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Miro el teclado y las letras alineadas esperando el suave tacto de las yemas de mis dedos  El día es perfecto a pesar del calor porque hay silencio, roto solamente por el centrifugado de la lavadora que está a punto de  terminar su proceso.

A mi alrededor los objetos estáticos me observan, muchos de ellos están ahí desde…siempre. Lo que me contarían si les dieran el don de la palabra. Cuántas cosas vividas que ya forman parte del pasado, algunas presentes en el recuerdo, otras ya olvidadas. Tal vez, si presto atención oigo el murmullo que yo puedo convertir en palabras.

Miro los cojines del sofá; algunos de ellos se supone que sirven de adorno, otros  apretujados por espaldas doloridas, acaban descosiéndose y enseñando sus intimidades. ¿Y el peso que soporta el sofá cuando las partes que nos sirven para sentarnos se dejan caer sobre él? ¡Pobre!, suda y llora en silencio. Yo le amo, amo mucho a mi sofá. En verano disfruta del aire que mueve el ventilador del techo y es un buen lugar para la siesta. En invierno, la chimenea que tiene delante le da un suave calorcito que… también invita al descanso.

Mi sofá es muy paciente. Escucha conversaciones interesantes, diálogos de besugos, confidencias, risas, llantos, discusiones y además ve los bodrios de la tele, las buenas películas (alguna menos buena). El concierto de Año nuevo. Los partidos de futbol. Los telediarios… y no acabaría con el repertorio.

Ahora que lo pienso, aparte de soportar glúteos gordos, mi sofá es muy afortunado. Me soporta a mí que soy un sol de persona ¿Qué más quiere?

Aparte de los objetos inanimados están los animales de casa, perros, gatos, moscas… Oigo las gallinas que, con sus cacareos anuncian la puesta del huevo diario y el gallo que lo ameniza con su canto.  Cada año adquirimos media docena de pollitos para que crezcan y engorden de una forma “sana”. En la última remesa había un gallo que no sabía cantar. Estiraba el cuello y con una especie de gruñido daba muestras de su torpeza. Además era escuálido y para nada apetecía usarlo para un festín gastronómico por muy sana que fuera su alimentación. Y así se quedó en el corral mezclado con las gallinas, picoteando aquí y allá, con más pena que gloria. Pero por aquello que se dice: “Los últimos serán los primeros”, el gallo, sin la constante persecución a la que lo sometían sus congéneres, se transformó. Ahora es el dueño del corral, el rey de las gallinas, presumiendo de cresta roja y cola de plumas brillantes y coloridas, con los espolones preparados para atacar a quien le moleste y, cuando vamos a por los huevos siempre hay que entrar en el corral con un bastón porqué nosotros somos los humanos, los “inteligentes” y captamos sus intenciones.  Nos ha dado una lección. No hay que menospreciar a nadie ni a nada.

Mi pasión, mi necesidad: escribir, comunicarme, penetrar en el mundo de las pequeñas cosas; unirme a la vida y contagiar.

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