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Del otro lado de la ventana hay un paisaje. No la escena cotidiana del vecindario, con sus azoteas irregulares.
La mañana es unánimemente gris; plateada. Un lago de mercurio se agita en su impotencia de mar encajonado, con un rumor parecido al de la lluvia. Me conmueve de los lagos su falta de horizonte, aunque lo disimulan hundiendo sus bordes en las nubes, algo abatidas por el peso de montañas cargadas de nieve.
Hace frío en el paisaje. No es posible adivinarlo desde la habitación más que por la condensación en la doble ventana.
Malos sueños y una calefacción excesiva me despertaron entre sudores antes del amanecer. Siempre soñé con despertar frente a un lago, con montañas, y nubes, y frío, en una mañana plateada. Pensé que en una situación así la felicidad sería inevitable; las fantasías tienen una exigencia limitada, de pocos matices: somos dichosos con sencillez.
El duerme aún, o tal vez finge dormir y está espiando y piensa como yo que lo inusual no es suficiente. Me animo a recorrer con mi mano la línea de su hombro. No responde a mi estímulo pero no lo ignora, lo descarta.
Ha edificado con su espalda una frontera. Allá él con su pensamiento remoto, con su lucha interior que lo ha sumido en los últimos meses en un silencio inexplicable. Aquí yo, desorientada, tambaleante, intentando el rescate de un vínculo que ya casi es una colección de anécdotas sin sentido.
El viento ha comenzado a agitar los árboles más próximos, desgajando algunas ramas viejas. No hay sonidos, desde el cuarto la tormenta es una película muda.
Me levanto y camino hasta la habitación de mi hija. Se ha desprendido de los cobertores como si se hubiera liberado de ataduras. Su pelo está completamente mojado. Aun en pleno invierno su sueño parece realizarse en una extraña combustión. La beso muy despacio mientras huelo su pelo. Me evoca el aroma del pan recién horneado. Se parece tanto a su padre. Pero su sueño es tranquilo.
Cuando regreso a la cama, la tormenta arrecia.
El lago pierde su compostura de postal. Su inquietud lo hace más legítimo. Se lo tiene por calmo, cuando en realidad es introvertido, a menudo engañoso. Aún agita en las corrientes eternas de sus entrañas multitud de cadáveres robados. Dicen los lugareños que cuando un hombre se ahoga la temperatura del agua pone a los cuerpos pesados. Nunca se recuperan.
Mi esposo se ha sentado en el borde de la cama y mira la ventana. Está abatido, ausente. Algunos años atrás miró las montañas con la emoción de un niño que encontró su hogar. Siempre dijo que era su paisaje e hizo planes improbables para abandonar la capital y vivir en el sur. Hoy anhela un paisaje que desconozco.
Me acerco por detrás. “¿Viste las montañas?, parecen estar apoyadas sobre las nubes bajas.” Permanece en silencio. “No vamos a poder salir por un rato.” “No importa”, finalmente contesta. Vuelve a la posición anterior, se cubre.
Miro mis manos. Quiero concentrar en ellas una energía infinita. Quiero que hagan magia, que por sí solas restauren la distancia. Imagino un arte prodigioso, una seducción perfecta. Me acerco a su cuello. Lo beso ligeramente. Deslizo una mano bajo las sábanas como si con ese solo gesto pudiera reconstruir el deseo. Es una oportunidad. Tal vez la última.
Su mano delicada pero firme me detiene. Se da vuelta y descubro sus ojos desdibujados por las lágrimas.
“No. Yo ya no te quiero.”
Ha comenzado a llover. El paisaje se ha descompuesto en una vibración de grises. En mi garganta algo se ha roto y escucho un sonido que no reconozco como mío.
A lo lejos las montañas han desaparecido. Todo se ha convertido en un combate de aguas que se entrecruzan.
Cierro los ojos para impedir que rebalse en ellos ese lago voraz. Ese asesino.
No lo quiero en este cuarto. No quiero verlo.

Mario Pinto
Creo haber encontrado la más poderosa idea de ficción de mi vida: soy un escritor. Claro, falta desarrollarla. Mientras tanto escribo sobre lo que ignoro: las paradojas del tiempo, la naturaleza del amor, el alivio de las nostalgias.
Mario Pinto

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