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José Antonio era, según la jerga del pueblo, lo que llamaban un chulo.  Era alto, delgado, de tez morena, ojos oscuros y penetrantes y lucía un bigote al estilo del actor Errol Flynn. Caminaba por la calle muy seguro de sí mismo y miraba a las mujeres con la actitud autosuficiente del macho que se sabe deseado por las jovencitas que recién despiertan a los juegos amorosos. Pero José Antonio a pesar de este estilo que desplegaba de hombre capaz de comerse el mundo, no tenía un duro, por eso a pesar de que le gustaban mucho las jovencitas, vamos, que se le hacía la boca agua cuando las veía pasar por delante de su establecimiento, se dedicó a cortejar a dos hermanas ya entradas en años, esperando ver cuál de ellas “caía” primero.

Cuando José Antonio llegó al pueblo, nadie sabía de dónde venía ni qué clase de hombre era. Se instaló en una de las habitaciones que alquilaba el dueño del bar dedicando la mayor parte del tiempo al juego. Casi siempre ganaba, con lo cual pagaba el alquiler y la comida, pero no le duró la suerte, pronto le calaron y  poco a poco los hombres dejaron de jugar con él. Viendo el panorama que se le presentaba indagó, hablando con unos y con otros, qué podía hacer. Así fue como se enteró de la existencia de las dos hermanas. En el pueblo se decía que debían tener una pequeña fortuna, las dos trabajaban y no se las veía malgastar el dinero. Tenían una casa en propiedad con unos bajos que alquilaban ocasionalmente.

Ahí empezó todo. Fue a verlas para alquilar el local que tenían en la parte baja de la casa; dijo que sabía remendar calzado y que les pagaría en cuanto empezara a trabajar.

Al cabo de una semana abría sus puertas el nuevo “zapatero”. Enseguida corrió la voz, era joven, guapo, y trabajaba bien, pero aún y así no le llegaba el dinero para el alquiler, la comida y algún que otro vicio. Tenía que encontrar una solución y esta no se hizo esperar. ¡Ahí estaba!, dos hermanas solteras, posiblemente con muchas ganas de encontrar marido. Si conseguía casarse con una de ellas se convertiría en el dueño de la casa. No tendría que pagar alquiler, le prepararían la comida, le lavarían la ropa… un verdadero chollo. Si le salía bien viviría como un rey y no por ello dejaría de flirtear, visitar a las señoras de vida alegre y hacer lo que le viniera en gana.

Rosa y Paula, aceptaban encantadas los piropos que aquel “pavo” presumido les dedicaba. Aunque ya se les había pasado el tiempo de pretender encontrar marido, les alagaba que un hombre dedicara su atención en cortejarlas. Así que idearon un plan. Una de las dos podía echarle el anzuelo, el mozo era guapo, nada despreciable. Sus vidas podían cambiar totalmente. Tal vez la llegada de un bebé y un futuro diferente al que, en aquellos momentos percibían en  el horizonte de sus vidas. Lo echaron a suertes y la elegida fue Rosa. Dado que, tanto Rosa como José Antonio habían pensado en el matrimonio, sin haberse confesado los motivos mutuamente, cada uno de ellos creyó que realmente el otro estaba enamorado.

Pronto se casaron y  José Antonio pasó de dormir en la trastienda a ocupar una habitación de matrimonio en el segundo piso. Durante las primeras semanas se sintió como había pensado: como un rey. Ambas hermanas lo cuidaban con esmero. Cocinaban lo que a él le gustaba y permitían que se quedara con una buena parte de lo que ganaba con su oficio de remendador de calzado, para sus gastos. Los problemas comenzaron el día que, sin dar explicaciones, se ausentó toda la noche. Había ido a ver a su amiguita de la casa de citas, se emborrachó y llegó bien entrada la madrugada.

Rosa le increpó duramente y cuando él dijo ser el hombre de la casa y que por ello no tenía por qué dar explicaciones le dio un soberano bofetón añadiendo que a partir de aquel día cumpliría con ella y sus deberes conyugales todos los días, que no tenía por qué buscar fuera, lo que tenía en casa. Y no solo eso: dejaron de cocinar lo que le gustaba y se acabaron las atenciones.

Antes del año, Rosa tuvo un bebe y José Antonio cambió. Se convirtió en un hombre mustio y triste, como si estuviera acorralado en una vida que no le gustaba. La gente del pueblo lo mira con pena porque sabe lo que él jamás ha pensado. Había sido utilizado.

Mi pasión, mi necesidad: escribir, comunicarme, penetrar en el mundo de las pequeñas cosas; unirme a la vida y contagiar.

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