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Busco la sombra. Me pego a la pared intentando sentir menos el calor alucinante. Voy de regreso a mi hotel cuando veo la entrada del bar Jardín. No lo pienso, mi sed me lleva directo al oasis.

El lugar está lleno. No es para menos, todos sentimos el bochorno del trópico. Escudriño con la mirada para encontrar una mesa desocupada. Al fin veo una en el lugar más alejado. Camino hasta llegar a ese espacio fresco y escondido.

El mesero tarda un poco pero no me importa. El lugar me relaja. Se me antoja algo fresco, que me quite la sed. Cuando por fin me atienden, elijo un mojito. Es la hora feliz, que fortuna.

Bebo como si se tratara de una limonada. Termino los dos tragos. Pido otros, no debo desaprovechar. El bochorno me agobia, apenas comienzo a sentir el fresco del jardín.

Una música en el fondo, me recuerda que estoy en Juchitán: es un son. No lo reconozco pero me alegra escucharlo. Aquí siempre hay motivo para festejar. Hoy, quiero recordar tiempos felices y los voy desmenuzando uno a uno en la memoria.

La oscuridad invade los espacios. Una luz tenue aparece en cada rincón. Hay velas encendidas titilando por doquier. Empieza la música en vivo: baladas y boleros se turnan. Me relajo y disfruto las voces y la bebida. Es la hora perfecta para deleitarse con el ambiente.

Una pareja de enamorados intercambia caricias en la mesa de junto. Se aíslan de los demás, no existimos para ellos. Al frente, cerca de la entrada, festejan algo. Las voces, risas y chocar de copas, es constante en ese espacio.

Está cercana la medianoche y el tiempo parece que no avanza. El efecto de las copas que he bebido empieza a manifestarse. Tarareo las canciones que no sé,  y sigo las letras que conozco con una voz somnolienta. Disfruto de mi soledad.

Son las once y algo. Pido un mojito más, prometiéndome que será el último. Mañana no me levantaré temprano. Muchos se han ido. Estamos a media semana y tienen que trabajar. Suerte que estoy vacacionando en este siete de septiembre.

Siento trepidar la tierra. Un golpe fuerte, un sonido extraño. Algo ruge debajo. Está temblando, digo para mí. Salgan, grito. Es una reacción de citadino.

Me pongo en pie. Me tambaleo. No, no son las bebidas, es la tierra que se estremece. La gente corre hacia la calle. El estruendo continúa de vez en vez. En un segundo las paredes de adobe y piedra,  el techo de teja del bar, se vienen abajo. Se levanta una cortina de polvo.

¡Hay gente adentro todavía! Grita una de las trabajadoras. No salieron.

Dónde estaban. Pregunta alguien.

Hay gritos, llanto, dolor.

Creo que son cuatro. Dice la misma voz que dio el aviso. Estaban en la cocina.

Como podemos nos acercamos al lugar. Levantamos piedras con las manos. Queremos sacar a la gente que se quedó.

Se oye una voz entre las voces. Llegan vecinos de todas partes. ¡Busquen ayuda!

Hacemos una fila para pasar de mano en mano los pesados escombros. Parece una tarea interminable. La oscuridad es total. No hay luz eléctrica. Tememos una réplica. Alguien pide silencio. Escuchamos un ruido. Creemos que están vivos.

Redoblamos esfuerzos. Tras minutos regresa aquél que fue a buscar apoyo.

Juchitán se ha roto. Dice. Hay muchas casas destruidas. Se cayó el mercado. El Palacio Municipal se resquebraja. Una torre de la iglesia se deshizo. Se quiebra su voz. La ayuda tardará.

Era un lugar pequeño. Los montículos no lo reflejan. Faltan manos para remover escombros: lajas duras, enormes; tejas rotas, pedazos de muebles, cacharros aplastados; trozos de barro.

Amanece. Queremos escuchar voces. No las hay.

Lorena Guadalupe Páez Aguirre

Lorena Guadalupe Páez Aguirre

Cuando pequeña, soñaba y escribía. Jugaba con mis hermanos a "la escuelita" y yo era la maestra, esto último se cumplió. Durante muchos años gocé de las satisfacciones que deja la docencia en casi todos los niveles, en consecuencia, la escritura se fue postergando. Mis circunstancias cambiaron. Ahora, escribir por fin es prioritario y mi país México, siempre me regala un motivo para hacerlo.
Lorena Guadalupe Páez Aguirre

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