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Cuando vieron terminada su obra, grandes sonrisas se dibujaron en los rostros de los pequeños. La lentejuela brillaba con guiños de luciérnaga, el rebozo era el abrazo de mamá; las largas trenzas enredadas en el trío de colores, la bandera de su país;  la catrina completa, el recuerdo.

—¡Terminamos!

—Bravo, bravo, lo conseguimos −aplaudieron festejando con brincos y abrazos.

A mediados de octubre los había interceptado la migra. Josué se había encontrado en el camino hacia el norte con Karen y Silvia. Tenía diez años de no ver a su padre; su madre al perder toda noticia de él, había optado por unirse a un hombre que resultó alcohólico y violento. El adolescente cansado de los golpes escapó de su casa tan solo con su mochila escolar, una muda y su cepillo de dientes.

En el camino a Ixtepec, Josué atrapó  una iguana que vendió al primer cliente. Con cien pesos en el bolsillo y apenas trece años,  trepó a “la bestia” en Oaxaca. El pesado tren llevaba ya en su lomo a centenas de inmigrantes centroamericanos. La mayor parte adultos jóvenes y varios niños o adolescentes como él.

—Me llamo Josué. ¿De dónde vienes? —preguntó a un joven de tez morena y ojos vivaces.

—Soy Antonio, vengo de El Salvador, ¿y tú?

—De aquí, de Oaxaca, vivía en Espinal. ¿También vas a Texas?

—No, quiero llegar a Chicago, allá está mi familia.

Josué, sabía que su padre estaba en alguna parte de  Corpus Christi, al menos eso era lo que había escuchado de su madre. Tenía la esperanza de encontrarlo para vivir con él, de lo que estaba seguro era de no querer regresar a la casa materna, esto lo identificó con Antonio.

—¿Cómo piensas llegar? —Josué trataba de indagar lo más posible para tener una idea de lo que haría.

—En Brownsville me estará esperando un coyote para pasarme al otro lado, de ahí debo hablar para que me digan qué hacer y a dónde ir; me dieron este número —el chico le muestra una hoja arrugada-. Espero lograrlo, fue difícil llegar a Arriaga, mi mamá me está esperando. Hace mucho que no la veo.

El traqueteo del tren apenas le permite oír las palabras del salvadoreño. Antonio le cuenta cómo lo asaltaron en Chiapas, le quitaron todo, lo que le obligó a trabajar como mozo para juntar algo de dinero. El viento les alivia del calor abrasante, la noche se acerca, conversan hasta muy tarde pero los vence el cansancio quedando profundamente dormidos.

—Antonio —al despertar, Josué no ve al joven. Lo llama, lo busca por todos los vagones,  pregunta por él sin encontrarlo:

—Debe haberse caído al dormir —una voz desconocida deja esas palabras al viento. La sola idea aterroriza a Josué. La gente parece ajena al hecho; no sería la primera vez, muchos han quedado en el camino; los albergues están llenos de personas mutiladas, sin pies, sin manos…

Karen y Silvia son hermanas, tienen apenas diez y quince años, ellas subieron en Tierra Blanca, Veracruz:

—¿Encontraste a tu amigo? —le pregunta una de ellas, preocupada y triste.

—No, dicen que se cayó —el niño, contesta apenas en un susurro.

—Si se quedó dormido puede ser, vamos muy rápido.

El viaje es largo, entre tren y tren; a veces esperan hasta tres días para continuar el camino. Los niños se han unido para seguir el viaje. Sus cortas edades no son obstáculo para querer llegar a los Estados Unidos. En algunos puntos del trayecto, les ofrecen agua, galletas. Todavía hay gente buena por esos caminos.

—Agarra la bolsa, yo te detengo para que no te caigas —Silvia detiene a Josué para que se incline y alcance los alimentos que les ofrecen con el vagón en movimiento. Algunos les avientan botellas con agua que apenas logran atrapar. Orizaba, Puebla, Tlaxcala,  la Ciudad de México, Hidalgo y otros estados más van quedando atrás. Llevan casi dos meses de viaje.

En Ciudad Victoria escuchan que han asaltado a los que iban en los últimos vagones sobre el techo. Ellos han tenido suerte porque viajaban abajo en las plataformas. Al menos sólo les quitaron el dinero y los zapatos; alguno recibió golpes con el canto del machete. Karen se refugia en el regazo de su hermana, ambas tiemblan pero no dicen nada. Están muy cerca de la frontera. Josué toma instintivamente la mano de las niñas.

—Vamos a llegar, ya verán —las niñas lo miran con los ojos brillantes por el  llanto.

—Sí —balbucean.

—Ya falta poco —Josué lo dice más para sí, con miedo de que pueda pasar algo peor a las niñas.

Las hermanas van en búsqueda de su madre. Tienen seis meses ya sin saber de ella. Abusada por el tío, Silvia decidió escapar con su hermana para evitarle el mismo sufrimiento. Salieron con unos cuantos pesos, y una postal con la última dirección.

Tal vez porque son niños reciben ayuda de todos. En Reynosa un coyote acepta llevarlos a Mac Allen por los pocos pesos que les quedan. Logran pasar la frontera sin problemas. A los dos días los detiene la policía migratoria.

En un albergue para migrantes, con la dirección y los datos que llevan, ahora tienen la esperanza de que localicen a sus padres; llevan quince días ahí. Termina octubre y han solicitado ayuda para festejar a su manera el día de muertos. Con papel, engrudo y cualquier material que encuentran se han puesto a elaborar una catrina.

El trabajo manual ha logrado por  unos días que olviden el infierno vivido. Sus alas están rotas, pero su edad lleva consigo la belleza de la voluntad.

Lorena Guadalupe Páez Aguirre

Lorena Guadalupe Páez Aguirre

Cuando pequeña, soñaba y escribía. Jugaba con mis hermanos a "la escuelita" y yo era la maestra, esto último se cumplió. Durante muchos años gocé de las satisfacciones que deja la docencia en casi todos los niveles, en consecuencia, la escritura se fue postergando. Mis circunstancias cambiaron. Ahora, escribir por fin es prioritario y mi país México, siempre me regala un motivo para hacerlo.
Lorena Guadalupe Páez Aguirre

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