Cada vez que terminaba la jornada sentía desasosiego. Con calma, ordenaba el escritorio, guardaba los enseres y cerraba el auditorio tratando de no pensar. La oscuridad, para mí ya no era atractiva. Estaba en la edad en la que el cuerpo ha cambiado y los intereses más.

Las sesiones en el aula de medios eran mi refugio. Los estudiantes llegaban contentos, parlanchines, entusiasmados por su maestría. Difícilmente podrían adivinar que detrás de mi sonrisa, se encontraba una mueca al pensar en el final de la actividad. Regresaba a casa, con el pensamiento mágico de que me tocarían todos los altos para llegar más tarde.

¿En qué momento cambió? No lo sé con exactitud, pero me parece que se notó más cuando se jubiló. Ambos habíamos llegado en épocas cercanas a lo mismo, pero yo, había seguido trabajando. Sentía que debía aprovechar al máximo mis circunstancias para continuar dando a los demás, el producto de mi esfuerzo y estudios. Él en cambio, sólo esperaba la ocasión para retirarse de inmediato.

Me parece que nunca se dio cabal cuenta de lo que me costaba el retorno a la vida conyugal.

Pasaba el día sentado ante la computadora o haciendo llamadas. Los recibos telefónicos aumentaron en forma alarmante y salía a escondidas sin decirme a donde iba; al fin y al cabo yo estaba ocupada y él no. Cuando le dije que mi organismo ya no era el mismo, comenzó a dudar.

Me parece que la falta de apetito sexual en mí, surgió más por su actitud, que por los cambios hormonales. La visita al médico, me dejó claro que debía cambiar mis hábitos: para eso están los lubricantes. ¿Y a la mente, quién la ayuda?

Él siempre había sido un excelente amante, así que le extrañó que yo me negara por primera vez. No hubo respuesta que le satisficiera:

─ ¿Andas con alguien más?

─ ¿Qué te pasa? ¿A qué hora lo haría? Me la paso trabajando.

Comenzó a tener otras conductas extrañas. Yo estaba convencida de que me seguía para confirmar que me había hecho de un amante. Al principio me causaba risa. Después de tantos años, me parecía ridículo que no supiera que era incapaz de engañarlo, no tanto por él, sino por mí. Con el tiempo y la constancia, terminó por enfadarme.

Mientras más insistía, más me negaba. Habíamos creado un perfecto círculo vicioso. El sólo pensar que me estaría esperando con un gesto inquisitivo, me arruinaba el retorno. La alegría del cálido recibimiento de los primeros años, se había escabullido. La pasión había desaparecido por completo.

Evitaba la alcoba. Me quedaba hasta tarde revisando trabajos y contestando correos. Buscaba ir a la cama en lo más profundo de su sueño. Sólo así lograba evitar su cercanía. Su piel me daba escalofrío. No podía imaginar cómo un hombre que aseguraba que su mujer lo engañaba, podía insistir tanto en acostarse con ella.

Cuando acepté el café con los alumnos, nunca imaginé que sería el principio del fin. Llegué unos minutos tarde. Las preguntas y recriminaciones no se hicieron esperar:

─ ¿Dónde andas?

─Llamé para avisarte pero siempre sonó ocupado. Fui al café con mis alumnos.

─Regrésate con tu amigo.

La frase me causó gracia. Mi sonrisa despertó en él una ira profunda.

─Eres una puta.

Sentí un golpe, luego otro con mayor fuerza. Después llegó la oscuridad total.

Lorena Guadalupe Páez Aguirre

Lorena Guadalupe Páez Aguirre

Cuando pequeña, soñaba y escribía. Jugaba con mis hermanos a "la escuelita" y yo era la maestra, esto último se cumplió. Durante muchos años gocé de las satisfacciones que deja la docencia en casi todos los niveles, en consecuencia, la escritura se fue postergando. Mis circunstancias cambiaron. Ahora, escribir por fin es prioritario y mi país México, siempre me regala un motivo para hacerlo.
Lorena Guadalupe Páez Aguirre

Últimos post porLorena Guadalupe Páez Aguirre (Ver todos)

Deja un comentario