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La abuela contaba muchas historias a Juan Luís: Leyendas que, los paisanos del lugar, transmitían  boca a boca, a través de las generaciones. Pero ella tenía su propia historia que rara vez recordaba y menos aún, contaba a los demás. Una imagen cruzó por su mente: El día que su hermana fue a visitarla, tras la muerte de Pedro, su marido

–¿Cómo te vas a apañar con la pequeña, ahora que tu marido ha muerto?  –le dijo socarronamente–.  Y mira que te lo dije “no te cases con un pescador” ¿Acaso no viste los apuros de madre cuando padre desapareció tragado por las olas y jamás encontraron su cuerpo? Tuvimos que ponernos de sirvientas en la taberna, con solo doce años, y aguantar las sandeces de los marinos que periódicamente desembarcaban en el puerto. Si te hubieras venido conmigo a la capital “otro gallo te cantara”. Ya me ves a mi –continuó levantándose de la silla y mostrando su discutible esbeltez–; luciendo ropas de colores, siempre lista de peluquería, las uñas pintadas y sin “patas de gallo” alrededor de los ojos. Pero claro, yo no elegí marido como tú que te dejaste deslumbrar por la sonrisa de Pedro. Yo fui inteligente y, aunque mi marido me lleva 10 años, nunca me ha faltado de nada. Todavía estás a tiempo de venirte conmigo, ahora que has enviudado y te quedas sola con la niña –levantó la cabeza altivamente sacando los guantes de su bolso de piel marrón, cómo si tuviera la intención de marcharse– De momento podrás quedarte en casa y ayudar a la cocinera: salir de compras con ella, preparar los menús…, sobre todo  los platos marineros que tu conoces muy bien; o si lo prefieres puedes planchar y coser; en casa se lava mucho y siempre hay ropa para arreglar. Puedes estar muy entretenida. En cuanto a la pequeña, justo cuando cumpla los cuatro años le buscamos una escuela apropiada.

La abuela Alba, serena, sin que la actitud de su hermana hiciera mella en su dolor, sonrió tristemente.

–Ya veo, hermana, que te preocupas por mí, aunque seguramente no tienes idea de lo que pasa por  mi mente, ni lo que siente mi corazón. Amé mucho a mi marido, y lo seguiré amando hasta que la muerte me lleve a su lado, pero éste amor estuvo siempre acompañado del mar, del cielo, del sol que alumbra nuestro puerto y que es único en el mundo; de estas casas, de cada una de sus paredes blancas, de las leyendas que nos hacen sentir vivos porque a través de ellas existimos –Se levantó también acercándose  al dintel de la puerta, siempre abierta en verano, y dejó correr su mirada por el blanco cegador de las casitas de pescadores. Luego se volvió mirando a su hermana, sin rencor–. Pero tú… ¿Qué sabes tú de todo eso?. Tu corazón está dormido ¿Qué hay en la capital que pueda llenar cualquier vacio? ¡Ah! Olvidaba que tú no entiendes de esas cosas. Yo no cambiaría por nada del mundo los diez años que viví junto a Pedro, las veces que me llevó con él a la pesca de la sardina  –Con el recuerdo de Pedro, Alba levantó la voz, festiva, sintiendo el calor de su marido recorriendo los poros de su piel–, y otras tantas que se arrodilló junto a mi, sobre la arena de la playa, para ayudarme a remendar las redes de pesca.  Con él bailé mi primer y último baile, con él gocé lo que  tú jamás podrás gozar con este hombre con el que te acuestas para poder lucir… ¿Cómo dijiste? …ropa de colores, distintos peinados, manos suaves. Mira mis manos, curtidas por el sol y el viento. Mira mi pelo: suave y negro, tejido con una hermosa trenza que es mi orgullo, lo fue de Pedro y es también la admiración de mis vecinos; y los pliegues que adornan mi tez, curtida también por el aire marinero, son arrugas de sabiduría; esta que se gana a base de esforzarse en vivir; que se forja a través de superar cada dificultad, no regateando jamás una sonrisa, o un sitio en la mesa cuando alguien lo necesita. Ve en paz, hermana, la vida sigue, y yo tengo demasiado amor dentro de mí y alrededor para echarlo todo por la borda.

–Como siempre –Contestó con altivez para ocultar un profundo pinchazo en el pecho, a la altura del corazón –Tu vida es absurda, tus ideales caducos. Con el tiempo veremos quien tiene razón. Si tú con tus ñoñerías y tus estúpidas ideas, o yo, con una forma inteligente de vivir y disfrutar de todo lo que una buena economía ofrece.

–Sí, el tiempo es muy sabio, hermana,  y la vida da a cada uno aquello que siembra.

 

 

Mi pasión, mi necesidad: escribir, comunicarme, penetrar en el mundo de las pequeñas cosas; unirme a la vida y contagiar.

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