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El cielo estaba lleno de oscuros y blancos nubarrones. El sol en declive pintaba de dorados y naranjas cada una, imprimiendo a la tarde una sensación de nostalgia. El viento casi  ausente,  nos hacía pensar en la probabilidad de lluvia durante la noche. Marijo y yo, apresurábamos el paso para llegar al rancho antes del anochecer.

Marijo era una joven de sonrisa ingenua y cuerpo seductor. No existía hombre en el poblado que no hubiese suspirado por ella, sin embargo,  nunca dio pie para que se pensara que podría acceder a los requerimientos de alguno. Desde niña había cultivado un sentimiento amoroso por Jorge, amigo de juegos y de familia.

Dicen que los niños no se enamoran, pero a mí me consta que lo que ambos sentían era el amor más firme que jamás vi.

Él era inquieto como cualquiera, pero un observador agudo; solía pasar gran tiempo dedicado a seguir a las hormigas para entender lo agotador y sistemático de su trabajo, o subido en el árbol de la colmena para ver llegar a las abejas cargadas de polen, o echado sobre el pasto a orillas del río viendo el ir y venir de los peces atrapando su alimento. Ella, también curiosa, le seguía para escuchar atenta las descripciones que Jorge le hacía paso a paso.

Tomados de la mano atravesaban la campiña cuidando mutuamente de su seguridad, jamás alguno se separó del otro y nunca tuvieron un accidente que los pusiera en riesgo. Las familias sabían que mientras  estuvieran juntos, ambos descubrían el mundo con certeza y libertad, situación poco común en un pueblo rodeado de una naturaleza indómita.

Con el paso de los años, Jorge se convirtió en su maestro, él le enseñaba todo lo que aprendía en la escuela y ella asimilaba con la avidez que da el saber que la sociedad y la vida, te ha negado esa posibilidad, porque ella era mujer en un lugar donde éstas nacen para casarse y tener hijos.

Pero Jorge era diferente, el amor que sintió desde siempre por Marijo le permitía ver el brillo de la inteligencia en sus ojos y  regalaba herramientas para allegarle lo mejor de sus conocimientos; luego, cuando adolescentes, descubrieron la afinidad física además de la intelectual, lo que fue el descubrimiento de la felicidad total.

Esos años fueron los mejores para ambos, recuerdo sus risas y largas caminatas por el campo. Yo los veía a lo lejos con la dicha que da ver una pareja de enamorados,  y por las tardes, me acercaba a Marijo para platicar mientras compartíamos la taza de café aromático y las galletas que le llevaba; entonces me confiaba sus más fervientes deseos: ─Jorge será médico y nos casaremos. Él me enseñará a ayudarle.─ Me decía con una seguridad que me causaba a veces desasosiego.

En mi interior, temía que no llegara a suceder. Jorge tendría que irse a la capital para continuar sus estudios, algo me sobresaltaba. Nunca dudé de los sentimientos entre ambos, pero sentía que algo flotaba en el aire, y ese algo no me gustaba.

Cuando llegó el momento de partir para emprender la carrera, Jorge se despidió, asegurándole que regresaría en todas sus vacaciones y que el tiempo se iría volando. Marijo, sonreía, dichosa por él. ─Ya lo extraño, ─ me dijo por lo bajo y a mí se me achicó el corazón.

Se hablaban a diario y él le platicaba cada momento de su vida en la ciudad,  yo, intentaba suplir la ausencia de Jorge sin lograrlo. Sé que sirvió mi compañía pero ella nunca dejó de extrañarlo, le faltaban sus ojos tanto como su piel llevando su mano, que eran su vida misma.

Faltaban unos cuantos días para las primeras vacaciones, Jorge dejó de comunicarse. Marijo pensó que los exámenes y los preparativos del viaje eran la causa, tratando con ello, de apaciguar la inquietud surgida en su interior; fue entonces que aparecieron los padres de él en su casa; ella lo presintió, y lágrimas bañaron su rostro. Yo estaba ahí.

Todo había pasado en unos segundos. Jorge salía de un examen; esperaba en la acera el autobús que lo llevaría de regreso a la pensión de estudiantes; un auto se impactó contra los que esperaban en el mismo sitio. El conductor ebrio salió ileso. De los cuatro atropellados, sólo uno sobrevivió, Jorge no tuvo esa suerte.

─Dime cómo es este atardecer.─ Me dice Marijo. Yo la acompaño cada vez que puedo. Ella ya no habla de casarse, su ceguera y la pérdida de Jorge la han sumido en un foso profundo. Yo espero que algún día vuelva a ver la luz que él le mostraba con su amor.

Lorena Guadalupe Páez Aguirre

Lorena Guadalupe Páez Aguirre

Cuando pequeña, soñaba y escribía. Jugaba con mis hermanos a "la escuelita" y yo era la maestra, esto último se cumplió. Durante muchos años gocé de las satisfacciones que deja la docencia en casi todos los niveles, en consecuencia, la escritura se fue postergando. Mis circunstancias cambiaron. Ahora, escribir por fin es prioritario y mi país México, siempre me regala un motivo para hacerlo.