Viajar siempre implica un riesgo.
Cuando salimos de casa con la ilusión flotando en la sonrisa y el coche sudando bajo el peso del equipaje, lo que ocupa nuestra mente es el destino que nos hemos marcado. Por fin unos días para relajar la mente de lo cotidiano, de aquello que marca nuestras vidas convirtiéndolas en esclavas de una forma de vivir, o de subsistir, según se mire.

Vamos a dejar todo atrás porqué un mundo nuevo con grandes expectativas nos espera, aunque sean solo unos días, saboreamos aquella palabra tan preciada, libertad. Por lo menos yo, así lo vivo. Tengo la suerte de dejar todo atrás. Nunca me llevo dentro de la mochila de las nuevas vivencias, el día a día del resto del año.

Nunca pensamos que nuestro amado coche, amado sí, porque nos permite conquistar nuevos espacios, a nuestro aire, sin tiempo…pueda convertirse en nuestra tumba. Y menos mal, sino nadie viajaría. Aún y así es muy posible que veas a otros con menos suerte o porque estaba escrito en este libro que traemos bajo el brazo, al nacer, y nos toca vivir…lo que hay que vivir, porque vivir es evolucionar y esto implica el mayor de los riesgos: lidiar con la propia vida y a veces con la de los demás.
Y ¿Por qué me permito compartir estas reflexiones? Porque en estos día de asueto, bien ganados, salí de viaje y vi dos accidentes.

Cuando tragas kilómetros por la autopista, con la alegría de absorber nuevos paisajes, con la ilusión de vivir nuevas experiencias, contagias incluso a las ruedas del coche que, inocentemente se deja llevar por las manos expertas de quien lleva el volante. Pero cuando un atasco te corta la carrera, pueden ocurrir dos cosas: Una que nos fastidia: El cartel de “Cuidado, obras” y otra que nos encoge, un accidente. Esta vez fue un accidente.
Una reacción muy humana es querer indagar qué ha pasado. ¿Habrá heridos, o la muerte está presente en aquel pequeño espacio? Y, cuando nos toca pasar, todos miramos y comentamos… “Parecen dos coches que han chocado de frente, o, se ha salido de la carretera ¡Pobre gente! Se les han acabado las vacaciones” Comentaros que se perderán en el aire tras la primera curva porque nosotros estamos de suerte y continuamos el viaje hacia nuestro destino.
Pero esta vez no fue así, al menos para mí. No vi el accidente pero sí una madre con un niño de tres años en brazos y detrás de ella, un policía con un bebé. No vi que pasó. Pero no importaba. Me sentí dentro del cuerpo de la madre, sentí su angustia y hasta pasados varios cientos de kilómetros no pude apartar de mí aquella visión ni aquella sensación. Estaban vivos sí, pero su vida había dado un vuelco. Era su vida, les había tocado vivir eso, pero yo, “felizmente” seguía el guión de la mía que, esta vez, había sido generosa conmigo y el resto de ocupantes de nuestro coche.

Todavía me pregunto si esa sensación tan fuerte que me golpeó es Unidad. Esa unidad que nos dice que todos somos uno, o sea una célula de un cuerpo mayor y lo que les ocurre a los demás también le ocurre a uno. Sentir así, pienso que es otra forma de ver la vida, otra forma de vivirla, con respeto hacia las circunstancias de los demás, sin el dolor provocado por el sentimentalismo, que no sirve para nada, pero sí con comprensión y admiración por la dureza que viven los demás, sabiendo, que en otros momentos, la vida, nos marcará las experiencias que necesitamos para endurecer nuestra debilidad ante el camino que todos recorremos. El de evolucionar.

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