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Eróstrato caminó hasta el punto más alto de la colina y se detuvo frente al Templo. Entre sus columnas pudo ver el mar, y el laborioso trabajo de la mañana para separarlo del cielo. Se recordó a sí mismo que aquel sería el día más importante de su vida -seguramente el último- y que debía vivirlo desde su primera insinuación.
Desde allí vio la hilera de esclavos que marchaba hacia las plantaciones, mientras los ciudadanos rumiaban las últimas horas de sueño. Era el instante de las imágenes ambiguas, en la que todo hombre, hasta cierto punto, participaba de un oráculo. La colina se vistió con colores cambiantes. Iris, la de los dedos rosados, ruborizó al olivo nostálgico de tormentas. El mar se volvió de plata y Eróstrato pensó que no podía haber un único responsable de tanta belleza. “Sería injusto atribuírsela a los Dioses: ellos no se ocupan de trabajos que los hombres no pueden ver”. Él, en cambio, quería ofrecerles un espectáculo destinado al recuerdo perfecto. Para ello pasó la noche transportando ramas secas desde el campo hasta el Templo, donde las había ocultado, burlando la vigilancia.
Mohamed -no era su nombre verdadero, que ni siquiera él conocía- era un hombre pequeño. Como un animal criado en la calle, la brutalidad de los otros le dio dureza por desarrollo y destrezas por educación. Aquel día se vistió con ropas e implementos provistos para la ocasión, para pasar razonablemente desapercibido en la multitud. De haber mirado con atención, se podría haber notado lo inadecuado de una cámara de fotos que colgaba de su cuello, como un trofeo ridículo. Pero nadie miraba a Mohamed, uno más en el millar que colmaba la Plaza que Bernini concibió como un abrazo universal.
Éfeso, la Polis que vio nacer y morir a Eróstrato, fue fundada por un sobreviviente de la necia empresa troyana. No tenía historia ni leyenda, sólo el orgullo del más altivo templo de Artemisa. A pesar de ser el hogar de una diosa virgen, habituada a los rigores de la intemperie y a la frugalidad de la comida de caza, se le había construido una casa magnífica, de ciento veinte columnas de mármol blanco, transparente como las piernas de una doncella nórdica. Abierto en sus lados al paisaje, los tesoros de su interior eran sencillos: una estatua de la diosa en cedro, ébano y marfil, un pequeño altar de alabastro y una flecha que, según los ancianos, había pertenecido a Aquiles, el de los pies ligeros. La cubierta era de cedro, extraído de los bosques consagrados a Artemisa. Un monumento amado hasta el punto de convertirse en maravilla, aunque jamás comprendido en el secreto de sus formas. Un orgullo y, a la vez, un misterio.
Con piedras en las manos, sin haber conocido a sus padres, Mohamed creció en un paisaje de casas derrumbadas por la guerra y el viento, criado por distintos miembros de un clan difuso. Aprendió informalmente unos pocos principios: “la vida es un combate. La comida y la tierra no son un bien naturalmente recibido. Alá justifica y premia a los que luchan con la gloria. La muerte, por lo tanto, es una recompensa, no un final”.
Cuando alcanzó la madurez -que se alcanza muy rápido en el desierto- comprendió que los niños y los ancianos dependen de la agitación de aquellos que están en el medio. Obligados a actuar, deben despreciar las fantasías de unos y las nostalgias de los otros. Ellos son los brazos y las piernas de un Pueblo maniatado por circunstancias que nunca entendió. Las explicaciones lo confundieron y prefirió confiar. Mohamed recibió su misión cuando llegó su momento. Eso fue lo importante. ¿Para qué comprenderla? Un grupo de hombres armados que aparecía intermitentemente en su pueblo, conocido por todos y temido por la mayoría, supo interpretar la presión de su sangre. Lo llevaron lejos, le hablaron y lo capacitaron para convertir su violencia interior en acto eficaz y concluyente. Durante dos años lo prepararon para ese momento.
Y allí, rodeado de un Babel de lenguas, trató de encontrar su víctima por encima de los hombros de la multitud. Se ubicó donde le habían indicado, pero estaba lejos. La preocupación le provocó un nerviosismo evidente. A su lado, una monja pelirroja lo miró, percibiendo algo irregular. Mohamed giró su cabeza para ocultarse y llevó la mano a su costado, hasta sentir el bulto de la pequeña pistola de cerámica, de fabricación israelí, indetectable para los rayos X, de alta velocidad. La mujer pudo haber descubierto en sus ojos la noche en el desierto, sus rasgos de árabe, la falta de naturalidad en su vestimenta. La monja le tocó el brazo, preocupada porque el hombre parecía a punto de desmayarse. Mohamed se apartó, empujando a algunas personas. Una anciana cayó. La pesadilla había comenzado cuando no debía y como nunca había imaginado.
