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Comienza el aterrizaje. Hay  niebla. Tendremos que sobrevolar diez minutos más debido a que el piloto no alcanzó a ver la pista. Hay cinco aviones en las mismas condiciones, nada de qué preocuparse. Desde la ventanilla observo las montañas que rodean a Bogotá: verde y neblina me reciben.

He olvidado traer una pluma conmigo. Tendré que esperar para llenar el formato de migración. La mayor parte de pasajeros son nacionales, así que la fila de extranjeros es mínima. Me recibe un joven con mirada seria:

-¿De dónde nos visita? ¿Cuál es el motivo? ¿Dónde se quedará? ¿Cuál es la dirección de su amiga?

Contesto cada pregunta y me detengo en la última. Busco en mi bolsa los datos. No los he memorizado. El agente de migración copia directamente de la libreta  y me permite el paso con un “bienvenida” y una leve sonrisa.

Me dirijo a buscar mi equipaje. La línea correspondiente al vuelo empieza a desocuparse. A lo lejos veo la primera maleta, la espero y bajo con un poco de esfuerzo. Sigo esperando. La de mano no aparece. Pregunto a la encargada. Hay otra persona en las mismas circunstancias. Al parecer no las enviaron en el mismo vuelo.

Levantamos una reclamación de equipaje. La otra persona va a Cali. Ambas estamos molestas: nos han mentido al respecto.

Salgo última de la sala. No he llenado mi hoja de migración. Lo hago en el módulo y paso con otro agente. Entrego el formato y salgo.  De inmediato veo a mi amiga con su hijo. Nos abrazamos. Hace tres años que no nos vemos.

Llego a la ciudad gris. La lluvia está presente de manera cotidiana. Hoy parece que descansa, aunque nublado, no llueve. Mi amiga trata de ponerme al corriente. Su hijo es más alto de lo que aparenta en las fotografías. Él es una mezcla de mexicano y colombiana en todos sentidos. Escucho con deleite su habla peculiar. Para ellos, soy yo la que canta.

Platico al fin la anécdota de la maleta. La persona que levantó el reporte de demora me dijo que lo más seguro es que llegue en el siguiente vuelo. En la copia que me han dado aparecen los teléfonos a los que se supone podré hablar para preguntar. Viajamos en auto hacia Cundinamarca, muy cerca de Bogotá.

La mañana pasa rápido entre anécdotas y bromas. Los obsequios que he traído son bien recibidos. Los productos y artesanías mexicanas se añoran en esta familia. Por la tarde marco a los teléfonos registrados en el reporte. Me preocupa cuándo tendré mi maleta, en ella viajaban mis pertenencias personales más urgentes.

A pesar de mi insistencia, jamás logro comunicarme. Busco otro teléfono. Encuentro uno de larga distancia, directo con la aerolínea. Cuando logro el contacto me dicen que no tienen aún el reporte de mi equipaje. Espero hasta que consiguen información: no saben dónde está.

Al día siguiente me informan que la maleta ha aparecido y que llegará al domicilio en que me encuentro. Dos días sin ropa, sin aditamentos para conectarme o recargar mis instrumentos electrónicos. He tenido que pedir que me presten un cable para pasar corriente a mi celular que ha muerto.

En verdad es una monserga quedarse sin maleta en un país extraño.

Lorena Guadalupe Páez Aguirre

Lorena Guadalupe Páez Aguirre

Cuando pequeña, soñaba y escribía. Jugaba con mis hermanos a "la escuelita" y yo era la maestra, esto último se cumplió. Durante muchos años gocé de las satisfacciones que deja la docencia en casi todos los niveles, en consecuencia, la escritura se fue postergando. Mis circunstancias cambiaron. Ahora, escribir por fin es prioritario y mi país México, siempre me regala un motivo para hacerlo.