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Hay un mundo más allá del que conocemos. Hay otra forma de vivir donde “ser” es un regalo para uno mismo y los que nos rodean. Estamos viviendo en la ignorancia y la ignorancia es la esclavitud. Cuando algo nos sale bien nos sentimos poderosos, pero somos inconscientes de qué energías hemos  movido, qué pensamiento hemos creado y cuál ha sido la fórmula empleada. Resultado: No sabemos como lo hemos conseguido.

Nos llenamos de cosas que no nos sirven para nada, y pasamos la vida esperando siempre que suceda algo que cambie nuestras miserias, sin querer aceptar que el cambio empieza en uno mismo. Nos lamentamos y nos hacemos las víctimas porque pensamos que los demás tienen la culpa de todo. Decimos que el mundo está hecho un asco y con esta afirmación añadimos más basura a un mundo que parece que no tiene remedio. Contestamos a los insultos con más insultos y desconocemos el poder que tiene una actitud humilde pensando que es humillante el dejarse vencer.

Nos acostumbramos al ruido, a las películas y series melodramáticas, donde el sentimentalismo da rienda suelta a su veneno y cuando no, nos quedamos embobados ante la resolución de un asesinato. Además admitimos muy bien que nos llenen el cerebro con las mafias políticas y deportivas tomando partido por unos o por otros sin darnos cuenta de que todo es una distracción para que no nos demos cuenta de quiénes somos y vivamos enfrentados.

Somos dioses en proyecto y para ello debemos, “conocer lo bueno y lo malo, la luz y la oscuridad, lo frio y lo caliente”, pero sin que nos atrape, sin que merme nuestra condición de aprendices.

Sí, hay un mundo más allá de lo que vivimos día a día: el verdadero lugar que nos corresponde. Somos quienes somos, seres poderosos hechos a semejanza de nuestro Creador. Pero esto lo debemos conquistar, porque nada sabemos, nada vemos, vivimos en la inopia, engañados, ultrajados, vampirizados, explotados, envenenados y aún no hemos despertado. Despertar significa mirar dentro de nosotros, de nuestros miedos, nuestras inseguridades, nuestros juicios y darnos cuenta de que el principal miedo que tenemos es la libertad porque ello implica hacernos responsables de nuestros errores y subsanarlos sin mirar fuera, lo que dicen o hacen los demás.

Para volar en libertad hay que desplegar las alas y lanzarse al vacío y, sobre todo, lo más importante, amar. Amar de verdad, con este amor que no pide solo da.

M.P. Iglesias

Mi pasión, mi necesidad: escribir, comunicarme, penetrar en el mundo de las pequeñas cosas; unirme a la vida y contagiar.

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