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La estaba mirando desde lejos; al otro lado de la pista de baile, entre pareja y pareja divisaba la barra y el taburete alto en donde ella, sentada, tomaba un refresco. Hacía tiempo que la conocía, no recordaba de qué, pero lo cierto es que se saludaban siempre que se encontraban en algún lugar.
Hoy, tal vez por llevar una copa de más, sentía la necesidad de estar cerca de ella, rozarle la mano, acariciar sus mejillas… besarla. Un beso rápido, furtivo, robado; oír su voz, embriagarse con su perfume, inundarse de su alegría, de su risa, pero… Ella tenía pareja, además masculina; sus pretensiones rallaban lo imposible. El hombre, su hombre, no se alejaba de ella. Era extraño que no salieran a bailar ya que ambos movían los pies al ritmo de la música.
De pronto una idea loca pasó por su mente. Si le salía bien podría realizar su sueño. Ella también era bonita, si se lo proponía podía encandilar al hombre que, por momentos parecía estar muy aburrido. Se acercó y los saludó.

—Hola ¿No bailáis? La fiesta está muy animada.
—De momento no — contestó ella.
—Puedo llevarme a tu pareja, si él quiere, claro.
—Si él quiere, todo tuyo.
Martín, sorprendido, aceptó y cogiendo la mano femenina que ella le ofrecía se dejó llevar hasta el centro de la pista.
Isabel, desde su taburete en la barra les observaba sin ninguna sensación especial. Aquella tarde, en el trabajo, se había torcido un tobillo y, lógicamente no le apetecía salir a la pista de baile, vamos, que le dolía tanto que aunque hubiera tenido ganas, no podía. Habían ido a la fiesta del barrio para que las niñas se divirtieran: subieran al tiovivo y tomaran unos xurros.
Terminó la pieza musical y observo como su marido desplegaba todas sus dotes de conquistador; estaba pletórico porqué una preciosa mujer le había invitado a bailar. Esta le escuchaba en silencio como si no le importara la conversación y cuando anunciaron que la próxima pieza era un vals, ella le cogió de la mano y le ofreció un cambio de pareja con una amiga suya que no conseguía que nadie la sacara a bailar.
Libre ya, la mujer tenía por delante la oportunidad de acercarse a Isabel. Se sentó a su lado y la miró llenándose de una dulce sensación porqué, Isabel emanaba una mágica energía que penetraba por todos los poros de su piel.
—Hola otra vez —le dijo mientras acariciaba su mejilla, y al ver que ella no rechazaba la caricia, se acercó poco a poco y la besó. Se estremeció con el contacto suave y tibio de sus labios rosados y, por un momento compartieron una sensación que iba más allá del simple beso.
Pensó en dos soles que chocaban y estremecían el universo. En dos olas que batían unidas los arrecifes de una costa lejana. En dos antorchas unidas que iluminaban el planeta. En un hola y un adiós. En un momento que no se puede retener, porque la retención lo desintegraría. Ahí quedaba como una esfera mágica dando vueltas por el espacio sembrando pequeñas motas de amor.

—Tengo que llamar a las niñas —Dijo Isabel, separándose— Y es muy tarde para ellas. —Ahí viene mi marido. Gracias por el beso.
Efectivamente él se acercaba en busca de aquella bella mujer que incomprensiblemente le había dejado a merced de otra mujer mucho menos agraciada. Llegó y antes de que pudiera decir nada Isabel lo cogió del brazo
—Vamos cariño, ya es tarde para las niñas, además el pie me duele enormemente.
Al día siguiente en el desayuno Martín presumía:
— ¿Viste? Todavía soy un conquistador. Aquella hermosa mujer no se pudo resistir a mis encantos. Si estuviera soltero las tendría así —Juntó los dedos de la mano y la puso delante del rostro de su mujer repitiendo —así, así.
—Martin, dios, deja de hacer el ridículo. Con quien quería estar era conmigo y se las ingenió para alejarte de mí.
— ¿Cómo lo sabes, presumida?
—Porqué me beso, y fue un beso tan enorme y profundo que me llegó al alma.
—No me lo creo—No se lo iba a creer, de hacerlo ¿Dónde quedaba el respeto a su hombría?

Photo by Gonmi

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Mi pasión, mi necesidad: escribir, comunicarme, penetrar en el mundo de las pequeñas cosas; unirme a la vida y contagiar.

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