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Un día, caminando por la plaza, la vi. Estaba atardeciendo, el aire corría suave entre los ficus del parque y ella salía de la escuela. Su falda al viento dibujaba una silueta suave, bien formada y sus ojos sonreían sin que sus labios lo hicieran. Me gustó. Sin pensar me acerqué: ─ Quiero saber cómo va mi sobrino─ Fue lo primero que se me ocurrió. ─Pase a la dirección mañana, me dice el grupo y yo le busco la información.

Era la secretaria de la directora. Al día siguiente fui y le dije la verdad. No había tal sobrino. Ella sonrió por primera vez, se iluminó su mirada. La esperé hasta que salió y nos tomamos una nieve. Poco a poco la fui ganando, para entonces ya estaba enamorado.

Con Lucía, todo comenzó a salirse de control. Quería protegerla, darle una vida sin pobreza ni preocupaciones. Pero ella dudaba, algo vislumbraba con mi atuendo y comportamiento: ─¿En qué andas Genaro? La gente por aquí no tiene tanto como tú o tus amigos─. Ella sabía. Entonces fue que pensé en salirme.

El amor le da a uno alas, pero ya estaba hundido hasta el pescuezo. El día que le dije que quería casarme con ella, me pidió que le tuviera confianza, que le dijera la verdad. Así lo hice. Ella se asustó mucho. Tantas muertes en la zona, tanto dinero rodando en las camionetas, sin ley, sin gobierno, no eran buenos, me dijo.

Pero, ella también estaba enamorada. ─Sólo deja el narco, vámonos lejos. Podemos iniciar sin nada, trabajando honestamente, no eres tonto Genaro─. Le prometí que lo haría, pero yo me había jurado no volver a pasar hambre. Si me quedara con el dinero de la última entrega, podríamos empezar con algo.

Todo lo tendría que pensar muy bien. A nadie le conté mis planes, a nadie le interesaban. Busqué una troca ya de uso en buenas condiciones, que no llamara la atención, y la dejé con el antiguo dueño pidiéndole que me esperara para llevarla en una semana. No sospechó.

Busqué entre las cosas de mi madre difunta y encontré la dirección de la tía en Texas. Nos iríamos allá. Cruzaríamos la frontera y comenzaríamos una vida en un lugar lejano, sin nadie que nos conociera, ella seguro nos ayudaría y nos haríamos ojo de hormiga para que no nos siguieran.

Cuando el Pintado me asignó el siguiente trabajo, me dijo que debería intercambiar los maletines en el norte del estado, que tuviera más cuidado que nunca. Yo ya estaba esperando el aviso, porque ahí siempre tiene uno sus contactos.

Lucía se emocionó al saber que nos iríamos. Le pedí que tuviera todo listo y que no dijera nada a nadie, que no llevara ropa, yo se la compraría y le diría cuándo. El día anunciado llegó. Entregué la droga y recibí el dinero como si nada, pero no fui con el Pintado; en su lugar corrí donde Lucía y le pedí que me siguiera. La noche era oscura.

Yo sé que no esperaron ni diez minutos para empezar a buscarme cuando no entregué la maleta, para entonces ya estábamos caminando en el monte. Lucía estaba muy asustada porque intuía lo que pasaría si nos alcanzaban. Lo supo cuando vio el maletín y le dije que no preguntara nada. También sé que dudó en seguirme, lo que no sé es por qué lo hizo.

Le pedí que descansara, que yo cuidaría, que no me dormiría. Pero el sueño me venció, don José. De pronto sentí la pistola en la sien. ─¿Qué te dije Genaro?─ Ahí estaba el Pintado junto a mí, a Lucía la tenían amagada y lloraba.

─Ah, nos tendremos que asegurar de que no se vuelva a repetir─, al decir esto, estaba dando una señal a los otros. Me tenían entre cuatro, con la cabeza hacia ella y me obligaron a ver cómo la violaban. Uno tras otro. ─Para que te acuerdes que no se traiciona─. En balde tantos miramientos contigo, todo por tu madre que en paz descanse. Aunque no lo creas, la quise como tú a esta muchachita.

No tiene nada que ver, grité en vano. Primero puteé, amenacé; luego pedí perdón, les dije que no volvería a suceder. Ella no duró mucho tiempo, se desmayó cansada y dolida, gracias a Dios ─Claro que no volverá a suceder─ Vi un fogonazo y no supe más.

¿Por qué no me remataron? No sé, no sé si porque pensaron que ya estaba muerto o si lo hicieron para castigarme de por vida. Al despertar estaba mal herido, ella ultrajada y muerta, en el mismo lugar. Lo que había jurado se volvía en redondo, yo ahí sufriendo como nunca, sin nada, sin poder regresar.

Así me encontró usted don José. Dice que si no me hubiera quejado se hubiera ido sin más. Esperando que acabara en la fosa común junto con Lucía, como tantos otros. Me ha mantenido aquí, escondido en el monte, con una bala incrustada en la cabeza. Vivo de puro milagro.

Vivo y con el corazón muerto. Ése se murió con la primera mirada de Lucía, horrorizada y dolida. Entregué el alma, perdí el aliento y la esperanza, con la culpa de  una suerte que aceptó cuando se fue conmigo y que yo estúpidamente creí poder evitar.

¿Sabe por qué se lo cuento don José? Porque esta historia es tan común, como no tiene idea. Porque bien podríamos ser un número más. No quiero llevarme conmigo la memoria de Lucía, sepultarla en el silencio para que nadie la recuerde.

Lorena Guadalupe Páez Aguirre

Lorena Guadalupe Páez Aguirre

Cuando pequeña, soñaba y escribía. Jugaba con mis hermanos a "la escuelita" y yo era la maestra, esto último se cumplió. Durante muchos años gocé de las satisfacciones que deja la docencia en casi todos los niveles, en consecuencia, la escritura se fue postergando. Mis circunstancias cambiaron. Ahora, escribir por fin es prioritario y mi país México, siempre me regala un motivo para hacerlo.
Lorena Guadalupe Páez Aguirre

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