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Llegamos con el tiempo suficiente para evitar cualquier inconveniente. Con el registro previo, el ingreso a la sala de espera sería fluido, y rápido el trámite para documentar el equipaje. Me detuve algunos minutos para hacer el cambio de moneda ya previsto y me despedí de mi hijo y su novia, con la alegría de saber que retornaba al país de una gran amiga.

Tocaba esperar. La sala K estaba repleta de viajeros. El ir y venir propio de los aeropuertos internacionales provoca cierto tedio:

-Pasajeros a Narita, Japón, se encuentran abordando por la puerta cincuenta. Ultima llamada para pasajeros con destino a Madrid. Si se encuentra Arturo Roldán, favor de pasar a la puerta cincuenta y seis…

Las pizarras electrónicas anuncian que todos los vuelos están en tiempo. Poco a poco van apareciendo las puertas a las que cada persona debe acudir según su vuelo. El mío aún no la registra pero verifico que me encuentro en la sala correcta.

-Todos los pasajeros a Narita deben presentar pasaporte, pase de abordar y registro de inmigración. Quien no lo tenga, favor de acudir con nuestro personal.

La pizarra borra los vuelos que han salido. El mío se va acercando. Falta poco para que aparezca la puerta por la que deberé ingresar. Miro alrededor: dos hombres platican en las butacas enfrente de mí. Más allá una señora se ha recostado y duerme plácidamente. El hombre de junto habla con su pareja por videollamada.

Por fin aparece la puerta de mi vuelo. Es la cuarenta y tres. Han cambiado la sala de espera. Tomo mis pertenencias y me dirijo a la correcta. Varias personas caminamos en la misma dirección.  Al llegar observo que el vuelo irá repleto, casi no quedan butacas vacías. Me acomodo donde puedo.

-Se informa a los pasajeros que tenemos  sobre cupo. Se solicita a cuatro voluntarios para cambiar su vuelo. Se les proporcionará una compensación de doscientos cincuenta dólares.

Miro como con rapidez se acercan varias personas. Me pregunto cómo es posible que vendan más boletos.

-Por favor soliciten a nuestro personal la hoja de migración que deberán entregar.

Me acerco al mostrador para solicitar el documento.

-Ya tenemos a los cuatro voluntarios-escucho decir a alguien.

Abordamos con lentitud en el orden establecido por zonas. Yo ingresaré al final. Espero con calma. No tiene caso desesperar. Pasamos y hacen una revisión persona por persona. A algunos jóvenes los detienen para verificar el contenido de su equipaje de mano. Es molesto pero necesario.

Estoy a punto de entrar al avión:

-Disculpe pero tendremos que enviar su maleta abajo. Ya no hay espacio arriba.-Me toman por sorpresa y en forma automática les permito que le coloquen la etiqueta y se la lleven, -pero ¿no habrá problema?-Alcanzo a decir. -No, asegura la azafata.

El vuelo resulta tranquilo con un poco de turbulencia.

Lorena Guadalupe Páez Aguirre

Lorena Guadalupe Páez Aguirre

Cuando pequeña, soñaba y escribía. Jugaba con mis hermanos a "la escuelita" y yo era la maestra, esto último se cumplió. Durante muchos años gocé de las satisfacciones que deja la docencia en casi todos los niveles, en consecuencia, la escritura se fue postergando. Mis circunstancias cambiaron. Ahora, escribir por fin es prioritario y mi país México, siempre me regala un motivo para hacerlo.