Ella espera, espléndida, con un traje blanco cuidadosamente elegido, peinada y maquillada de forma tal que es imposible resistir el observarla. Está sentada frente a una mesa pequeña de este bar que es intersección de almas en esta ciudad.
Él entra inmediatamente después de mí. Ha elegido un estilo informal, que no alcanza para hacerlo sentir cómodo. Tiene expresión de perro apaleado. Busca entre las mesas hasta que se atreve a preguntar.
“Sí, soy yo”, dice ella con un artificioso disimulo. Él no le gustó.
Se retira hasta apoyar su espalda en el respaldo. Empuja el cenicero hacia él, extiende sus brazos incómoda. Sonríe, con esfuerzo. Y aun así es encantadora.
Él apoya sus codos, se inclina hacia delante, con los hombros y la espalda vencidos por antiguos dolores.
Ella luce poderosa en su belleza, aunque la soledad y la decepción compiten con su elaborada puesta en escena.
Él ha caído en sus redes y busca quedar atrapado, mirándola con ojos de esclavo fiel.
Aunque no escucho lo que dicen, es evidente que buscan conocerse a tientas, como esgrimistas determinados a vencer pero rehuyen el combate. Probablemente se han conocido en Internet, esa galería de fantasmas. No luce como una entrevista de negocios: ninguno de ellos trae papeles. No está claro que haya uno que venda y otro que compre. Sí alguien que anhela y otro que resiste. Son sólo dos espíritus sedientos considerando si se darán una oportunidad. Aunque no parece la que hubieran esperado.
El mueve los dedos de sus manos escondidas, como si interpretara a Rachmaninov de memoria. Sus piernas, cruzadas hacia atrás, se agitan en tiempo de ragtime.
Ella apenas se mueve, mayestática e inalcanzable. Dirige a veces disimuladas miradas a sus costados, reclamando auxilio. Oh, Dios, es bella. Pero luce tan triste que esa sonrisa suya debe dolerle en las mejillas.
Sus torsos se han puesto paralelos, inclinados hacia delante él, hacia atrás ella. ¿Qué hacer?, debe ser la pregunta en común. ¿Dónde está la magia que contesta sin preguntas cuando aparece la persona que nos conmueve?
Tal vez ya se sepan todos los gustos por habérselos contado online a lo largo de muchas noches.
Tal vez sintieron que aquella mente afín era la cresta del espíritu que buscaban.
Tal vez imaginaron un cuerpo que no era ese, mejor o peor, y de repente la afinidad no alcanza para seguir.
¿Cuál es la mejor puerta de entrada al amor? ¿Es el color de una voz, la mirada, la letra que habla de una concepción del mundo? No lo sé. Pareciera haber encuentros regidos por una gravedad propia, en la que toda distancia se hace insoportable. Otros, en cambio, son elaboradas esgrimas de develamiento. ¿Cuál inaugura una relación más próspera? No lo sé.
Me toca ser testigo de esta fatal asimetría que culminará cuando el tiempo adecuado se cumpla. Luego pagarán e irán a amarse. O no se verán nunca más. Y se desvestirán solos, agotados, a la espera de ese alguien que, sin duda, aún se esconde en la multitud.

Mario Pinto
Creo haber encontrado la más poderosa idea de ficción de mi vida: soy un escritor. Claro, falta desarrollarla. Mientras tanto escribo sobre lo que ignoro: las paradojas del tiempo, la naturaleza del amor, el alivio de las nostalgias.
Mario Pinto

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