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Queridos Argonautas:

Parece premonitorio que en mi primer año de colaboración con Desafíos Literarios, la publicación de mi columna coincida precisamente con el día de Navidad. Me siento enormemente afortunado por ello, porque soy un absoluto defensor de las Fiestas Navideñas.

Lógicamente, mi primer impulso ha sido el de escribir sobre la Navidad, la familia, los amigos, los festejos y los dulces. Pero, he pensado que quizás estaríais aburridos de leer sobre estos asuntos, debido a la abundancia de escritos, artículos y spots televisivos que ya abordan el significado de estas fechas.

Por eso, cuando llegó a mis oídos la historia que os voy a relatar, no he dudado en hacérosla llegar:

La Historia De Un Despiste

Un “despiste”. Esta es la fórmula que utiliza mi amigo Martín para calificar ese momento, en el que una persona aparentemente cercana, decide torcer su rumbo por algún tipo de impulso egoísta, ladino o malvado que, obviamente, tiene sus consecuencias en el plano espacio-temporal y afectivo.

De esta manera, evita el esfuerzo innecesario de censurar de forma definitiva el reprobable comportamiento de ese individuo, manteniendo abierta la posibilidad de que su actuación pueda tener rectificación o, simplemente, que se trate de un error humano.

Cuando utiliza ese sustantivo para calificar un comportamiento, obviando las básicas reglas gramaticales, apartando todo el arsenal de adjetivos que nos ofrece la lengua castellana, intenta quitar hierro al asunto, dulcificarlo, matizarlo, descenderlo al peldaño justamente inferior, el que no nos obliga a la reprobación furibunda. Y funciona, os lo aseguro.

El protagonista de esta historia, presa de un despiste, decidió resolver la relación con su mundo, en el sentido literal en el que se resuelven los contratos, es decir, dinamitando su existencia, volando los puentes existentes entre él y el resto del mundo, cortando amarras, en definitiva. Estaba en su pleno derecho, desde luego. Los individuos deben ser libres para tomar sus decisiones. Pero no es menos cierto que cada una de esas decisiones tienen consecuencias. Y esas consecuencias, siempre que nos afecten a nosotros mismos, pueden ser simplemente acatadas. Pero si las decisiones afectan a los que nos quieren deben ser, al menos, explicadas.

Este paso fue obviado por el protagonista, que abandonó su casa, su familia, su trabajo y su país, en busca de una mera ilusión, un simple espejismo. Decidió disolver su vida en pos de una imagen poética, la del escritor huraño, borracho y genial, que arrasaba en las librerías de medio mundo, y que se había ganado el derecho a dañar, herir e ignorar a las personas. Ese que cobra un potosí por cada artículo de periódico, ese que puede acudir a firmas y presentaciones de libros y abandonarlas a los quince minutos. Ese que puede olvidar sus principios morales para sustituirlos por otros cualesquiera.

Yo me lo encontré por casualidad, y ya dudé en saludarlo, pero él se me adelantó. Entre nosotros solo podía haber una enorme distancia, un terraplén cuando menos, quizá un profundo acantilado de por medio. Pero yo le apreciaba de verdad, y quería pensar que a él le pasaba lo mismo. Esperé su abrazo de compromiso, ese que se adjudica a los conocidos, con más pose que sentimiento.

En cambio, recibí un catálogo del lenguaje corporal de la amistad. Sus brazos me rodearon, ejerciendo mucha más presión de la necesaria, sus mejillas se acoplaron a las mías, como las piezas de un puzzle, sus ojos me miraron derrotados, y sus lágrimas fueron a parar a las comisuras de mis labios. Y no pude por menos que hacer lo mismo, pero esta vez con absoluta convicción, con arrojo, con exposición y con dolor. Y no pude por menos que pensar en todo lo que habría podido sufrir esa criatura, envuelta en un aparente halo de triunfo, que seguramente se desvanecería al cruzar el dintel de su dormitorio.

Cuando finalmente pudimos despegarnos, él me contó la vacuidad de su vida, la ausencia de cariño, la falta de estímulos vitales, la futilidad del éxito y la soledad del traidor. Y lloró humildemente por haber cometido el error definitivo, el que cambió una vida por una simple supervivencia. Y caminando entre las calles engalanadas de nuestra ciudad, entre los sonidos de zambombas y villancicos, bajo guirnaldas, abetos y luces intermitentes, tuve que explicárselo con calma:

“Mira, lo único que ha sucedido, es que has sufrido un despiste. Nos puede pasar a cualquiera”

Y registrando como banda sonora el sonido de la última campanada, supe en el acto que le habíamos recuperado.

¿Acaso creíais que os libraríais de una moraleja navideña?

Queridos argonautas, os transmito mis mejores deseos para estas Fiestas Navideñas, los que no figuran en los mensajes publicitarios, aquellos que solo se pueden expresar con un abrazo.

Antonio Llamas

Escribir me relaja, no tengo otra intención. Me permite añadir un tema de conversación a las tertulias con los amigos, especialmente a aquellos que están más alejados o cuyas agendas colisionan más con la mía.

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