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Decían que tenía dos caras: la del hombre irascible e intolerante y la del tierno cuentacuentos. Yo, que lo conocí un poco más de cerca, sé que tenía una tercera y verdadera.

Sus sobrinos le temían, su hijo lo evitaba. Veían en él un rostro adusto. Siempre presto a gritar y arrojar objetos cuando se le contradecía o no encontraba las cosas en su lugar. Como padre fue excesivamente duro, sin asomo de cariño. Como jefe era firme y estricto; severo pero preciso y visionario. Como simple mortal, un hombre atormentado.

Pero cuando se reunía la chiquillería en su casa y las sombras cobijaban el hogar, aparecía el cuentacuentos. Siempre con unas copas de más, solicitaba la fogata a su buena servidora doméstica. Eso era señal de que vendría una noche interesante.

Los niños corrían a tomar su lugar alrededor del fuego. Entonces, él se sentaba sobre la cómoda poltrona de cuero y transfigurado, comenzaba su historia. A veces eran hadas, otras visitantes de las galaxias, otra gnomos o simples terrestres que resolvían entuertos.

Su voz adquiría matices inesperados.  Las llamas en su danza noctámbula, esparcían sombras que entendían la magia del cuento. Cada niño se agazapaba conforme iba avanzando la narración, que cargada de suspenso y aventura, se adentraba en la imaginación de los pequeños. Alguno temblaba, el de más allá se afianzaba a la mano de su hermano mayor, otro cerraba los ojos con fuerza.

Al terminar corrían en busca de sus respectivos padres para repetir la historia y buscar en ellos la certeza de que todo era una invención. Su voz era tan convincente, que más de uno juró que lo escuchado había sido visto por sus propios ojos. Así de bueno era.

Los minutos de cuentacuentos eran los únicos en que se le veía rodeado por los niños. Durante el día todos lo evadían. Nunca intencionalmente se paraban frente a él. Sí sabían que había estado tomando se encerraban en alguna recámara y no salían hasta que algún adulto los llamara.

Conmigo siempre fue lejano y respetuoso. Por un amigo común supe del dolor profundo que guardaba. La pérdida temprana de su esposa, lo había hundido en la desesperación. Su sensibilidad extrema lo volcaba en  la escritura y el alcohol.

Cuando murió, los niños convertidos en jóvenes, se acercaron entristecidos por la pérdida. Sólo un puñado de personas, yo entre ellas, sabemos que la muerte fue el descanso para el padre que culpaba al hijo por la muerte de la madre.

Sin embargo, ahora que lo pienso, fueron muchas las noches de magia inigualable que el padre arrepentido regaló a su hijo en un vano intento por resarcir su ausencia de amor.

Lorena Guadalupe Páez Aguirre

Lorena Guadalupe Páez Aguirre

Cuando pequeña, soñaba y escribía. Jugaba con mis hermanos a "la escuelita" y yo era la maestra, esto último se cumplió. Durante muchos años gocé de las satisfacciones que deja la docencia en casi todos los niveles, en consecuencia, la escritura se fue postergando. Mis circunstancias cambiaron. Ahora, escribir por fin es prioritario y mi país México, siempre me regala un motivo para hacerlo.
Lorena Guadalupe Páez Aguirre

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