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A Rafaela Chavarri le quedaban cuatro meses y trece días para convertirse en la esposa de unos de los más ricos hacendados de la región. Andrés, su padre, no quería perder la oportunidad de afianzar su riqueza, con una unión más que esperada desde el nacimiento de su hija en los últimos años del siglo XIX,  y los planes de desarrollo, en ese momento, dependían en gran medida de ella.

La vida en la hacienda siempre tenía algo nuevo para Rafaela. Al regresar de la ciudad de México, después de escapar de una de las escuelas más renombrada para señoritas, todo parecía recobrar sentido. El verde de los cañaverales, el gorjeo de los pájaros, los juegos entre hombres a caballo y los baños en las heladas aguas de los ríos, le daban mayor vitalidad. Cuando el calor arreciaba solía nadar desnuda guarecida por alguna de sus sirvientas. El vuelo de las mariposas la hacía desear perder su cuerpo humano, despertando en ella sueños de viajes fantásticos, y el azul del cielo manchado de blanco, a sus ojos, mostraba la hacienda vista desde las alturas.

Cuando supo del acuerdo entre familias, no le prestó importancia; educada para ser ama de casa, le resultaba lo más natural. Con apenas diez y siete años, su experiencia con hombres era totalmente nula, y juegos infantiles formaban parte aún de su vida diaria. Así que al llegar las fiestas del carnaval, un entusiasmo pueril afloró en ella. Se encontraba deseosa de ver a los danzantes con sus atuendos estrambóticos y a la gente del pueblo bailar en el consabido “brinco”.

Con los preparativos de las fiestas, en la hacienda se notó un movimiento extraño. El padre de Rafaela comenzó a tener intercambio con gente de la ciudad. Algo traía entre manos, lo que llevó a restar atención a su hija, encargándole a la madre los preparativos para la boda. El carnaval fue también el pretexto para poner en contacto al futuro matrimonio. Al principio fue como un juego más el elegir diferentes géneros de tela para su ajuar, así como los diseños en revistas de modas traídas de París; pero, cuando le fue presentado el futuro marido, cayó en la cuenta de que distaba mucho de ser un partido apetecible.

Anastasio Araoz, miembro  de la aristocracia Morelense, se había enriquecido por el usufructo de los trapiches enajenados a los dominicos en Coahuixtla, y la alianza con los Chavarri era afable a sus ojos por  la belleza de la heredera. A sus cuarenta y tantos años, se le hacía tarde ya para formar una familia; comparado con ella, era un viejo sin atractivo.

Rafaela comenzó a tener noticias del caballero y de sus tiendas de raya. El trato que oía, daba a los campesinos, era totalmente inhumano, muy diferente a lo que había visto con su padre en la hacienda; mientras que en ésta se percibía aprecio y respeto entre sus habitantes, con Araoz, el resentimiento se escondía entre los cañaverales. Cada integrante del feudo, debía la mitad de los enseres al patrón y el látigo se dejaba sentir sin miramientos cuando alguno se permitía protestar por el mal trato.

El hombre, era totalmente libre de decidir incluso si aceptaba o no las bodas entre sus trabajadores, asegurando siempre que la futura desposada pasara por sus habitaciones un día antes del matrimonio.

Rafaela averiguó más al respecto, e incluso buscó la manera de concertar una reunión con una de aquellas infelices jovencitas. Con oídos atentos, escuchó de sus labios la bestialidad de las violaciones de que había sido objeto: “Me tiró sobre su escritorio y mientras introducía con furia su sexo dentro de mí, decía palabras horribles. Repetía que tenía a una puta virgen y me golpeaba sin parar. Creí que me mataría”

A partir de ese momento, buscaba cualquier pretexto para permanecer sola y evitar algún encuentro con Araoz. Algunas tardes, sin que nadie se diera cuenta, salía de su habitación para acercarse a las plantaciones de su prometido y así poder hablar con las esposas de sus trabajadores.

No había una sola que no hubiera pasado antes entre sus piernas. Así supo de Camila, ella, se  había resistido a la violación, muriendo ahorcada mientras la bestia eyaculaba. El odio que la gente de esa hacienda sentía, se notaba en las miradas y en los susurros del viento.

