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¿Quién soy? ¿Dónde estoy? Me preguntaba una y otra vez. Una sensación de angustia me embargaba. Me encontraba a mitad de la calle y mi cuerpo no atinaba a tomar una dirección. Me sentía perdido sin saber qué hacer.

Caminé un rato tratando de reconocer algún sitio, intentando darme un nombre. No supe cuánto tiempo deambulé por las calles. De a poco fui recobrando la noción del tiempo y el espacio. Me senté en la banca de un parque y después de preguntar a un transeúnte dónde estaba, pude retomar el camino a casa.

Encontré a mi hija alarmada por mi tardanza. Al verla, llegaron en torrente mi identidad, mi nombre y mi historia. No suelo dejarla esperando y en esa ocasión, al no tener noticias mías, estaba a punto de llamar a los servicios de urgencias para indagar mi paradero.

Entonces le pedí que me escuchara. Hacía un tiempo ya que olvidaba todo. Tenía perfecta conciencia de mis vacíos. A veces era incapaz de recordar dónde había dejado las llaves o mis gafas; no se diga intentar poner nombre a libros recién leídos, fechas o direcciones de amigos de toda la vida.

Siempre creí, que eras omisiones debidas a mi edad; simples descuidos por la gran cantidad de actividades y obligaciones que todavía asumo; pero ese día, sentí que algo extraño me pasaba. Lo primero en que pensé fue en visitar a un neurólogo y así se lo comenté a mi hija.

Tal vez porque a ella le he platicado siempre de mis “rarezas”; me sugirió visitar a doña Francisca. Más por darle gusto que por convicción personal, accedí a acudir en su ayuda. Ahí en San Luis es conocida de todos.

Entré con reticencia. Ella afirma que alinea los chacras. El procedimiento es sencillo: acostado sobre un camastro, te transmite energía usando sus manos sin tocar ninguna parte de tu cuerpo. Con los ojos cerrados repito mi nombre y la dejo hacer.

Al finalizar el tratamiento me dice que ha visto mi cuerpo físico y mi cuerpo espiritual al pie de la cama. He estado dividido según su especial apreciación.Se muestra algo rara, un poco asustada diría yo. Ha logrado unirme nuevamente. En mi interior sonrío pero no quiero parecer desagradecido. Le doy las gracias y nos vamos caminando con calma.

Han pasado apenas unos días y los olvidos desaparecieron. Incrédulo lo comento a mi hija. Ella es joven pero menos escéptica que yo. No sé cuál haya sido la causa de tal mejoría pero me siento a gusto.

Ahora que me tomo unos minutos para pensar, recuerdo que de niño solía desprenderme de mi cuerpo y viajar por lugares desconocidos. Lo más interesante fue cuando vi a mi madre tan nítida en su recámara, hablando de cosas que yo no debería escuchar lo que me dejó la sensación de que nada era imposible para mí.

Esas experiencias quedaron en el pasado y jamás volví a intentarlo. Hoy me pregunto otra vez, si acaso esos viajes de mi niñez fueron reales.

Lorena Guadalupe Páez Aguirre

Lorena Guadalupe Páez Aguirre

Cuando pequeña, soñaba y escribía. Jugaba con mis hermanos a "la escuelita" y yo era la maestra, esto último se cumplió. Durante muchos años gocé de las satisfacciones que deja la docencia en casi todos los niveles, en consecuencia, la escritura se fue postergando. Mis circunstancias cambiaron. Ahora, escribir por fin es prioritario y mi país México, siempre me regala un motivo para hacerlo.
Lorena Guadalupe Páez Aguirre

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