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Rodrigo escucha caer el agua en la fuente. Taciturno observa sin que el bullicio de la plaza contigua le haga perder su atención. Ahora, sólo guarda un recuerdo preciso, doloroso aún a pesar de tantos años.

Estudie en la universidad de San Juan del Río, así que solía visitar las poblaciones cercanas para conocer un poco más. Ese fin de semana mis amigos tuvieron que insistir un largo rato pues me encontraba desvelado de la noche anterior, pero al fin, consiguieron animarme cuando dijeron que en la capital del estado había verbena y muchos lugares de interés histórico.

El grupo de amigos abordamos el pequeño sedán y partimos entre risas y canturreos. El trayecto me pareció corto ante la maravilla del cambio de paisaje arbolado a semidesértico. Cuando llegamos al centro de la ciudad, quedé gratamente impresionado: los edificios coloniales eran magníficos y la gente en verdad disfrutaba del ambiente apacible, de las calles empedradas tanto como de mimos o bandas musicales.

La algarabía contrastaba con el entorno; recorrimos las plazas cercanas, uno que otro museo, y ya agotados nos detuvimos en una cervecería por un gran rato. Al preguntar por otros sitios de interés, alguien nos recomendó visitar el templo de la Cruz. Ninguno es particularmente religioso, pero coincidimos en que valdría la pena conocer un lugar afamado por los árboles que dan cruces.

Al llegar, preferí esperarlos en la plazuela. El sol caía a plomo, agobiado caminé hacia la fuente con ánimo de refrescar mi frente. Ahí descubrí a una joven, quien sentada sumergía su mano en las aguas transparentes.

─Qué calor. ¿Siempre es así? ─Pregunté con deseo de conversar

─Casi siempre. Es muy seco. A veces sin darte cuenta te deshidratas y te duele la cabeza, es lo que llamamos golpe de calor. Por eso busco la sombra.

─Ah. Gracias por avisarme. Caminamos mucho y me siento cansado. ¿Eres de aquí?

─Sí.

Noté en ese momento la palidez de su hermoso rostro acentuado por unas ojeras profundas. Platicamos por un rato largo sin darnos cuenta, los temas afloraban uno tras otro en grata armonía; así supe que ella estudiaba ahí y que solía visitar cada domingo el templo, algo nada sorpresiva en la provincia mexicana.

─Vamos, Rodrigo, tenemos que regresar. ─Las voces de mis compañeros interrumpieron la plática por lo que presuroso pregunté:

─¿Cómo te llamas?¿ Puedo hablarte? Estudio en San Juan del Río. ─Ella sonrió con la mirada.

─Búscame en fb como Tariarani.

Entonces corrí al encuentro de mis amigos deseoso de llegar pronto a buscar a Tariarani. En las próximas semanas iniciamos un intercambio a distancia que nos permitía irnos conociendo un poco. Así identifiqué que sólo publicaba poemas, fotografías de paisajes y canciones; nada que mostrara algo concreto sobre ella o su familia, aunque vislumbraba romanticismo y melancolía.

De a poco, me fui sintiendo más cerca a Tariarani, opté por ir solo a Querétaro y buscarla los domingos en la fuente del templo de la Cruz. Algo en ella me impedía acercarme en forma distinta a la de la amistad, muy contrario a lo que hacía habitualmente con cualquier mujer que me gustara; la sentía siempre cálida pero distante, así que llegué a pensar que estaría comprometida pero yo evitaba hacer alguna pregunta directa pues  de alguna manera temía la respuesta.

Mis amigos comenzaron a bulearme. Se burlaban de mí y de continuo me decían que estaba embrujado; yo me reía y en contra de lo que ellos esperaban lo único que lograron fue que evitara acudir a sus reuniones y borracheras. Tariarani me hacía sentir a gusto, apoyaba mis estudios y se alegraba cada vez que le compartía mis buenos resultados en los exámenes.

No siempre pude verla; en varias ocasiones me avisó de visitas a la Ciudad de México, por tanto sólo nos comunicábamos por el correo o mensajería. Esos días  me parecían más largos y contaba las horas para poder encontrarme con ella en la fuente.

Un domingo, después de uno de esos viajes me pareció más pálida que de continuo:

─¿Estás enferma? ─Le pregunté realmente preocupado pues veía en su mirada una languidez que antes no había identificado. Ella me vio a los ojos y me dijo:

─¿Alguna vez te has preguntado por qué vengo aquí cada domingo?

─Vienes a misa, ¿no?

─No precisamente. Me gusta entrar al templo y meditar durante largo rato. En realidad nunca me quedo a misa. Veo a la gente, sé de su fe; muchos vienen en busca de un milagro. Yo ya no lo espero. Hace tiempo quise creer y luché con todos los medios disponibles.

A estas alturas, ya sentía una angustia indescriptible, de qué milagro me hablaba.

─¿A qué te refieres?

─Cuando te conocí, quise creer otra vez. Acepté un nuevo tratamiento. Pero ayer me han confirmado que ya no hay remedio. Me queda muy poco tiempo.

En ese instante aquella frialdad que había empezado a sentir me cubría por completo. El vacío del que hablan muchos, estaba ahí, dentro de mí, yo sin aliento.

─¿De qué hablas? No es posible.

─Sí. No me dijeron cuánto, solo que es muy poco, por eso prefiero decírtelo. No quiero que sea todavía más sorpresivo.

Quedé mudo, atónito, enojado con la vida, enojado con ella. De pronto sabía que esa era la razón de su distancia. El enojo entonces se volcó conmigo: debí haberme acercado más. ¿Por qué no lo había intentado?

─Debe haber algún otro tratamiento.

─Ya he probado todo. Incluso la fe. Creo que ya no hay nada más.

La abracé con fuerza, cuidando sólo no lastimarla. Sentí un cuerpo adelgazado, una fragilidad jamás imaginada. Ella respondió a mi abrazo con cariño. Vi su mirada triste y a la vez serena.

─Llevo años luchando. Estoy cansada. Tú me diste fuerzas donde ya no las había. Agradezco haberte conocido  porque me dio nuevos ánimos y alegría de vivir.

La besé como nunca volveré a hacerlo. Nos despedimos con la promesa de encontrarnos cada domingo sin perder uno solo. El sábado siguiente recibí el correo anunciándome su muerte.

Terminé mi carrera, han pasado varios años.  Todavía guardo en la memoria ese rostro pálido y bello, pero lo que más presente sigue en mí, es la calidez de un amor que no fue.

Lorena Guadalupe Páez Aguirre

Lorena Guadalupe Páez Aguirre

Cuando pequeña, soñaba y escribía. Jugaba con mis hermanos a "la escuelita" y yo era la maestra, esto último se cumplió. Durante muchos años gocé de las satisfacciones que deja la docencia en casi todos los niveles, en consecuencia, la escritura se fue postergando. Mis circunstancias cambiaron. Ahora, escribir por fin es prioritario y mi país México, siempre me regala un motivo para hacerlo.
Lorena Guadalupe Páez Aguirre

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