El trabajo en el despacho del señor Mcfeel se acumulaba por minutos, después de que nuestro becario hubiera decidido irse a otro bufete sin previo aviso. Tres días toda la tarea administrativa para mi sola, en mi escritorio no cabía una carpeta más, las pilas de expedientes pendientes de revisar casi me tapaban por completo.
Sonó el despertador, lo apagué y me quedé tumbada en la cama unos instantes, el hecho de pensar que tendría que enfrentarme a tantísimo trabajo, me quitaban las ganas de levantarme. Tras un rato dando vueltas, me incorporé. Una ducha y un café fueron las armas que utilicé para terminar de despejarme e irme al trabajo. Llegué al despacho y me senté en mi escritorio sabiendo que, las únicas vistas que iba a tener durante varios días, eran expedientes y más expedientes.
Mientras revisaba el último caso que habíamos aceptado, una voz que no me resultaba conocida se acercaba hasta mi escritorio. Alcé la mirada y le vi mientras hablaba con mi compañero Alejandro. Por fin un nuevo becario, estaba de suerte, había llegado la ayuda que necesitaba.
Se giró y se acercó hasta donde yo estaba. Un becario algo mayorcito, algo que en ese momento era lo que menos importaba.
El expediente que revisaba era de un cliente importante, una empresa eléctrica que se enfrentaba a una multinacional, de altas tensiones iba el asunto.
Tensión era lo que yo sentía cuando Jorge, así se llamaba el becario, rozaba mi mano, mientras ordenaba los expedientes. Electricidad la que me recorría cuando su mirada se detenía en la mía, mientras me dedicaba una sonrisa al ver cómo mi cabello se resistía a ser sujeto por un lápiz. Alto voltaje lo que sentía al percibir su perfume, el calor de su cuerpo cerca del mío, y ver ese trasero respingón que me incitaba a querer tocarlo.
Entre alta tensión andaba yo al observar su boca mientras me preguntaba alguna duda. Labios incitadores que invitaban a besarlos, con los que mi imaginación jugaba a adivinar su sabor. ¿Fruta de la pasión tal vez? Sinceramente no me importaba el sabor, sólo probarlos.

Begoña Rosa

Begoña Rosa

El susurro del mar es mi nana favorita mientras me dejo atrapar por sus idas y venidas incesantes. Soy parte de su bravura en los días de tormenta y remanso de paz en las tardes de verano en las que el sol coquetea con la luna antes de sumergirse lentamente entre sus aguas. La exquisitez del aroma del chocolate, su fuerza y su cuerpo forman parte de mí como lo hace el aire. Sin oponer resistencia soy presa de su embrujo como lo soy de las palabras, que se agolpan en mi pensamiento pidiendo a gritos a mis manos que las deje volar. Y como un soplo de aire fresco que entra por la ventana las libero y permito que viajen por un folio en blanco que en pocos segundos recibe parte de lo que soy capaz de crear.
Begoña Rosa

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