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En ese entonces, el aroma que invadía las calles aledañas no era significativo. Carlota entró a la panadería como si ése hubiera sido siempre su espacio y la gente que de continuo asistía a esa hora de la mañana volteó a verla con admiración.

Alta, mulata, mirada inquisitiva y porte sensual, más parecía modelo de revista que chef de alta cocina. En su andar delataba su paso por muchos caminos y países. El panadero en jefe la vio con desconfianza, una mujer así no podía ser una buena repostera, mucho menos panadera.

La mayor parte de los clientes en ese momento eran mujeres, tal vez uno o dos hombres que miraban boquiabiertos, ellas en cambio, envidiosas apresuraron su compra. Joaquín Pellegrini, el dueño, se aprestó a recibirla.

─Es un placer tenerte ya en Petits péchés.

─Encantada de estar aquí ─  Una voz firme se escuchó apareciendo junto a una gran sonrisa.

Las presentaciones al personal fueron rápidas y concisas: a partir de ese instante  se haría cargo de la pastelería. Habría cambios que nadie imaginaba y que sólo ella podría definir después de unos cuantos días de observación y trabajo.

Los rumores cumplieron su cometido. Pronto muchos parroquianos se acercaron para constatar la llegada de la singular mulata. Los vitrales de la panadería permitían visualizar a la perfección el trajín de los reposteros con la mujer al mando.

La apariencia del pan seguía siendo la misma, pero el sabor, sin dudarlo era otro, delicado y profundo, dejando en el paladar reminiscencias de gustos aristocráticos. La confitería en cambio, era una total revolución. Tanto la forma como el contenido se habían trastocado en pequeñas esculturas que desafiaban al paladar y la imaginación.

Pellegrini se encontraba extasiado con la mujer que aquél amigo, en el viejo continente le había recomendado. Cuando probó el primer coulant del horno de Carlota, supo que jamás permitiría que esa mujer saliera de su vida. Los croissants,  visitandines, y madeleins, volaban de los escaparates, las ventas se multiplicaron y su reputación se fue a las nubes.

Pronto se encontró repartiendo franquicias por un alto costo. El secreto de las recetas lo poseía Carlota, quien distribuía pequeñas tareas entre el personal pero nunca la fórmula completa. El éxito de Petits péchés era total.

La mulata no sólo ponía todas sus cualidades en la repostería, cada noche elegía una invitación diferente para divertirse y repartir pequeñas muestras de las delicias de sus hornos. Comenzó a recibir regalos inusitados desde una orquídea negra hasta boletos para viajar a lugares exóticos, pero ella no aceptaba ninguno.

Cada hombre que recibía sus obsequios permanecía rendido e insistente para lograr otra salida con la mujer. Nadie volvía a gozar de sus favores. Comenzó a labrarse el mito de sus artes extrañas, sin que alguien se atreviera a confirmar el uso de materias o fórmulas fuera de lo común. Para entonces Pellegrini quien había observado a lo lejos. Comenzó a asediarla.

Carlota agradecía sus invitaciones pero siempre tenía un pretexto apara evadirlas, la principal: No salía con sus jefes. Pellegrini entonces comenzó a actuar temeroso de perder los beneficios que obtenía con la presencia de la mulata en su negocio. Una mañana Joaquín, despertó con la idea de que debía casarse con esa mujer para sellar un contrato que permaneciera por siempre.

Después de dos o tres años de trato continuo, esa sería la mejor manera de engrandecer aún más su negocio. Se acicaló como nunca, vistió el mejor traje traído de Italia y reservó en el lugar más prestigioso de la ciudad: hablarían de negocios.

Cuando presentó a Carlota el gran diamante, ésta permaneció inamovible. Su rostro no reflejó una sola emoción, un gracias pero no puedo aceptar, se dejó escuchar como siempre con seguridad. Ella salió del lugar con su porte y se perdió entre la multitud del recinto.

Pellegrini le perdió la pista desde ese momento. El día siguiente la repostería sufrió un colapso descomunal y los antiguos panaderos tuvieron que tomar el mando para no perder la producción, sin embargo, las quejas por el cambio drástico de los sabores no se hicieron esperar.

Joaquín viajó a Francia en espera de re encontrar a su contacto. Fue en vano, nadie supo darle noticias de Carlota. Poco tiempo después supo de una pastelería italiana que estaba siendo una gran revelación en Europa, después otra en Turquía y así, en otros lugares distantes uno del otro. Cada vez que Pellegrini voló, se encontró con lo mismo: nada de Carlota.

Para sobrellevar la derrota, Pellegrini buscaba a la mejor repostera del lugar y la seducía en espera de encontrar a una sustituta de Carlota. Todo fue en vano. Las franquicias cayeron, el negocio fracasó y tan sólo quedó la antigua panadería con sus clientes de siempre.

El  panadero en jefe dice que nunca hubo una repostera estrella, que todo fue producto de la imaginación de los trabajadores para sobrevivir en un mundo de competencia inusitada, algunos clientes, en cambio pretenden  que el magnate de la repostería enloqueció de impotencia ante la pérdida de la mulata.

Lorena Guadalupe Páez Aguirre

Lorena Guadalupe Páez Aguirre

Cuando pequeña, soñaba y escribía. Jugaba con mis hermanos a "la escuelita" y yo era la maestra, esto último se cumplió. Durante muchos años gocé de las satisfacciones que deja la docencia en casi todos los niveles, en consecuencia, la escritura se fue postergando. Mis circunstancias cambiaron. Ahora, escribir por fin es prioritario y mi país México, siempre me regala un motivo para hacerlo.
Lorena Guadalupe Páez Aguirre

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