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Sí, en efecto, hablo poco. Evito decir otra cosa más allá de lo estrictamente necesario. Un pedido, una instrucción, el uso fáctico del lenguaje, sin más. No lo considero una excentricidad; tiene una explicación, como todo.
Cuando cumplí cincuenta años me di cuenta de que había comenzado a evitar conversaciones. Rara vez encontraba alguien interesante a quien dirigirme. Me aburría sobre todo escuchar mis propios argumentos, tantas veces repetidos, descascarados en su credibilidad. El sonido de mi propia voz se me hacía insoportable. Como si estuviera cometiendo un acto obsceno, el de derramar aquello reservado a la intimidad de mi pensamiento.
Sepa que existen, caballero, un número limitado de conversaciones que toda la gente sostiene. Más allá de eso están los grandes temas, inagotables, pero de pocos, escasos o inexistentes interlocutores. Para un nivel dado de complejidad, toda conversación fértil debe hacerse con los libros. Con el pasado y con las excepciones.
A medida que fue pasando el tiempo, me acomodé a un mutismo radical. Luego de los cien años puedo asegurarle que ya se ha escuchado prácticamente todo. Más allá de ese tiempo la repetición es agotadora. Luego de los doscientos años me acostumbré a ignorar. Desde entonces puedo prever cualquier discurso antes de que el otro lo piense. Como si fuera un gran maestro de ajedrez que tiene todas las jugadas posibles en la mente.

No sé qué imagina usted acerca de la existencia de alguien de mi condición. En principio descree, como todos, aunque algo muy dentro suyo comienza a percibir aquello que resulta insoportable a la conciencia. Prefiere resistirse. Existe el riesgo de perder la razón al dar el salto sutil que nos separa de lo fantástico. Sobre todo cuando debe asumirse que lo fantástico no es tal. Que existe un mundo oculto de una riqueza de formas que la mente convencional no puede imaginar siquiera. No se preocupe, ya pasé por eso.
Están los que piensan que alguien como yo debería ser una figura melancólica y elegante que se viste de negro y deambula por las calles en busca de una víctima que, tarde o temprano, se convertirá en un amor. O viceversa. Pura literatura. La gran mayoría de nuestras imágenes sobre el mundo provienen de la inspiración de unos pocos.
Otros prefieren creer que soy un monstruo maloliente que se arrastra en los callejones como las ratas. Qué disgusto.
Ambos se equivocan. Si me vieran deambular no podrían distinguirme de otro paseante nocturno. Voy a los supermercados, tomo el transporte público, leo en un café como lo haría cualquiera. La diferencia principal es que me voy a dormir antes del amanecer y despierto cuando el cielo todavía está rojo. Puedo distinguir cada matiz de la presencia del sol cuando este aún no ha salido o ya se ha escondido. Es muy breve el cielo coloreado que puedo permitirme.
El colmo del absurdo es que nunca disfruté la noche y ahora es mi único momento para estar, digamos, vivo.
No puedo descubrir belleza más que eventualmente. La noche en la ciudad tiene un maquillaje de luces que no alcanza a atenuar su suciedad y desorden. La noche en el paisaje es, básicamente, silueta, ausencia de forma. Excepto cuando la luna llena pinta de plateado los bosques. Extraño el color verde que es el primero que la oscuridad engulle.

La otra diferencia es, permítame confirmar sus sospechas, mis hábitos alimenticios. En efecto, en mi condición -no hablemos de especie, que no la hay- la sangre es el principal nutriente. También puedo comer algunas frutas. Eventualmente un helado, pero me resulta indigesto.
La sangre la obtengo de otros seres humanos. Para justificarme en la estructura ética de mi época, de la que no puedo desprenderme, elijo mis víctimas entre la escoria de la sociedad. Asesinos, violadores, corruptos y psicópatas varios. Esto me hace un depredador tolerable, y si lo piensa bien, hasta ecológicamente útil. Investigo durante días y asesino en segundos. La sangre de un adulto se puede drenar, con cierta práctica, en un minuto. Es la dosis suficiente para un par de días. No necesita saber más. No voy a volver a referirme a este tema.

