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Frente a la corriente imperante de negativismo y reivindicación que vivimos en nuestros días, me he hecho fuerte en la defensa de un concepto mucho menos radical y bastante más llevadero que el de “he tenido un día de mierda”, que no sólo se escucha en las calles, en los bares y en la oficina, sino que encima se escribe en la redes sociales, proclamando a los cuatro vientos nuestra desventura.

No seré yo el que hurte un consuelo, un mimo o un abrazo a un ser querido, que ha acumulado una serie más o menos finita de experiencias negativas en el día, solo faltaría, pero tampoco estoy dispuesto a aceptar como una verdad inmutable, que un día, todo un día, un día completo, pueda ser catalogado como “un mal día”.

Ciertamente, el despertador se ha podido comportar con cierta deslealtad, cuando contábamos con él. Nuestras cápsulas de café preferidas, pueden haberse agotado de forma subrepticia. El agua caliente se ha transmutado en un alud de carámbanos líquidos, y no hay duda alguna de que son malas noticias. Especialmente lo del café. Pero no es menos cierto, que por mucho que nos empeñemos, durante veinticuatro horas completas, no todo puede ser malo. Es matemáticamente imposible.

¿Qué es lo que ocurre?. Simplemente, estamos tratando de convertir una variable aleatoria continua (es decir, que toma infinitos valores), en una variable aleatoria discreta (que solo puede tomar valores matemáticos en forma de números enteros). Se trata, por tanto, de un simple error de procedimiento matemático. Como es lógico, se trata de un pecadillo venial, una confusión muy disculpable.

Querido Argonauta, nada tiene que agradecerme, por Dios. No he podido evitar que usted haya padecido hoy experiencias negativas, y no sabe usted lo que lo lamento. Pero, en adelante, ha de saber que nunca más tendrá malos días, sencillamente porque no es posible. Porque un día, con toda esa cantidad de minutos que contiene, puede tomar infinitos matices, infinitos valores, y caben en él todo tipo de experiencias, favorables o desafortunadas. En lo que usted ha llamado hasta ahora, “un mal día”, sin duda ha disfrutado de excelentes momentos: El abrazo de un hijo, el beso de su pareja, un chiste con poca gracia, una cervecita al terminar la jornada o, simplemente, una agradable lectura.

Me hago cargo que, desde este instante, su vida ya no será la misma. Jamás tendrá un mal día. Como mucho, ha podido acumular usted una cantidad de negativos incidentes que, en su recuerdo, parecen superar a esos momentos deliciosos de los que le hablaba. Y si usted, honestamente, considera que ese día en concreto, pudo haberse saldado con un balance negativo, le sugiero, humildemente, que haga como yo, que los etiquete en su calendario vital como un “Día Impar”. Así evita el error estadístico, sin dejar de reconocer que, en otras ocasiones, podría haber dicho exactamente lo contrario.

Apreciado argonauta: En ocasiones, un error matemático de esta consideración, puede llevarle a confusas conclusiones. Tenemos que afinar un poco. Ya sé que algunas lecciones del bachillerato pueden haber quedado un tanto oxidadas. Pero fíjese en las consecuencias de no repasar los conceptos: Podría haberse ido a la cama con la sensación de haber tenido un mal día, y ahora, gracias a estas líneas, simplemente ha vivido un Día Impar.

¿A que no es lo mismo?

allamas2000

Escribir me relaja, no tengo otra intención. Me permite añadir un tema de conversación a las tertulias con los amigos, especialmente a aquellos que están más alejados o cuyas agendas colisionan más con la mía.

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Comments

  1. Magnífica reflexión, amigo!
    Para tu tranquilidad, mi despertador hoy se ha comportado con la lealtad de un mago y tras leerte tan solo está “escasísimamente’ cansado.
    Te digo, además, que a partir de ya, a cualquier día algo convulso lo etiquetaré como Día Impar, y me encargaré también de difundir tu mensaje entre mis allegados.
    ¡Felicidades, un placer leerte!