Don Andrés había decidido compartir sus planes con la familia: la hacienda se innovaría y para lograrlo había hecho traer de la ciudad a un joven ingeniero, quien se encargaría de la introducción del vapor en las diferentes fases de la producción del azúcar, así la tracción animal y el fuego directo serían innecesarios y la producción se ampliaría en una escala considerable: les presento a Porfirio, dijo orgulloso a esposa e hija. Pronto veremos un cambio radical que  aumentará   nuestro prestigio.

Porfirio, tenía el ímpetu de la juventud y el entusiasmo del profesionista novel. A la mirada de Rafaela, apareció como el hombre que llegaba a mostrarle las cualidades inexistentes en su futuro marido, sumadas a la cortesía y belleza que viene aparejada con una vida educada que despega. Él es diferente pensaba con un dejo de tristeza, de pronto caía en la cuenta de que jamás podría ser feliz con un hombre como Anastasio.

Para observar los cambios que se realizarían en el ingenio, comenzó a visitar el trapiche. Rafaela no paraba de preguntar a Porfirio el cómo y cuándo se modificaría el proceso. Pasaba gran parte del día observando el trabajo del ingeniero dirigiendo a las cuadrillas de trabajadores en su arduo trajín; las pocas horas libres que tenían, las aprovechaban para visitar los lugares a los que solía ir hasta antes de su llegada: lo que estamos haciendo servirá para ayudar al progreso, pensaba el ingeniero en voz alta, y ambos contemplaban el mecerse de las cañas de azúcar.

Poco a poco nació en Rafaela una forma distinta de ver su entorno, de sentirse a sí misma. No puedo casarme,  mientras se lo decía a Porfirio, iba haciendo barquitos de papel con las hojas de aquellas revistas y los lanzaba al río para verlos desaparecer. Las mariposas revoloteaban y se iban tras ellos. Entre ambos se daba una comunión inesperada.

Llegado el carnaval, se había efectuado un cambio sensible en Rafaela. Había abandonado por completo los juegos así como los baños desnuda en el río, como si de pronto fuera consciente de la importancia de su propio cuerpo. El padre había elegido esa ocasión para hacer pública la boda de su hija. Cuando lo hizo, ante los ojos azorados de todos los presentes, dijo que nunca se casaría.

Anastasio Araoz, amenazó con mover todas sus influencias para arruinar a los Chavarri si el padre no convencía a la rebelde señorita, de cumplir con el compromiso contraído. Don Andrés trató en vano de hacer ver a su hija, todas las bondades económicas que conseguirían con la alianza e incluso se atrevió a pedirle que pensara en la vejez de sus padres en la pobreza total. Todo fue inútil, Rafaela preferiría ponerse a trabajar que contraer matrimonio con un violador.

Don Andrés desesperado, encerró  a Rafaela en su alcoba y enterado Anastasio, de la amistad surgida con el ingeniero, amenazó con hacerlo desaparecer si ella no accedía al matrimonio. Mientras caían las cenizas de la zafra, ella hizo lo necesario para alertar a Porfirio: tienes que huir, está en riesgo tu vida, escribió sobre un barquito de papel.

Enterado de las amenazas el ingeniero, se resistió a abandonar en esas circunstancias a su amiga. Entre ellos se había construido un lazo muy parecido al amor, que era más admiración y respeto. Prefería morir que abandonarla. La banda de viento del pueblo se escuchaba a todo lo alto y él se confundía entre los danzantes en espera de una oportunidad para verla.

Por la tarde, Rafaela hizo venir a Anastasio: Me casaré contigo, le espetó mirándole a los ojos, pero debes saber algo, ya no soy virgen. Él la miró con desprecio: ni tú ni tu familia valen la pena, sentenció con rabia. Ya lo pagarán gritó alejándose iracundo. Anastasio Araoz, sólo era capaz de sentir placer con una virgen.

Faltaban ya sólo trece días pero el plazo jamás llegaría a su término. La gente danzaba al compás de la tambora. Rafaela saltaba de entusiasmo siguiendo el ritmo entre máscaras y sombreros con plumas cuando sintió entre la multitud una mano firme que tomaba la suya.

Lorena Guadalupe Páez Aguirre

Lorena Guadalupe Páez Aguirre

Cuando pequeña, soñaba y escribía. Jugaba con mis hermanos a "la escuelita" y yo era la maestra, esto último se cumplió. Durante muchos años gocé de las satisfacciones que deja la docencia en casi todos los niveles, en consecuencia, la escritura se fue postergando. Mis circunstancias cambiaron. Ahora, escribir por fin es prioritario y mi país México, siempre me regala un motivo para hacerlo.
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