Lo más interesante de ser quien soy es esa suerte de percepción ampliada de los sentidos ya consagrada por la literatura especializada. Se despierta a esta condición con un estruendo de luces y sonido. Sólo el paso del tiempo y el aprendizaje doloroso hacen que todo estímulo se vuelva menos insoportable en su intensidad. Una gota de agua que cae de una rama elevada provoca, al estrellarse en el piso, un estruendo. Los truenos parecen separar cada una de mis moléculas en su estallido. Uno se termina acostumbrando y usando este don a su favor.

También debo mencionar el tema de la inmortalidad. No me consta como tal. También cuando era un hombre común me sentía inmortal. La conciencia no puede convivir con la idea de su suspensión, como bien dijo Unamuno. Ahora yo sé que no envejezco, que veo nacer, crecer y morir a generaciones, pero no puedo afirmar que no moriré. A menudo lo deseo, pero luego descarto esta idea como quien se saca una mosca de encima.
Tengo, por si le interesa saber, una edad de quinientos veintisiete años. Nací en Praga. Viví en unos veinte países -este es el peor, pero hay mucho alimento- y recorrí una cantidad ilimitada de paisajes.
No sé si hay otros como yo. No los he encontrado. Nadie me ha iniciado sino que un día desperté así, con este don y esta maldición, espontáneos, una mutación inexplicable.

Además de hablar poco soy un solitario. Es natural. Relacionarme afectivamente con un humano mortal es fatal a mediano plazo. No sólo se trata de obligar a otro a mantener una agenda extraña sino el hecho desgarrador para mí de ver envejecer y morir a las personas amadas. Eso me ocurrió solamente una vez con una mujer y con los hijos que me dio, con sus hijos y los que siguieron, que jamás me conocieron. Sólo los espío a la distancia: mantengo un control de mi linaje, tal vez en busca de la herencia fatal; es una de mis ocupaciones.
Era, en origen, una persona afectuosa. Pero con los años he perdido la mayoría de las emociones. Aunque mi apariencia general parece ser la de un misántropo, ni siquiera esa actitud me permito. Tal vez esté incapacitado para sentir, en general, demasiadas emociones. Sólo el delirio de placer de los sentidos, eso sí.

Adivino en su inquietud la pregunta. ¿Por qué lo he elegido para contarle todo esto? Hay varias razones, todas muy sencillas de prever.
En principio porque está del otro lado de la mesa en este bar de mala muerte. Hay demasiado ruido pero se puede conversar. Lamento haberlo importunado de manera tan egoísta con la charla. De vez en cuando tengo necesidad de contar. Para que se dé una idea, la última vez que hablé de estas cosas fue en Oslo, hace veinticinco años, a un borracho que ni entendió la mitad. Necesito hacerlo de vez en cuando, me recuerdo a mí mismo quién soy para que no se extravíe mi razón en este lapso infinito.
La otra razón es que usted me acompañará esta noche. Conozco sus pecados y, si bien no puedo redimirlo, me justifica.

No me lo pida. No sé hacerlo. No sé si es posible. No he convertido a nadie. Además jamás lo elegiría para dejarlo en libertad de depredar. Lo hace sin el don, así que imagine lo que sería.
No, usted es mi alimento esta noche. No llore. Prometo que no le dolerá.

Mario Pinto
Creo haber encontrado la más poderosa idea de ficción de mi vida: soy un escritor. Claro, falta desarrollarla. Mientras tanto escribo sobre lo que ignoro: las paradojas del tiempo, la naturaleza del amor, el alivio de las nostalgias.
Mario Pinto

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Comments

  1. Magnífico el tono de superioridad, displicente, de aburrido de tanta vida, de este vampiro, que como muchos psicópatas, parece un tanto narcisista, pero que encaja con la idea que tenemos de él, que te ha salido con una cierta moralidad que lo completa perfectamente como personaje literario. Bien escrito e interesante. Bravo, Mario.