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Chiara tenía ojos celestes con vetas grises, como piedras sumergidas en el borde de un lago de montaña. Miraba como mira la gente del campo, sin ocultar y sin que nada les pueda ser ocultado. Nunca se ponía seria, y podía sonreír con distintas intensidades; la máxima, cuando dejaba ver una hilera de dientes magníficos y parte de la encía superior, era una celebración. Esta sonrisa siempre estaba acompañada de un enrojecimiento de sus mejillas blanquísimas. Se empeñaba en laciar su pelo rojizo, ondulado como el paisaje, porque así lo dictaba la moda. Soñaba con conocer Hollywood y vivir en una casa sobre la playa.
(En mis sueños viste de algodón y margaritas, y nada modera su pelo ensortijado.)

A mí me urgía conocer el pueblo de la infancia de papá y por un momento pensé que ya no existía. Sin embargo, el antiguo Chieti, de calles angostas, iglesia, plaza y figuras vestidas unánimemente de negro, perdura en un valle alto, aunque es para los ancianos, que viven “como se vivió siempre”. Más arriba aún se llega a los terrenos de cultivo, a las verdaderas raíces, a donde nunca vuelven los de abajo.
Mis primos detestan la montaña, la casa de sus padres, el recuerdo de la miseria y de la Europa que no conocieron, y viven en el valle, en la ciudad nueva. Encontraron excusas para no acompañarme y a la bien dispuesta Rosa, compañera de juegos de mi padre hasta que los separó la posguerra, para que se hiciera cargo de mí. Chiara, su hija, me fue confiada como una Beatriz dantesca, para que me guiara durante ese viaje de descubrimiento.
En los días que duró mi visita, Chiara aceptó su misión de guía como si hubiese sido entrenada desde pequeña. Tenía la virtud de enfrentar las cosas con sencillez, callar casi siempre y desmentir cualquier especulación que pudiera llevar a la angustia. No pude tentarla a la reflexión porque ya estaba en el camino de retorno: había elegido la inmediata vitalidad de la experiencia. Así con nosotros. Simplemente caminaba a mi lado y parecía disfrutarlo moderadamente. Para mí, pronto dejó de ser un marco, un vehículo, y se convirtió en un motivo para prolongar mi estadía.

“¡Mi pichiava il piccolino!”, decía Rosa, con esa combinación de asombro, divertida indignación y conmiseración infinita de la que sólo son capaces las mujeres italianas. Y no me costaba imaginar a ese piccolino de mi padre, tan pequeñín en medio de sus hermanas corpulentas, concebido por descuido en tiempos de guerra (lo habían bautizado Benito porque el Duce había hecho algo, nunca supe qué, por esos campesinos). “Me golpeaba el pequeñín”, decía Rosa y las lágrimas hacían brillante su mirada, y reía desmintiendo a sus ojos.

Chiara me había acompañado la misma tarde en que llegué, al lugar en que habían nacido il piccolino y sus siete hermanos antes que él. Como si hubiera conocido esa casa de piedra y la recordase, me pareció muy pequeña en realidad, sobre todo considerando que había alojado en tiempos de bonanza a dos vacas en la planta baja y a una familia de diez personas en el primer piso. Se conservaba intacta, a excepción de sus portones de madera desvencijados, plantada en el centro de un paisaje ondulado desde el que se ve el mar entre los picos nevados. Sólo la nieve y el agua habían quedado sin siembra, pues todo el suelo había sido aprovechado en esas fincas, algunas caprichosamente verticales en las laderas montañosas.
Tardíamente comprendí lo que él trató de explicarme mientras vivía. Mi padre había abandonado tanta belleza por el hambre y la había recordado todos los días en un deslucido barrio suburbano de Buenos Aires.
Papá nunca volvió a Chieti.
Encontré la mirada celeste de Chiara y quise abrazarla. Volví sobre mis pasos. Chiara puso su mano en mi puño, como un pájaro que se entrega. Caminamos un buen rato así, sin hablar.

“Rosa no debía tener más de seis años cuando yo tenía diez. Me llamaba la atención su cara, pero no sabía muy bien por qué. Era linda, graziosa. Es mi primer recuerdo de una mujer, en el sentido de una atracción, vos me entendés.
“En esa época jugábamos juntos. Mis hermanos eran adolescentes y no había muchos chicos de mi edad. Un día que estábamos corriendo ella se cayó sobre unas piedras. Se lastimó un poco y se puso a llorar. Te puedo asegurar, te va a parecer raro, pero si Rosa era bonita normalmente, cuando se le llenaron los ojitos de lágrimas y se puso colorada… me emocionó. Puso en la boca un gesto raro, no como cuando uno llora, sino algo… no sé cómo definirlo. Y se quejaba despacito. Me dio una compasión que para mí fue como un sentimiento religioso, una adoración.
“Cuando paró de llorar, tuve un impulso, no pude evitarlo. Le tiré de los rulos para que llorara otra vez. Y ahí me vio la nonna, y lo que es peor, la mamá de Rosa. Tuve que limpiar las vacas durante un mes. Pero desde entonces comencé a inventar historias tristes, y creéme que en la guerra no faltaban, para contárselas a Rosa, solamente para verla llorar”.
A pesar de que la anécdota encendía los pálidos ojos de mi padre, para mí era sólo una de sus pequeñas historias italianas. Prefería sus recuerdos de la guerra, especialmente aquel del soldado americano que le había regalado un puñal.

Rosa se había convertido en una matrona voluminosa, a la que sucesivos duelos y la costumbre regional vestían de negro. Se emocionó mucho al verme, aunque no me encontraba parecido a mi padre. A la vuelta de mi primer paseo por la montaña insistió en cocinarme una cena magnífica para narrarme todo lo que recordaba de él y de la infancia en común. La invitación se repitió varias noches hasta que se hizo habitual. Chiara se convirtió en el incentivo que me permitió sobrevivir a la sobrealimentación y a la repetición obsesiva de la anécdota. “Mi picchiava il piccolino”, repetía una y otra vez, mientras lloraba y reía.

Recuerdo a Chiara esa mañana en el hueco negro de la ventana de su casa cuadrada, de revoque amarillento. Separaba las cortinas de encaje con sus manos blancas y sonreía, siempre sonreía, y yo iba a despedirme, sin mayores explicaciones, porque sí, porque ya debía volver a casa. Rosa se había marchado temprano al pueblo, como si hubiese presentido que una vez más en su vida había llegado la hora de una separación.
Cuando Chiara bajó hasta la puerta se recortó su figura perfecta en el marco. Llevaba un vestido plagado de margaritas que contorneaba su silueta sin estridencias, exacta.
No dije nada. No tuve tiempo. No pude.
Ella se puso seria, por primera vez.
Y como aquel día, hace casi cuarenta años, cuando mi padre ya adolescente se despidió de Rosa en ese mismo umbral para venir a la Argentina, se renovó un milagro tal vez heredado. Los labios pálidos de Chiara se volvieron rojos, torció la boca en una mueca de infinita tristeza y sus ojos de piedra celeste y gris comenzaron a brillar. Quiso llevarse las manos a la cara, pero le impedí ocultar esa imagen que aún me obsesiona. Chiara lloraba y yo comprendía en ese momento la historia de mi padre.
Desde entonces, no volví a ver nada que mereciese llamarse bello.

Photo by pom.angers

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Mario Pinto
Creo haber encontrado la más poderosa idea de ficción de mi vida: soy un escritor. Claro, falta desarrollarla. Mientras tanto escribo sobre lo que ignoro: las paradojas del tiempo, la naturaleza del amor, el alivio de las nostalgias.
Mario Pinto

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