Eran las  cuatro de la tarde de primeros de Julio. El pueblo dormitaba bajo un sol de justicia. Nadie que estuviera en sus  cabales salía de casa. El sol era el dueño; el señor de los campos, los cielos y las vidas de los lugareños. Los mantenía escondidos en sus lares, temerosos de que los derritiera como hacía el herrero en la fragua. Los  campos de trigo, doblaban sus espigas en señal de obediencia al gran señor. Prestas estaban para la siega.

Pasadas las seis de la tarde, el calor era sofocante todavía, aún y así los primeros campesinos arreaban sus mulas para dirigirse a los campos. Las chicharras eran tan numerosas que ensordecían las pisadas de los cascos de los equinos y los campos crujían señalando el momento óptimo de secado para la siega. Las amapolas coronaban los lindes y las mariposas buscaban el lugar para dejar los huevos para una nueva generación. Las hormigas aprovechaban las espigas caídas por una temprana maduración, formando hileras interminables de caminos hacia sus nidos.

La siega era manual. Las hoces y las guadañas cortaban el aire dejando los campos como recién salidos del barbero, con los rastrojos de punta. Secos ya, esperarían las lluvias invernales para transformarse en parte del abono para la nueva cosecha dos años más tarde.

Luego amontonaban las gavillas en las eras para separar el grano de la paja. Un laborioso trabajo compartido por toda la familia.

Todavía recuerdo el calor sofocante, el rojo de las amapolas, el amarillo de los campos y el negro de aquel cántaro de barro que llenábamos de agua fresca en alguna de las fuentes del pueblo. En las eras nos llenábamos de polvo revolcándonos en la paja y llenando los espacios de alegría.

Todo se modernizó. Los campesinos suspiraron aliviados cuando llegó la primera cosechadora. Colgaron las hoces y las guadañas. Dejaron las mulas para mejor ocasión y las eras se agrietaron dando paso a un espacio para bailes y juegos infantiles.

Y así, como tantas otras cosas, las vivencias quedaron en la mente como algo tierno para recordar, porque recuerdo  la belleza pero he olvidado el sudor.

Mi pasión, mi necesidad: escribir, comunicarme, penetrar en el mundo de las pequeñas cosas; unirme a la vida y contagiar.

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