enseño, pero yo deseo ir más allá. No a lo que hiciste como hombre sino lo que como alma aprendiste. Quiero escuchar la voz de tu interior, esta que te llamaba y que tú nunca escuchaste. Esa voz que te inquietaba y no te dejaba dormir, esta que tu ahogabas y  te hacía sentir mal. Es de esta voz de lo que quiero que me hables.

El alma del hombre justo no entendía muy bien lo que aquel Ser esperaba de él y pensó que tal vez, en el cielo, se hablaba de otra manera. Hizo un esfuerzo para ordenar sus ideas y le contestó.

—¡Ah sí! Debes referirte a aquella voz que de vez en cuando me despertaba y me llenaba de angustia. La voz del diablo. Este ser es muy listo y me tentaba en muchas ocasiones. Quería manipularme con estas voces que me quitaban el sueño. Si las hubiera escuchado y las hubiese obedecido ¿qué habría sido de mí y mi familia? Me decía que repartiera mis propiedades entre los pobres, que son pobres porqué Tú lo has decidido, y habría privado a mi familia del bienestar y las comodidades que se merecían. También me decía que repartiera los beneficios de mi fábrica con los trabajadores y eso habrá sido catastrófico porque yo necesitaba ampliar mi negocio y necesitaba este dinero, que era mío, porque la fábrica funcionaba por mi previsión y mi buena dirección, ampliando el negocio que daba trabajo a más personas y eso era bueno. Y a pesar de que aquella voz me decía que estaba perdiendo el tiempo, yo iba a tu iglesia cada día a rezar por la paz del mundo y a pedirte que mis negocios siguieran funcionando, mi familia tuviera salud y pudiéramos vivir como nos corresponde a quienes confiamos y creemos en ti. Cuidé de mi esposa rodeándola de servidores y de lujos. Yo pensaba por ella y ella estaba siempre muy bonita para mí y eso favoreció que tuviéramos una familia numerosa obedeciendo a aquel mandato tuyo “Creced y multiplicaros”. Mis hijos fueron educados según tus preceptos y ahora tres de ellos forman parte de tu rebaño dentro del sacerdocio. Siempre ayuné los días prescritos por tu ley y cuando la enfermedad me lo impidió pagué la bula para así participar en la construcción de tu iglesia. ¡Me diste tanto Señor! Siempre estabas en mi pensamiento y yo vivía para adorarte.

El rostro de aquel Ser era imperturbable, no había cambiado su expresión, entonces el alma comenzó a temer:

—Señor, ¿no lo hice bien? —Preguntó con un hilo de voz, llena de miedo—. ¿Vas a mandarme al infierno?……

Seguirá

Mi pasión, mi necesidad: escribir, comunicarme, penetrar en el mundo de las pequeñas cosas; unirme a la vida y contagiar.

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