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El día se ha hecho pequeño y solo le queda un suspiro para cerrar los porticones de su ventana y echarse a dormir. La abuela noche abre su manto sembrado de estrellas y lo acoge para que descanse y en sus sueños, pueda tejer un nuevo día cargado de aventuras, ilusiones, y nuevos proyectos.
El día sueña, sueña con un amanecer de colores, de rocíos que saben besar, de flores que esparcen su perfume mientras nos hablan del placer de dar, de sonidos amables que nos enseñan a hablar con respeto y ternura, de sensaciones que engrandecen el alma para que cada célula de nuestro cuerpo responda al amor que puso en cada partícula Aquel que nos creó. El día sabe; y así como nosotros nacemos pequeños para engrandecernos, él nace grande con su saco cargado de sueños que irá desgranando a lo largo de sus horas hasta vaciarse por completo.
El día es paciente y conoce a aquellos que lo esperan vibrando con su amanecer, aquellos que absorben su primera sonrisa, aquellos que palpitan al unísono con su corazón. Y porque es paciente vuelve y vuelve cuando la noche le cede su espacio aunque sus ojos vean el horror y el sabor agridulce de un mundo niño que todavía no “comprende”. Y así nace, después de cada noche trayendo consigo también las lecciones que si son aprovechadas nos darán paso a una nueva visión.
¿Y si algún día ya no hay noche porque nos habremos ganado el nacimiento de otro sol?

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