Cuando inicié mi viaje, era totalmente confiada e inexperta. El ambiente que me rodeaba estaba repleto de árboles frondosos con pesadas ramas por los frutos madurando o los nidos con sus polluelos; pastos mullidos, flores de colorido asombroso, cielo translúcido, riachuelo de aguas limpiamente cantarinas.

Mis días primeros no los recuerdo. Quizás he olvidado porque mi nacimiento como todos fue doloroso. Me parece que la memoria se inició en ese espacio, aunque sé que ya para entonces, había atravesado por años de contacto con la naturaleza y transmutación ígnea. Pero mi despertar con los hombres fue ahí.  Un día apareció en el horizonte aquel joven de tez bronceada, rudo caminar y risa estridente.

Ángel era su nombre. Él hizo un alto en su camino, me miró y algo pasó por su mente pues sus ojos resplandecieron. Me tomó con sus dedos tocando cada parte de mi cuerpo como tratando de intuir a través del tacto, mi calidad interna. Yo, desconociendo toda intimidad, lo dejé hacer. La sorpresa se dejó ver en los rasgos de su cara y me llevó consigo durante casi todo el camino. Por él salí de mi ambiente original, eso a veces llegó a pesarme, pero me permitió conocer el mundo.

Ángel logró que permaneciera con él como si fuera un amuleto. Ajena a otros lugares y personas,  me percaté tarde del cambio drástico de campo a ciudad; nunca me dejaba sola, siempre iba a su lado a donde fuera, me acariciaba con delicadeza cuando lograba un objetivo, pero cuando algo fallaba, descargaba su ira en mí apretujándome con todas su fuerza. Un día, cuando creyó que ya no le hacía falta simplemente me echó de su lado.

De aquella arenisca a un lado del río, había pasado a calles polvorientas y malolientes. Estaba de vuelta al camino. Ahí permanecí algún tiempo, sin saber qué hacer. Yo observaba el ir y venir de la gente; en ocasiones, alguno sin darse cuenta me hacía a un lado, entonces permanecía en espera, pensando por qué no me veían con aprecio, sí en cambio, como si no tuviera valor. Era un simple canto rodado terso y blanco en espera de otra oportunidad. Estaba segura de que alguien descubriría mi potencial.

Un puntapié me sacó de mis pensamientos. Un par de gañanes se solazó jugando conmigo un buen rato. Esa experiencia fue difícil de entender. Parecía que por el solo hecho de encontrarme en la calle, ellos tenían el derecho de tratarme sin miramientos. Uno a otro, turnaban la oportunidad de tenerme. Conocí el dolor y la humillación de ser un objeto sin sentido.

Ellos me llevaron por los lugares más oscuros y nauseabundos de la ciudad. Por fortuna, no duró demasiado. Esos pillos tenían otras cosas por hacer, perder su tiempo vapuleándome, no era productivo; así que después de darme unos puntapiés más, también me dejaron sin miramientos, ni siquiera voltearon a ver si quedaba entera o rota

Ese trato violento dejó huellas en mí. Creí que mi destino era ese: servir de desahogo para almas enfermas. A partir de ese momento, rodé por caminos diversos, arrastrada por muchos con la simple intención de externar un poco de su energía negativa. Como si con cada golpe liberaran un mal que llevaran dentro.

En ese andar por veredas, calles y avenidas, me fui desgastando. Aquella forma curvilínea, armoniosa que inicialmente me definía, pasó a otro estadio, tan distante al inicial, que ya no me reconocía a mí misma. ¿Cuántas manos me tocaron? ¿Cuántos pies me arrojaron lejos de sí? No lo recuerdo, pero aprendí a ver en cada rostro una gama tan amplia de emociones dañinas, que juro,  agradecí que fuera mi cuerpo el que sufriera esa ira y no una persona más.

Al final de cada encuentro con un ser humano diferente en apariencia, pero con angustias similares, siempre tuve la confianza que mi cuerpo asimilaba las experiencias para bien. La lluvia  lavaba toda huella que dejara en mí el último turno; el sol trasladaba la energía necesaria a mi interior. La naturaleza humana estaba plagada de frustraciones y desafíos. Me había tocado ser un instrumento de desfogue.

Tanto tiempo había pasado ya desde que Ángel me sacara de mi ambiente, que apenas lo recordaba. El campo tan diferente de la ciudad no me había preparado para el temperamento humano. A punto estaba de renunciar a lo que consideraba mi destino cuando apareció Julieta.

En ese momento alguien me había abandonado en el sendero de un parque.

Estar en él me daba un respiro. Recordé el canto de los pájaros, el aroma de las flores y la brisa recorriendo mi cuerpo. Ella me tomó con delicadeza. Yo fingí no sentir nada, estática esperaba que el cambio en mi apariencia no fuera motivo para que me arrojara o tratara como los demás, pero no fue así. Vio cada una de mis facetas. Me llevó a casa.

El espacio de Julieta era todo armonía y paz. Su estudio se encontraba repleto de troncos, piedras, y otras piezas encontradas en el camino. Si veía algo con posibilidades estéticas lo recogía y trasladaba con cuidado para regalarle horas de observación y trabajo.

Al ver lo que hacía comencé a entender por qué me había llevado consigo. Mi forma no era ya la perfección del canto rodado pero había adquirido sinuosidades peculiares. Ella las estudió con parsimonia hasta crear en su mente algo concreto. Poco a poco, el óleo fue creando rasgos, líneas, ondulaciones, para al final causar una impresión tan real como estética.

Sobre mi superficie Julieta plasmó un águila en vuelo. Ella captó a la perfección el movimiento de las alas y la intención de caza en la mirada del ave, aprovechando cada una de mis aristas. Mi cuerpo, después de tanto rodar y desgastarse, al fin había encontrado   el fin último: ser un medio para la belleza.

Lorena Guadalupe Páez Aguirre

Lorena Guadalupe Páez Aguirre

Cuando pequeña, soñaba y escribía. Jugaba con mis hermanos a "la escuelita" y yo era la maestra, esto último se cumplió. Durante muchos años gocé de las satisfacciones que deja la docencia en casi todos los niveles, en consecuencia, la escritura se fue postergando. Mis circunstancias cambiaron. Ahora, escribir por fin es prioritario y mi país México, siempre me regala un motivo para hacerlo.
Lorena Guadalupe Páez Aguirre

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