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Las calles anegadas eran una invitación. Chabeli tomó sus botas de hule, las colocó en los pies helados y se dispuso a salir. La noche había echado su húmedo manto hacía ya un buen rato, las calles estaban vacías, menos los portales donde aún permanecía don Martín en su puesto de tacos.

Cada minuto transcurrido desde que salieran sus padres, le causó una sensación de cosquilleo en el cuerpo. Lo que pensaba hacer era una travesura y si la descubrían tendría que atenerse a las consecuencias.

─Seve, ya es hora, ya se fueron, van a regresar hasta la media noche─ su hermano, saltó vestido de entre las sábanas. Ambos habían acordado hacerlo.

─Sí, ya los oí ─ Dijo Seve,  y se  calzó con prisa otro par de botas─,  vámonos rápido para que nos dé tiempo.

─Ponte el impermeable por si vuelve a llover

─ ¿Y tú por qué no te lo pones?

─ Porque ya soy grande, hace calor y a mí no me hará daño si me mojo. Chabeli, apenas dos años mayor que su hermano, siempre tomaba la iniciativa. En el pueblo los juegos nocturnos eran de lo más común. El calor del trópico invitaba a disfrutar del fresco que traía consigo la oscuridad.

Los niños salieron. Chabeli tomó de la mano al pequeño y caminaron por la calle encharcada. Seve saltaba sobre cada espejo de agua para salpicarla. Ambos reían. Cuando pasaron enfrente del puesto de don Martín le saludaron con mucha confianza:

─ Buenas noches don Martín.

─ Buenas noches niños, ¿van al río?

─ Sí, vamos a jugar con los otros

─ Tengan cuidado, llovió y el agua debe estar rebotada.

─ Sí, gracias, nos vemos al rato.

Cruzaron las pocas calles que los llevaban al río. Ahí se encontraban ya sus compañeros de juego, algunos en el recodo iluminado por las farolas del pequeño muelle.

─ Pensamos que no venías. ¿Por qué trajiste a tu hermano?─ Seve, volteó a mirar a Chabeli.

─ Ya saben que no salgo sin él. Si no lo quieren me voy─. Ella menor que la mayoría, era bien aceptada por su espíritu aventurero, sin embargo, el pequeño les estorbaba para sus incursiones nocturnas

─ No, pero lo cuidas tú.

─ Siempre lo hago.

─ Hace mucho calor, nosotros ya nadamos un rato. Vamos─ El grupo de jóvenes se zambulló en el agua parda del río, Chabeli se dirigió a su hermano y le dijo: ─siéntate aquí y no te muevas. Seve afirmó con la cabeza y sumergió los pies en el río.

Sabía que le estaba prohibido nadar después de la lluvia, el fondo, si bien no era profundo,  se volvía cenagoso; pero los amigos siempre alardeaban de saber nadar sin importar el momento. Tenían dominadas las corrientes, al menos eso decían todos y Chabeli no se podía quedar atrás. La niña, se preparó de inmediato y saltó como los demás.

El agua estaba tibia, y en ese momento turbia. Chabeli, sintió el piso, trató de impulsarse para salir a la superficie y  sus pies quedaron clavados en el lodo. Las algas se enredaban en sus piernas y mientras más intentaba liberarse, más parecía introducirse en el fondo. Miró hacia arriba; una tenue luminosidad, le indicaba dónde se encontraba el muelle, no estaba lejos, no podía darse por vencida, era una experta nadadora.

El agua rebotada le impedía ver a su rededor. Si algo malo pasaba sus padres la tomarían contra Seve por ser el hombre, eso le daba energía. Luchaba contra la corriente, el cieno y las algas; pero, no alcanzaba algo firme. Sus pulmones estaban a punto de estallar: ─Una vez más─, se dijo, dobló las piernas para aumentar la fuerza en un intento de salto…

Ahhh¡ aspiró con una gran bocanada y despertó sobresaltada. Don Martín , a su lado le sostenía la cabeza.

─De no ser por tu hermano, ya no estarías aquí. Él alertó a los muchachos y corrió a llamarme─. Chabeli después de eso lo pensaría antes  de desobedecer a sus padres.

Lorena Guadalupe Páez Aguirre

Lorena Guadalupe Páez Aguirre

Cuando pequeña, soñaba y escribía. Jugaba con mis hermanos a "la escuelita" y yo era la maestra, esto último se cumplió. Durante muchos años gocé de las satisfacciones que deja la docencia en casi todos los niveles, en consecuencia, la escritura se fue postergando. Mis circunstancias cambiaron. Ahora, escribir por fin es prioritario y mi país México, siempre me regala un motivo para hacerlo.
Lorena Guadalupe Páez Aguirre

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