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Portones antiguos. Eso te dijo Arturo cuando pasaron por aquella calle llena de recuerdos.

Te imaginaste la primera vez que habían estado ahí: caminaban tomados de la mano, embelesados, divirtiéndose. Todo parecía transcurrir sin tropiezos. El amor nacido de la nada, se encontraba presente en cada acción por insignificante que ésta fuera.

Después de años de vivir uno frente al otro, simplemente se dieron cuenta de su afinidad en todos los sentidos; comenzaron a salir y al poco tiempo constataron que también les sentaba bien dormir en la misma cama.

Si existían las almas gemelas, sin duda eran un par perfecto, al menos eso pensabas. Les gustaba lo mismo: comida, colores, música, cine, actividades. Su pasatiempo favorito consistía en conocer pueblos diversos, caminar por sus calles, disfrutar la arquitectura, la gastronomía y platicar con la gente para conocer sus costumbres.

Cada fin de semana elegían al azar un lugar cercano; si la noche los sorprendía, buscaban un refugio amigable y la pasaban imaginando que hacían el amor en una época distinta; en un caserón antiguo, en una hacienda o en una casa común. A ti, Estela te fascinaba adicionar los juegos con las bebidas y comidas locales.

Así tuvieron noches extravagantes con mezcal, charanda, tequila, vino, pulque o licores de sabores diversos; gusanos de maguey, chapulines, armadillo, iguana, nopales en penca, o quesos finos. Todo entre caricias y deseo de  restañar líquidos sobre la piel.

El deleite de los sentidos encontraba eco en tu forma de disfrutar la vida y el paisaje. Cuando viajaban, de pronto se detenían en algún paraje solitario veteado de pardos, ocres y dorados, o en campos cubiertos de lavanda; por el simple placer de caminar entre los matorrales, olisqueando los aromas del campo; otras tantas, se dejaban seducir por algún camino vecinal que prometía alguna playa solitaria.

Un día te propuso cambiar la rutina. Un viaje con otra pareja daría un matiz diferente. Con cierta renuencia aceptaste. Algo no te convencía. Estabas tan hecha a las salidas de un par solitario, que tal vez, no podrías adaptarte con rapidez a otras presencias; pero lo intentarías, siempre con el ánimo de disfrutar; además tenías años de conocer a Rebeca y José Luis.

Si bien te costó trabajo habituarte a concertar horarios y lugares con otros, encontraste cierta complacencia en intercambiar opiniones.

─ ¿Cómo te sentiste?─ Arturo preguntó la noche del primer día.

─ Bien. Ambos me agradan, ¿y tú?

─ Me pareció que te sentiste muy a gusto. José Luis no dejaba de hablar contigo.

─ ¿Sí? No me lo pareció─.  Algo percibiste en el tono sutilmente diferente en Arturo.

Así continuaron durante algún tiempo. Entonces la rutina empezó a cambiar. Siempre te gustó bailar sin importar las miradas ajenas, él evitaba esa actividad a toda costa por su torpeza, pero comenzó a sugerir lugares donde pudieran hacerlo. En cada salida, a insistencia de Arturo terminaban en algún salón o club,  de  preferencia con música en vivo. A ti te encantaba, pasabas las horas sin sentir, José Luis era una estupenda pareja; al poco rato Arturo se excusaba pretextando su falta de habilidad y se iba, después de un tiempo Rebeca sentía cansancio y lo seguía.

No tuvo que pasar mucho tiempo para que te dieras cuenta. Sólo José Luis parecía no tener idea de lo que sucedía. Cuando le dijiste: ─Hoy no tengo ganas de bailar, me siento mal, ¿me disculpas?, quiero dormir─; tenía un buen rato que Arturo y Rebeca se habían ido. Se veía alegre como siempre y aceptó acompañarte.

Deslizaste la llave con suavidad y abriste la puerta sin hacer ruido. Ahí estaban los dos en la cama. Todavía recuerdas el rictus de José Luis y esa sensación que tuviste de caída en un foso profundo. No hubo gritos, ni escenas. Ambos dieron la vuelta y emprendieron el camino de regreso.

Lo platicaste todo después de un tiempo. Cuando aceptaste caminar una vez más por esas calles, lo único que a Arturo se le ocurrió decir fue: Portones antiguos. Sabías que en realidad quería decir bellos recuerdos. Por más que te pidió otra oportunidad, nunca quisiste hacerlo.

Le perdonaste pues estás feliz sola. José Luis te ha buscado, a ti no te interesa; aunque estás abierta a otra relación. Rebeca lo dejó. No duró la aventura. Extraña las salidas, la vida en común. A veces crees que no fuiste tú quien viviera con él, tal vez era otra en tu cuerpo. Con tristeza, te diste cuenta que emprendió un camino sin retorno.

Agradezco a Juan Manuel, la propuesta del título

Lorena Guadalupe Páez Aguirre

Lorena Guadalupe Páez Aguirre

Cuando pequeña, soñaba y escribía. Jugaba con mis hermanos a "la escuelita" y yo era la maestra, esto último se cumplió. Durante muchos años gocé de las satisfacciones que deja la docencia en casi todos los niveles, en consecuencia, la escritura se fue postergando. Mis circunstancias cambiaron. Ahora, escribir por fin es prioritario y mi país México, siempre me regala un motivo para hacerlo.