EN LA TABERNA (1ª parte)

Como todos los sábados, a la hora tardía, poco antes de que el sol se escondiera tras las montañas que cerraban la bahía, Juan Luis, fiel a su íntimo compromiso, se dirigía a la taberna del puerto para escuchar los relatos del marinero José. Aunque esta no era la primera vez que acudía a la cita, sus largas piernas no perdían el paso, mientras sus brazos se balanceaban cómo si con este gesto pudiera ir más deprisa. El aire caliente de aquel final de un día más de verano, azotaba suavemente su rostro moreno de ojos oscuros y alborotaba la melena negra que, pese a su madre, llevaba dos años sin ver las tijeras del peluquero. Tenía solo quince años, pero por su estatura parecía mayor. Las largas excursiones en bicicleta y la natación habían endurecido sus músculos pectorales, y los lucía, orgulloso, con un exiguo bañador, en la playa del pequeño pueblo costero.

Aquella noche era luna llena, pero esta aún no se había asomado tras la línea azulada que marcaba el horizonte, como si allí, en la lejanía, donde mar y cielo se unían, acabara el mundo. Desde lejos, oyó la eterna canción de la voz ronca de aquel lobo de mar, ¿Sería verdad todo cuanto les contaba? Quizás eran solamente ensoñaciones del viejo marinero, pero ponía tal pasión en sus relatos que, cuando él hablaba, se cernía un silencio sepulcral en la pequeña taberna. Si en algún momento la jarra de cerveza chocaba con algún vaso, más de uno siseaba con el índice sobre los labios, pidiendo silencio.

Juan Luis llegó jadeante ante la puerta de la taberna por cuyos ventanucos salía un chorro de luz amarillenta que se reflejava tenuamente y sin  fuerza sobre las negras y desgastadas baldosas del  patio; no podía competir con los rojos y anaranjados que todavía adornaban el cielo, como si el sol se negara a desaparecer del todo. «Tranquilo, muchacho» dijo Juan Luis mentalmente al astro de la luz en una última ojeada sobre las, ahora doradas montañas. «Deja paso a la noche. Menudo verano de calor; déjanos respirar que mañana será otro día».

Con un fuerte ademán y con este ímpetu vigoroso propio de su edad, empujó la puerta penetrando en el recinto saturado del humo dulzón  que revoloteaba alrededor de las pipas de los marineros.

–El que faltaba ¡Vamos larguirucho! Te estábamos esperando ¿Qué pasó?, ¿no podías despegarte de la novia?

El que alzaba la voz increpando la tardanza de Juan Luis, era el de siempre: un pescador de poca monta que, al no tener historias interesantes que contar, se unía a los relatos de José como si también le pertenecieran. Era, el susodicho pescador, un hombre enjuto con la barba y el pelo erizado cubriéndole buena parte del rostro, aún y así cuando sonreía socarronamente se apreciaba dentro de sus labios morados, (de tanto fumar) la ausencia de dos dientes. José no le hacía el menor caso y le dejaba que interviniera en la conversación; había vivido lo suficiente como para haber adquirido las hermosas cualidades de la paciencia y la comprensión. Él tenía mucho dentro de sí mismo y no le importaba compartirlo con quien carecía de la riqueza de una vida plena, llena de experiencias y enseñanzas. Sonrió con satisfacción al ver a Juan Luis: de todos sus oyentes, este muchacho inquieto, de pelo largo como el de un apóstol, le escuchaba con la misma pasión con la que él relataba sus aventuras.

¿Cómo era José? Ese hombre cuyo nombre corría de boca en boca entre los paisanos del lugar. Había desembarcado  de un atunero en el puerto cercano, pero nadie sabía cuál era su origen; ¿Su edad? Indefinida. Los hombres que lucían una buena barba, como la de José, no tenían edad. Podía tener 60 años o 70. Para averiguarlo tendrían que haberle afeitado. Quizás  detrás de tanto pelo se escondiera un hombre de mediana edad. Y bien podría  que así fuera por la vitalidad que desprendía. Era un hombre alto y robusto, de pelo rubio, rizado; un color que disimulaba lo adelantado de sus canas. Entre la barba y el espeso bigote, unos labios rosados y carnosos invitaban al beso. Muchas mujeres debieron soñar en su atractivo personal. Vestía una camisa a cuadros azules y verde oscuro de cuyo escote desabrochado emergía el vello rizado de su pecho. (Un hombre interesante a decir verdad). Terminaba su atuendo con unos pantalones  de pana suave y unas botas de cuello alto.  En la taberna se sentaba siempre en la misma mesa, la que tenía una ventana a través de la cual pudiera ver el mar. Antes de comenzar su relato, como cada sábado, cogió, con su poderosa diestra, la jarra de cerveza y, apartando el vaso bebió del mismo recipiente, ávidamente, hasta dejarlo en la mitad. Esta forma de actuar molestaba a la tabernera que siempre decía que había que cuidar las maneras, que los tiempos de los corsarios hacía eones que había desaparecido. Pero al marinero José se lo consentía. También ella estaba prendada de sus dotes de conquistador. Y, la verdad era que él no hacía absolutamente nada para que así fuera, quizás por eso, por su aparente indiferencia, rompía corazones. Después de beber, dejó la jarra encima de la mesa y entonó una extraña canción marinera en un idioma desconocido para todos; luego sonrió y comenzó su relato.

(Continuará)

Mi pasión, mi necesidad: escribir, comunicarme, penetrar en el mundo de las pequeñas cosas; unirme a la vida y contagiar.

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