Al pararse frente al templo, con una antorcha encendida en su mano, Eróstrato imaginó la imprecación que un héroe lanzaría en ese momento a la Diosa. En silencio, entró y miró, ya bajo la primera luz del día, el montón de leña liviana que tanto le había costado transportar y que alimentaría el fuego. La Diosa, en su hábito de madera, surgía entre las ramas con una convicción fantasmagórica que lo paralizó por un momento. No pudo evitar el grito que salió de su garganta y que escuchó, como surgido de otra persona, al arrojar la antorcha.
Grito apaciguado, como un gemido del corazón, que no pudo reprimir cuando vio, por un lado, a la mujer que hablaba con un policía, señalándolo, y por otro, al gran auto que transportaba al anciano de blanco, saludado por una ovación. Debía apurarse. Apartando a la gente con los codos, ya con el arma en la mano, con el brazo en alto, trató de acercarse al auto. Pero fue como correr en el mar con el agua a la cintura. Y él era un hombre del desierto.
El fuego crepitó y el Templo crujió, rápidamente. El humo desmintió a la mañana y los ciudadanos comenzaron a despertar a una pesadilla de contornos más precisos. Eróstrato sólo podía esperar. Y se sentó frente al Templo, mirando a la ciudad.
Cometió su segundo error -el primero había sido asustarse ante la monja- cuando disparó al aire. La gente se apartó creando un vacío alrededor. El anciano que saludaba giró hacia él; el disparo captó su atención y, por un momento, los ojos de Mohamed y los del líder de la Cristiandad se cruzaron. Hombres bien entrenados se arrojaron sobre el anciano y el auto cambió su trayectoria alejándose del lugar del atentado.
“Yo fui, yo incendié el Templo. Yo, Eróstrato” gritó a los hombres que corrían alrededor del fuego sin saber qué hacer. Las mujeres gritaban y los hombres de armas buscaban culpables ignorando al que insistía en acusarse. Algunos subieron la colina con sacos de cuero llenos de agua que descargaron demasiado tarde. Hubo quien se arrancó los cabellos y se revolcó en las cenizas, como Príamo ante el cadáver de Héctor. “Yo. Yo, Eróstrato”, gritó, y alguien por fin lo escuchó.
La policía llegó a detener la mano que llevaba la pistola hacia la boca. Paralizado al comprender su fracaso, lo rodeó un círculo de caras extrañas que lo miraba con terror. A él, un guerrero del Islam en misión privilegiada, que no supo cumplir. Lo arrastraron por lo menos cuatro hombres, hasta una camioneta preparada como una cárcel.
Eróstrato murió despedazado por la multitud. Por primera vez en la Polis, la condena surgió espontánea antes del juicio. Más tarde, serenado el odio, dictaron el complemento del castigo, uno más acorde con la intención del crimen. Desde aquel nefasto día quedó prohibido pronunciar el nombre de Eróstrato; es más, se prohibió su recuerdo, el de su rostro, su acción, sus dichos. Todo aquel que faltare a la decisión sería severamente castigado con la pérdida de su lengua.
Mohamed fue perdonado por el Papa en un gesto público. Y alojado de por vida en una prisión de máxima seguridad. La única memoria promovida fue la de la magnanimidad del Pontífice. Del árabe se dijo poco, o nada. Los que lo mandaron se negaron a reconocer responsabilidades. Para el resto de su pueblo, simplemente fracasó.
Un viajero cretense, que visitó Efeso con el único propósito de asistir a la reconstrucción del templo de Artemisa, conoció la historia de Eróstrato de labios de una esclava macedónica. La esparció por todo el Mediterráneo a su regreso, liberado de la obligación del silencio. Los romanos, algunos siglos después, desarmaron el Templo y usaron su precioso mármol para mejor gloria del Imperio.
Mohamed se enteró de esta historia en la cárcel, donde tuvo la oportunidad de volverse un lector reflexivo. Encontró el nombre de Eróstrato en un manual de Mitología pero sospechó que su existencia había sido real.
Como un segundo Prometeo, se había encargado de revelar al hombre su falencia principal: nacer con conciencia para tener que abandonarla algún día. Y supo que él mismo había caído en la trampa de Eróstrato: creer que la conciencia puede sobrevivir en la memoria de los otros.

Mario Pinto
Creo haber encontrado la más poderosa idea de ficción de mi vida: soy un escritor. Claro, falta desarrollarla. Mientras tanto escribo sobre lo que ignoro: las paradojas del tiempo, la naturaleza del amor, el alivio de las nostalgias.
Mario Pinto

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