0.00 Promedio (0% Puntuación) - 0 Votos

Continuación

«Era una noche sin luna, las estrellas brillaban con un fuerte resplandor cegado a pequeños intervalos por las nubes que  viajaban empujadas por una brisa suave y caliente. El olor a mar, a peces, a sal… era muy intenso. El timonel canturreaba adormilado, tal vez por una copa de más, apoyado en la rueda del timón. El farol que colgaba de la puerta que daba acceso al camarote del capitán, danzaba proyectando pequeñas sombras conocidas por todos. Una noche más de tantas y tantas otras noches en medio de la nada. Yo era entonces muy joven, mi mente estaba llena de sueños y mi corazón deseaba vivir intensamente. Había terminado mi tiempo de guardia; ya podía largarme a descansar. Pero, aquella noche, aquella noche no tenía ni el más tenue atisbo de sueño. El mar había estado tranquilo durante dos jornadas enteras y ya me empezaba a aburrir. Sin cansancio no había lugar para el descanso. Como tantas otras veces, durante las noches oscuras, me sentía muy inquieto, un temblor dentro de mi cuerpo anunciaba que algo realmente hermoso iba a ocurrir. Empecé a caminar hacia la cubierta de popa, me acerqué a la barandilla y me quedé, absorto, mirando la negrura que rodeaba la embarcación. Unos metros más abajo estaba el mar lamiendo amorosamente el casco del barco. No lo veía, pero oía el chapoteó del agua. Carraspeé con los codos apoyados en la barandilla y la cabeza entre las manos. Había embarcado ávido de aventuras y, de momento, me estaba aburriendo enormemente. Fue en este preciso instante de abandono cuando vi una luz plateada moviéndose cerca de la embarcación. No distinguía que podía ser aquel  resplandor parpadeante, hasta que de pronto la vi, no sé como la vi, la noche era negra; tal vez el fulgor de alguna estrella, tal vez… pero el caso es que la vi. Era una sirena».

Juan Luís estaba escuchando atentamente el relato de José y, cuando este afirmó haber visto una sirena, abrió desmesuradamente los ojos en un gesto de asombro. También la abuela contaba historias de sirenas y brujas, al calor del hogar.

Los relatos de la abuela, la mujer que más influenció en su vida desde la niñez, acaparó su mente alejándo su atención de la historia de José. La voz del marinero pasó a segundo plano, como un soplo lejano, el mismo que abatía la persiana del ventanuco de la cocina de su hogar, desde diciembre a marzo.

«En invierno los pescadores no se hacían a la mar. Tal vez alguna mañana tranquila y soleada  – cosa nunca segura en aquellas latitudes-  algún valiente se acercaba a los conocidos bancos de sardinas; pero debía cuidar muy bien de volver antes de las cuatro de la tarde, pues a partir de esta hora comenzaba a soplar el Levante, un viento incierto del que nadie conocía como iba a actuar. Algún viejo pescador había anotado en su libreta todos las señales que le pudieran aportar algún dato sobre su comportamiento, pero nunca había conseguido un conocimiento total. Los días nunca eran iguales, y jamás se repetían; en cuanto asomaba el atardecer, aparecía el soplo sutil que acababa convirtiéndose en huracanado. La inteligencia indicaba que no debían salir a pescar. Algunas viejas mujeres decían que en los momentos más apoteósicos de la ventolera, habían visto a las brujas bailar montadas en sus escobas, mientras la furia del viento levantaba la arena del litoral y arrastraba las hojas y las ramas secas que descuidadamente había dejado el otoño en las calles y plazas»

Para Juan Luis, el invierno  era una de las mejores épocas del año. La cocina,  la  habitación  más grande de la casa,  se transformaba en el espacio preferido por sus cuatro habitantes.  Allí se realizaban todas las actividades diarias: Cocinar, comer y echarse una siesta. Esto último lo hacía su padre sin soltar la pipa de su diestra, en un vetusto sillón. Por las tardes, a primera hora,  frente a la luz directa de la pequeña ventana la abuela remendaba las redes mientras su madre  cosía, planchaba o lavaba la “ropa pequeña” en la pila del fregadero. En verano todo el mundo andaba disperso. Pero en invierno había unidad y algo mucho mejor: El fuego que ardía con viveza en la chimenea.

Frente a las llamas, la abuela contaba historias de pescadores a Juan Luis, lo cual agudizaba la natural curiosidad del muchacho hasta tal punto, que las recopilaba todas en un cuaderno de espirales con tapas verdes y hojas cuadriculadas. Cuando apareció José, el marinero, también empezó a escribir lo que el hombre contaba, en la misma libreta, pero empezando por el final: Le dio la vuelta y, si en la cubierta había anotado «Cuentos de la abuela», en la parte posterior anotó «Cuentos de José».

A Juan Luis le encantaba la abuela, (ya he comentado que era la mujer que más influenció en su vida) porque era creativa y todo cuanto había a su alrededor tenía vida propia. Esta era su cualidad innata. Nadie se aburría a su lado, nadie podía excusarse del trabajo, nadie se sentía solo. Algunas veces la habían comparado con el lado benefactor, si es que lo poseía, del viento de levante.

Era una mujer de setenta años que todavía conservaba algún cabello de su color natural: un negro azabache que contrastaba con la blancura de su rostro y el tenue color sonrosado de sus mejillas. Al hacerse mayor, su cabello perdió vitalidad y poco a poco emblanqueció haciéndola más hermosa porque el contraste se fue suavizando y la expresión de la mujer también. Tal vez fueran las vivencias de una larga vida llena de dificultades lo que  suavizó su expresión. Sabido era que ningún pescador se hacía rico por mucho que se hiciera a la mar. Por el contrario, de vez en cuando alguno no volvía. Así lo vivió ella cuando solo contaba cuarenta años.

Se llamaba Alba porque había nacido justo cuando el sol sorprendía con sus potentes rayos, un cielo azul oscuro, presagio de tormenta. No había sido una mujer de buena estatura, y menos ahora que la edad la había encogido;  tenía un genio vivo y una vitalidad sorprendente que todavía conservaba, pero que había sabido domar, -por el bien de todos-. Normalmente vestía colores oscuros: Una falda negra, larga hasta el tobillo y una blusa a cuadros pequeños, gris y blanco; a veces se ponía un pañuelo en la cabeza -negro también-, cuando iba a salir, pero en casa lucía un moño trenzado con gran perfección. Había aprendido a peinarse sin que se le escapara un solo cabello de la trenza porqué jamás se había cortado el pelo. En esto Juan Luis, se parecía a la abuela: no le gustaba el pelo corto…

A lo que íbamos (Cuando hablo de la abuela, me pierdo, es que me tiene fascinada). Decía, que en invierno, frente a la chimenea, Juan Luis, disfrutaba de lo lindo escuchando los cuentos de la abuela. Menos mal, porque tantas horas dentro de casa ¡Dios qué aburrimiento!, escuchando los latigazos del viento y preguntándose, qué se habría llevado por delante. (Continuará)

Mi pasión, mi necesidad: escribir, comunicarme, penetrar en el mundo de las pequeñas cosas; unirme a la vida y contagiar.

Últimos post porMontserrat Palau Iglesias (Ver todos)

Deja un comentario