Lo adoraba, era para ella un ritual prepararle su baño de sales como tanto le gustaba. Luego, con la delicadeza con la que se deposita una rosa encima de la mesa, colocaba su ropa perfectamente planchada a los pies de la cama, para que, cuando terminara con el aseo diario, todo estuviera preparado para que no hubiera demora en prepararse. Mientras, ella bajaba a la cocina para preparar el desayuno. Los huevos revueltos con beicon, el zumo de naranja y el café que, a diario, tomaba para desayunar. Su vida giraba en torno a él, su amor era tan grande y pasional que no alcanzaba a ver más allá de ese pequeño mundo en el que se había instalado desde que sus vidas se habían cruzado. Ese día apenas le sonrió, pues los nervios de la presentación del nuevo proyecto, lo acaparaban todo, incluso su sonrisa. Se despidieron en la puerta de casa y una lágrima rodó por su mejilla cuando Roberto apenas se inclinó para besarla. La secó e intentó disuadirse para no pensar en otra cosa que no fuera el amor que la unía a él.
-Se trata de una reunión importante, y quería que su exposición fuera tan perfecta, que sus jefes, no dudaran en sacar el proyecto adelante- se dijo en voz baja-
Se puso a arreglar la casa. Preparó una cena especial. Tomó un baño y se preparó cuidadosamente. El vestido negro de escote que tanto le gustaba, zapatillas rojas, pelo suelto, labios ligeramente maquillados y un sutil toque de perfume. Bajó y lo dispuso todo para su llegada. La emoción se apoderó de ella cuando oyó las llaves en la puerta. El se quitó la chaqueta y pasó al comedor, ella le sirvió una copa de vino. Roberto tomó un sorbo y cuando Marta se giró para depositar el plato en la mesa, le asestó una bofetada, se había olvidado de poner las servilletas de tela.
Ella con la mano en la mejilla y los ojos llenos de lágrimas lo miraba mientras que, aquél pedestal en el que había tenido a Roberto durante tanto tiempo, se resquebrajaba haciendo que todo aquél amor que ella sentía se rompiera cual cristal.

Begoña Rosa

Begoña Rosa

El susurro del mar es mi nana favorita mientras me dejo atrapar por sus idas y venidas incesantes. Soy parte de su bravura en los días de tormenta y remanso de paz en las tardes de verano en las que el sol coquetea con la luna antes de sumergirse lentamente entre sus aguas. La exquisitez del aroma del chocolate, su fuerza y su cuerpo forman parte de mí como lo hace el aire. Sin oponer resistencia soy presa de su embrujo como lo soy de las palabras, que se agolpan en mi pensamiento pidiendo a gritos a mis manos que las deje volar. Y como un soplo de aire fresco que entra por la ventana las libero y permito que viajen por un folio en blanco que en pocos segundos recibe parte de lo que soy capaz de crear.
Begoña Rosa

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