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El día de los muertos, aquella aldea no visitaba el cementerio para poner flores a sus difuntos. Pocas flores había,  el aire llevaba tres días despeinando el pueblo. El cura había salido temprano acompañado de cuatro mujeres vestidas de negro y un monaguillo que llevaba un cubo con agua y sal para proteger las casas de los hechizo. Cada año, algún lugareño tenía una premonición fatídica. Por eso el cura había hecho un conjuro. Se detenía en cada casa, rezaban en voz baja y luego echaba un puñadito de sal sobre la puerta. El miedo recorría la espalda del cura, no sabía por qué. La aldea era pequeña, terminaron en un par de horas.
El viento silbaba la canción de “Quédate en casa” y una premonición acechaba. El viento tiró  la maceta de un balcón dando sobre la cabeza del cura. Se había olvidado de echar sal sobre sí mismo.

Mi pasión, mi necesidad: escribir, comunicarme, penetrar en el mundo de las pequeñas cosas; unirme a la vida y contagiar.

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