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Fueron tiempos maravillosos. De esos momentos que ofrece la vida para que podamos saborear su sencillez, su simplicidad.

Hacía poco que vivíamos en la casa de campo solo nosotros tres. Mi suegro, mi marido y yo. El abuelo se acostaba pronto y nosotros, acostumbrados al trajín de la ciudad, vivíamos un sueño. Aún no teníamos televisor, lo que nos permitió desconectar. Estábamos en otro mundo, era otra historia. Dejábamos que el silencio circulara a sus anchas, que él nos marcara aquellos instantes únicos y nos mostrara otros sonidos escondidos tras la cháchara del transistor o de nuestras propias palabras.

Apagábamos la luz y la estancia quedaba iluminada solamente por las llamas de la chimenea; nos sentábamos frente a ella, ensimismados, contemplando su baile y los tonos de colores cambiantes. Llamas anaranjadas que dejaban entrever el color verde y el azul y, en su centro un punto negro, fascinante, que me atraía como si fuera la puerta a otra dimensión. Así pasábamos parte de la noche, en su contemplación, y los sonidos del silencio aparecían.

El crepitar de las llamas, y las pequeñas explosiones de los troncos que lanzaban hacia el cielo chispas de colores, como si fueran pequeños ángeles que vuelven a su universo. El tic tac del reloj de pared heredado de un familiar, con mil historias vividas en sus horas interminables, repetitivas un día tras otro, y el movimiento del péndulo brillando en la pequeña claridad del fuego del hogar.

Fuera, el lejano ladrido de un perro al que respondía otro can más cercano y el conocido y amenazador maullido de los gatos macho luchando por su territorio.

El aire, ignorando cualquier sonido que rasgara la noche, restregaba su lomo en las ramas de los árboles  como hace el oso con los troncos del bosque y, una pequeña parte de él, saltarín como un gnomo, entraba silbando por las rendijas de la vieja ventana.

Cuando al viento le llegaba el sueño y se tendía lánguidamente sobre la hierba, la dulce melodía del ruiseñor resonaba en la llanura, invitando a las estrellas a participar de la fiesta. Y nosotros allí en silencio. No había de qué hablar, solo sentir, percibir, suspirar, sonreír.

La vida es sencilla, basta con acallar los ruidos y escuchar los sonidos; basta con percibirla en cada instante de quietud y darse cuenta que en el silencio está todo lo que necesitamos para Ser, para conocer,  para vibrar. Y luego mantener el recuerdo de que podemos vivir dentro de los fragores de la batalla, si permanecemos con esta mirada hacia la exquisitez de la vida, esta que está ahí y que solo vemos cuando acallamos lo ruidos para escuchas los sonidos y unirnos a ellos.

Mi pasión, mi necesidad: escribir, comunicarme, penetrar en el mundo de las pequeñas cosas; unirme a la vida y contagiar.

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