Ahí estaban en su anular. No eran una alianza y un anillo de compromiso, como otros. Después de largos años de convivencia, habían decidido formalizar su relación. Sabían perfectamente que para ellos no era necesario firmar un acuerdo. Se amaban y la rutina diaria era la mejor forma de constatar que podían pasar toda una vida juntos.

Ambos contaban con una historia dura; no obstante, en lugar de lamentarse, cada uno por su cuenta, había decidido lidiar con sus recuerdos de la mejor manera posible. Sus orfandades se habían dado en lugares distantes: Mauricio en la costa, Alejandra en el altiplano. Él se había forjado en las calles, ella con una tía lejana que la enviaba a pedir limosna. La ausencia de amor siempre fue una constante en sus vidas.

Cuando tuvieron conciencia de sus circunstancias buscaron la forma de salir de ellas. Mauricio subió a escondidas en un camión que llevaba plátanos a la ciudad y Alejandra le pidió a a su vecina, que  la llevara a trabajar a su casa de México.

Así fue como coincidieron un día en el mercado. Él ayudaba a cargar la mercancía de algún parroquiano cuando sin percatarse dio un empellón a la joven que iba en busca de sus materias primas:

─Perdón, no te vi. No quise lastimarte.

─No pasó nada, no hay problema.

─Si me dejas, para disculparme, te ayudo a llevar tu mercancía─. Alejandra, viendo su pesada canasta, accedió gustosa. Sola en la gran ciudad, sintió que podría encontrar en ese joven a un amigo. Mauricio la acompañó hasta la casa de su patrona, y le ofreció hacerlo cada vez que hiciera las compras.

Durante cada trayecto, fueron contando sus vidas. Los pesares y malos momentos tanto como los buenos. Su trabajo les daba cierta independencia, si bien con muchas limitaciones.

Alejandra convenció a Mauricio de iniciar la escuela abierta. Por las noches se reunían para estudiar. Así descubrieron que tenían capacidades que no habían considerado antes. Pasaban tanto tiempo juntos y con tal afinidad, que un día decidieron probar a vivir en el mismo espacio;  sus gastos serían menores.

La vida de los que menos tienen se dificulta. Ellos sin proponerselo iban encontrando puertas abiertas, tal vez siempre habían estado ahí, quizás sólo era que estaban aprendiendo a verlas mientras que otros pasaban de largo. Su honradez les acercaba oportunidades. En pocos años habían logrado obtener los certificados de primaria y secundaria, les faltaba poco para el bachillerato.

Escucharon un golpe seco en la puerta. Sus miradas se encontraron sorprendidas. ¿Quién podría ser a esas horas de la noche? Se encontraban en vela preparando su examen final. Miraron en rededor. El cuarto de azotea en que vivían tenía ventanas por todos lados, pero no alcanzaron a ver nada extraño.

Mauricio, hizo una señal a Alejandra para que no hiciera ruido y salió con sigilo. Ella oyó otro golpe y un leve gemido. Sin pensarlo tomó un tubo que siempre había estado arrumbado en un rincón y salió decidida blandiéndolo en la noche cerrada. Alcanzó a ver una silueta correr entre las ropas colgadas y a Mauricio tendido en el suelo.

Recibió cinco puntadas pero no pasó a mayores. Por más que indagaron no supieron quién pudo haber sido. El velador del edificio pensó en un drogadicto que merodea por las inmediaciones. Con la cabeza aún vendada. Mauricio le pidió a Alejandra matrimonio:

─ ¿Quieres casarte conmigo? Conseguí un trabajo fijo. Tendré seguro social y puedo inscribir a mi esposa. Después de lo que pasó, creo que jamás necesitarás de él; pero yo, no quiero perderte─ Alejandra sonrió.

─Un golpe en la cabeza puede abrirte los ojos. Cuando te vi tirado pensé que podías estar muerto, me di cuenta de lo que siento por ti.

La boda fue muy sencilla, sólo con sus ex patrones como testigos. No quieren hijos aún y esperan lograr terminar una carrera. Los anillos llegaron después, sólo como un recuerdo de los años vividos juntos.

Lorena Guadalupe Páez Aguirre

Lorena Guadalupe Páez Aguirre

Cuando pequeña, soñaba y escribía. Jugaba con mis hermanos a "la escuelita" y yo era la maestra, esto último se cumplió. Durante muchos años gocé de las satisfacciones que deja la docencia en casi todos los niveles, en consecuencia, la escritura se fue postergando. Mis circunstancias cambiaron. Ahora, escribir por fin es prioritario y mi país México, siempre me regala un motivo para hacerlo.
Lorena Guadalupe Páez Aguirre

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