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Julián siempre buscó llenarse de adrenalina. En cualquier acto, parecía disfrutar con lo más arriesgado aun conociendo alternativas sin peligro. Cada paso que daba lo hacía sobre una cuerda floja. Sus padres vivieron en hospitales y ambulancias gracias al arrojo de su hijo.

Apenas contaba con dos años cuando voló  de la ventana al suelo. Esa primera ocasión, resultó ileso, tal vez por la flexibilidad de sus huesos. Su madre, quien desde la cocina, lo alcanzó a ver saltar se quedó con el Jesús en la boca.

Los años de la escuela elemental estuvieron llenos de suturas, vendajes, cabestrillos y férulas. Su médico de cabecera bromeaba diciéndole que su esqueleto era un gran rompecabezas. Jamás pudo seguir consejo o recomendación en lo concerniente a su seguridad.

Con los amigos comenzó a irse de pinta para subir a la tirolesa, a las cuatrimotos o al bungee. Probó de todo: autos de carreras, motos, parapente, rafting,  escapismo, malabarismo. Hasta que un día se encontró de frente con la fiesta brava.

Cuando vio el traje de luces, el paseíllo y el primer tercio ya quería estar en el ruedo. Después de la corrida buscó ponerse  en contacto con todo aquel que pudiera facilitarle su acceso a tan peligrosa actividad. Su arrojo y simpatía le abrieron las puertas. Nunca le importaron las opiniones en contra.

Consiguió una cornamenta que le servía para practicar y que dejó en un lugar visible en su casa. Como novillero fue desafiante y arrojado. Pronto consiguió quien le ofreciera la alternativa. Así inició una carrera que le daba lo que siempre había buscado: excitación en grado superlativo. Su madre llegó al clímax de la desesperación, su padre no encontró palabras para disuadirlo.

En las plazas se congregaban para admirar los pases atrevidos y novedosos de Julián y éste se sentía dueño de un mundo que le regalaba el placer de la aventura. Vivió extasiado, sobresaltado cada momento al enfrentarse con el toro herido e indefenso, temeroso de recibir una cornada bien merecida.

Con la fama le llegó el gusto por la bebida. Después de cada faena, los amigos y las mujeres que le seguían, invariablemente armaban la francachela. Siempre perdía la noción del tiempo y el espacio. Llegaba a su casa alucinando con los tercios y pases.

La cornamenta se convertía en el toro y el capote revoloteaba sin ton ni son cuando Julián quedaba solo. Un afán de seguir con la aventura, aún después de terminada la corrida, le impulsaba a realizar malabares.

El día que sucedió, no había nadie en la casa. Sus padres estaban fuera. La servidumbre en su descanso. Julián arremetió estoque en mano contra el toro imaginario. La alfombra fue un estorbo y tropezó. La espada atravesó la yugular.

Lorena Guadalupe Páez Aguirre

Lorena Guadalupe Páez Aguirre

Cuando pequeña, soñaba y escribía. Jugaba con mis hermanos a "la escuelita" y yo era la maestra, esto último se cumplió. Durante muchos años gocé de las satisfacciones que deja la docencia en casi todos los niveles, en consecuencia, la escritura se fue postergando. Mis circunstancias cambiaron. Ahora, escribir por fin es prioritario y mi país México, siempre me regala un motivo para hacerlo.