Me siento a la mesa sin mucho ánimo. Escucho el piano a un costado con esa melodía que canto en mi cabeza: Aquellos ojos verdes de mirada serena… que coincidencia. Mis ojos verdiazules, de un claro translúcido, ahora, son mi principal atractivo. Hace ya muchos años que dejé de sentirme bella.

La sensación de abandono siempre está presente, me pesa levantarme, más salir. Evito el contacto con la gente porque me siento inútil. ¿Qué sentido tiene la vida? el bullicio me agobia, quiero paz.

─¿Desean ordenar?─ La voz de la mesera me saca del ensimismamiento. Mi amiga pide un desayuno con huevos motuleños, yo, molletes, es uno de los más baratos. No dejo de pensar, que debí quedarme en casa, estoy aquí a insistencia de Amaranta.

Cuando Antonio me pidió en matrimonio, ni siquiera había terminado la prepa, pero él era tan apuesto y alegre, que no dudé en dejarlo todo para formar una familia. Todas me envidiaban, incluso Amaranta, mi mejor amiga. Es un tipazo, decía, te sacaste la lotería.

En ese entonces era una joven de belleza singular, de rubios cabellos y ojos verdes, contrastaba con la mayoría de las compañeras, mi figura lucía esas curvas que seducen a los hombres y mi voz melodiosa y tersa, impactaba a los escuchas cada vez que cantaba.

Los primeros años fueron de adaptación, llevar una casa y procrear hijos, era una tarea difícil para una niña bien, como yo. Jamás había usado una escoba, mucho menos pensado en el dolor de un parto o cambiar pañales, nunca  amamantar a un bebé. Llegado el momento me sentí vulnerable, desprotegida y triste. Es depresión post-parto, ya pasará, dijo Antonio con un tono de desprecio.

Ahí comenzó todo. Poco a poco se fue alejando, yo lo negué siempre. Con familiares y amigos, no dejaba de hablar de lo bien que me iba y del estupendo marido que era. Mi rostro se tornaba macilento, mi cuerpo había perdido la firmeza y la voluptuosidad. Sólo Amaranta, preguntaba con frecuencia qué pasaba: ─Dime qué tienes. No es normal esa flacura, amiguita. ¿En qué te ayudo?

Los  hijos llegaron uno tras otro sin apenas darme cuenta. Tan fácil que hubiera sido buscar anticonceptivos, sin embargo, ni siquiera hubiera osado proponérselo a Antonio, no fuera que se enojara o que pensara mal. Buscaba satisfacerlo en todo: la casa, la comida, los niños, mi apariencia.

Así pasó el tiempo, sumergida en una inercia que me iba apagando de a poco. Me veía al espejo, sólo para constatar que estaba gorda. Amaranta insistía: Que va mujer estás demacrada, pálida, en los huesos, no importaba la marca de tu ropa, nada te queda, cuelga en los hombros como si fuera de otra. Por más que intentaba cuidar mi imagen, el cuerpo era de una persona anoréxica sin darme cuenta; en cambio él, parecía más joven, siempre pulcro y bien vestido.

Terminaba extenuada por las tardes. Después del quinto hijo, uno cada año, nunca volvió a tocarme. Él optó por cumplir con sus deberes económicos. Jamás faltó a la casa, pero internamente estaba segura que permanecía conmigo por obligación. Su formación tradicional le impedía desobligarse de los hijos, yo era su seguro para educarlos.

Los olores ajenos impregnaban la recámara. Rencorosa, lanzaba su ropa a la lavadora intentando que desaparecieran, pero ya los llevaba dentro, incapaz de preguntar siquiera qué pasaba. Cuando empezaron las llamadas a todas horas, se apresuraba a contestar encerrándose en un lugar lejano para evitar que escuchara.

