5.00 Promedio (98% Puntuación) - 1 voto

En casa de mi abuela descubrí un extraño objeto que nunca había visto.

Se trataba de una caja de madera de 30 cm. de largo por 15 de ancho y otros tantos de profundidad. Delante tenía una rejilla de fuertes hilos entrelazados y debajo una ventana estrecha y larga, de punta a punta de la caja, protegida por un cristal. A cada lado de la ventana había dos ruedas. Al mover la de la derecha una aguja recorría los números dibujados dentro de la ventanilla. La otra rueda, al parecer no servía para nada.

Aprovechando que mi abuela estaba en la cocina preparando un batido de chocolate, le di la vuelta a la caja. Detrás de ella no había madera como yo suponía sino una abertura cubierta por una especie de cartón con agujeritos redondos. Desplacé el cartón y observé con sorpresa que dentro había muchos hilos y varias lámparas en forma de morcilla… me eché a reír por la comparación, sí, porque además de tener la misma forma eran de color gris oscuro. ¿Qué seria aquel cachivache que mi abuela guardaba en la librería con tanto cariño?
Mientras me hacia esta pregunta apareció la anciana con sus dos tazas de chocolate, las dejó en la mesa camilla, me miró y puso el grito en el cielo. —¡No toques mi radio¡

—¿Tú qué, abuela?
—La radio que me compró tu abuelo cuando nos casamos.
—Pero si no suena, abuela.
—Porque no está enchufada.
La enchufó y empezó a mover la rueda que yo creía que no servía para nada. Después de un primer clic, se oyó un sonido que fue en aumento, hasta que entre ruido y ruido capte el sonido de una melodía.

Esto es Radio Nacional de España, me dijo muy orgullosa de su “radio”, añadiendo que la juventud era una inculta que no se enteraba de nada. Refunfuñando,  mientras abría la puerta de su viejo “buffet”, sacó los bizcochos.
Para mi abuela, la merienda es algo muy importante, casi una tradición. Yo creo que lo ve así desde que no toma la cena. Por eso lo prepara todo con sumo cuidado.

El primer día que decidimos merendar juntas puso junto a mi taza una tela doblada en forma triangular, para que no te manches, me dijo. Yo no conocía las servilletas de tela porque siempre las uso de papel; las hay de muy bonitas con dibujos y de distintos colores, pero mi abuela es así de cuidadosa.

Desdoblé la servilleta y la observé: era algo nuevo para mí. La tela era de algodón con dibujos formados por el propio tejido y, en una de las esquinas estaban las iniciales de mi abuela. Ella al ver como dirigía mi atención sobre las iniciales me aclaró:
— Las bordé a mano,
—¿A mano? ¡Dios!, puntada a puntada… ¿A qué mundo pertenecía aquella hermosa anciana?

La casa de mi abuela es como un museo. Desde que lo descubrí voy a verla con más entusiasmo.
Ella está empeñada a que aprenda costura porque, según dice, así podré hacer mis propios modelitos y no gastar tanto en ropa. Bueno, ella no sabe que en el mercadillo compro la ropa tan barata como los carretes de hilo que tiene en su costurero.

Como soy muy curiosa hace poco que, con la excusa de ordenarlo, volqué su costurero sobre la mesita… Dios, cuantas cosas raras guardan las personas mayores. Aparte de los hilos de colores había una aguja enorme que según me dijo servía para coser colchones, un punzón que, me contó, utilizaba para confeccionar alpargatas, un huevo de madera para zurcir calcetines. (No sabía que los calcetines se zurcen, yo, en cuanto aparece un agujero, los tiro, es mucho más práctico). Pero lo que me llamó más la atención fue un vasito pequeño, de muñeca, plateado. ¿Qué hacia aquel juguete allí?                                                                                                                                                                                                                   —Abuela, esto está fuera de lugar.                                                                                                                                                                —¿Qué dices, loca? —me contestó— ¿Cómo voy a coser si no tengo mi dedal?
—¡Ah!, ¿esto es un…dedal? Y sirve para….
—Sí, claro, es un dedal —argumentó, y se lo puso en el dedo medio de la mano derecha—, y sirve para empujar la aguja al coser y no dañarme el dedo. Mira —afirmó—, tengo más. Si quieres te regalo alguno.
Abrió una caja redonda, de plástico, de esas que venden en la farmacia llena de pastillas para la tos y dentro los había de distintos tamaños y colores. Tuve que aceptar uno y mostrarme agradecida, porque sino… se hubiera enfadado.

Había empezado a visitarla más asiduamente, -o sea una tarde por semana-, después de las Navidades. Ella tenía su calefactor en el comedor, pero como la ventana daba al sur, siempre disfrutaba de un esplendido sol.
Justo pasados los peores fríos, abría su ventana para ventilar la habitación. Una tarde de finales de marzo, estábamos tomando el susodicho chocolate cuando una ráfaga de aire se coló en el comedor moviendo la lámpara que empezó a titilar.  Me sorprendió mucho, era un sonido suave, como de música, de esas relajantes, para dormir. Nunca me había fijado en la lámpara. Levanté la cabeza y la observé, Era redonda con tres aros concéntricos y de cada aro colgaba, una junta a otra, piedrecitas de cristal.                                                                                                                              —Son lágrimas —me aclaró mi abuela.                                                                                                                                                       —¿Lágrimas de cristal en una lámpara? Vale.

Fue un instante muy hermoso, no solo por el sonido de las lágrimas entrechocando, sino también  por los colores destellantes que provocados por el sol se reflejaban en la pared.
A medida que pasaba el tiempo fui descubriendo cosas en casa de mi abuela y decidí que era mágica. Todo tenía un sabor a real a verdadero. ¿Sorprendente, no?

A veces vemos las casas de los ancianos, arcaicas, sin brillo, oliendo a una vida que se apaga, pero no era así la de mi abuela. Cada día descubría cosas nuevas. Objetos guardados con gran cariño que ella me iba mostrando: Postales, pañuelos de seda, cromos de los que antiguamente salían en las tabletas de chocolate, figuritas… y su mejor tesoro, (aparte de la radio, claro): la caja en donde guardaba las pipas mi abuelo.
Pipas de color negro, blanco, marrón. De madera lisa o trabajadas a mano, de mango largo, corto; de copa redonda, ancha, estrecha… y la más sorprendente de todas. Una pipa cuya copa era la cabeza de un lobo… Se cargaba de tabaco por una abertura superior, entre las orejas del animal.   —Y esta, ¿también la usaba? —Pregunté señalando aquel extraordinario objeto.                                                                                                     — Pocas veces —me contestó—, la tenía en gran estima, parece ser que es de una madera especial.

Volvió a guardar las pipas con cariño, envolvió la caja en un paño de color rojo y la dejó en el cajón de la cómoda, de donde la había sacado.
Otro día te enseñaré más cosas. Vamos que se enfría el chocolate. Y, suavemente me empujo por la espalda hacia el comedor

 

 

Últimos post porMontserrat Palau Iglesias (Ver todos)