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Entonces decidí unirme. La paga era superior, mejor que en cualquier trabajo de los buenos. Ya no lo pensé: ─ ¿Te hace falta gente Pintado?─ Siempre hace falta─. Ni siquiera reparé en porqué decía eso.

Empecé como todos, desde abajo. Primero sólo eran mandados, desde limpiar pisos hasta ir por las chelas.─ Tú, calladito─, insistía el Pintado. ─A hacer lo que se te diga─. Recibía primero unos cuantos pesos. Creo que me estaban calando. Yo veía el ir y venir de las camionetas, de la mercancía. Después me llevaron al monte, donde guardaban la droga; ahí seguí sirviendo en muchas faenas.

Con lo que ganaba fue suficiente para darle lo necesario a mi madre  para que no sufriera más;  creí que con eso la salvaría, pero no fue así. El dinero no era lo que ella quería, sólo buscaba estar en paz y percibió que me había metido en algo fuerte, esto aceleró su enfermedad. Cuando murió pensé que había sido demasiado tarde, me prometí que jamás volvería a pasar hambre, menos por un dolor similar.

Empecé a ver los cargamentos de droga y el dinero que llegaba en mochilas u oculto entre los paneles de las camionetas.─ ¿Cuándo me toca  llevar y traer uno de esos?─ Le pregunté al Pintado─ Si sigues así, tal vez pronto. Sin madre, ni nada o nadie que me atara a la tierra, morir era lo que menos me preocupaba

Un día les urgía llevar una carga y todos estaban ocupados. ─Te toca, tienes suerte─. Me dijo y me dio las instrucciones exactas, paso a paso. ─De ti depende, la traición se paga con la vida, no se te olvide. Fui y regresé sudoroso, pero me pagaron muy bien. Me dieron pero eran muchos miles de pesos, más adelante eran cientos de miles y yo siempre calladito como me dijera el Pintado.

Pasé años con ellos. Igual que muchos me hice de una casa, mi camioneta lobo e igual me llené de cadenas y relojes caros. La muerte siempre rondaba, don José, en consecuencia cualquier lujo me parecía poco. A salto de mata, siempre; lo único que debía cuidar era no abrir la boca más de la cuenta, ni quedarme con nada que no fuera mío. Eso me lo advirtió el Pintado.

Había muertos casi a diario, si no era por los milis, era por los de otros carteles. Esa es la razón por la que siempre buscan quién se les una. Entonces lo entendí y trataba de seguir las indicaciones al pie de la letra. Conocía qué autoridades estaban en la nómina y con quién debía acudir si había algún problema con la mercancía.

Veía como mataban sin piedad a cualquiera que no pagara por pequeña que fuese la deuda. La guerra entre carteles era constante pues había que ganar la plaza: cabezas cercenadas, cuerpos destrozados, avisos para no invadir el mercado. Tardé en verme con sangre en las manos, los demás llevaban decenas de vidas en su haber.

El Pintado me cuidaba. Muchas veces él usó la fusca en mi lugar, algo que hacía cuando no había nadie más. Debía permanecer su imagen de matón sin escrúpulos. Esa predilección no se justificaba por nada, no nos habíamos tratado hasta ese entonces y contrastaba con la forma en que levantaban a cualquiera para que se uniera a la fuerza, con amenazas y golpes.

Lorena Guadalupe Páez Aguirre

Lorena Guadalupe Páez Aguirre

Cuando pequeña, soñaba y escribía. Jugaba con mis hermanos a "la escuelita" y yo era la maestra, esto último se cumplió. Durante muchos años gocé de las satisfacciones que deja la docencia en casi todos los niveles, en consecuencia, la escritura se fue postergando. Mis circunstancias cambiaron. Ahora, escribir por fin es prioritario y mi país México, siempre me regala un motivo para hacerlo.
Lorena Guadalupe Páez Aguirre

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