Lo aguanté todo por miedo. ¿Qué haría si me abandonaba?  La vida había pasado dejando como siempre una huella cada vez más profunda. ¿Qué haría con cinco hijos estudiando? Él, fuera, no se haría cargo, lo sabía. Me refugiaba en los niños, en sus tareas, juegos, ropa; cuidaba hasta el último detalle de su vida para escapar de la mía. Nunca les dije siquiera un poco de lo que pasaba.

La noche que llegó borracho, con el labial en la camisa, no pude más y estallé en gritos y llantos. Sentía celos aún por un hombre que no me había amado por años. ¿La conozco?, repetía una y otra vez. Entonces sentí en la mejilla el fuego que me arrojó al suelo: No te importa, te lo doy todo, joyas, ropa, ¿no?, qué más da. Bastante me cuesta mantener a una mujer como tú. Esas fueron sus palabras. Eso dolió mucho más que los golpes.

─No puedes permitirlo─, repetía Amaranta al teléfono. Ven a mi casa. —No sé qué hacer, era mi simple respuesta.

Después de ese primer día, las golpizas se sucedieron. Evitaba tocarme la cara para que nadie lo notara. Medrosa como siempre, callaba, sintiéndome cada vez más poca cosa. Llegué a pensar que era culpable: no me había cuidado, no había estudiado, no sabía hacer nada. A mis propios ojos, el trabajo doméstico era eso: nada.

Los hijos crecieron, se convirtieron en profesionistas, uno a uno, se fueron casando. La soledad y el dolor se hicieron compañeros inseparables. Así que el día llegó. Necesito el divorcio, aquí están los papeles, firma. Ni siquiera, en ese momento pude decir algo. Mis hijos no saben explicarse qué hice para que me abandonara. Sí, me lo dio todo menos respeto y amor.

Cómo una dádiva me dejó la casa y una pensión miserable: para que no te mueras de hambre, repitió con una sonrisa irónica en los labios. Poco después se dejó ver con ella del brazo, una mujer joven a la que le dobla la edad. Ella tiene lo que yo tenía.

Amaranta no me deja. Quisiera quedarme encerrada para que nadie me vea. Cuando salgo, siento que todos tienen lástima de mis circunstancias, como si adivinaran mi vida paso a paso. Prefiero quedarme recostada sin pensar, viendo transcurrir el paso del tiempo.

Hoy que me invitó a salir, dudé siempre, pero estoy aquí. La canción me recuerda la juventud que quedó atrás pero también la luminosidad de mis ojos. Alguien comienza a pasar un micrófono. Amaranta señala sobre mi cabeza sin yo darme cuenta: aquí, aquí, dice. Entonces me percato de lo que ha hecho. Por favor, recalca con un gesto de súplica.

Me dan el micrófono. Recuerdo los días de prepa en las islas, la guitarra acompañando. Mi voz surge sin miedo. La gente voltea a verme con admiración y los aplausos que siguen me conmueven. Tal vez no todo esté perdido. La mesera trae la cuenta, Amaranta se apresura a tomarla. Yo pago lo mío, balbuceo insegura. No, dice mirándome con cariño a los ojos. Te invité, fin de la conversación.

Al salir, observo la belleza del lugar: los altos techos, las columnas con sus capiteles,  maderas preciosas en las paredes, los mosaicos arábigos. Tal vez no todo esté perdido. Tengo aún una hermosa voz y la belleza de mis ojos verdes. Quizás. Me costará mucho recobrar la dignidad, pero ahora, vislumbro una pequeñísima luz en el horizonte.

Lorena Guadalupe Páez Aguirre

Lorena Guadalupe Páez Aguirre

Cuando pequeña, soñaba y escribía. Jugaba con mis hermanos a "la escuelita" y yo era la maestra, esto último se cumplió. Durante muchos años gocé de las satisfacciones que deja la docencia en casi todos los niveles, en consecuencia, la escritura se fue postergando. Mis circunstancias cambiaron. Ahora, escribir por fin es prioritario y mi país México, siempre me regala un motivo para hacerlo.
Lorena Guadalupe Páez Aguirre

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