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Gritó cuando estaba por llegar al río: Corre, a ver si me alcanzas. Me había sorprendido con esa reacción inesperada. Habíamos estado platicando de tiempos pasados en ese pequeño comedor a orillas del Guigu Bi´cuu. La tarde nos encandilaba con luces estridentes. El sol cayendo a plomo nos había obligado a detenernos en ese lugar tranquilo y sencillo de Juchitán.

Ella se caracterizaba por tener un carácter fuerte y un comportamiento liberal. La conocí por intercesión de uno de mis mejores amigos. Desde que nos presentaron habíamos congeniado. Me gustaba más que otras mujeres y me hacía pensar que yo también le agradaba.

La tarde se nos había escapado sin darnos cuenta. Las tlayudas y botanas condimentaron la plática. Me había contado cómo se había hecho amiga de algunos pintores reconocidos en el ambiente y cómo la habían invitado a pintar los muros de la escuela primaria.

Estaba realmente satisfecha de su trabajo y siempre buscaba la manera de participar en los movimientos magisteriales. Se sentía comprometida con la causa. Era maestra de corazón y pintora por vocación. Ese era el motivo por el que no se casaba. Prefería tener para sí todo el tiempo posible.

Al saber que escribía como columnista en un periódico de izquierda, se sintió más atraída por mí. Eso me hizo sentir seguro y un tanto vanidoso. Le conté algunas de mis aventuras mientras consumíamos con rapidez nuestras cervezas. No podíamos permitir que el clima las echara a perder.

La noche nos había alcanzado entre risas y comilona. Para entonces, nuestros cuerpos daban muestras de cansancio, no así nuestra imaginación. Parecía que al calor de las bebidas, el ánimo era cada vez más alegre.

Por un momento la perdí de vista. Cuando volteé a verla, corría hacia el río.  Llevaba ya el torso desnudo. Sus ropas iban cayendo una a una en el camino. Apenas tuve tiempo de asimilar la invitación. Mi miembro erecto, me urgía a alcanzarla en las tibias aguas.

La torpeza de mis movimientos me hizo constatar que había bebido demasiado. A esas alturas, la oscuridad era total y no se veía algún transeúnte por esas calles alejadas del centro del poblado. Como pude me despojé de mis ropas. Entonces sentí el agua tibia. Ella ya se encontraba bañándose con una delectación inusitada.

Me acerqué enardecido. En ese momento lo que más deseaba era tener a esa mujer que nos acompañaba en ese viaje de trabajo. Mi pensamiento era uno solo y estaba dispuesto a poseerla ahí mismo en el río de los perros.

Poco a poco me acercaba. La corriente si bien era lenta no dejaba de ejercer presión. Nadaba haciendo gran esfuerzo. Ella parecía moverse en su elemento. Me sentía exhausto cuando al fin logré darle alcance. Nos encontrábamos ya en la otra orilla y mi pasión había dado paso a la decepción.

─¿Rico, no?

─Sí ─contesté sin mucho entusiasmo.

─No me digas que te cansaste.

Percibí un tono burlón en sus palabras.

─No, que va. Sólo estoy un poco envarado por el exceso de bebida. Ya pasará.

Ella sonrió.

─Bien, descansa unos minutos. Debemos regresar para la reunión de mañana. Es importante que estemos alertas para tomar los mejores acuerdos.

Mi corazón se iba sosegando lento. En ese momento me quedaba claro que mis intenciones no se cubrirían. Regresamos al hotel con paso cansino. Disfrutábamos la brisa nocturna y un cielo estrellado que no veíamos en la ciudad de México.

Al llegar a su habitación me invitó a pasar. Había cejado el efecto de las cervezas y mi impulso inicial se avivó de inmediato. A partir de esa noche comenzamos una relación abierta y desinteresada.

La lucha sindical nos unía. Con frecuencia coincidíamos en los congresos estatales. Yo me fui entusiasmando. Un día pensé que sería conveniente formalizar la relación. Coincidía nuestra visita a Juchitán. Ese sería el momento adecuado.

Al terminar la reunión le ofrecí el anillo en una copa llena de mezcal. Al verlo, sólo movió la cabeza en sentido negativo.

─Lo siento ─dijo con voz firme, sin titubear. No puedo decir que me haya sorprendido. En mi interior sabía que esa sería su respuesta. Lastimó mi dignidad pero hoy la entiendo. Siempre fue fiel a sus principios.

Con el paso del tiempo llegó a ser una de las más aguerridas líderes magisteriales. Pero lo más importante fue su obra pictórica. Pocos la conocen pero yo, que estuve tan cerca de ella, sé que en sus murales dejó parte de su corazón.

Lorena Guadalupe Páez Aguirre

Lorena Guadalupe Páez Aguirre

Cuando pequeña, soñaba y escribía. Jugaba con mis hermanos a "la escuelita" y yo era la maestra, esto último se cumplió. Durante muchos años gocé de las satisfacciones que deja la docencia en casi todos los niveles, en consecuencia, la escritura se fue postergando. Mis circunstancias cambiaron. Ahora, escribir por fin es prioritario y mi país México, siempre me regala un motivo para hacerlo.
Lorena Guadalupe Páez Aguirre

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